Farmacia de Alonso Luengo, en León. Foto de Jordiasturies.

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miércoles, 18 de febrero de 2026

Una peli al día (2026-02-14): EL CAPITÁN KIDD (Rowland V. Lee, 1945)

 

Con “El capitán Kidd” (Captain Kidd, Rowland V. Lee, 1945) puso punto final su director a su carrera cinematográfica, tras una larga y si no brillante, al menos sólida, trayectoria salpicada de alguna que otra película más que digna. Entre estas se encontraría este film, considerado generalmente uno de sus mejores momentos, a la par con sus adaptaciones de Dumas o la a veces infravalorada “La torre de Londres”.

 

Lee, considerado uno de esos mal llamados “artesanos” de la industria, nos ofrece una peculiar película de aventuras piratas. Peculiar, porque aunque tiene todos los ingredientes espectaculares habituales del género (tesoros, duelos a espada, traiciones, secretos, combates navales, romance), no son estos los que más destacan en su metraje, sino su fuerte contenido dialogado, dando pie al lucimiento de su reparto, sobre el que reina un mayestático, controladamente sobreactuado Charles Laughton. Peculiar también por su ambiente tétrico, con una fotografía en blanco y negro inopinadamente oscura, en parte fruto de las necesidades de la producción, pero así mismo del tono que el cineasta quería dar a su obra. Y finalmente peculiar también por su pesimismo sobre la condición humana, casi sin personajes positivos, y los pocos que hay de estos, sin apenas fuerza o carisma para oponerse a la oscuridad latente en la peli.

 

William Kidd (Charles Laughton) es un bucanero que, tras destruir un galeón británico cerca de la costa de Madagascar, entierra en una cueva de una isla el tesoro que transportaba el barco hundido, en compañía de sus lugartenientes, entre los que destacan Orange Povey (John Carradine) y José Lorenzo (Gilbert Roland). Cuando llega de vuelta a Inglaterra, Kidd pone en marcha su plan de hacerse pasar por un caballero – contratando a un servidor de la nobleza, Shadwell (Reginald Owen) para que le instruya en modales – y presentarse ante el rey Guillermo III (Henry Daniell) como un honrado marino mercante que le pide la patente de corso. El rey le encarga que escolte a otro barco desde la India a Inglaterra, a lo que Kidd en principio accede, y para ello recluta una nueva tripulación que incluye al misterioso Adam Mercy (Randolph Scott), pero el hecho de que tal barco transporte otro rico tesoro, además de al embajador del Rey en la zona y la hija de aquel, Lady Anne (Barbara Britton), hace que el pirata tenga sus propios planes al respecto…

 

Basada en el personaje real de William Kidd, pero sin ninguna intención historicista al respecto, el guion escrito por el hermano del director, Robert N. Lee, no nos muestra al típico héroe con nobles motivaciones al que la circunstancias han hecho pirata a su pesar, como en las pelis protagonizadas por Errol Flynn o Tyrone Power. Tampoco es el pirata que tras su actividad criminal esconde una personalidad con sentido del honor. No, nada de tan positivas actitudes hay en Kidd, un personaje cruel, zafio, desconfiado, traidor y malvado hasta las últimas consecuencias. La interpretación que le da Laughton es tan potente, bordeando la sobreactuación pero contenida hasta cuando parece que va a traspasar el límite, que el principal personaje positivo, Adam Mercy, no está ni de lejos a su altura, y otros más secundarios parecen más útiles como alivio cómico (Shadwell) o romántico (Lady Ann).

 

La historia es una sucesión de tenebrosos secretos, traiciones de los malvados a los héroes y viceversa, o traiciones entre los propios villanos, plasmada en unos diálogos arteros llenos de inuendos, y en la oscura fotografía que mencionaba antes. Apenas hay escenas a plena luz en espacios abiertos, que cuando son usados es mayormente en horas nocturnas, y abundan las que transcurren en locales cerrados como los camarotes del barco, o la cuevas del tesoro. Las malas lenguas dicen que con esto se ocultaban los problemas derivados del bajo presupuesto de la película (que usaba decorados procedentes de filmes anteriores)… pero sea esto cierto o no, también lo es que Lee consigue hacer de la necesidad virtud, logrando que la oscuridad exterior encaje perfectamente con la interior de los personajes y la trama.

 

Y como dije, entre tanta escena dialogada queda tiempo para elementos habituales del género. Por supuesto que vamos a ver combates navales, pero casi de pasada, ya sea como mera introducción a la historia, como el ataque al galeón al comienzo, o como intervalo de un momento a otro de la trama, como el abordaje al segundo barco a mitad de metraje. Y también habrá un duelo a espadas, pero para colmo no será entre el héroe y el villano eje del film, sino entre aquel y uno de los lugartenientes de Kidd, transcurriendo además entre las sombras de los camarotes del barco…

 

… porque lo realmente importante, donde Lee echa el resto, es en las escenas dialogadas entre Kidd y el resto de personajes. Las conversaciones del capitán con sus lugartenientes, por ejemplo, son una delicia de intercambios ladinos y traicioneros llenos de dobles sentidos e intenciones ocultas y aviesas… Laughton hace un extraordinario papel en el que se nota que se encuentra muy a gusto, y que está además muy por encima de la calidad de la película, que sin él sería un producto bastante normalito. Carradine y Roland sí que se acercan algo a Laughton en su taimada villanía, mientras que el supuesto héroe interpretado por Scott no acaba de dar la talla… en su favor, habría que decir que estar a la altura de Laughton en esta peli era muy difícil.

 

Es “El Capitán Kidd” una película digna de verse, aunque solo sea por el memorable recital de maldad que dibuja Laughton en su actuación. El resto oscila entre lo correcto, como algunas escenas de acción o el buen empleo de la tenebrosa fotografía, lo inane, como los personajes supuestamente positivos, o lo cutre, como algún detalle de la ambientación que canta mucho, como la presencia del Puente de la Torre de Londres unos dos siglos antes de ser construido. Pero al final nos queda un film meritorio que nos hace pasar un buen rato. Como tantas veces decimos, eso es lo principal. 7/10


 

El pájaro de Sam Balluga

Imagen © Mariel Soria y Andreu Martín, Grafitti Ediciones, 1981.

 No es extraño que algún historietista se deje llevar por sus mitos e incluya en su obra algún homenaje, disimulado o no, a las influencias que han hecho de él el artista que es. Esto es todavía más frecuente en obras paródicas, donde el mayor o menor respeto al original hace que esos homenajes sean más frecuentes o no.

A comienzos de los años ochenta, la entonces pareja creativa Mariel y Andreu Martín crean el personaje de historieta Sam Balluga, una parodia absolutamente surrealista y tremendamente divertida del género negro. La obra está llena de juegos de palabras, rupturas de la cuarta pared, brechas narrativas y giros argumentales inconexos, todo ello en búsqueda de la sonrisa, cuando no la carcajada, pero todo ello también dentro del máximo respeto a la base original: se nota el cariño que tienen sus autores por el género que es objeto de su burla.

Esta burla incluye homenajes al cine cómico mudo, al de gangsters y, cómo no, al cine negro, un homenaje que culmina en la viñeta que presentamos, reproducción adaptada a la historia narrada en el tebeo de posiblemente la más famosa escena de la película El halcón maltés

https://www.eskimo.com/%7Enoir/ftitles/maltese/maltese06.jpg

The Maltese Falcon, 1941 © Warner Bros. 

El humor se acrecienta si comparamos la trama de película y tebeo, donde el paralelismo entre los mcguffins que desatan el argumento de ambos es cuanto menos grotesco. En la película, tenemos la búsqueda de la estatuilla del ave homónima, y en la historieta se busca una pajarita de papel egipcia. Por lo demás, si comparan la escena original con la viñeta, verán que el único cambio estriba en la mirada de los personajes, dirigida hacía el personaje que habla.

En fin, estamos ante una viñeta que presentamos como ejemplo de un homenaje bien planteado, y como reivindicación de una obra que merecería una reedición decente para disfrute de las nuevas generaciones.

 Entrada originalmente publicada en el blog Una habitación con viñetas el 4-4-2007

 

Bob Dylan: LICENSE TO KILL

 Man thinks ’cause he rules the earth he can do with it as he please
And if things don’t change soon, he will
Oh, man has invented his doom

(...) 

Now, he’s hell-bent for destruction, he’s afraid and confused
And his brain has been mismanaged with great skill

 License to Kill es uno de los temas de Infidels (1983), el álbum con el que Dylan, tras su "trilogía cristiana", vuelve a temas seculares, incluyendo algunas de sus obsesiones líricas, como las relaciones sentimentales, e incluso volviendo a una canción más o menos comprometida. No quiere esto decir que volviera el cantautor protesta del comienzo de su carrera, que aquel, como bien claro había dejado en My Back Pages, había quedado atrás, pero sí que afronta los problemas de aquellos conflictivos ochenta mezclando denuncia y decepción. 

  Es un álbum brillante, con temas del calado de la excepcional Jokerman y el que hoy me ocupa, para el que acudió a Mark Knopfler, con quien ya había colaborado en su primer álbum cristiano, Slow Train Coming, para que en este caso, además de aportar su sonido guitarrero, coprodujera el disco. Para conseguir el sonido que estaban buscando, Dylan y Knopfler conformaron una banda de apoyo de campanillas, con el teclista de Dire Straits Alan Clark, la quizás mejor sección rítmica del reggae, el bajista Robbie Shakespeare y el baterista Sly Dunbar, y la guitarra del ex-Stone Mick Taylor.

 En License to Kill Dylan, coincidiendo con el desarrollo del plan de defensa "la guerra de las galaxias" por parte del presidente Reagan, Dylan denuncia amargamente como el mal uso de los avances tecnológicos puede derivar en la destrucción de la humanidad. Y lo hace con una canción lenta, donde se esfuerza por entonar la melodía a ritmo de recitado, casi como si de un rezo se tratara, con una instrumentación sin alardes, siempre por detrás de la voz, pero con un sonido bastante limpio, pudiéndose, por ejemplo, apreciar la guitarra rítmica de Knopfler en el canal izquierdo del estéreo, y los habitualmente delicados y gráciles punteos de Taylor en el canal derecho.

  Una canción que no está entre las legendarias de Dylan, pero que es ciertamente buena. 

 

 Fuente de los datos: Guesdon, Jean-Michel y Margotin, Philippe, Bob Dylan: Todas sus canciones, Blume, Barcelona 2015 (Edición original en francés Bob Dylan: la totale, publicada por Editions Chêne/E/P/A el mismo año)

martes, 17 de febrero de 2026

Robert Duvall, el actor invisiblemente imprescindible

 Nos ha dejado Robert Duvall, pero, como dice el tópico, por siempre seguirán con nosotros el héroe incomprendido 'Boo' Radley, el estirado pasto de bromas Mayor Frank Burns, el fiel consigliere Tom Hagen, el implacable ejecutivo televisivo Frank Hackett, el Coronel Bill Kilgore tratando la guerra a ritmo de surf, el decepcionado cantante Mac Sledge, el veterano y endurecido oficial de policía Bob Hodges, o el predicador en busca de redención Euliss F. Dewey. Por decir unos cuantos. Podría añadir otros tantos más, de películas con mensaje, películas de éxito, fracasos, blockbusters... pero todas ellas con su sello indeleble.

 Como bien nos explica el videoclip que adjunto, Duvall hizo de la naturalidad la marca esencial de su estilo interpretativo. Sus personajes nos llegan no a través de grandes gestos o frases recitadas con solemnidad para que se nos queden grabadas... Su actuación nunca nos abruma, pero nos impregna, lo cual es aún más efectivo. En las películas que tuvo un papel de reparto, nunca es su nombre el primero que nos viene a la cabeza... pero tenemos que añadirlo o el film queda irremisiblemente cojo. En Apocalypse Now salen Martin Sheen, Brando... y Robert Duvall. En los Padrinos salen Brando, Pacino, Keaton, De Niro, Caan... y Robert Duvall. En Network salen Finch, Dunaway... y Robert Duvall. Incluso en productos menos apreciados como el blockbuster de catástrofes Deep Impact recordamos a otros (Tea Leoni, Vanessa Redgrave, Maximilian Schell, Morgan Freeman) antes que a él... pero si no le mencionamos, perdemos lo mejor del film.

 

 Y cuando fue protagonista absoluto de la peli, Duvall no abusó de tal lugar. En Gracias y favores, el film que le dio un Oscar que ya había merecido antes y volvería a merecer después, o en Camino al cielo, ese proyecto personal que tardó más de diez años en sacar adelante y el que se involucró además como director, guionista y productor, el actor va construyendo su papel poco a poco, no cala en nosotros desde el principio sino que nos va llegando de forma paulatina hasta que al final nos ha empapado. 

Robert Duvall no fue una estrella de cine. Fue un actor. Cuando nos pregunten por nuestros favoritos, seguro que su nombre no va a estar entre los primeros que mencionemos. Otros con más prestigio, con papeles de más enjundia, con más carisma quizá, nos vendrán antes a la cabeza. Pero si dejamos filias y fobias, si no nos comportamos como cinéfagos fans, a poco que pensemos racionalmente, su nombre saldrá a flote. Porque una lista de grandes actores en la que no esté Robert Duvall es incompleta, como lo serían las películas en las que participó sin su presencia.

Estuvo al pie del cañón hasta hace bien poco, datando sus últimas película de 2022, a los noventa años de edad. Y con ochenta y cuatro años, en 2015, recibió su última nominación al Oscar, ostentando el record de actor más anciano en recibirla hasta que tres años después Christopher Plummer, con ochenta ocho, se lo arrebatara. Aún a la espera de saber más detalles sobre su fallecimiento, si en los últimos años estuvo enfermo, no consta que hiciera pública su retirada, aunque es posible que su avanzada edad acabara dictando sentencia. Pero, repito, hace cuatro años, a los noventa, aún trabajó en dos películas. Eso hace más dolorosa aún su marcha, porque, quién sabe, quizás aún nos podría haber ofrecido más de su talento.  

Hasta siempre Robert Duvall. Que la tierra te sea leve, con nuestro agradecimiento. 

 

The Crickets / The Bobby Fuller Four / The Clash: I FOUGHT THE LAW

I needed money 'cause I had none
I fought the law and the law won
I fought the law and the law won

 I fought the law es más recordada hoy en día por la enérgica versión que hicieron The Clash en 1979, pero no está de más, por aquello de al Cesar lo que es del Cesar, recordar los origenes de la canción.

 El tema fue compuesto por Sonny Curtis, guitarrista que sustituyó en The Crickets a Buddy Holly tras su muerte, y fue incluido en el primer álbum sin el cantante, In Style With the Crickets, de 1959. A pesar de la pegadiza melodía, su letra sobre un perdedor que siempre que rompe la ley es atrapado (en la primera estrofa ya está picando piedra en un penal) y ese aliterativo estribillo I fought the law and the law won, la canción nunca fue considerada para ser single, y como mucho salió como cara B con el último sencillo extraído del LP, A Sweet Love, en 1961. 

Sin embargo, la canción conoció su primer momento de gloria cuando un rockero de Texas que llevaba tiempo publicando discos de relativo éxito local, formo un grupo, The Bobby Fuller Four, e hicieron su versión de la canción de Curtis, que se convirtió en uno de los temas más populares de sus conciertos, hasta que decidieron grabarla en 1965 en su álbum de igual título y también como single, con la que llegaron al top ten en Estados Unidos. Su versión, hay que admitir, tiene más fuerza que la de The Crickets.


Durante los años setenta la canción conoció versiones de gente como Roy Orbison, Tom Petty & The Heartbreakers, Kris Kristofferson con Rita Coolidge o Bruce Springsteen, que la incluyó en sus conciertos durante la gira de Darkness on the Edge of Town, en 1978, y que desde entonces ha vuelto ocasionalmente a ella varias veces.

Pero en el verano de 1978 Joe Strummer y Mick Jones, de The Clash, estaban en San Francisco haciendo remezclas de su álbum Give 'Em Enough Rope, y para pasar el rato entre sesión y sesión, escuchaban música en el jukebox del estudio, donde encontraron la versión de Bobby Fuller y les gustó tanto que la escuchaban repetidamente. Tanto les impactó el tema que de vuelta al Reino Unido decidieron hacer con el grupo su propia versión, para su EP The Cost of Living. Su acercamiento punk al tema, lleno de potencia y dinamismo lo fijaron definitivamente en la historia del rock, ayudado sin duda por las vibrantes interpretaciones del mismo en directo y, creo yo, más que posiblemente por el videoclip que alterna imágenes del grupo con otras de violencia televisiva o de disturbios callejeros con enfrentamientos con la policia, muy en la onda del contenido ideológico que Strummer y Jones querían para su música.



Y el resto, como se dice, es historia.

 

(Addenda: con posterioridad a la de The Clash, ha seguido habiendo versiones del tema, por ejemplo de Green Day, The Pogues y Bryan Adams, y una particularmente famosa/infame de Dead Kennedys de 1987, a la que le cambiaron la letra para que hiciera referencia al asesinato en 1978 de Harvey Milk y el alcalde de San Francisco George Moscone. Pero no me parece que lleguen ni de lejos a las tres versiones que les propongo en este texto, en especial la de Clash.)

 

 Fuente de los datos: artículo sobre la canción I Fought the Law por Paul Sexton, en David Cheal and Jan Dalley (ed), The Life of a Song, Chambers Publishing Limited 2022, completados con datos de Wikipedia.

 

lunes, 16 de febrero de 2026

Spirit: Tras los ojos del asesino

 

Imagen © Will Eisner, Norma Editorial.
En todas las artes hay en el espectador un matiz de voyeur, en el sentido de que somos cotillas testigos de la visión del mundo que el artista ha querido darnos. Sin embargo, en pocas somos tan manejados por el artista como en las artes visuales narrativas, como el cine o la historieta. Ahí somos marionetas en manos del creador, qué nos hace ver lo que él quiere que veamos y nos deja poco espacio para la imaginación. Pero también es cierto que el narrador omnisciente que nos cuenta historias en estos medios hermanos puede, al decidir la forma en que cuenta el relato, dar cierto margen de actuación al espectador. Sin embargo, otras veces fuerza a éste a ser observador indefenso de lo que acontece.

En la historieta "El asesino" Will Eisner nos pone de repente (previo aviso, eso sí), literalmente tras los ojos de Henry, el protagonista. Vamos a presenciar una tragedia en primera fila, sin ninguna barrera, ni siquiera la emblemática cuarta pared. Esto va a permitir que comprendamos mucho mejor las motivaciones de Henry, sin ninguna innecesaria explicación más. Es como si, situados en las cuencas de los ojos de éste, recibamos al mismo tiempo que él las instrucciones que manda el cerebro.


Toda el flash-back que se ha desarrollado antes ha llevado a esta cruda manifestación de la realidad, donde la implicación con el personaje es total. Ya no es que la viñeta sea el ineludible destino al que el artista obliga al lector a llevar a sus ojos... Se nos introduce tras los ojos del personaje, y ya no vemos lo que ve el artista, si no lo que ve aquel. Es como si el creador nos dijera que él es también esclavo de su relato, que no puede elegir lo que cuenta. Es más, este punto de vista incide en la frialdad con la que actúa el personaje, demostrándonos como el modo de narrar una historia no sólo es un medio para el desarrollo de la misma, si no que también puede aportar datos a la caracterización.

El acertado uso de recursos como este es campo vedado de maestros en su arte, como el añorado Will Eisner. Muchas veces, cuando vemos algo así somos inmunes a su efecto, por tantas veces como ha sido imitado, repetido e incluso parodiado, y olvidamos, o ignoramos, a los pioneros que experimentaban con el lenguaje del medio. No está de más rendirles el homenaje que se merecen de vez en cuando.

 Entrada originalmente publicada en el blog Una habitación con viñetas el 7-1-2007

Una peli al día (2026-02-13): MARTY SUPREME (Josh Safdie, 2025)

Si “𝗠𝗮𝗿𝘁𝘆 𝗦𝘂𝗽𝗿𝗲𝗺𝗲” (Josh Safdie, 2025) durara, por decir algo, una media hora menos y tuviera un final menos complaciente, más acorde con la locura y caos que impregna su trama, estaríamos ante la mejor película del año. Así de claro me parece. Aún así, salvando estos problemas que le encuentro, es una muy buena película apoyada en dos puntales: por un lado, su engañosa historia, aparentemente un enésimo elogio del sueño americano, de la lucha de los humildes por el triunfo, pero en realidad un retrato duro e inmisericorde de la ambición desmesurada y la codicia.

 

Y por otro lado, indudablemente, está Timothée Chalamet. Sin su eléctrica, nerviosa y, a ratos enervante (y no uso este término en un sentido peyorativo, como veremos más abajo) interpretación, el film bajaría muchos enteros y sería algo más rutinario, por mucho que el guion y su realización visual mantuvieran sus atractivos y virtudes. Pero Chalamet eleva al personaje protagonista y lo transforma en la razón de ser de la peli, casi llegando a la categoría de mito.

 

A comienzos de los años cincuenta, Marty Mauser (Chalamet) es un hábil dependiente en una tienda de zapatos en el degradado y de clase baja, mayormente inmigrante, barrio East Lower Side en Manhattan. Pero al mismo tiempo es un brillante jugador de tenis de mesa que aspira a participar en las competiciones de más prestigio para demostrar su valía, al tiempo que diseña y pretende comercializar una pelota apta para el tipo de juego que practica. El problema es que necesita dinero para acudir a esas competiciones, con lo cual se embarca para conseguirlo en una serie de actividades, la mayoría de ellas artimañas y triquiñuelas ilegales cada cual más abracadabrante, contando con la ayuda de sus amigos Dion (Luke Manley) y Wally (Tyler Okonma), y sobre todo la de Rachel (Odessa A’zion), amiga de la infancia y mujer casada con la que tiene relaciones, Kay (Gwyneth Paltrow) actriz venida a menos con la que también tiene una aventura, y con el mecenazgo de Milton Rockwell (Kevin O’Leary), empresario sin escrúpulos al que solo interesa enriquecerse más. Sin embargo, a Marty no le importan los medios que deba usar para conseguir su sueño de demostrar que es el mejor jugador de ping-pong…

 

Como he dicho, partimos de la idea del sueño americano, con un personaje de baja extracción social con la intención de triunfar en la vida… pero la originalidad de la peli está en que tal personaje no despierta simpatía alguna. Es un tramposo, un aprovechado, un tipo desleal. Puede que su falta de moralidad, o como diríamos más pie a tierra, el mucho morro que tiene, le emparente con otros personajes fílmicos recientes de similar calaña y picaresca, como el Jordan Belfort de la scorsesiana “El lobo de Wall Street” o el Frank Abagnale de la spielbergiana “Atrápame si puedes”, pero estos, posiblemente ayudados por el carisma, encanto y elegancia de su intérprete Leo DiCaprio, sí que despertaban cierta afinidad o estima… o sea, que acababan cayendo bien. Pero no el Marty creado por Chalamet, que es deliberadamente taimado, zafio, desaliñado y poco fiable.

 

Esta cualidad del personaje hace lógico que la película se centre en los planes y manipulaciones que usa para hacerse con el dinero que necesita, que son explicados en detalle, lo cual permite un retrato desolador de los Estados Unidos en los barrios pobres en los años cincuenta, llenos de pobreza y gente viviendo a salto de mata, intentando salir adelante como buenamente, o malamente, pueden. Al final, y aquí está la segunda sorpresa de la película, su carácter engañoso, “Marty Supreme” no es un film sobre el éxito deportivo. Aunque hay alguna escena con el protagonista entrenando o practicando, y por supuesto le vemos participando en alguna de las grandes competiciones a las que aspira, no estamos ante una peli sobre la superación en el deporte como lo pueda ser “Rocky”, por poner un ejemplo emblemático.

 

Dicho esto, y aunque toda esta picaresca y amoralidad está excelentemente tratada y narrada, poco a poco la historia se me hace un poco larga. Safdie pone a su personaje protagonista en un viaje a unos infiernos muy tópicamente dantescos, cada vez hundiéndose más en una miseria ética en la que tendrá que acabar planteándose hasta qué punto puede mantener la poca dignidad que le va quedando. Pero creo que hay demasiado ensañamiento y repetición en el número de “aventuras” por las que pasa, que su calaña ya había quedado claramente definida antes. Y eso me hace entender menos el rutinario y complaciente final, cuando la película había quedado redonda con otra escena minutos antes, una secuencia que podría haber puesto brillante punto final a la dicotomía triunfador-perdedor planteada.

 

Son una pena estas imperfecciones que encuentro en la peli, que me hacen restar puntos a lo que es en la mayor parte de su metraje una excelente película. Irreprochablemente realizada, con una fotografía que pinta perfectamente la degradación tanto interna como externa, y si dejamos aparte la innecesaria reiteración de la que ya he hablado, con un ritmo frenético que ahonda en el caos y confusión que plantea la trama. Como también ahonda la banda sonora, que tanto en la original escrita para la película como los temas de la música pop usados, remite a los años ochenta, en un equívoco contraste con el ambiente de tres décadas antes que a ratos puede confundir, pero que quizá también contribuya a recordarnos que el paso del tiempo no evita que haya períodos históricos demasiado parecidos.

 

El reparto contribuye a la excelencia de la película, destacando Gwyneth Paltrow, Abel Ferrara y sobre todo Odessa A’zion, que borda un personaje sufrido pero con recursos, y Kevin O’Leary, brillante en su personaje de capitalista implacable. Y por encima de todos, Chalamet, que se convierte en el alma del film, su razón de ser. Domina todas las escenas (y apenas abandona presencia en pantalla) con un trabajo descomunal, enfebrecido, dando a su personaje la perfecta cualidad tortuosa que requiere, alternando momentos de tensa calma con una naturaleza enervante, en el sentido de que nos obliga a estar con los nervios en tensión, siempre pendientes de hacia donde va a llevar su interpretación. ¿Carne de Oscar y premios variados? Pues sí, pero en este caso, serían merecidos.

 

Le falta muy poco a “Marty Supreme” para que le dé… perdónenme el fácil y obvio juego de palabras… la nota suprema. Hay algún aspecto, como su algo excesiva duración por reiteración de situaciones, y un final para mí insatisfatorio y poco acorde con la historia contada, que me impide hacerlo. Pero no quisiera con ello llamar a engaño a nadie. A pesar de los defectos que le veo, es una excelente película. No la mejor del año, que pudo haberlo sido, pero sí entre lo mejor. 8/10