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El más allá” (
Kwaidan, Masaki Kobayashi, 1964) es una película hermosísima, subyugante, inmersiva y tremendamente adictiva, uno de esas raros filmes en episodios que una vez terminado su visionado vemos como un todo conjunto y no como una mera suma de historias diferentes sin apenas relación entre ellas. Es una película de fantasmas, que no de terror: Kobayashi odiaba que se adscribiera su peli a este género, y tenía toda la razón. Porque más allá de que aporte la tensión y angustia propias del mismo, no es su objetivo emocionar a base de sustos y horrores. Estamos ante un film que tiene más la atmósfera de la fantasía pura y el cuento de hadas, donde se nos presenta mundo real en el que lo sobrenatural está plenamente integrado y asumido y está lejos de ser un intruso.
Es el primer film en color del director japonés, y también el primero en el que no hay alusiones críticas al presente. Tardó un año en terminarlo y precisó de un alto presupuesto porque quería tener tal control sobre el aspecto visual, que al no conseguirlo mediante la filmación en exteriores, acabó por rodarlo en inmensos decorados. Su intención de presentar un mundo de ensueño queda reforzada con una fotografía, a cargo de Yoshio Miyajima, con un variado colorido pero muy matizado y en ocasiones hasta deliberadamente tenue y borroso. La disonante y viva música de Toru Takemitsu contribuye también a destacar esta convivencia del mundo real y el sobrenatural. Y lo que más confirma que quedamos abducidos por la película es que su larguísimo metraje, tres horas, y su pausado ritmo nunca se nos hace cansino… y que a su fin quedamos quietos, reflexionando sobre la maravilla que hemos visto y se nos ha contado.