El fútbol ha perdido ya todo su romanticismo, toda su imprevisibilidad, esa emoción de que, por muchos favoritos que hubiera, siempre cabía la sorpresa de que algún equipo venido de la nada pudiera asaltar los cielos. Los Nottingham Forest, los Feyenoord, los Benfica, los Steaua de Bucarest, los Estrella Roja de Belgrado... esos no tienen espacio en este fútbol moderno que se pretende espectacular pero que no deja de ser un parque temático en el que podemos brevemente pasarlo bien en la montaña rusa de turno, con sus subidas y bajadas, vueltas y revueltas, pero de la que al final saldremos sin mayor sensación de sorpresa, ya ni siquiera de haber aprendido algo sobre un deporte que en un momento concreto fue creativo y asombroso, a la búsqueda de tácticas revolucionarias que destilaran belleza deportiva. Como lágrimas en la lluvia se ha ido todo aquello.
Extractos del excelente artículo Ni Superliga ni Champions ¡nostalgia de la Copa de Europa!, de Carlos Arístides Hernández, en Jot Down: