Si “𝗠𝗮𝗿𝘁𝘆 𝗦𝘂𝗽𝗿𝗲𝗺𝗲” (Josh Safdie, 2025) durara, por decir algo, una media hora menos y tuviera un final menos complaciente, más acorde con la locura y caos que impregna su trama, estaríamos ante la mejor película del año. Así de claro me parece. Aún así, salvando estos problemas que le encuentro, es una muy buena película apoyada en dos puntales: por un lado, su engañosa historia, aparentemente un enésimo elogio del sueño americano, de la lucha de los humildes por el triunfo, pero en realidad un retrato duro e inmisericorde de la ambición desmesurada y la codicia.
Y por otro lado, indudablemente, está Timothée Chalamet. Sin su eléctrica, nerviosa y, a ratos enervante (y no uso este término en un sentido peyorativo, como veremos más abajo) interpretación, el film bajaría muchos enteros y sería algo más rutinario, por mucho que el guion y su realización visual mantuvieran sus atractivos y virtudes. Pero Chalamet eleva al personaje protagonista y lo transforma en la razón de ser de la peli, casi llegando a la categoría de mito.
A comienzos de los años cincuenta, Marty Mauser (Chalamet) es un hábil dependiente en una tienda de zapatos en el degradado y de clase baja, mayormente inmigrante, barrio East Lower Side en Manhattan. Pero al mismo tiempo es un brillante jugador de tenis de mesa que aspira a participar en las competiciones de más prestigio para demostrar su valía, al tiempo que diseña y pretende comercializar una pelota apta para el tipo de juego que practica. El problema es que necesita dinero para acudir a esas competiciones, con lo cual se embarca para conseguirlo en una serie de actividades, la mayoría de ellas artimañas y triquiñuelas ilegales cada cual más abracadabrante, contando con la ayuda de sus amigos Dion (Luke Manley) y Wally (Tyler Okonma), y sobre todo la de Rachel (Odessa A’zion), amiga de la infancia y mujer casada con la que tiene relaciones, Kay (Gwyneth Paltrow) actriz venida a menos con la que también tiene una aventura, y con el mecenazgo de Milton Rockwell (Kevin O’Leary), empresario sin escrúpulos al que solo interesa enriquecerse más. Sin embargo, a Marty no le importan los medios que deba usar para conseguir su sueño de demostrar que es el mejor jugador de ping-pong…
Como he dicho, partimos de la idea del sueño americano, con un personaje de baja extracción social con la intención de triunfar en la vida… pero la originalidad de la peli está en que tal personaje no despierta simpatía alguna. Es un tramposo, un aprovechado, un tipo desleal. Puede que su falta de moralidad, o como diríamos más pie a tierra, el mucho morro que tiene, le emparente con otros personajes fílmicos recientes de similar calaña y picaresca, como el Jordan Belfort de la scorsesiana “El lobo de Wall Street” o el Frank Abagnale de la spielbergiana “Atrápame si puedes”, pero estos, posiblemente ayudados por el carisma, encanto y elegancia de su intérprete Leo DiCaprio, sí que despertaban cierta afinidad o estima… o sea, que acababan cayendo bien. Pero no el Marty creado por Chalamet, que es deliberadamente taimado, zafio, desaliñado y poco fiable.
Esta cualidad del personaje hace lógico que la película se centre en los planes y manipulaciones que usa para hacerse con el dinero que necesita, que son explicados en detalle, lo cual permite un retrato desolador de los Estados Unidos en los barrios pobres en los años cincuenta, llenos de pobreza y gente viviendo a salto de mata, intentando salir adelante como buenamente, o malamente, pueden. Al final, y aquí está la segunda sorpresa de la película, su carácter engañoso, “Marty Supreme” no es un film sobre el éxito deportivo. Aunque hay alguna escena con el protagonista entrenando o practicando, y por supuesto le vemos participando en alguna de las grandes competiciones a las que aspira, no estamos ante una peli sobre la superación en el deporte como lo pueda ser “Rocky”, por poner un ejemplo emblemático.
Dicho esto, y aunque toda esta picaresca y amoralidad está excelentemente tratada y narrada, poco a poco la historia se me hace un poco larga. Safdie pone a su personaje protagonista en un viaje a unos infiernos muy tópicamente dantescos, cada vez hundiéndose más en una miseria ética en la que tendrá que acabar planteándose hasta qué punto puede mantener la poca dignidad que le va quedando. Pero creo que hay demasiado ensañamiento y repetición en el número de “aventuras” por las que pasa, que su calaña ya había quedado claramente definida antes. Y eso me hace entender menos el rutinario y complaciente final, cuando la película había quedado redonda con otra escena minutos antes, una secuencia que podría haber puesto brillante punto final a la dicotomía triunfador-perdedor planteada.
Son una pena estas imperfecciones que encuentro en la peli, que me hacen restar puntos a lo que es en la mayor parte de su metraje una excelente película. Irreprochablemente realizada, con una fotografía que pinta perfectamente la degradación tanto interna como externa, y si dejamos aparte la innecesaria reiteración de la que ya he hablado, con un ritmo frenético que ahonda en el caos y confusión que plantea la trama. Como también ahonda la banda sonora, que tanto en la original escrita para la película como los temas de la música pop usados, remite a los años ochenta, en un equívoco contraste con el ambiente de tres décadas antes que a ratos puede confundir, pero que quizá también contribuya a recordarnos que el paso del tiempo no evita que haya períodos históricos demasiado parecidos.
El reparto contribuye a la excelencia de la película, destacando Gwyneth Paltrow, Abel Ferrara y sobre todo Odessa A’zion, que borda un personaje sufrido pero con recursos, y Kevin O’Leary, brillante en su personaje de capitalista implacable. Y por encima de todos, Chalamet, que se convierte en el alma del film, su razón de ser. Domina todas las escenas (y apenas abandona presencia en pantalla) con un trabajo descomunal, enfebrecido, dando a su personaje la perfecta cualidad tortuosa que requiere, alternando momentos de tensa calma con una naturaleza enervante, en el sentido de que nos obliga a estar con los nervios en tensión, siempre pendientes de hacia donde va a llevar su interpretación. ¿Carne de Oscar y premios variados? Pues sí, pero en este caso, serían merecidos.
Le falta muy poco a “Marty Supreme” para que le dé… perdónenme el fácil y obvio juego de palabras… la nota suprema. Hay algún aspecto, como su algo excesiva duración por reiteración de situaciones, y un final para mí insatisfatorio y poco acorde con la historia contada, que me impide hacerlo. Pero no quisiera con ello llamar a engaño a nadie. A pesar de los defectos que le veo, es una excelente película. No la mejor del año, que pudo haberlo sido, pero sí entre lo mejor. 8/10

No hay comentarios:
Publicar un comentario