Hoy cumpliría noventa años Buddy Holly. A estas alturas, sería prolijo extenderse sobre lo que supuso para la historia del rock, al ser uno de los primeros rockeros que escribieron sus propias canciones, o que contribuyó decisivamente a la conformación de una banda de rock (guitarra rítmica, guitarra solista, bajo y batería), por no hablar de su influencia en el estallido de la música inglesa a comienzos de los años sesenta.
Venga, película de maestro del cine que no está entre las más
apreciadas de su carrera. Lees sobre ella por ahí, y el sambenito de “obra
menor” está a la orden del día. Tonterías. En lo que respecta a “Misión de
audaces” (The Horse Soldiers, John Ford, 1959), me quedo con lo que
dice Oti Rodríguez Marchante sobre ella en su artículo en el libro sobre la
filmografía de Ford publicado por Notorious. Es una obra maldita. Así es, no menor,
con lo que ello implica de peyorativo. Maldita.
Maldita porque Ford trabajó con un guion que no le acababa
de convencer, porque no soportaba a Martin Rackin, coguionista y productor no
acreditado, porque por motivos de salud no pudo probar ni una gota de alcohol
mientras que sus protagonistas Wayne y Holden se lo pasaban de miedo con él,
porque Holden se pasó parte del rodaje aquejado de gripe, porque Ford desafió las
leyes segregacionistas de Louisiana al hacer que los extras negros cobraran
igual que los blancos, pero no pudo conseguir que Althea Jones, que
interpretaba a la esclava Lukey, pudiera alojarse donde el resto del equipo,
con lo que para ahorrarle la humillación rodó sus escenas en Hollywood, y,
sobre todo porque al final de la producción falleció el especialista y viejo
amigo de Ford Fred Kennedy tras una escena en la que debía caer de un caballo, con
lo cual el director, tremendamente afectado, aceleró el final del rodaje
privando de un final glorioso a la peli… aunque dejando un final bellamente
melancólico. Y a pesar de todas estas vicisitudes, nos dejó un film que, vale,
no está entre sus obras maestras, pero que es ciertamente espléndida. “Obra
menor”… sí, claro.
Durante la Guerra de Secesión, el coronel de caballería John
Marlowe (John Wayne) recibe la misión de infiltrarse en territorio controlado
por los sudistas para destruir un almacén de suministros y la vía férrea por la
que son transportados al ejército confederado. Deberá aceptar la presencia del
Mayor Henry Kendall (William Holden), con el que tendrá constantes
enfrentamientos y desacuerdos sobre el concepto del deber y la asistencia
humanitaria a las víctimas de la guerra. En el transcurso de la incursión, hacen
noche en una plantación donde la dueña, Hannah Hunter (Constance Towers) les
hace de anfitriona. Hannah y su criada y esclava Lukey (Althea Gibson) espían
una reunión del mando miliar del grupo y se enteran de lo planes de su misión,
lo que hace que Marlowe les obligue a acompañarles para asegurarse de su
silencio. A lo largo del viaje se sucederán los enfrentamientos entre el trío
protagonista, y para cuando lleguen a la ciudad donde deben acometer la
destructora misión y enfrentarse a las fuerza sudistas, no serán exactamente los
mismos…
Posiblemente, si la peli hubiera tenido mejor aprecio de público
y crítica, e incluso del propio Ford, estaríamos hablando de una “Tetralogía de
la caballería” y no de una “trilogía”. O puede que no, porque no hay en “Misión
de audaces” una visión romántica del estamento militar. Tampoco hay una
especialmente visión crítica sobre el mismo, como sí la hay, a pesar del
romanticismo, en la emblemática trilogía. Lo que hay en este film es un acercamiento
lánguido, crepuscular, al ejército, motivo por el que hay analistas que hablan
de este film como la antesala de los westerns otoñales y revisionistas con los
que Ford iría preparando su despedida del cine, en especial “Dos cabalgan
juntos” y la definitiva y definitoria “El hombre que mató a Liberty Valance”.
Porque para empezar, “Misión de audaces” es una peli
pacifista. Así, como suena. Aún aceptando la importancia del conflicto bélico
descrito, resulta que no hay épica alguna en las secuencias de combates,
Marlowe es un antiguo constructor de vías férreas en la vida civil que ahora se
ve en la paradójica situación de tener que destruir una, se acaba arrepintiendo
de todas y cada una de las muertes, las propias y las enemigas (de hecho, solo
se le ve empuñar un arma y disparar al final), y su conflictiva relación con el
médico Kendall acaba erosionando su actitud más de lo que el pensaba.
En este sentido, como bien destaca Quim Casas en su libro
sobre Ford, el título español del film es tremendamente engañoso. Lo de “audaces”
da pie a pensar en la épica, la heroica, la aventura bélica con buenos y malos,
el honor y la gloria… y poco hay de todo eso. El título en inglés de la peli, y
de la novela original, ya nos da pistas de por donde van, o no van, a ir los
tiros (perdón por la metáfora fácil). “The Horse Soldiers”, los soldados a
caballo, es un título que habla de profesionalidad y no de acciones heroicas.
Los militares de esta película no buscan la gloria, sencillamente van a cumplir
un trabajo. Sin más. En una ironía muy fordiana, la única gloria que se
menciona claramente es política, la que busca el coronel Secord (Willis
Bouchey), que ansía llegar a senador, o incluso gobernador, una vez terminada
la contienda.
Las escenas de combates están excelentemente filmadas, como
no podía ser menos, pero muestran la guerra en su aspecto más ridículo. La
carga suicida de un grupo de sudistas desarrapados y mal equipados, narrada en
un brillante travelling, es afrontada por el grupo de Marlowe con
profesionalidad pero no con heroísmo, dada su superioridad, y el coronel
intenta evitar la masacre a toda costa, y tras ella busca consuelo en la
bebida. Otra patética carga, la del ejército de niños y adolescentes dirigidos
por un anciano cura, también formidablemente contada, empieza como una aparente
muestra de inútil heroísmo para, al no responder al desafío los nordistas, a
una escena dolorosamente cómica… Y en contraste con estas desmitificadoras escenas
de combates están las que transcurren en los hospitales de campaña, en las que
no se dosifica el sufrimiento y la sangre.
Al final, al no haber esa glorificación de la aventura bélica,
lo que realmente destaca de esta supuesta misión de audaces es el itinerario
exterior e interior de los tres personajes protagonistas, Marlowe, Kendall y Miss
Hunter, cómo con el paso de los días su relación va cambiando sus
personalidades, como unos van influyendo en los otros. En este sentido es
particularmente hermosa la escena en la que una Hannah absolutamente cansada y
horrorizada por la guerra se mira en los restos de un espejo roto y comprueba cómo
ha cambiado físicamente… y también interiormente. Y para que quede clara la
importancia de la descripción psicológica, el enfrentamiento dialéctico entre
el coronel y el médico, que parecía abocado a un enfrentamiento físico… pues
bien, pelear, pues sí, lo van a hacer… pero no esperen algo como lo de Gregory
Peck y Charlton Heston en “Horizontes de grandeza”. Ni mucho menos. Y la relación
entre Marlowe y Hunter, que podía llevar al inevitable romance… pues por haberlo,
pues también. Pero no esperen que sea convencional, aunque aquí quizás tenga
mucho que ver el abrupto final que Ford, apenado por la muerte de su amigo y
especialista en sus filmes, acabó imponiendo… Aunque, como ya he dicho, le da un
desenlace ciertamente melancólico, en consonancia con el tono general de la
peli.
Por lo demás, es una peli de John Ford, y su maestría
narrativa, el uso de travellings, el buen manejo de planos y encuadres, siguen
siendo marca de la casa. Hay que destacar además la hermosa fotografía de
William H. Clothier, que daría su particular sentido de la luz a numerosos
westerns de los sesenta y los setenta, repitiendo además con Ford en más films,
incluido “… Liberty Valance”. En cuanto al reparto, nada malo que decir sobre
los protagonistas. Wayne resuelve bien su papel de militar escéptico y decepcionado,
y Holden hace lo mismo con el del médico que antepone su deber sanador al
militar. Un poco por encima de ellos está Constance Towers, cuyo personaje es
el que más cambia a lo largo del metraje, y lo refleja con acierto.
“Misión de audaces”, esa obra maldita de John Ford, acaba
siendo, pues una buena película. No tiene el alcance ya sea mítico o desmitificador
de las cumbres de su filmografía, pero no tiene nada de “obra menor”. Es un
film más que digno que además encaja perfectamente en las constantes temáticas
y artísticas del cineasta. 7,5 redondeado a 8/10.