Bueno, pues estas son mis preferencias y apuestas "quinielísticas" para los Premios Goya que se entregan hoy. En general, no creo que me den en el gusto, de hecho la inexplicable ausencia de la para mí maravillosa "Una quinta portuguesa" en las principales categorías ya me deja un poco fuera de juego. Pero en compensación, siempre queda disfrutar, como en toda gala de este tipo, del glamour cinéfago, poner a caldo los números de canto, baile y humor, quejarse de lo largos que son los discursos de agradecimiento, aplaudir los momentos reivindicativos... y hacer la quiniela a ver cuanto acertamos. Que esto también es disfrutar del cine, recarambas.
Sé que aquí voy a ir
contracorriente al hablar de la supuesta película española del año, pero estoy
casi completamente seguro de que si “Los domingos” (Alauda Ruíz de Azúa,
2025) no tuviera la temática que tiene sería considerada una película no necesariamente
mala, pero sí del montón. Digna, y en general bien interpretada, pero con una
dirección rutinaria sin ningún riesgo, que se limita a hacer lo mínimo para que
la historia fluya y sea accesible, lo cual no es criticable, faltaría más, pero
tampoco merecedor de elogios a la creatividad precisamente, y, lo peor, con un guion muy manipulador y
lleno de trampas.
En principio, no se le puede
negar atrevimiento por plantear el tema de la vocación religiosa en una
adolescente en los tiempos descreídos que corren, y cómo impacta en su familia,
y en ese punto de partida está una de las virtudes del film. El problema
es que alardea de mantener una equidistancia que permita al espectador tomar
sus propias decisiones… y salvo en momentos muy concretos que mencionaré por ahí
abajo, no lo consigue. Es más, me temo que no pretende conseguirlo.
"Por opacidad, por indiscreción, por falta de consecuencias, por
algoritmos codiciosos, la verdad, es decir, la realidad, tiene tan poco
peso que llegamos a no reconocerla. La mentira se acepta a pesar de
saberse que es mentira mientras confirme un estado emocional negativo,
justifique una conducta que nos conviene o dé sentido a las cosas."
Noche de Premios Goya hoy, así que vamos a mezclar música y cine. "Un, dos, tres... al escondite inglés", de 1970, fue el primero de los dos únicos largometrajes dirigidos por Iván Zulueta (el otro siendo el magnético y maravilloso "Arrebato"), una auténtica locura improvisada entre amiguetes del mundo del cine, la televisión y la música que imitando en lo posible el estilo de Richard Lester en sus películas con The Beatles, se pretendía, y conseguía ser, parodia de festivales a lo Eurovisión, contando con la participación de un buen número de grupos pop y rock de los años sesenta, entre ellos Vainica Doble, Los Íberos, Formula V, Los Buenos...
Se puede, y se debe, decir cosas buenas de “La cruz de
hierro” (Cross of Iron, Sam Peckinpah, 1977). Se puede mencionar su
retrato de la absoluta deshumanización y crueldad de la guerra, retrato aún más
profundo desde el momento en que se nos ofrece desde el punto de vista de los
tradicionales villanos del género, el ejército nazi. Se puede mencionar el
cinismo típicamente peckinpahiano y la ridiculización del concepto de honor simbolizado
por la condecoración que da título al film. Se puede hablar del menosprecio a
la violencia destructiva y asesina mediante el uso del efecto contrario, la
muestra de la misma en toda su gloria y gore. Y se puede hablar de gran
parte de sus personajes, involucrados en el conflicto a su pesar, o, tras el
entusiasmo inicial, absolutamente decepcionados y horrorizados.
Pero también, me temo, se debe hablar de la confusa
narrativa derivada de su naturaleza episódica y de sus escenas de batallas caóticamente
expuestas y buscando más un efecto cara a la galería que aportar algo al relato.
Se debe decir que, si se pretende que sintamos empatía por estos soldados
abandonados y sin futuro, no se desarrolla lo suficiente su carácter como para
que nos preocupemos por ellos. Y finalmente, que no solo Peckinpah había puesto
ya sobre el tapiz esas ideas contra la violencia en otras películas, y mucho más
eficientemente, sino que, lo peor de todo, este film ya ha dicho todo lo que
tenía que decir a mitad de metraje, con lo que en su segunda parte se hace
largo y repetitivo, a ratos rozando lo insoportable.
Petula Clark fue una de las cantantes inglesas de los años sesenta que tuvo un éxito considerable en Francia ya fuera haciendo versiones en francés de sus temas publicados en el Reino Unido, o con canciones específicamente compuestas para ella. Se calcula que los EPs publicados en Francia a lo largo de la década vendieron por término medio en torno al medio millón de copias.
Había dilatado durante casi un
año el ver “Sorda” (Eva Libertad, 2025) porque, a pesar de las buenas
referencias que iba recibiendo de ella, me temía que me iba a encontrar con un
film ñoño sobre personas con discapacidad auditiva enfrentadas a un mundo para
el que no están preparadas y mostrando como su valor, simpatía y buen rollo eran
más que suficientes para superar las dificultades e integrarse sin mayor
problema en dicho mundo. Temía, en resumen, el efecto CODA, la bienintencionada
pero en exceso moralista, manipuladora y torpemente realizada peli de hace
cuatro años que se acabó llevando premios a tutiplén, incluido el Oscar a Mejor
Película (?) el año en que estaban nominadas “Belfast”, “Licorice Pizza”, “El
poder del perro” y, sobre todo, la maravilla spielbergiana “West Side Story”.
Pero no divaguemos…
Decía que tenía mis prejuicios
montados sobre “Sorda”, y tras verla debo decir que me ha sorprendido muy favorablemente,
porque evita brillantemente la tentación de mitificar a las personas sordas y
nos las muestra con sus virtudes pero también con sus imperfecciones, y porque,
aunque hay su buena dosis de denuncia, no es para nada moralizante y por ello
no solo no manipula al espectador, sino que le da absoluta libertad para que se
haga su composición de lugar. O sea que tranquilidad, que no estamos ante el
efecto CODA de comedieta de buen rollo, aquí estamos ante un drama con todas
las de la ley, donde nadie es perfecto, donde hay conflicto real, una historia
irreprochablemente contada, pausada pero con un ritmo sin descanso… pero también
con sus problemas, surgidos justamente de su deseo de escapar a los tópicos y
de su exceso de ambición temática.
Ángela (Miriam Garlo) es una
mujer sorda de mediana edad que vive felizmente en una zona rural en compañía
de su pareja oyente Héctor (Álvaro Fernández), trabajando como alfarera. Su
condición no impide que tenga una fluida relación con sus relaciones oyentes,
como sus padres, sus compañeros de trabajo o con Héctor, así como un grupo de
amistades también sordas. La situación se complica cuando queda embarazada y
tiene una hija, viéndose entonces obligada a afrontar un mundo que no está
preparado para ella… o viceversa.
Así, la historia presenta un
conflicto, lo cual ya la pone por encima de otras películas sobre personas con
discapacidades. El ambiente pastoral e idílico de la primera parte de la película
se viene abajo tras el embarazo y el parto. Los personajes cambian al cambiar
la situación; Ángela porque se da cuenta de las dificultades reales que tiene
que superar para adaptarse, y ello conlleva que su en principio afable y dulce carácter
se agrie y se vuelva egoísta, y los otros, los “oyentes”, igualmente egoístas, que
no tienen problema en encajar en un mundo que no les plantea esos problemas, y
por ello ni pueden, ni está claro que quieran, entender el cambio operado en la
protagonista. Como ya he dicho, otro mérito del film está en que los personajes
distan de ser perfectos.
El desarrollo de este conflicto
me parece excelente, y está narrado de una manera plenamente convincente,
mediante pequeños episodios sutilmente ensamblados, donde las elipsis no son
para nada traumáticas argumentalmente hablando, en un período de tiempo de unos
dos años más o menos, con una cámara que se mueve firme entre los personajes y
nos empapa de sus personalidades. “Sorda” tiene dos partes (o tres si
consideramos que la segunda tiene una evidente subdivisión), separadas con la
secuencia más potente del film, la del parto, que, además de destacar por su
crudeza psicológica, muestra abiertamente la clave sobre la que gira la trama.
La película no pretende
moralizar, aunque obviamente sí transmite ese mensaje de lo fácil que es la
integración de las personas con discapacidades siempre que no se aventuran en
ciertas complicaciones, como el tener hijos, que son de lo más normal para las
personas sin tales discapacidades. Hay una escena clave de Héctor y Ángela con
los padres de esta donde se deja apabullante y tristemente clara tal idea. Otra
escena clave sería la escena en la farmacia donde queda manifiesta otro
concepto: por su incapacidad para ayudar, es el mundo “oyente” el que no está
preparado para convivir con el mundo “sordo”. No al revés.
El problema que yo veo en este
por otro lado más que estimable film es que su amplitud temática no se
corresponde del todo con lo que es narrado. La película toma siempre el punto
de vista de Ángela, la cámara casi siempre está centrada en ella, cuando no
detrás de ella, y sin embargo durante dos tercios del metraje no experimentamos
lo que ella experimenta. La vemos relacionarse con los oyentes, y viceversa,
vemos el cariño mutuo, vemos los intentos de comunicación mediante el lenguaje
de signos o la lectura de labios… Es como si la peli fuera sobre la chica
sorda, sí, pero no en su mundo sino en el mundo oyente, con los sonidos de
conversaciones, risas, la naturaleza... Quiero pensar que es un efecto buscado,
pero aún así me mantuvo perdido durante cierto tiempo del visionado.
Hasta que avanzada la segunda
parte de la peli, una vez nacida la pequeña Ona y con el conflicto manifiestamente
en proceso, todos los sonidos desaparecen y por fin se nos pone en el lugar de Ángela.
Por fin empezamos a entender su desamparo y soledad. Son las escenas más tristemente
hermosas y clarificadoras de toda la película, y las que le dan el sentido
definitivo… aunque uno no puede evitar pensar que si este cambio se hubiera
producido antes, por ejemplo durante la escena del parto, el efecto dramático
habría sido más poderoso y, al menos para mí, el mensaje habría sido menos
confuso.
Por lo demás, repito que es un muy digno film, de fácil y satisfactorio
visionado, y con una pareja protagonista, Garlo (hermana sorda de la directora
Eva Libertad) y Cervantes, que bordan absolutamente sus papeles y se hacen
nuestros, tal es la empatía que provocan. Gracias al mensaje que intenta
transmitir, y a pesar de alguna dificultad en dejarlo claro, apuntémoslo a esa
categoría de películas “necesarias” que deberían ser vistas por cuanta más
gente, mejor. Y como cinematográficamente es más que correcto, tenemos un
motivo más. 7,5 redondeado a 8/10.
Radio Futura irrumpió en 1980 en el panorama de la música española en lo que no se sabe a ciertamente, o por lo menos yo no sé, si hay que definir como la Nueva Ola o la movida. De todos modos, el grupo, proyecto del pintor/teclista o lo que se dio en llamar "agitador cultural" Herminio Molero, al que se sumaron los más jóvenes Javier Pérez Grueso (voz, percusión electrónica), los hermanos Auserón, Santiago (voz, guitarra) y Luis (bajo), y Enrique Sierra (guitarra), debutó con el álbum "Música Moderna", una deliciosa amalgama de melodías pop adornadas con sonidos de sintetizador que representaban muy bien la época en la que se publicó... aunque la disquera, Hispavox, no acabó de entender de qué iba la cosa y pretendió explotarles comercialmente como parte del fenómeno fans de aquel momento, llegando a incluirles en un LP recopilación junto a artistas de la compañía como Pedro Marín o Leif Garrett...
Quizás en parte por este motivo o quizás porque no les convencía la prevalencia del "sonido Molero", los Auserón y Enrique Sierra pretendieron llevar el grupo por otro camino, lo cual llevó a desavenencias que terminaron con la salida de Pérez Grueso y Molero, una disputa legal por el nombre del grupo, enfrentamientos con una Hispavox que no creía en la nueva línea de la banda y se resistía a publicarles más trabajos... y un rechazo del trío de lo que supuso creativamente "Música Moderna", del que renegaron hasta el punto de no volver a interpretar temas en él. Y es una pena, porque entre experimentaciones sonoras que a veces, es cierto, ahogaban las melodías, salen a flote con luz propia temas del calibre del exitoso single "Enamorado de la moda juvenil", o "Ivonne", el maravilloso reggae "Zombi", la genial versión del "Ballroom of Mars" de T-Rex, que bajo el nombre de "Divina" convirtieron en un homenaje a Olvido Gara "Alaska", que además cuando salió en single llevó como cara B "Interferencias", una de las mejores canciones de la carrera del grupo, posiblemente la razón por la cual sí que recuperaron posteriormente en directo.
Así las cosas, el grupo se reformula en 1981 con los Auserón y Sierra, más el baterista Carlos (Solrac) Velázquez, en la formación típica del rock. Empiezan a foguearse en diversas actuaciones en directo que les van dando un aura legendaria, hasta que en 1982 sorprenden (a los que no tuvimos la oportunidad de seguirles en esa etapa en directo, claro está) con el extraordinario single "La estatua del Jardín Botánico/Rompeolas", ejemplo palmario de lo que es una doble cara A. Porque si el primer tema bien merece su condición de canción clave de la historia del pop-rock español, la supuesta cara B es una delicia rockera, saltarina y pizpireta, que si no está a la altura del tema estrella le falta poco.
Con este single, y otro publicado meses más tarde, con el tema funky "Dance usted" y el instrumental rockero "Tus pasos", parecen cumplir sus obligaciones contractuales con Hispavox y firman con Ariola, que en 1984 les publicará el esencial "La ley del desierto/La ley del mar", con el que iniciarán una trayectoria en la que, sin abandonar su componente rockero, irán incorporando sonidos latinoamericanos en una mezcla que les convertirá en uno de nuestros grupos fundamentales. Pero, como siempre decimos, eso es otra historia.
Dejó aquí la versión en single de "Rompeolas"...
... y añado aquí una versión en directo durante su legendaria actuación en el programa de Angel Casas "Musical express", en la que interpretaron temas de sus dos singles de 1982 y anticiparon otros del álbum "La Ley...". No tengo claro si el programa se emitió en 1982 o 1983.
Fuente de los datos: Página web La fonoteca y Lesende, Tito y Neira, Fernando, 201 discos para engancharse al pop/rock español, Iberautor Promociones Culturales, Madrid 2006
Venga, película de maestro del cine que no está entre las más
apreciadas de su carrera. Lees sobre ella por ahí, y el sambenito de “obra
menor” está a la orden del día. Tonterías. En lo que respecta a “Misión de
audaces” (The Horse Soldiers, John Ford, 1959), me quedo con lo que
dice Oti Rodríguez Marchante sobre ella en su artículo en el libro sobre la
filmografía de Ford publicado por Notorious. Es una obra maldita. Así es, no menor,
con lo que ello implica de peyorativo. Maldita.
Maldita porque Ford trabajó con un guion que no le acababa
de convencer, porque no soportaba a Martin Rackin, coguionista y productor no
acreditado, porque por motivos de salud no pudo probar ni una gota de alcohol
mientras que sus protagonistas Wayne y Holden se lo pasaban de miedo con él,
porque Holden se pasó parte del rodaje aquejado de gripe, porque Ford desafió las
leyes segregacionistas de Louisiana al hacer que los extras negros cobraran
igual que los blancos, pero no pudo conseguir que Althea Jones, que
interpretaba a la esclava Lukey, pudiera alojarse donde el resto del equipo,
con lo que para ahorrarle la humillación rodó sus escenas en Hollywood, y,
sobre todo porque al final de la producción falleció el especialista y viejo
amigo de Ford Fred Kennedy tras una escena en la que debía caer de un caballo, con
lo cual el director, tremendamente afectado, aceleró el final del rodaje
privando de un final glorioso a la peli… aunque dejando un final bellamente
melancólico. Y a pesar de todas estas vicisitudes, nos dejó un film que, vale,
no está entre sus obras maestras, pero que es ciertamente espléndida. “Obra
menor”… sí, claro.
Durante la Guerra de Secesión, el coronel de caballería John
Marlowe (John Wayne) recibe la misión de infiltrarse en territorio controlado
por los sudistas para destruir un almacén de suministros y la vía férrea por la
que son transportados al ejército confederado. Deberá aceptar la presencia del
Mayor Henry Kendall (William Holden), con el que tendrá constantes
enfrentamientos y desacuerdos sobre el concepto del deber y la asistencia
humanitaria a las víctimas de la guerra. En el transcurso de la incursión, hacen
noche en una plantación donde la dueña, Hannah Hunter (Constance Towers) les
hace de anfitriona. Hannah y su criada y esclava Lukey (Althea Gibson) espían
una reunión del mando miliar del grupo y se enteran de lo planes de su misión,
lo que hace que Marlowe les obligue a acompañarles para asegurarse de su
silencio. A lo largo del viaje se sucederán los enfrentamientos entre el trío
protagonista, y para cuando lleguen a la ciudad donde deben acometer la
destructora misión y enfrentarse a las fuerza sudistas, no serán exactamente los
mismos…
Posiblemente, si la peli hubiera tenido mejor aprecio de público
y crítica, e incluso del propio Ford, estaríamos hablando de una “Tetralogía de
la caballería” y no de una “trilogía”. O puede que no, porque no hay en “Misión
de audaces” una visión romántica del estamento militar. Tampoco hay una
especialmente visión crítica sobre el mismo, como sí la hay, a pesar del
romanticismo, en la emblemática trilogía. Lo que hay en este film es un acercamiento
lánguido, crepuscular, al ejército, motivo por el que hay analistas que hablan
de este film como la antesala de los westerns otoñales y revisionistas con los
que Ford iría preparando su despedida del cine, en especial “Dos cabalgan
juntos” y la definitiva y definitoria “El hombre que mató a Liberty Valance”.
Porque para empezar, “Misión de audaces” es una peli
pacifista. Así, como suena. Aún aceptando la importancia del conflicto bélico
descrito, resulta que no hay épica alguna en las secuencias de combates,
Marlowe es un antiguo constructor de vías férreas en la vida civil que ahora se
ve en la paradójica situación de tener que destruir una, se acaba arrepintiendo
de todas y cada una de las muertes, las propias y las enemigas (de hecho, solo
se le ve empuñar un arma y disparar al final), y su conflictiva relación con el
médico Kendall acaba erosionando su actitud más de lo que el pensaba.
En este sentido, como bien destaca Quim Casas en su libro
sobre Ford, el título español del film es tremendamente engañoso. Lo de “audaces”
da pie a pensar en la épica, la heroica, la aventura bélica con buenos y malos,
el honor y la gloria… y poco hay de todo eso. El título en inglés de la peli, y
de la novela original, ya nos da pistas de por donde van, o no van, a ir los
tiros (perdón por la metáfora fácil). “The Horse Soldiers”, los soldados a
caballo, es un título que habla de profesionalidad y no de acciones heroicas.
Los militares de esta película no buscan la gloria, sencillamente van a cumplir
un trabajo. Sin más. En una ironía muy fordiana, la única gloria que se
menciona claramente es política, la que busca el coronel Secord (Willis
Bouchey), que ansía llegar a senador, o incluso gobernador, una vez terminada
la contienda.
Las escenas de combates están excelentemente filmadas, como
no podía ser menos, pero muestran la guerra en su aspecto más ridículo. La
carga suicida de un grupo de sudistas desarrapados y mal equipados, narrada en
un brillante travelling, es afrontada por el grupo de Marlowe con
profesionalidad pero no con heroísmo, dada su superioridad, y el coronel
intenta evitar la masacre a toda costa, y tras ella busca consuelo en la
bebida. Otra patética carga, la del ejército de niños y adolescentes dirigidos
por un anciano cura, también formidablemente contada, empieza como una aparente
muestra de inútil heroísmo para, al no responder al desafío los nordistas, a
una escena dolorosamente cómica… Y en contraste con estas desmitificadoras escenas
de combates están las que transcurren en los hospitales de campaña, en las que
no se dosifica el sufrimiento y la sangre.
Al final, al no haber esa glorificación de la aventura bélica,
lo que realmente destaca de esta supuesta misión de audaces es el itinerario
exterior e interior de los tres personajes protagonistas, Marlowe, Kendall y Miss
Hunter, cómo con el paso de los días su relación va cambiando sus
personalidades, como unos van influyendo en los otros. En este sentido es
particularmente hermosa la escena en la que una Hannah absolutamente cansada y
horrorizada por la guerra se mira en los restos de un espejo roto y comprueba cómo
ha cambiado físicamente… y también interiormente. Y para que quede clara la
importancia de la descripción psicológica, el enfrentamiento dialéctico entre
el coronel y el médico, que parecía abocado a un enfrentamiento físico… pues
bien, pelear, pues sí, lo van a hacer… pero no esperen algo como lo de Gregory
Peck y Charlton Heston en “Horizontes de grandeza”. Ni mucho menos. Y la relación
entre Marlowe y Hunter, que podía llevar al inevitable romance… pues por haberlo,
pues también. Pero no esperen que sea convencional, aunque aquí quizás tenga
mucho que ver el abrupto final que Ford, apenado por la muerte de su amigo y
especialista en sus filmes, acabó imponiendo… Aunque, como ya he dicho, le da un
desenlace ciertamente melancólico, en consonancia con el tono general de la
peli.
Por lo demás, es una peli de John Ford, y su maestría
narrativa, el uso de travellings, el buen manejo de planos y encuadres, siguen
siendo marca de la casa. Hay que destacar además la hermosa fotografía de
William H. Clothier, que daría su particular sentido de la luz a numerosos
westerns de los sesenta y los setenta, repitiendo además con Ford en más films,
incluido “… Liberty Valance”. En cuanto al reparto, nada malo que decir sobre
los protagonistas. Wayne resuelve bien su papel de militar escéptico y decepcionado,
y Holden hace lo mismo con el del médico que antepone su deber sanador al
militar. Un poco por encima de ellos está Constance Towers, cuyo personaje es
el que más cambia a lo largo del metraje, y lo refleja con acierto.
“Misión de audaces”, esa obra maldita de John Ford, acaba
siendo, pues una buena película. No tiene el alcance ya sea mítico o desmitificador
de las cumbres de su filmografía, pero no tiene nada de “obra menor”. Es un
film más que digno que además encaja perfectamente en las constantes temáticas
y artísticas del cineasta. 7,5 redondeado a 8/10.
Big Star no fue el primer grupo en practicar lo que se acabó llamando power pop, ese estilo de canciones cortas que mezclaban potentes guitarreos con finas armonías vocales, que nació a comienzos de los setenta intentando seguir la estela de parte de las canciones de The Beatles, The Who o The Byrds, y que tanto influyó en la new wave. Pero sí que fueron los primeros en ser claramente reivindicados por músicos que les admiraban y admitieron su influencia.
Formado en Menphis, Tennesee, en 1971 por músicos ya
curtidos en otros grupos, fue liderado por Alex Chilton y Chris Bell (voz, guitarras y compositores principales), a los que se unieron Andy Hummel (bajo) y Jody Stephens (batería), todos ellos rondando apenas la veintena en ese momento. En 1972 publicaron su primer álbum, "No. 1 Record", considerado su mejor trabajo, por ser el que mejores canciones ofrece y mejor muestra su estilo... aunque no fuera ni mucho menos un éxito de ventas. Luego vendrían las rencillas entre los miembros, el abandono primero de Bell, que acabaría muriendo un un accidente de tráfico en 1978, y luego de Hummel, y una banda que acabó reducida a dos de los miembros originales, Chilton y Stephens más músicos de estudio, y que se despidieron tras dos álbumes más, en 1974 y 1978, que, no siendo tan buenos como su esplendoroso disco de debut, mostraban el talento, y también el ambiente, de un grupo en descomposición...
Escojo de su primer álbum esta preciosa balada, "Thirteen", buena muestra de lo que el grupo ofrecía.
Fuente de los datos: Pérez de Ciriza, Carlos, 3 minutos de magia: Una historia del power pop y la new wave, Midons, Valencia 2018
De momentos simples pueden derivar situaciones complicadas.
Esto es lo primero que queda claro ya desde el comienzo de “Un simple accidente”
(Yek tasādof-e sāde / Un simple
accident, Jafar Panahi, 2025).
Pero esto es solo el principio: esta película franco-iraní es mucho más que una
descripción de las complicaciones derivadas de lo sencillo; es mucho más que la
historia de una venganza; es mucho más que un thriller, un whodunnit o
una comedia; es mucho más que una denuncia de la dictadura islámica que oprime
a los iraníes. Es todo eso, y puede que aún más.
Jafar Paahani es un
cineasta que desde siempre ha denunciado la dictadura que sufre su país, y ha
pagado por ello, tanto a nivel personal como profesional. Ha conocido la cárcel,
la censura, la prohibición, ha rodado gran parte de su filmografía sin permisos
y clandestinamente… En esta película, en concreto, usa a actores profesionales
y amateurs por ello, y desafía al régimen iraní presentando a las actrices sin
el preceptivo hijab. Pudo sacara adelante el film al hacerlo en coproducción
con Francia, donde tuvo que hacer el montaje final para evitar injerencias de su
país… Y profesionalmente hablando le mereció la pena, al ganar la Palma de Oro
en Cannes el año pasado, y convertirse en uno de los cuatro directores que han
logrado a lo largo de su carrera el máximo galardón en los tres grandes
festivales europeos, Berlín, Cannes y Venecia. Dicen las crónicas que lo ha
hecho con una de las películas más accesibles de su carrera, algo que hay quien
lo pone como positivo, y otros, como negativo. Al ser esta la primera peli suya
que veo, no puedo opinar, pero sí que puedo decir que la mezclar denuncia
con elementos de una serie de géneros típicamente cinematográficos consigue un
film de fácil visionado y al mismo tiempo de calidad sobresaliente…
Durante un viaje
nocturno por carretera, un padre de familia (Ebrahim Azizi), junto a su esposa
embarazada y su hija, atropellan inadvertidamente a un perro que se les cruza
en la vía. Este “simple accidente” causa una avería en el coche, por lo que lo llevan
a un garaje. Allí, el mecánico Vahid (Vahid Mobasseri), que pasó una temporada
en prisión por unas protestas salariales, queda horrorizado al creer reconocer
en el conductor a Eghbal el “pata palo” (por la prótesis que lleva en lugar
de una pierna), su antiguo carcelero y torturador. En busca de venganza, le
secuestra con intención de ejecutarlo, pero las protestas y súplicas de aquel,
negando ser esa persona, hacen dudar a Vahid. Para resolver las dudas, decide
consultar a relaciones suyas que también han sido víctimas del torturador:
Shiva (Mariam Afshari), una fotógrafa, la antigua pareja de esta, Hamid
(Mohamad Ali Elyasmehr) y Goli (Hadis Pakbaten), una joven novia de quien Shiva
está haciendo el reportaje de su boda. Mientras van de un lado a otro en una
furgoneta con el secuestrado metido en una caja, y discuten sobre si realmente
es quien ellos creen, otras cosas pasarán que les harán dudar más sobre su propósito
de venganza…
Con esta síntesis ya advertimos la diversidad de géneros que
afronta el film: está la denuncia del régimen islámico, el cuento moral sobre
el sentido de la venganza, el thriller con el secuestro, el whodunnit
sobre la identidad del secuestrado, la comedia presente en lo ridículo que
resulta llevarle de un lado a otro, el drama de quienes sufrieron la prisión… y
el tremendo mérito de Pahani está en la brillantez con la que combina todos
estos elementos, que se alternan de forma natural y conforman un todo armónico
que realza la película.
De todos estos aspectos, hay dos que han producido
sentimientos encontrados en la crítica. Por un lado, se elogia que poco a poco
el hecho de la identidad real del secuestrado, o sea, el elemento whodunnit,
acabe siendo el macguffin que mueve la historia. Estoy de acuerdo: al final lo
que realmente importa más son las reflexiones sobre la moralidad de la
venganza. Por contra, hay quien ha dicho que el elemento cómico es demasiado
disruptor del poderoso drama narrado, comparando el trasiego del viaje con el
secuestrado metido en una caja de un lado a otro con comedias bufas del tipo “Este
muerto está muy vivo”. Aquí estoy en desacuerdo, y me alineo más con quien
compara este elemento con la hitchcockiana “Pero… ¿quién mató a Harry?” donde
el trasiego con un cadáver que es llevado de un lado a otro, más allá de la
comicidad inherente a la situación, es en realidad una excusa para hacer un análisis
del carácter de los personajes.
Así que más allá de controversias sobre macguffins o
elementos cómicos mal entendidos, hay que quedarse con el acierto y naturalidad
con el que Panahi va introduciendo el tema fundamental de la trama: la moralidad
del deseo de venganza incluso ante una situación tan aterradora como la
tortura. Porque no es justicia lo que buscan las víctimas del carcelero, por
algo tan sencillo como que saben que bajo la dictadura islámica que sufren no
van a encontrar esa justicia. No, es la venganza su única alternativa. Y sin
embargo, antes de llevarla a cabo, el compás moral que rige la vida del
protagonista, Vahid, hace necesario estar seguros de la identidad del
secuestrado.
Todos los personajes recordarán lo sufrido por causa de su
torturador, y todos darán sus opiniones sobre si creen que este es la persona
que llevan en la furgoneta. Y otro mérito del director es no moralizar al
respecto: las pruebas y evidencias son las que son, y a nosotros como
espectadores nos corresponde tomar partido. Pero no se nos va poner fácil, y
los eventos que ocurren paralelamente al secuestro nos van a dar también mucho
qué pensar… Es significativo además que la identificación del personaje acusado
no venga básicamente por pruebas visuales sino por otros sentidos como el
sonido o el olor, que pueden ser igualmente concluyentes… o no. El sonido, de
hecho, será tremendamente importante en la excelente última escena, en la que
Panahi vuelve a jugar con su personaje protagonista, pero también con nosotros
los espectadores, aportando además un elemento nuevo, casi de cine de terror, mostrando
la espalda de Vahid con un inquietante sonido de fondo, dejándonos con un final
deliciosamente ambiguo que nos lleva, de nuevo, a que saquemos nuestras propias
conclusiones.
Y ya que hablamos del aspecto visual del film, hay que decir
que es tan brillante como su temática y caracterización. Panahi plantea una
trama muy dialogada, girando en torno a tres planos secuencia esenciales. El
inicial, con el accidente y la llegada del coche al garaje; otro a mitad de
metraje, en el desierto con el exaltado Hamid en el centro de la imagen
defendiendo su teoría e interpelando a sus compañeros de viaje, que están en
los extremos de la imagen y durante gran parte de la secuencia, fuera de cámara;
y otro nocturno, estremecedor por su contenido dramático, previo al desenlace,
en el que salta por los aires toda la contención desarrollada con anterioridad
y donde se demuestra que todos los demás elementos, el cómico, el whodunnit, el
thriller iban a llevar a un auténtico exorcismo de emociones final…
Es “Un simple accidente” otra de las películas grandiosas de
2025, y desde luego una de mis favoritas. No solo tiene valor por su denuncia, por
sus reflexiones morales o por su desarrollo de personajes o por el dramatismo
de la situación… es que además es tremendamente entretenida, de un visionado fácil
que para nada rebaja la complejidad de su temática y estructura. Simplemente,
un film espléndido. 9/10
Todos
recordamos una canción concreta de un disco, e incluso algún verso de
la misma. Todos somos capaces de recordar, y hasta recitar, escenas
completas de alguna película, y usamos sus frases como ilustraciones de
la vida misma. Pero en el tebeo, ¿podemos recordar con claridad una
viñeta, una frase dicha por un personaje, una escena que nos haya
marcado profundamente, cuya fuerza vaya más allá de lo en ella narrado o
dicho?
La viñeta que nos ocupa hoy debería ser recordada,
citada, llevada al extremo mitómano por todo amante de la historieta que
se precie. Pocas veces habremos visto al héroe en circunstancias tan
adversas y, sin embargo, pocas veces habremos estado tan seguros de que
tarde o temprano triunfaría.
Todo en la escena es perfecto: los
ojos que se nos van alternativamente de la interminable fila de vikingos
al solitario joven que les hace frente, en una linea horizontal cuajada
de detalle, donde cada personaje es claramente definido y
caracterizado. En contraste, vemos una linea vertical, la que siguen los
enemigos que caen al enfervorecido torrente que se les lleva.
Viendo
esta viñeta, todos queremos ser Valiente, a todos nos gustaría ser el
héroe enfrentado a la hazaña imposible, blandiendo la Espada Cantarina,
sí, esa que da fuerza a su poseedor cuando es enarbolada en una causa
justa. Y ¿qué puede haber más justo que luchar por la persona amada,
liberarla de sus captores para caer luego rendidos a sus pies?
Viñetas
como esta son historia viva del tebeo, la razón por la que muchos
caimos una vez subyugados ante este medio de expresión y todavía hoy
seguimos maravillados por sus infinitas posibilidades.
Entrada originalmente publicada en el blog Una habitación con viñetas el 25-1-2007
Nada tienes cuando naces, y mejor será que te quedes así. Tan pronto como tienes algo, envían a alguien para quitártelo. (...)
Cuando encontramos lo que amábamos, estaba destrozado y moribundo entre el barro. Intentamos recoger los pedazos y escapar indemnes, pero nos atraparon en la frontera del estado, quemaron nuestros coches en una última pelea y nos dejaron huyendo, abrasados y ciegos, persiguiendo algo en la noche.
"Something in the Night" es una de mis baladas sprinsteenianas favoritas, por no decir la que más me llega. Me atrapó desde un principio por el desgarro con el que Bruce la canta, introducida y despedida por unos melódicos y desesperados alaridos, y una E Street Band soberbia, donde las guitarras toman un discreto segundo plano como fondo, aportando meros matices a una demoledora sección rítmica donde destaca Max Weinberg golpeando los tambores como si le fuera en ello la vida, y con el contrapunto de los dulces acordes en arpegio de Roy Bittan al piano con el trasfondo de los teclados de Danny Federici, terminando con la última estrofa seca, desnuda, interpretada solo por la voz de Springsteen arropada por la batería... todo ello ilustrando una historia de perdedores sin esperanza ni pasado ni futuro, muy en consonancia con la temática pesimista del maravilloso "Darkness on the Edge of Town" en el que está incluída, viendo algunos, como reflejan Philippe Margotin y Jean-Michel Guesdon en su libro sobre las canciones de Springsteen, la posibilidad de una metáfora sobre las relaciones entre Bruce y su anterior manager y productor Mike Appel, y con la industria discográfica en general, durante el hiato de tres años dominado por trámites judiciales para romper contrato con aquel, lo cual impidió que pudiera publicar nuevo material.
La canción fue tomando forma a lo largo de 1976, estrenándose una primera versión en agosto durante un concierto en Red Bank, New Jersey.
A medida que avanzaba el año, Bruce fue refinando el tema, afinando la letra y los arreglos, llegando a proponerse una introducción al saxo o trompeta, como puede verse en esta versión en directo en noviembre en Nueva York...
... hasta la versión definitiva en álbum, que Springsteen introdujo en la gira de presentación de "Darkness...", tal como puede escucharse en esta actuación a finales de mayo de 1978 en Boston, pocos días antes de que el álbum saliera a la venta.
El tema ha seguido siendo tocado en directo a lo largo de cinco décadas, y en 2009, como complemento de la edición de "The Promise", fue lógica parte de la interpretación del "Darkness..." completo en el vacio Paramount Theatre de Asbury Park, New Jersey.
Termino este repaso de una de mis canciones fetiche del Jefe con un toque personal. Fue una tremenda sorpresa, bendita sorpresa, para mí que a las nueve de la noche del 14 de junio de 2024, en el estadio Metropolitano de Madrid, la última ocasión en la que le he visto en directo, Bruce empezara el concierto justamente con "Something in the Night", algo de lo que doy fe con este breve clip con el inicio de la canción. Podría haber habido otras canciones con las que empezarlo, pero pocas habrían resultado tan emotivas para mí como esta.
Nostalgia, nostalgia y más nostalgia. De eso me tomé ayer un
buen montón de dosis al revisionar “La isla del fin del mundo” (The
Island at the Top of the World, Robert Stevenson, 1974), película de aventuras
en imagen real de la Disney que no veía desde nano, cuando fue proyectada en el
teatro de la (Universidad) Laboral durante lo que entonces era el Festival de
Cine para la Infancia y la Juventud de Gijón.
Y como viaje nostálgico, no ha estado mal. He recordado (que
no revivido, lo que es imposible no puede ser, ya se sabe) la ilusión con la
que la fui a ver y lo bien que me lo pasé con ella. Otra cosa son los ojos ya
sesentones con la que la he vuelto a ver, encontrándome con un producto
familiar con el que la productora de tito Walt intentaba reverdecer laureles de
pelis similares, como “20.000 leguas de viaje submarino”, pero que aspirando a
ser un film espectacular de campanillas se queda en casi una serie B con
momentos entretenidos y dignos y otros aburridos y hasta irrisorios de lo torpemente
realizados que están.
En 1907 el industrial millonario Sir Anthony Ross (Donald
Sinden) contrata los servicios del arqueólogo y profesor universitario experto
en civilizaciones nórdicas John Ivarsson (David Hartman) para intentar hallar a su hijo Donald (David Gwillim), desaparecido durante una expedición que
pretendía encontrar un mítico cementerio de ballenas en aguas árticas. Para ello
monta otra expedición en la que viajarán más allá de Groenlandia en un
dirigible construido y pilotado por el francés Capitán Brieux (Jacques Marin).
Por el camino se encontrarán con la ayuda del esquimal Oomiak (Mako) y de la
joven Freyja (Agneta Eckemyr), habitante de una arcaica civilización residente
en la misteriosa isla de Astragard…
El film está basado en una novela del escritor Donald Gordon
Payne bajo el seudónimo Ian Cameron. Al adaptarlo, se adelantó la acción de la
trama a comienzos de siglo XX y se añadieron los elementos a lo Jules Verne, en
especial el dirigible Hyperion, que supuestamente es la estrella de la película.
La intención, como he dicho ya, era hacer una producción espectacular que superara
los éxitos entre lo moderado y lo aceptable con los que entró en los años
setenta, como “Los aristogatos”, “Robin Hood” o “La bruja novata” o “Herbie, un
volante loco”.
De hecho, la película empezó a prepararse en 1968, y el
departamento de diseño de producción echó el resto, con unas pinturas mate espectaculares
para los fondos y, por supuesto, el dirigible que pretendía emular al Nautilus…
En cuanto al reparto, como protagonista principal pretendían a alguien que
repitiera la gravedad serena y misteriosa de James Mason, para lo cual
contactaron primero con Sean Connery y más tarde con Peter Ustinov.
Lamentablemente, las pretensiones económicas de estos eran demasiado grandes, y
acabaron acudiendo a Donald Sinden, actor ingles shakesperiano de prestigio,
aunque su personaje tuviera un tono más cómico que el del Capitán Nemo…
Y ahí se acaban los aciertos del reparto. Porque para el
resto de personajes se contrató a un plantel de actores que oscilaron entre la
sobreactuación y la profunda sosería. Esto es especialmente grave en el
personaje coprotagonista, el sabio supuestamente fascinado por las
civilizaciones nórdicas, interpretado por David Hartman, que ofrece una actuación
acartonada y sin ningún atisbo de esa fascinación. Hartman, un antiguo jugador
de béisbol que luego derivó a la publicidad televisiva, tuvo una carrera como
actor relativamente corta, apenas una década, siendo uno de sus papeles más
destacados el protagonista en la serie Lucas Tanner, donde interpretaba
a un enrrollado e innovador profe de instituto, siendo esta serie y la peli que
me ocupa sus últimos trabajos como actor antes de convertirse en un exitoso
presentador de noticiarios.
Pero no son estos los únicos problemas con la película. A
pesar del excelente diseño de producción, los efectos especiales son en general
muy pedestres, y la dirección de Stevenson (currante-para-todo de la casa
Disney, tan capaz de cumplir con mucha dignidad como de ofrecer productos de lo
más ordinario) es muy monótona, convirtiendo las escenas de más acción, de huidas
y escapadas en secuencias rutinarias que se acaban haciendo excesivamente largas.
Curiosamente, la película funciona mejor antes de que los héroes
lleguen a su destino. El viaje en el dirigible sí que alcanza un aura de auténtica
aventura, consiguiendo una más que acertada mezcla del tono a lo Julio Verne y
el ambiente victoriano. Esa primera mitad del film aguanta muy bien todavía hoy
y justifica una revisión cariñosa de la peli. Además, cuenta con una banda
sonora del clásico Maurice Jarre que, sin estar a la altura de sus grandes obras,
sí que evoca un tono épico y aventurero que el guion, lamentablemente, no
ofrece en el momento supuestamente estelar de la aventura…
Si conseguimos ver esta película con los ojos de un niño, le
perdonaremos sus muchos pecados, y la veremos con la nostalgia de la inocencia
con la que vimos tantos filmes que, más allá de su calidad, en su momento nos
marcaron y nos contagiaron de la magia del cine. Vista con los ojos adultos, no
es que estemos ante una peli horrible, pero sí bastante mediocre a la que
salvan algunos momentos concretos. Como prefiero ser caritativo y rendirme a la
nostalgia, le daré un 5,5 redondeado a 6/10.
Vale, lo confieso. En mi época preadolescente, mis gustos musicales eran un batiburrillo en el que convivían Beatles, Simon & Garfunkel, Serrat... y Camilo Sesto. Me encantaba Camilo Sesto. Me aprendía sus canciones de memoria, las cantaba a voz en grito en los viajes en coche con mis padres, para su horror acústico... La cosa llegó a su apogeo con su versión de "Jesucristo Superstar", que en formato cassette ponía una y otra vez, alternándola con la versión de la peli de Norman Jewison.
Y luego estaba esta canción, una de mis favoritas, con ese ritmillo saltarín tan agradable y esas cosas tan bonitas que decía sobre esa mujer de evocador nombre, Melina... cuando pocos años me enteré de quién era esa Melina, estaba uno ya despertando ideológicamente, y no pude menos que admirar a la actriz y política griega por su valor y lucha antifascista... y admirar aún más a Camilo por dedicarle esta canción en las postrimerías del franquismo.
Pues vale, por los buenos viejos tiempos, por Melina Mercouri y por Camilo, aquí la dejo.
La
fuerza de una viñeta puede verse fácilmente si se descontextualiza.
Para que una viñeta mantenga su vigor aislada de sus referentes, sin
embargo, hace falta un excelente dibujante, alguien que sea capaz de
reflejar en un rostro o en un ambiente todo el contenido del recuadro,
además de poder, si es necesario para la narración, usar otro elementos
consustanciales a la historieta.
Veamos esta viñeta de Hermann, del álbum Un cobaya para la eternidad, de la serie Jeremiah.
Tanto si conocen la obra como si no, es difícil sustraerse a la fuerza
de su expresión, y casi imposible no deducir los sentimientos del
personaje.
Obviamente, el principal garante del contenido es el
dibujo del rostro. A pesar del detalle del dibujo realista del autor
belga, es de una simplicidad latente. Ojos cerrados, labios con mohín,
el rostro ligeramente entornado. Así de sencillo. Hay tristeza en el
personaje. Podemos elucubrar: si no fuera por los ojos cerrados,
probablemente veríamos las lágrimas; es posible que cerrar los ojos
implique también que no quiere ver algo o a alguien.
Decíamos que
no basta con ser un buen dibujante, con todo; hay otros elementos del
lenguaje del cómic que el autor debe saber dominar. Evidentemente, un
primer plano es el mejor medio para mostrar el sentimiento del
personaje, pero aquí ese primer plano es convenientemente manipulado por
el artista. El rostro esta cortado a la altura de la coronilla, por
arriba, y de la barbilla, por abajo. El efecto es que si dividiéramos la
viñeta horizontalmente en tres partes más o menos iguales, veríamos que
la prímera línea que corta estaría aproximadamente a la altura de los
ojos; la segunda, a la altura de los labios. Los dos elementos que
definen la expresión de Jeremiah. Según una regla de la fotografía, esas
líneas imaginarias que dividen en tres una imágen definen los puntos de
más interés.
Veamos ahora el encuadre: estamos ante una viñeta
horizontal. Un encuadre vertical habría constreñido la imágen, dando la
impresión de un ambiente cerrado y redundando probablemente en la
interioridad de los sentimientos del personaje. Pero el autor decide
introducir una línea de diálogo, con lo cual entra en escena un
personaje que no aparece en la viñeta. Es un diálogo corto y, además,
en un rotulado muy pequeño. El encuadre horizontal que nos ofrece
Hermann parece exagerado para algo tan exiguo. ¿O no?
Al estar el
personaje situado a la derecha, se respeta el sentido de lectura desde
la izquierda, así que leemos primero sus líneas y luego vemos su rostro.
La última impresión es la demoledora tristeza que transmite. Para
cuando vemos el dibujo, ya sabemos la causa de su tristeza: decepción.
El rotulado pequeño transmite un sonido bajo, casi un susurro. Los
puntos suspensivos que le rodean, la idea de una frase inacabada, quiza
enmarcada en un suspiro. El bocadillo no engloba las palabras, y queda
deliberadamente abierto: las palabras de Jeremiah son lanzadas al aire,
más que dirigidas a su invisible interlocutor, y en su pequeñez dentro
de la viñeta, dentro de ese desequilibrio con respecto a la ocupación de
las dos mitades de la misma, transmiten absoluta indefensión.
Sí,
una viñeta descontextualizada puede mantener su fuerza. Eso nos da una
idea de su función dentro del relato. Sólo hace falta un autor que sepa
bien lo que hace.
Entrada originalmente publicada en el blog Una habitación con viñetas el 15-1-2007