¡Ay, Miliki, que te nos has ido y nos has dejado un poquillo más huérfanos!
Huérfanos de referentes de nuestra vida, se entiende, porque en todo lamento por un ser querido que se nos va hay mucho de egoismo. Puede que pensemos en el difunto, sí, puede que tengamos en cuenta su sufrimiento, sus ganas de vivir... pero pensamos también, quizá demasiado, en el vacío que deja, en cómo de repente notamos esa falta y vemos que desaparece una manta que nos protegía del frío exterior y nos enfrenta a la cruda realidad de que a partir de ahora, poco a poco, nos toca a nosotros ejercer de esa manta para otros, y somos de repente más conscientes del paso del tiempo, que fina, pertinaz y sibilinamente nos va atrapando.