Para mi la mejor canción sobre fútbol jamás escrita, este homenaje a Kubala, y al balompié en general, publicado por el Nano en el álbum Material sensible de 1989. Con un ritmo alegre y pizpireto, Serrat rinde homenaje a las figuras que han dado lustre a este deporte (Pelé era Pelé / y Maradona uno y basta, / Di Stéfano era un pozo / de picardía. / Honor y gloria a quienes / han hecho que brille el sol / de nuestro fútbol / de cada día.), pero destacando a una de ellas, que según cada aficionado cambiará, pero que para él no puede ser otro que que la estrella húngara, (Todos tienen sus méritos, / a cada cual lo suyo, / pero para mí ninguno / como Kubala.) por razones más cerca del corazón que de la razón ( ... con la alegría de quien / ha jugado a su lado / y lleva su retrato / en la cartera.) ... sabiendo además guardar el equilibrio entre la alegría de lo cotidiano (¡Viva el talento / y la alegría de jugar ... !) y lo mítico (Dejadme glosar / la gloria de estos hechos / como hicieron los griegos / años atrás.)
Para M.R., alias M. Rajoy, en la selección francesa no hay franceses.
Dato primero: de los 26 jugadores en ella, 23 nacieron en territorio francés, uno de ellos en la Guyana francesa y el resto en Francia propiamente dicha. De los otros tres, uno nació en Inglaterra (el indiscutible titular Olise), otro en Italia y otro en la República del Congo.
Dato segundo: de los 26 jugadores, cinco son de raza blanca y origen europeo. De los otros 21, uno es magrebí y el resto son de raza negra, uno de origen sudamericano y los demás de ascendencia africana, descendientes de familias de antiguas colonias francesas.
Los defensores de las palabras de M.R., alias M. Rajoy, dicen que no hay racismo en ellas, que lo que ha querido reflejar es el cambio de identidad en las selecciones nacionales de fútbol.
Pero no, M.R., alias M. Rajoy, no ha dicho "la composición de la selección francesa no es como antes". Ha dicho literalmente que en la selección francesa "no hay franceses".
A ver si me entero: por lo que leo en prensa, ayer, en un estadio de fútbol de cuyo nombre no quiero acordarme, con ocasión de un partido amistoso (¿"amistoso"?) entre los equipos nacionales de España y Egipto, en las gradas se entonaron mayoritariamente cantos ofensivos contra la religión practicada por los jugadores egipcios (y también por una de las estrellas del equipo español, de paso), se silbó el himno de Egipto, hubo ostentación de banderas de corte fascista, se insultó y silbó al portero del equipo español al que supuestamente se estaba apoyando, solo porque el jugador fue fichado por el club rival del de los propietarios del estadio (y un periodista llegó a acusar al entrenador español de humillar a estos por osar alinearle), y como el Llobregat debe pasar por ahí cerca y ya puestos no hay que perder el tiempo, hubo cantos insultantes contra el presidente del gobierno.
Pregúntenme alguna vez por qué desprecio el fútbol de selecciones nacionales y los sentimientos patrioteros que de él derivan. O no me lo pregunten. Pa qué.
El fútbol ha perdido ya todo su romanticismo, toda su imprevisibilidad, esa emoción de que, por muchos favoritos que hubiera, siempre cabía la sorpresa de que algún equipo venido de la nada pudiera asaltar los cielos. Los Nottingham Forest, los Feyenoord, los Benfica, los Steaua de Bucarest, los Estrella Roja de Belgrado... esos no tienen espacio en este fútbol moderno que se pretende espectacular pero que no deja de ser un parque temático en el que podemos brevemente pasarlo bien en la montaña rusa de turno, con sus subidas y bajadas, vueltas y revueltas, pero de la que al final saldremos sin mayor sensación de sorpresa, ya ni siquiera de haber aprendido algo sobre un deporte que en un momento concreto fue creativo y asombroso, a la búsqueda de tácticas revolucionarias que destilaran belleza deportiva. Como lágrimas en la lluvia se ha ido todo aquello.
Si “𝗠𝗮𝗿𝘁𝘆𝗦𝘂𝗽𝗿𝗲𝗺𝗲”
(Josh Safdie, 2025) durara, por decir algo, una media hora menos y tuviera un
final menos complaciente, más acorde con la locura y caos que impregna su
trama, estaríamos ante la mejor película del año. Así de claro me parece. Aún
así, salvando estos problemas que le encuentro, es una muy buena película
apoyada en dos puntales: por un lado, su engañosa historia, aparentemente un
enésimo elogio del sueño americano, de la lucha de los humildes por el triunfo,
pero en realidad un retrato duro e inmisericorde de la ambición desmesurada y
la codicia.
Y por otro lado, indudablemente, está Timothée Chalamet. Sin
su eléctrica, nerviosa y, a ratos enervante (y no uso este término en un sentido
peyorativo, como veremos más abajo) interpretación, el film bajaría muchos
enteros y sería algo más rutinario, por mucho que el guion y su realización
visual mantuvieran sus atractivos y virtudes. Pero Chalamet eleva al personaje
protagonista y lo transforma en la razón de ser de la peli, casi llegando a la
categoría de mito.
A comienzos de los años cincuenta, Marty Mauser (Chalamet)
es un hábil dependiente en una tienda de zapatos en el degradado y de clase
baja, mayormente inmigrante, barrio East Lower Side en Manhattan. Pero al mismo
tiempo es un brillante jugador de tenis de mesa que aspira a participar en las
competiciones de más prestigio para demostrar su valía, al tiempo que diseña y
pretende comercializar una pelota apta para el tipo de juego que practica. El
problema es que necesita dinero para acudir a esas competiciones, con lo cual
se embarca para conseguirlo en una serie de actividades, la mayoría de ellas artimañas
y triquiñuelas ilegales cada cual más abracadabrante, contando con la ayuda de
sus amigos Dion (Luke Manley) y Wally (Tyler Okonma), y sobre todo la de Rachel
(Odessa A’zion), amiga de la infancia y mujer casada con la que tiene
relaciones, Kay (Gwyneth Paltrow) actriz venida a menos con la que también
tiene una aventura, y con el mecenazgo de Milton Rockwell (Kevin O’Leary),
empresario sin escrúpulos al que solo interesa enriquecerse más. Sin embargo, a
Marty no le importan los medios que deba usar para conseguir su sueño de
demostrar que es el mejor jugador de ping-pong…
Como he dicho, partimos de la idea del sueño americano, con
un personaje de baja extracción social con la intención de triunfar en la vida…
pero la originalidad de la peli está en que tal personaje no despierta simpatía
alguna. Es un tramposo, un aprovechado, un tipo desleal. Puede que su falta de
moralidad, o como diríamos más pie a tierra, el mucho morro que tiene, le
emparente con otros personajes fílmicos recientes de similar calaña y picaresca,
como el Jordan Belfort de la scorsesiana “El lobo de Wall Street” o el Frank
Abagnale de la spielbergiana “Atrápame si puedes”, pero estos, posiblemente
ayudados por el carisma, encanto y elegancia de su intérprete Leo DiCaprio, sí
que despertaban cierta afinidad o estima… o sea, que acababan cayendo bien.
Pero no el Marty creado por Chalamet, que es deliberadamente taimado, zafio,
desaliñado y poco fiable.
Esta cualidad del personaje hace lógico que la película se
centre en los planes y manipulaciones que usa para hacerse con el dinero que
necesita, que son explicados en detalle, lo cual permite un retrato desolador
de los Estados Unidos en los barrios pobres en los años cincuenta, llenos de
pobreza y gente viviendo a salto de mata, intentando salir adelante como
buenamente, o malamente, pueden. Al final, y aquí está la segunda sorpresa de
la película, su carácter engañoso, “Marty Supreme” no es un film sobre el éxito
deportivo. Aunque hay alguna escena con el protagonista entrenando o
practicando, y por supuesto le vemos participando en alguna de las grandes
competiciones a las que aspira, no estamos ante una peli sobre la superación en
el deporte como lo pueda ser “Rocky”, por poner un ejemplo emblemático.
Dicho esto, y aunque toda esta picaresca y amoralidad está
excelentemente tratada y narrada, poco a poco la historia se me hace un poco
larga. Safdie pone a su personaje protagonista en un viaje a unos infiernos muy
tópicamente dantescos, cada vez hundiéndose más en una miseria ética en la que
tendrá que acabar planteándose hasta qué punto puede mantener la poca dignidad
que le va quedando. Pero creo que hay demasiado ensañamiento y repetición en el
número de “aventuras” por las que pasa, que su calaña ya había quedado
claramente definida antes. Y eso me hace entender menos el rutinario y
complaciente final, cuando la película había quedado redonda con otra escena
minutos antes, una secuencia que podría haber puesto brillante punto final a la
dicotomía triunfador-perdedor planteada.
Son una pena estas imperfecciones que encuentro en la peli,
que me hacen restar puntos a lo que es en la mayor parte de su metraje una
excelente película. Irreprochablemente realizada, con una fotografía que pinta
perfectamente la degradación tanto interna como externa, y si dejamos aparte la
innecesaria reiteración de la que ya he hablado, con un ritmo frenético que
ahonda en el caos y confusión que plantea la trama. Como también ahonda la
banda sonora, que tanto en la original escrita para la película como los temas
de la música pop usados, remite a los años ochenta, en un equívoco contraste
con el ambiente de tres décadas antes que a ratos puede confundir, pero que
quizá también contribuya a recordarnos que el paso del tiempo no evita que haya
períodos históricos demasiado parecidos.
El reparto contribuye a la excelencia de la película,
destacando Gwyneth Paltrow, Abel Ferrara y sobre todo Odessa A’zion, que borda
un personaje sufrido pero con recursos, y Kevin O’Leary, brillante en su
personaje de capitalista implacable. Y por encima de todos, Chalamet, que se
convierte en el alma del film, su razón de ser. Domina todas las escenas (y
apenas abandona presencia en pantalla) con un trabajo descomunal, enfebrecido,
dando a su personaje la perfecta cualidad tortuosa que requiere, alternando
momentos de tensa calma con una naturaleza enervante, en el sentido de que nos
obliga a estar con los nervios en tensión, siempre pendientes de hacia donde va
a llevar su interpretación. ¿Carne de Oscar y premios variados? Pues sí, pero
en este caso, serían merecidos.
Le falta muy poco a “Marty Supreme” para que le dé…
perdónenme el fácil y obvio juego de palabras… la nota suprema. Hay algún
aspecto, como su algo excesiva duración por reiteración de situaciones, y un
final para mí insatisfatorio y poco acorde con la historia contada, que me
impide hacerlo. Pero no quisiera con ello llamar a engaño a nadie. A pesar de
los defectos que le veo, es una excelente película. No la mejor del año, que
pudo haberlo sido, pero sí entre lo mejor. 8/10
Durante muchos años lució en la pared de mi habitación en casa de mis padres un poster de la empresa JIM, fabricante de ropa interior y pijamas, regalo de un viajante amigo de mi padre. En él, Johan Cruyff lucía, brazos cruzados, joven, desafiante, orgulloso, con una contagiosa sonrisa, una camiseta azul de manga corta. Creo recordar que traía una firma del futbolista impresa, que para mí tenía casi tanto valor como si fuera un autógrafo original.
Estoy harto. Quiero pensar que estamos hartos. Quiero pensar que así lo estamos todas las personas que pacíficamente disfrutamos del fútbol, que lo usamos como una forma de entretenimiento que brevemente nos libera de las tensiones de la vida, que infantilmente destilamos en él inocentes rivalidades y que nos pasamos horas discutiendo el sexo de ángeles en fueras de juego por centímetros, penaltis no pitados, regates imposibles y pases en milimétrica parábola.
Si alguien quiere la prueba de que el fútbol es simple y llanamente un juego, de importancia mínima en las vidas de los ciudadanos, y exageradamente elevado y magnificado en razón de vaya usted a saber qué intereses, que se fije en la reacción de una gran parte de los aficionados ante el fracaso: ira y decepción irracional, incapacidad de análisis lógico y negación de lo conseguido anteriormente. En resumen, infantilismo puro y duro, como el de quien acaba de perder una partida al parchís o el de que le acaban de negar un capricho.
En un país donde uno de los chascarrillos más repetidos con garantía de éxito jocoso es el de "Dimitir" no es un nombre propio ruso (al que se le acaba añadiendo la apostilla de Y "abdicar" no es un nombre propio árabe), ésta claro que cualquier dimisión, por intranscendente que sea, sorprende. Llama la atención. Y por supuesto, cuando ocurre antes de que se confirmen por vía judicial las acusaciones que supuestamente han llevado a dicha dimisión, el involucrado ("pardillo" o "pringado" en boca de sus correligionarios según otro chascarrillo muy común) ya es juzgado por la opinión pública y declarado culpable por la misma. "Algo habrá de verdad cuando dimite" es el comentario general, trasunto de refranes españoles tan castizos como "Por el humo se sabe donde está el fuego" o "Algo tendrá el agua cuando la bendicen".
Hoy es el gran día para muchos madrileños, y por lo que se ve para muchos del resto de los españoles también. Si hacemos caso a los poderes mediáticos, el apoyo para la celebración de unos Juegos Olímpicos en Madrid el 2020 es poco menos que total. Pero si caminas por los corrillos privados, tal apoyo se diluye bastante. No son tantos los casos de una oposición radical, que los hay, pero sí son mayoría las dudas.
Hace un par de años escribí este post glosando la figura de Jesús Castro para la desaparecida página "El banquillo visitante". Hoy, que se cumplen veinte años de la muerte del futbolista, lo recupero. Aunque perdido no estaba, porque aparece, aunque sin acreditación a su autor, servidor de ustedes, en esta página. Sirva de homenaje, en estos días tristes, al antiguo portero del Sporting y, en general a todos los fallecidos en trágicas circunstancias...
Maizón
Esta podría ser la historia de un guaje de siete años abducido por el
fútbol. Y por un equipo con camiseta rojiblanca. Un chaval que probó su
primer bocado de un partido en directo a finales de una temporada, en
la primavera de 1970, en la que el equipo de su ciudad estaba a punto de
conseguir el ascenso a Primera División.
Si los hados de esta nuestra presunta democracia son propicios, en el año 2014 habrá en Catalunya una consulta sobre la autodeterminación en la que todo apunta a que los catalanes optarán por la independencia. Si esos hados aceptan el dictado popular, y ojalá sea así, para 2015 todas las instituciones catalanas, que por motivos sentimentales, geográficos o políticos los españoles vemos como propias, dejarán de serlo.
Con la en su mayor parte brillante ceremonia de apertura de ayer, han dado comienzo los Juegos Olímpicos de Londres, que dejarán tras de
sí un reguero de records, actuaciones memorables, sorpresas, decepciones
y momentos emotivos. La misma rutina de cada cuatro años. Bendita
rutina, ciertamente, porque durante tres semanas el aficionado al
deporte disfrutará casi hasta el empacho. Pero parte de esta rutina
incluye una retahila de comentarios que hablan del “afan de superación”,
“limpia competitividad” y, sobre todo, el “espíritu olímpico”. Ja. El “espíritu olímpico” es una filfa.
Un engañabobos. Algo que sólo se creerán quienes cierren los ojos a la
realidad de lo que supone el deporte profesional hoy en día. Así que
para evitar disgustos y disfrutar al 100% de este gigantesco evento, lo
mejor sería enterrar dicho espíritu de una vez por todas.
Andamos los culés con resaca hoy. Pero no esa resaca embriagadora, de sonrisa boba y síntomas amnésicos, con la que no sabemos qué hicimos el día anterior pero suponemos... no, estamos seguros de que fue algo bueno y divertido. No, la resaca de hoy es pastosa, de lengua como estropajo, pegada a los dientes o al cielo del paladar, de dolor de cabeza persistente, como si tuviéramos un martillo en lo más profundo del cerebro, que al ritmo del reloj tragado por el cocodrilo de Nuncajamás (o si lo prefieron, los acordes amenazadores creados por John Williams para el tiburón spielbergiano) nos recuerda que algo malo ha sucedido...
Durante mucho tiempo uno defendió que en el fútbol no había ni conspiraciones ni confabulaciones ni conspiraciones. Lo que había era seres falibles, timoratos, cobardes, asustados, influenciables, imperfectos, que cometían errores que, a su pesar, eran una parte más del juego, devenían parte importante del resultado. Sin embargo, al final el ganador era siempre el mejor, el que mejor juego había desarrollado para vencer a sus rivales, incluido ese supuesto infortunio del error...
En el momento en que escribo ésto, el Barça está a trece puntos del Madrid en la liga. Una situación nueva para este equipo, y que plantea una situación a la que no está acostumbrado: ya no a la de administrar esfuerzos, algo en lo que Pep Guardiola se ha mostrado un experto, sino ya directamente a la disyuntiva de seguir luchando por una competición que está muy lejana, o la de "abandonarla" para centrar esfuerzos en la Champions League, que parece más accesible...
Pues bien, yo les voy a dar una serie de argumentos para no abandonar, de ninguna manera, la lucha por la Liga, y quiere uno pensar que Pep los tiene en mente también.
Puede que me pase en el análisis que sigue, pero me da igual. Me voy a alinear con los tremendistas. Ojo, no con los que piensan que tras dos partidos fallidos el Barça no va a ganar nada este año; sería de tontos ponerse a este nivel recién empezada la temporada. Pero sí con los que piensan que al Barça no sólo le ha faltado una defensa firme en dichos dos partidos, o que no ha sabido concretar las oportunidades; especialmente, con los que piensan que el Barça lleva dos cortocircuitos, o empanadas monumentales, por creer que el partido estaba resuelto, y lo ha pagado caro las dos veces.
No sé qué me preocupa más, el que el Barça haya recaido en un viejo vicio, el de la autocomplacencia y la molicie, o el que Pep haya dicho que "han aprendido la lección" con el partido de ayer. ¿Quiere decir eso que tras el triste final de la era Rikjaard, o algún incidental momento de la era Guardiola, aún no sabían que jamás, pero jamás, se debe ceder a ningún rival ni un ápice de posibilidades? ¿Que jamás, por muy superior que te sientas, por muy finiquitado que creas un partido, debes abandonarlo?
Decía Maquiavelo, uno de los modelos de la política, aunque demasiadas veces en lo malo de sus sentencias y muy pocas veces en lo bueno de las mismas, que cuando se pretende tener razón, hay que pedirla. En este fregado se quiere meter ahora Rosell, que trajo al Barça el patrocinio de la camiseta blaugrana (algo no reprochable en el mercachifle mundo moderno, aunque nuestro idealismo se viera decepcionado), pero que para ello acudió a una empresa de ideales dudosos y de un país que atenta contra parte de los derechos humanos más evidentes.
El 24 de marzo de 2010, en la jornada 28 de la Liga, el Barça alcanzaba, a falta de diez jornadas para el final, los 71 puntos. 71 de 84 posibles. Un 84% de los puntos posibles. Ante este dato, Pep Guardiola afirmaba que "71 puntos son una puta barbaridad". Y eso que de ahí al final de temporada, el Barça sumaría 28 de los 30 posibles, un 93%, para llegar a los 99, y aún así ganándole la Liga al Madrid por tres exiguos puntos.
La temporada pasada, tres cuartos de lo mismo. Otra "puta barbaridad", 96 puntos para volver a ganarle la liga a los merengues... esta vez por cuatro puntos.