En todas las artes hay en el espectador un matiz de voyeur, en el
sentido de que somos cotillas testigos de la visión del mundo que el
artista ha querido darnos. Sin embargo, en pocas somos tan manejados por
el artista como en las artes visuales narrativas, como el cine o la
historieta. Ahí somos marionetas en manos del creador, qué nos hace ver
lo que él quiere que veamos y nos deja poco espacio para la imaginación.
Pero también es cierto que el narrador omnisciente que nos cuenta
historias en estos medios hermanos puede, al decidir la forma en que
cuenta el relato, dar cierto margen de actuación al espectador. Sin
embargo, otras veces fuerza a éste a ser observador indefenso de lo que
acontece.
En la historieta "El asesino" Will Eisner nos pone de
repente (previo aviso, eso sí), literalmente tras los ojos de Henry, el
protagonista. Vamos a presenciar una tragedia en primera fila, sin
ninguna barrera, ni siquiera la emblemática cuarta pared. Esto va a
permitir que comprendamos mucho mejor las motivaciones de Henry, sin
ninguna innecesaria explicación más. Es como si, situados en las cuencas
de los ojos de éste, recibamos al mismo tiempo que él las instrucciones
que manda el cerebro.
Toda el flash-back que se ha desarrollado
antes ha llevado a esta cruda manifestación de la realidad, donde la
implicación con el personaje es total. Ya no es que la viñeta sea el
ineludible destino al que el artista obliga al lector a llevar a sus
ojos... Se nos introduce tras los ojos del personaje, y ya no vemos lo
que ve el artista, si no lo que ve aquel. Es como si el creador nos
dijera que él es también esclavo de su relato, que no puede elegir lo
que cuenta. Es más, este punto de vista incide en la frialdad con la que
actúa el personaje, demostrándonos como el modo de narrar una historia
no sólo es un medio para el desarrollo de la misma, si no que también
puede aportar datos a la caracterización.
El acertado uso de
recursos como este es campo vedado de maestros en su arte, como el
añorado Will Eisner. Muchas veces, cuando vemos algo así somos inmunes a
su efecto, por tantas veces como ha sido imitado, repetido e incluso
parodiado, y olvidamos, o ignoramos, a los pioneros que experimentaban
con el lenguaje del medio. No está de más rendirles el homenaje que se
merecen de vez en cuando.
Entrada originalmente publicada en el blog Una habitación con viñetas el 7-1-2007
Si “𝗠𝗮𝗿𝘁𝘆𝗦𝘂𝗽𝗿𝗲𝗺𝗲”
(Josh Safdie, 2025) durara, por decir algo, una media hora menos y tuviera un
final menos complaciente, más acorde con la locura y caos que impregna su
trama, estaríamos ante la mejor película del año. Así de claro me parece. Aún
así, salvando estos problemas que le encuentro, es una muy buena película
apoyada en dos puntales: por un lado, su engañosa historia, aparentemente un
enésimo elogio del sueño americano, de la lucha de los humildes por el triunfo,
pero en realidad un retrato duro e inmisericorde de la ambición desmesurada y
la codicia.
Y por otro lado, indudablemente, está Timothée Chalamet. Sin
su eléctrica, nerviosa y, a ratos enervante (y no uso este término en un sentido
peyorativo, como veremos más abajo) interpretación, el film bajaría muchos
enteros y sería algo más rutinario, por mucho que el guion y su realización
visual mantuvieran sus atractivos y virtudes. Pero Chalamet eleva al personaje
protagonista y lo transforma en la razón de ser de la peli, casi llegando a la
categoría de mito.
A comienzos de los años cincuenta, Marty Mauser (Chalamet)
es un hábil dependiente en una tienda de zapatos en el degradado y de clase
baja, mayormente inmigrante, barrio East Lower Side en Manhattan. Pero al mismo
tiempo es un brillante jugador de tenis de mesa que aspira a participar en las
competiciones de más prestigio para demostrar su valía, al tiempo que diseña y
pretende comercializar una pelota apta para el tipo de juego que practica. El
problema es que necesita dinero para acudir a esas competiciones, con lo cual
se embarca para conseguirlo en una serie de actividades, la mayoría de ellas artimañas
y triquiñuelas ilegales cada cual más abracadabrante, contando con la ayuda de
sus amigos Dion (Luke Manley) y Wally (Tyler Okonma), y sobre todo la de Rachel
(Odessa A’zion), amiga de la infancia y mujer casada con la que tiene
relaciones, Kay (Gwyneth Paltrow) actriz venida a menos con la que también
tiene una aventura, y con el mecenazgo de Milton Rockwell (Kevin O’Leary),
empresario sin escrúpulos al que solo interesa enriquecerse más. Sin embargo, a
Marty no le importan los medios que deba usar para conseguir su sueño de
demostrar que es el mejor jugador de ping-pong…
Como he dicho, partimos de la idea del sueño americano, con
un personaje de baja extracción social con la intención de triunfar en la vida…
pero la originalidad de la peli está en que tal personaje no despierta simpatía
alguna. Es un tramposo, un aprovechado, un tipo desleal. Puede que su falta de
moralidad, o como diríamos más pie a tierra, el mucho morro que tiene, le
emparente con otros personajes fílmicos recientes de similar calaña y picaresca,
como el Jordan Belfort de la scorsesiana “El lobo de Wall Street” o el Frank
Abagnale de la spielbergiana “Atrápame si puedes”, pero estos, posiblemente
ayudados por el carisma, encanto y elegancia de su intérprete Leo DiCaprio, sí
que despertaban cierta afinidad o estima… o sea, que acababan cayendo bien.
Pero no el Marty creado por Chalamet, que es deliberadamente taimado, zafio,
desaliñado y poco fiable.
Esta cualidad del personaje hace lógico que la película se
centre en los planes y manipulaciones que usa para hacerse con el dinero que
necesita, que son explicados en detalle, lo cual permite un retrato desolador
de los Estados Unidos en los barrios pobres en los años cincuenta, llenos de
pobreza y gente viviendo a salto de mata, intentando salir adelante como
buenamente, o malamente, pueden. Al final, y aquí está la segunda sorpresa de
la película, su carácter engañoso, “Marty Supreme” no es un film sobre el éxito
deportivo. Aunque hay alguna escena con el protagonista entrenando o
practicando, y por supuesto le vemos participando en alguna de las grandes
competiciones a las que aspira, no estamos ante una peli sobre la superación en
el deporte como lo pueda ser “Rocky”, por poner un ejemplo emblemático.
Dicho esto, y aunque toda esta picaresca y amoralidad está
excelentemente tratada y narrada, poco a poco la historia se me hace un poco
larga. Safdie pone a su personaje protagonista en un viaje a unos infiernos muy
tópicamente dantescos, cada vez hundiéndose más en una miseria ética en la que
tendrá que acabar planteándose hasta qué punto puede mantener la poca dignidad
que le va quedando. Pero creo que hay demasiado ensañamiento y repetición en el
número de “aventuras” por las que pasa, que su calaña ya había quedado
claramente definida antes. Y eso me hace entender menos el rutinario y
complaciente final, cuando la película había quedado redonda con otra escena
minutos antes, una secuencia que podría haber puesto brillante punto final a la
dicotomía triunfador-perdedor planteada.
Son una pena estas imperfecciones que encuentro en la peli,
que me hacen restar puntos a lo que es en la mayor parte de su metraje una
excelente película. Irreprochablemente realizada, con una fotografía que pinta
perfectamente la degradación tanto interna como externa, y si dejamos aparte la
innecesaria reiteración de la que ya he hablado, con un ritmo frenético que
ahonda en el caos y confusión que plantea la trama. Como también ahonda la
banda sonora, que tanto en la original escrita para la película como los temas
de la música pop usados, remite a los años ochenta, en un equívoco contraste
con el ambiente de tres décadas antes que a ratos puede confundir, pero que
quizá también contribuya a recordarnos que el paso del tiempo no evita que haya
períodos históricos demasiado parecidos.
El reparto contribuye a la excelencia de la película,
destacando Gwyneth Paltrow, Abel Ferrara y sobre todo Odessa A’zion, que borda
un personaje sufrido pero con recursos, y Kevin O’Leary, brillante en su
personaje de capitalista implacable. Y por encima de todos, Chalamet, que se
convierte en el alma del film, su razón de ser. Domina todas las escenas (y
apenas abandona presencia en pantalla) con un trabajo descomunal, enfebrecido,
dando a su personaje la perfecta cualidad tortuosa que requiere, alternando
momentos de tensa calma con una naturaleza enervante, en el sentido de que nos
obliga a estar con los nervios en tensión, siempre pendientes de hacia donde va
a llevar su interpretación. ¿Carne de Oscar y premios variados? Pues sí, pero
en este caso, serían merecidos.
Le falta muy poco a “Marty Supreme” para que le dé…
perdónenme el fácil y obvio juego de palabras… la nota suprema. Hay algún
aspecto, como su algo excesiva duración por reiteración de situaciones, y un
final para mí insatisfatorio y poco acorde con la historia contada, que me
impide hacerlo. Pero no quisiera con ello llamar a engaño a nadie. A pesar de
los defectos que le veo, es una excelente película. No la mejor del año, que
pudo haberlo sido, pero sí entre lo mejor. 8/10
You say, "Yes", I say, "No" You say, "Stop" and I say, "Go, go, go" Oh no You say, "Goodbye" and I say, "Hello, hello, hello" I don't know why you say, "Goodbye", I say, "Hello, hello, hello"
Hello, Goodbye es una de esas canciones de los Beatles de las que suelen despotricar los críticos con la banda, y puede que incluso algún beatlemaníaco, por ser demasiado facilona y comercial. En mi caso, he pasado por rachas de despreciarla y admirarla justamente por su simplicidad, también por su mensaje y melodías optimistas y pegadizas.
Al parecer, a Paul le apetecía hacer una canción sobre la dualidad, y en unas declaraciones recogidas en su biografía escrita por Barry Miles decía "La dualidad es un tema tan profundo en el universo
– hombre mujer, negro blanco, ébano marfil, alto bajo, correcto erróneo, arriba abajo, hola adios
– que fue una canción muy fácil de escribir." Y no es que hiciera un tratado al respecto, limitándose a mencionar algunas, en una letra que parece aceptar los dos términos de cada dualidad y respetar la divergencia, en una melodía y arreglos aparentemente facilones pero efectivos que hacen del tema una pequeña gran delicia pop.
Digo lo de aparentemente porque la grabación del tema fue compleja: primero, por la instrumentación elegida, que aparte de la formación básica del rock (batería, bajo, guitarras) incluía varias partes de piano (por Paul durante la parte principal de tema y John en la coda maorí final), percusión variada (pandereta, congas, bongos y maracas) y viola. El perfeccionismo de Paul llevó a varías grabaciones en las que se uso superposición de sonidos (overdub), por ejemplo en su bajo, efectos de eco por el ingeniero y productor Geoff Emerick en busca de un sonido a lo Phil Spector...
A John no le gustó mucho el tema, declarando en la entrevista publicada por Playboy en septiembre de 1980 "No era un buen tema; lo mejor fue la parte final, en la que todos improvisamos en el estudio." Las malas lenguas podrían decir que en realidad John estaba cabreado porque la canción fue elegido como cara A de su single, en perjuicio de su I Am The Walrus... si esto es cierto, habrá que decir que por un lado tenía razón, ya que es mucho mejor... pero que al final Paul también tenía razón, porque el disco, publicado con 𝘏𝘦𝘭𝘭𝘰, 𝘎𝘰𝘰𝘥𝘣𝘺𝘦 como tema principal a fines de 1967, fue un éxito de ventas, llegando al número 1 tanto en el Reino Unido como los Estados Unidos.
Y al final, lo que debe contar para nosotros es que es una canción pizpireta y alegre.
Fuente de los datos: Guesdon, Jean-Michel y Margotin, Philippe, All The Songs: The Story Behind Every Beatles Release, Black Dog & Levental Publishers, New York 2013 (Edición original en francés Les Beatles : la totale: Les 211 chansons expliquées publicada por Editions Chêne/E/P/A el mismo año)
Visto lo pasado en el sitio ese del caralibro en las últimas 24 horas, decido reactivar mi vieja, viejísima bitácora/blog para seguir poniendo mis paridas como desahogo personal y para quienes les puedan interesar. De momento publicaré paralelamente las entradas del blog en la mencionada red, pero cuando vea que la bitácora vuelve a funcionar adecuadamante, la idea es luego usar la red solo para promocionar esta Botica, hasta que cierre el libro ese y lo abandone... si es que no vuelve a pasar lo de ayer.
He mantenido la mayor parte de las entradas que hice en su momento, borrando solo las que eran demasiado coyunturales y habían quedado desfasadas. Están organizadas por temas (actualidad, Barça
–
bajo el nombre "Tant se val d'on venim", en recuerdo de mi vieja bitácora sobre el equipo
–
deporte, cine, música, televisión, tebeos
– con el nombre "Una habitación con viñetas", también en recuerdo de otro viejo blog – , libros, lugares, educación y rollos propios) a los que se puede acceder en el menú desplegable a la izquierda con el encabezamiento "Escoge tu ungüento".
Aparte de mantener viejas entradas e ir incorporando nuevas, iré recuperando las que me parezcan más interesantes de otras bitácoras mías del pasado. A ver lo que vuelvo a durar en esta...
A quien haya leído esto y le apetezca embarcarse conmigo en esta nueva travesía.. mi agradecimiento y el más cordial de los saludos.
Aún estoy en shock. Curioso que la muerte de un venerable anciano de más de noventa años con el que no hay ninguna relación personal de amistad o parentesco pueda causar tanta tristeza y desolación. Pero es otro de nuestros referentes que nos deja, y eso duele. Incluso aunque nuestro último contacto con él no haya ido más allá de esos entrañables, refrescantes y divertidos cameos en las películas de éxito basadas en los personajes que él creó.
Sobre el asunto este de qué hacer con los restos de un dictador repugnante, iremos al grano contestando a una serie de comentarios oídos o leídos por ahí...