Esta semana se han cumplido cincuenta años del estreno de “Todos los hombres del presidente” (All the President’s Men, Alan J. Pakula, 1976), y me ha parecido una buena excusa para hacer mi enésimo visionado de una película que desde la primera vez que la vi me fascinó y maravilló… y que a día de hoy puedo confirmar que no ha perdido un ápice de la fuerza y frescura que tenía hace cinco décadas. El film de Pakula y Redford sigue siendo un monumento del cine, una de las mejores películas sobre periodismo, si no la mejor.
Pues quería uno hacerle homenaje a Robert Duvall, y en
principio me iba a inclinar por volver a ver “Camino al cielo”, ese proyecto
tan personal suyo en el que hace una interpretación memorable, pero como
llevaba tiempo con ganas de revisionar “Network, un mundo implacable” (Network,
Sidney Lumet, 1976) y por ahí anda también el actor imponiendo magisterio, en
uno de esos papeles de reparto que el sabía como nadie hacer imprescindibles,
pues nada, decidí matar dos pájaros de un tiro, lo cual no quita que a no mucho
tardar vuelvaa la otra peli que
menciono…
“Network” es quizás la peli modelo de ataque a las miserias
de la televisión, tuvo un tremendo impacto en el momento de su estreno, ganó
premios de prestigio, entre ellos tres de los premios a la interpretación y
otro al guion en la gala de los Oscar, ha influido poderosamente en luminarias
actuales del mundo del espectáculo como Aaron Sorkin, y, vista hoy, si dejamos
aparte algún aspecto coyuntural que haya quedado demodé, resulta tremendamente
vigente… para mayor gloria de los que en ella intervinieron, pero también para
nuestra vergüenza.
Howard Beale (Peter Finch) es una venida a menos estrella de
los programas informativos de la ficticia cadena televisiva UBS. Un día, el
presidente de la división de noticias de la cadena, y viejo amigo suyo, Max
Schumacher (William Holden) le dice que se va a ver obligado a despedirle en un
par de semanas por la baja audiencia de su programa. Pero la noche siguiente
Beale anuncia su intención de suicidarse en pantalla en la próxima emisión.
Antes de dejar que su amigo sea despedido fulminantemente, Schumacher consique
de los dueños de la cadena que le dejen pedir perdón y despedirse con dignidad.
Pero lo que hace el periodista es soltar una perorata contra la cadena, el
sistema y la forma de vida estadounidense, llena de improperios y lenguaje soez.
Al ver que el nivel de audiencia sube espectacularmente con este estallido de
Beale, la ambiciosa ejecutiva y jefa de programación Diana Christensen (Faye
Dunaway) propone a Schumacher que se le de a Howard su propio programa. Aquel
rechaza la propuesta, pero al mismo tiempo él y Diana se enamoran y empiezan
una relación. Sin embargo, Christensen acaba llevando su idea a su jefe, Frank
Hackett (Robert Duvall). En principio este duda, pero cuando en una de sus últimas
emisiones previstas un enloquecido Beale enfervoriza al público
y los índices
de audiencia vuelven a dispararse, Hackett acaba cediendo y empiezan a emitir “The
Howard Beale Show” con un éxito abrumador en principio, lo cual lleva a
Christensen a sacar adelante otros extravagantes programas sensacionalistas.
Pero la cosa empieza a cambiar cuando las diatribas de Howard comienzan a ir en
contra de los intereses económicos corporativos de la cadena…
La impresión general de los analistas de este film es que es
una película más de guionista que de director. Y en principio, no están equivocados.
La trama es un reflejo de las obsesiones del guionista Paddy Chayefsky sobre la
situación de los Estados Unidos a mediados de los años setenta, en medio de una
recesión y del escepticismo y la crisis de valores derivados de la derrota en Vietnam
y el escándalo Watergate, así como de su muy negativa opinión de un medio
televisivo más preocupado de audiencias y beneficios económicos que de la
calidad de sus programas. Chayefsky ofrece un guion perfectamente estructurado
y con una progresión muy meditada, al tiempo que lo llena de potentes diálogos
vibrantes y acerados y muchas peroratas llenas de crítica política y social.
Pero también es cierto que Sidney Lumet sabe dar muy buena
forma cinematográfica a este complejo guion, manejando bien una narración a por
lo menos tres niveles (una historia con Beale, otra con Diane y Max, y otra con
los manejos televisivos), destacando aquí el trabajo del montador Alan Heim,
que alterna los tres niveles con precisión. Luego, con la contribución del
director de fotografía Owen Roizman, hace que visualmente la película tenga la
misma tonalidad casi granulada de una emisión televisiva. Y finalmente Lumet
consigue aportar vitalidad a un relato que podría haber quedado demasiado teatral
por culpa de la importancia de los diálogos, mediante un uso nervioso de la cámara
en mano moviéndose por los laberintos y entresijos de los estudios y oficinas
de la cadena televisiva (Aaron Sorkin ha declarado su admiración por este film,
y se nota por ejemplo en su “El ala oeste de la Casa Blanca”), así como
mediante su espléndido uso, en ocasiones sorprendente, de encuadres y planos. Por
ejemplo, para la escena en la que se decide el destino del programa de Howard,
que podría haberse resuelto mayormente mediante primeros y medios planos de los
ejecutivos proponiendo y reaccionando a las soluciones, Lumet opta por usar
fundamentalmente planos generales, en un fiel reflejo de la frialdad con la que
se afronta el debate.
Pero por mucho que Lumet aporte su forma y estilo de hacer
cine, no se puede olvidar que en este film está plenamente al servicio de las ideas
del guionista. Chayefsky vierte todo el vitriolo posible sobre la hipocresía
del mundo televisivo, con sus ejecutivos de quita y pon, donde no importa que
se defenestre a unos u que otros fallezcan, siempre habrá quien tome su lugar,
con su explotación de las figuras televisivas a las que tanto alaban cuando
tienen éxito como hunden cuando no, con su manipulación de las audiencias, a
las que ofrecen productos sensacionalistas sin importarles las consecuencias,
con sus dirigentes y propietarios sin escrúpulos, más pendientes del beneficio
económico que de cualquier otra cosa.
Chayefsky no tiene piedad con nadie, y por ello, por mucho
que haya una sátira desaforada que muchas veces nos lleve a una sonrisa amarga,
cuando no a una carcajada, aparentemente suavizando el contenido del film… “Network”
es una película agria, tremendamente pesimista y que nunca invita a reflexiones
animosas. Apenas hay personajes positivos (o por lo menos del todo positivos),
se nos hace difícil empatizar con alguno de ellos, ni siquiera de los que más
lo merecerían. Howard, a pesar de tener la mayoría de los mejores textos del
guion, acaba siendo un bufón lastimero. Y Max, que por su relación de amistad
con Beale, o por su aventura romántica con Diane,
podría haber sido el ancla
emocional de la película, no deja de ser un pelele más de los muchos en ella, y
una persona que acaba cediendo también a un egoísmo no demasiado diferente del
de los personajes más negativos de la trama.
De todo lo dicho se desprende que “Network” es un film de
actores, y a fe que lo es. Holden está espléndido, y si no ganó el Oscar a
mejor actor fue porque se lo arrebató a título póstumo su compañero Peter Finch.
No voy a decir si fue injusto o no, ambos trabajos son espectaculares. El de Holden
es más contenido y el de Finch más desatado, pero es difícil escoger cuál es
mejor. Dunaway hace el papel de su vida, igualmente merecedora del Oscar, con su retrato fascinante a la par que odioso de una ambiciosa ejecutiva televisiva.
Luego habría que destacar dos breves intervenciones que también fueron
merecedoras de premios y nominaciones. Beatrice Straight, como la sufrida esposa
de Max, no tiene mucha presencia en pantalla, pero la escena en la que obliga a
su marido a afrontar las consecuencias de su infidelidad es tan brillante e
intensa que no desmerece el Oscar recibido. Menos suerte tuvo otro nominado de
corta presencia, Ned Beatty como uno de los dueños de la cadena televisiva, que
no ganó el premio (que fue a Jason Robards por “Todos los hombres del
presidente”) pero que abruma en la escena en la que se enfrenta a Howard y hace
para mí el segundo mejor discurso del film, tras el famosísimo “¡Estoy más que
harto y no quiero seguir soportándolo!” (“I’m mad as hell and I’m not gonna take it anymore!”) de Peter Finch.
Luego está Robert Duvall, que a pesar de su lugar destacado en los créditos actorales del film, su presencia en pantalla no es tan
larga como la de Finch, Dunaway o Holden. Y sin embargo, cada una de sus
apariciones es un prodigio de interpretación. Como de costumbre en él, vaya. Usando
esa naturalidad tan propia a su trabajo, su papel como el rudo y falto de ética
ejecutivo Frank Hackett alterna momentos de gran intensidad y furia, pero jamás
llegando, ni de lejos, a la sobareactuación, con otros de estremecedora
frialdad, capaz de tomar las decisiones más terribles sin apenas enarcar una
ceja.
Podría decirse que solo por Duvall merece la pena ver “Network”.
Pero sería injusto, sería quedarse cortos sobre la calidad y valores de un film
extraordinario, con un reparto fuera de serie, una temática apasionante,
preocupante y absolutamente vigente hoy, con un guion casi perfectamente
desarrollado y una dirección que a pesar de estar plenamente al servicio de la
trama no oculta el talento del director al llevarla a cabo. De reprocharle
algo, como dije al principio, algún aspecto muy coyuntural que haya podido
pasar de moda. Pero por lo demás, estamos ante una peli entre lo mejor de los
años setenta, y una obra que merece un visionado tras otro. 9/10