“El nuevo caso del Inspector Clouseau” (A Shot in the Dark, Blake Edwards, 1964) no es solo la mejor película de la franquicia de la Pantera Rosa, sino que es una de las mejores comedias de los años sesenta. Para mí, así de claro. Su mayor y casi único problema está en su historia de la resolución de un asesinato, su parte de whodunnit, que resulta muy inconsistente y mal desarrollada… pero es que en realidad no es eso lo importante; ese no deja de ser el mcguffin que da pie a una sucesión de sketches, ya sean basados en diálogos absurdos, o en la comicidad visual del slapstick, que nos mantienen en una perpetua sonrisa cómplice, cuando no derivan directamente a la carcajada.
En principio la peli no iba a ser un vehículo para el inefable policía francés. El guion estaba basado en una adaptación de cierto éxito en Broadway de una farsa procedimental y de enredos francesa en la que un novato funcionario judicial (interpretado por William Shatner) se empeñaba en investigar un crimen que para sus superiores tenía una clara culpable (una doncella en una casa de aristócratas asesinando a su amante, el chófer) y por ello no necesitaba investigación alguna. MGM se hizo con los derechos de su trasvase al cine, pensando en Peter Sellers en el papel del funcionario y con Walter Matthau repitiendo su papel de aristócrata y patrón que le había llevado a ganar un premio Tony. El director iba a ser Anatole Litvak. Sin embargo, a Sellers no le acababa de convencer el guion y amenazó con abandonar, aplacándole los productores con la contratación de Blake Edwards, que aún estaba ultimando “La pantera rosa”. Edwards advirtió que la película bien podría incorporar al personaje de Clouseau, y elaboró un nuevo guion con la colaboración de William Peter Blatty (que se muestra tan hábil en la comedia como luego se mostraría en el terror con “El exorcista”). Matthau no estuvo de acuerdo con los cambios en la obra teatral y declinó aparecer en la película.
El cine negro, ese noir bautizado por la crítica francesa,
que posiblemente entendió mejor y amó más el género que los propios
estadounidenses, está lleno de películas desoladoras, pesimistas, con
personajes abocados a un destino funesto, da igual que por sus propios deméritos o que por la mala fortuna. Pues bien, pocas hay que respondan tan profundamente a
estas características como “Noche en la ciudad” (Night and the City,
Jules Dassin, 1950).
Ambientada en la misma postguerra europea plena de
incertidumbres y miedo acerca del futuro que “El tercer hombre”, mostrando los
mismos entresijos y rincones ocultos de la ciudad aún en reconstrucción, la película
de Dassin no deja títere con cabeza en cuanto a mostrar personajes
traicioneros, codiciosos y crueles encerrados en un ambiente urbano hostil que
les ahoga y les priva de esperanza. Y todo ello en la noche londinense, retratada
con una belleza difícil de superar.
Algo a lo que no es ajeno el propio cineasta, ya que es fácil
ver en ese buscavidas que interpreta Richard Widmark, con ansia de prosperar y
triunfar pero siempre a la carrera, siempre huyendo y finalmente acorralado, un
trasunto suyo, obligado a rodar esta película norteamericana en el Reino Unido
para no ser convocado por el Comité de Actividades Antiestadounidenses por su
pasado comunista, con el peligro de acabar en la lista negra… algo que a la postre
fue inevitable, lo cual le impidió, a su vuelta, el participar en el montaje final
del film, no pudiendo volver a trabajar en el cine en su propio país y acabando
por ir al exilio a Francia, donde, no sin dificultades, pudo volver a retomar
su carrera. Con “Rififí”, nada más y nada menos. Pero tuvieron que pasar cinco
años desde el estreno de la peli que me ocupa hoy.
Harry Fabian (Richard Widmark) es un timador norteamericano
de poca monta en Londres, viviendo a salto de mata entre negocios que nunca le
salen bien, su relación en crisis con su pareja, Mary (Gene Tierney), dependiendo
de los pequeños trabajos que le pueda dar el dueño de un club nocturno Phil
Nosseross (Francis L. Sullivan) y tratando de alejarse de los manejos de la
esposa de este, Helen (Googie Withers). Pero un día parece que la suerte de
Harry cambia y que sus sueños de llegar a ser alguien pueden cumplirse, cuando ve
la oportunidad de convertirse en un promotor de peleas de lucha grecorromana. Sin
embargo, necesita dinero para contratar a los luchadores más prestigiosos y establecerse,
y solo lo conseguirá de los poco fiables Nosseross y en unas condiciones muy
particulares. Para complicar las cosas, se encontrará con la oposición de otro
promotor de peleas, Kristo (Herbert Lom), que aparte de la rivalidad en el
negocio, tiene otros motivos para enfrentarse a Harry. Poco a poco la situación
se irá enrevesando…
Como he dicho al principio, es difícil ver otra película
donde una ciudad luzca tan hermosa, y a la vez tan amenazadora, como luce
Londres en este film. Dassin mueve su cámara por las calles, edificios
abandonados, fábricas, clubs nocturnos, en largos travellings que evocan el
cine documental y el neorrealismo italiano. El personaje interpretado por
Widmark se mueve nervioso, casi siempre corriendo (de hecho así empieza la peli
y así la termina), en un entorno urbano en un acentuado claroscuro
perfectamente retratado por el director de fotografía Max Greene. Por su parte,
el director alterna los planos largos descriptivos con los planos cortos que
muestran la angustia de los personajes, empleando complejas angulaciones y
buscando con frecuencia el encuadre de las figuras en ventanas, arcos, puertas…
cualquier elemento arquitectónico que pueda incidir en la idea de unos personas
aprisionadas en la ciudad.
No hay apenas espacio para la luz diurna, salvo en el desenlace,
y aún así cuando dicha luz llega no es precisamente como efecto liberador de la
opresión de la casi hora y media anterior de metraje.Todo ello para destacar la
vida de unos personajes en su mayor parte (la excepción sería Mary y el vecino
de esta interpretado por Hugh Marlowe) ruines y taimados, atrapados por su
propia codicia y que cuando en algún momento de breve humanidad intenten
escapar a ella les será harto difícil, por no decir imposible. No se aprecia
redención posible para ellos, y de hecho a alguno no parece preocuparle lo más
mínimo.
Y tenemos a Harry como protagonista absoluto, y por ello el
ancla emocional al que como espectadores podemos, incluso debemos, agarrarnos.
Pero es ciertamente difícil. Aunque podamos sentir cierta simpatía por este
perdedor al que todo le sale mal y en algún momento podamos llegar a desear que
el destino le dé un respiro, lo cierto es que es una persona falta de escrúpulos,
capaz de la mayor villanía incluso con quienes le quieren y tremendamente engreído.
Widmark borda su interpretación de este perdedor que parece merecer su condición
de tal, y que sin embargo no entiende por qué todo se vuelve contra él. Quizá
esté en esta falta de comprensión la única razón para que sintamos cierta empatía
por él.
Widmark domina tanto la pantalla que el resto del reparto
queda a años luz de él, y no porque hagan un mal trabajo, sino porque acaban
pasando bastante desapercibidos. Sin embargo, no se debe dejar de hacer
justicia a Googie Withers en su papel de esposa que no se para en barras a la
hora de independizarse de su marido, o a Herbert Lom como taimado promotor de
peleas. Gene Tierney como sufrida novia de Harry cumple bien, pero es una pena
que su personaje no esté más desarrollado, algo que se puede decir también del
de Hugh Marlowe.
“Noche en la ciudad” es una extraordinaria película, uno de
los mejores momentos del cine negro, con Richard Widmark y la ciudad de Londres
como auténticas estrellas del film, un relato de perdedores sin esperanza
encerrados en una noche tan eterna como la oscuridad de sus destinos. Será todo
lo desoladora que sea, y al final de su visionado nos quedaremos con el alma
inquieta, pero… qué diablos, es una peli que hay que ver. 9/10.