“El día en que la escuché quedé abatido. (...) cuando un compositor de canciones, como somos los cantautores, escuchamos la obra de un colega, nos armamos de lápiz y papel imaginarios, y de una bomba de mano, todavía más ficticia. Con esas armas escuchamos: prevenidos para saltar al menor hallazgo. Si la composición de nuestro colega es acertada, nos corroe una envidia insana que nos lleva a decir de inmediato, «¡Joder, claro! ¿Cómo no se me ha ocurrido a mí?» Cuando escuché Ruido dije exactamente eso. Es tan buena la idea de la canción, con esa letanía de ruidos al final, que te abruma la desolación por no ser capaz de elaborar un texto semejante. Si Joaquín Sabina sólo hubiese compuesto Ruido en su vida, su nombre brillaría con neón en el frontispicio de la música española…”
Estas palabras son de Joaquín Carbonell, cantautor, novelista y periodista aragonés, además de colega de Sabina. Pero, aunque una opinión de alguien tan acreditado como él sea siempre bien recibida como argumento de autoridad, lo cierto es que para el amante de la música, tanto si también lo es de la de Joaquín Sabina como si no, tampoco debería hacer falta. Ruido es, sin duda, un pedazo de canción. Por su música, por su letra que parte de algo cotidiano para hacerse universal, que en ese estilo tan sabiniano baila con lo más poético y lo más pie a tierra…
