Las ollas a presión son casi ya reliquias históricas. La gente de mi generación ha conocido esos mamotretos metálicos que permanentemente emitían un siseo e impregnaban de olor a cocina casera, al saber hacer gastronómico de nuestras madres y que, sobre todo, hacían pender sobre nuestras cabezas la posibilidad de explotar si no se controlaba la presión del vapor, algo que avisaban con un silbido chirriante y perturbador que hacía a la chef doméstica correr histérica a la cocina...
Ahora no. Ahora disponemos de ollas más estilizadas, de diseño, de paredes metálicas más finas, relucientes, que hacen su trabajo como con silenciador, que cierran herméticamente para que no se sature de olores la casa, o que no se pierda ni un ápice de sabor o de las propiedades sanitarias y alimenticias de la comida... Sí, definitivamente las ollas a presión han perdido la batalla ante las "ollas rápidas".
Por eso me llama la atención que se siga usando la metáfora de la "olla a presión" cada vez que se habla de una situación insostenible a punto de estallar. Como lo que estamos viviendo.