Farmacia de Alonso Luengo, en León. Foto de Jordi Asturies.

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miércoles, 25 de febrero de 2026

Una peli al día (2026-02-24): MISIÓN DE AUDACES (John Ford, 1959)

© Amazon MGM Studios.

Venga, película de maestro del cine que no está entre las más apreciadas de su carrera. Lees sobre ella por ahí, y el sambenito de “obra menor” está a la orden del día. Tonterías. En lo que respecta a “Misión de audaces” (The Horse Soldiers, John Ford, 1959), me quedo con lo que dice Oti Rodríguez Marchante sobre ella en su artículo en el libro sobre la filmografía de Ford publicado por Notorious. Es una obra maldita. Así es, no menor, con lo que ello implica de peyorativo. Maldita. 

 Maldita porque Ford trabajó con un guion que no le acababa de convencer, porque no soportaba a Martin Rackin, coguionista y productor no acreditado, porque por motivos de salud no pudo probar ni una gota de alcohol mientras que sus protagonistas Wayne y Holden se lo pasaban de miedo con él, porque Holden se pasó parte del rodaje aquejado de gripe, porque Ford desafió las leyes segregacionistas de Louisiana al hacer que los extras negros cobraran igual que los blancos, pero no pudo conseguir que Althea Jones, que interpretaba a la esclava Lukey, pudiera alojarse donde el resto del equipo, con lo que para ahorrarle la humillación rodó sus escenas en Hollywood, y, sobre todo porque al final de la producción falleció el especialista y viejo amigo de Ford Fred Kennedy tras una escena en la que debía caer de un caballo, con lo cual el director, tremendamente afectado, aceleró el final del rodaje privando de un final glorioso a la peli… aunque dejando un final bellamente melancólico. Y a pesar de todas estas vicisitudes, nos dejó un film que, vale, no está entre sus obras maestras, pero que es ciertamente espléndida. “Obra menor”… sí, claro. 

© Amazon MGM Studios.

 Durante la Guerra de Secesión, el coronel de caballería John Marlowe (John Wayne) recibe la misión de infiltrarse en territorio controlado por los sudistas para destruir un almacén de suministros y la vía férrea por la que son transportados al ejército confederado. Deberá aceptar la presencia del Mayor Henry Kendall (William Holden), con el que tendrá constantes enfrentamientos y desacuerdos sobre el concepto del deber y la asistencia humanitaria a las víctimas de la guerra. En el transcurso de la incursión, hacen noche en una plantación donde la dueña, Hannah Hunter (Constance Towers) les hace de anfitriona. Hannah y su criada y esclava Lukey (Althea Gibson) espían una reunión del mando miliar del grupo y se enteran de lo planes de su misión, lo que hace que Marlowe les obligue a acompañarles para asegurarse de su silencio. A lo largo del viaje se sucederán los enfrentamientos entre el trío protagonista, y para cuando lleguen a la ciudad donde deben acometer la destructora misión y enfrentarse a las fuerza sudistas, no serán exactamente los mismos…  

© Amazon MGM Studios.
 Posiblemente, si la peli hubiera tenido mejor aprecio de público y crítica, e incluso del propio Ford, estaríamos hablando de una “Tetralogía de la caballería” y no de una “trilogía”. O puede que no, porque no hay en “Misión de audaces” una visión romántica del estamento militar. Tampoco hay una especialmente visión crítica sobre el mismo, como sí la hay, a pesar del romanticismo, en la emblemática trilogía. Lo que hay en este film es un acercamiento lánguido, crepuscular, al ejército, motivo por el que hay analistas que hablan de este film como la antesala de los westerns otoñales y revisionistas con los que Ford iría preparando su despedida del cine, en especial “Dos cabalgan juntos” y la definitiva y definitoria “El hombre que mató a Liberty Valance”.

 Porque para empezar, “Misión de audaces” es una peli pacifista. Así, como suena. Aún aceptando la importancia del conflicto bélico descrito, resulta que no hay épica alguna en las secuencias de combates, Marlowe es un antiguo constructor de vías férreas en la vida civil que ahora se ve en la paradójica situación de tener que destruir una, se acaba arrepintiendo de todas y cada una de las muertes, las propias y las enemigas (de hecho, solo se le ve empuñar un arma y disparar al final), y su conflictiva relación con el médico Kendall acaba erosionando su actitud más de lo que el pensaba. 

© Amazon MGM Studios.

 En este sentido, como bien destaca Quim Casas en su libro sobre Ford, el título español del film es tremendamente engañoso. Lo de “audaces” da pie a pensar en la épica, la heroica, la aventura bélica con buenos y malos, el honor y la gloria… y poco hay de todo eso. El título en inglés de la peli, y de la novela original, ya nos da pistas de por donde van, o no van, a ir los tiros (perdón por la metáfora fácil). “The Horse Soldiers”, los soldados a caballo, es un título que habla de profesionalidad y no de acciones heroicas. Los militares de esta película no buscan la gloria, sencillamente van a cumplir un trabajo. Sin más. En una ironía muy fordiana, la única gloria que se menciona claramente es política, la que busca el coronel Secord (Willis Bouchey), que ansía llegar a senador, o incluso gobernador, una vez terminada la contienda. 

© Amazon MGM Studios.

Las escenas de combates están excelentemente filmadas, como no podía ser menos, pero muestran la guerra en su aspecto más ridículo. La carga suicida de un grupo de sudistas desarrapados y mal equipados, narrada en un brillante travelling, es afrontada por el grupo de Marlowe con profesionalidad pero no con heroísmo, dada su superioridad, y el coronel intenta evitar la masacre a toda costa, y tras ella busca consuelo en la bebida. Otra patética carga, la del ejército de niños y adolescentes dirigidos por un anciano cura, también formidablemente contada, empieza como una aparente muestra de inútil heroísmo para, al no responder al desafío los nordistas, a una escena dolorosamente cómica… Y en contraste con estas desmitificadoras escenas de combates están las que transcurren en los hospitales de campaña, en las que no se dosifica el sufrimiento y la sangre. 

© Amazon MGM Studios.

Al final, al no haber esa glorificación de la aventura bélica, lo que realmente destaca de esta supuesta misión de audaces es el itinerario exterior e interior de los tres personajes protagonistas, Marlowe, Kendall y Miss Hunter, cómo con el paso de los días su relación va cambiando sus personalidades, como unos van influyendo en los otros. En este sentido es particularmente hermosa la escena en la que una Hannah absolutamente cansada y horrorizada por la guerra se mira en los restos de un espejo roto y comprueba cómo ha cambiado físicamente… y también interiormente. Y para que quede clara la importancia de la descripción psicológica, el enfrentamiento dialéctico entre el coronel y el médico, que parecía abocado a un enfrentamiento físico… pues bien, pelear, pues sí, lo van a hacer… pero no esperen algo como lo de Gregory Peck y Charlton Heston en “Horizontes de grandeza”. Ni mucho menos. Y la relación entre Marlowe y Hunter, que podía llevar al inevitable romance… pues por haberlo, pues también. Pero no esperen que sea convencional, aunque aquí quizás tenga mucho que ver el abrupto final que Ford, apenado por la muerte de su amigo y especialista en sus filmes, acabó imponiendo… Aunque, como ya he dicho, le da un desenlace ciertamente melancólico, en consonancia con el tono general de la peli.
© Amazon MGM Studios.

 Por lo demás, es una peli de John Ford, y su maestría narrativa, el uso de travellings, el buen manejo de planos y encuadres, siguen siendo marca de la casa. Hay que destacar además la hermosa fotografía de William H. Clothier, que daría su particular sentido de la luz a numerosos westerns de los sesenta y los setenta, repitiendo además con Ford en más films, incluido “… Liberty Valance”. En cuanto al reparto, nada malo que decir sobre los protagonistas. Wayne resuelve bien su papel de militar escéptico y decepcionado, y Holden hace lo mismo con el del médico que antepone su deber sanador al militar. Un poco por encima de ellos está Constance Towers, cuyo personaje es el que más cambia a lo largo del metraje, y lo refleja con acierto. 

 

“Misión de audaces”, esa obra maldita de John Ford, acaba siendo, pues una buena película. No tiene el alcance ya sea mítico o desmitificador de las cumbres de su filmografía, pero no tiene nada de “obra menor”. Es un film más que digno que además encaja perfectamente en las constantes temáticas y artísticas del cineasta. 7,5 redondeado a 8/10. 

 


 

Big Star: THIRTEEN

 Big Star no fue el primer grupo en practicar lo que se acabó llamando power pop, ese estilo de canciones cortas que mezclaban potentes guitarreos con finas armonías vocales, que nació a comienzos de los setenta intentando seguir la estela de parte de las canciones de The Beatles, The Who o The Byrds, y que tanto influyó en la new wave. Pero sí que fueron los primeros en ser claramente reivindicados por músicos que les admiraban y admitieron su influencia.

 Formado en Menphis, Tennesee, en 1971 por músicos ya

curtidos en otros grupos, fue liderado por Alex Chilton y Chris Bell (voz, guitarras y compositores principales), a los que se unieron Andy Hummel (bajo) y Jody Stephens (batería), todos ellos rondando apenas la veintena en ese momento. En 1972 publicaron su primer álbum, "No. 1 Record", considerado su mejor trabajo, por ser el que mejores canciones ofrece y mejor muestra su estilo... aunque no fuera ni mucho menos un éxito de ventas. Luego vendrían las rencillas entre los miembros, el abandono primero de Bell, que acabaría muriendo un un accidente de tráfico en 1978, y luego de Hummel, y una banda que acabó reducida a dos de los miembros originales, Chilton y Stephens más músicos de estudio, y que se despidieron tras dos álbumes más, en 1974 y 1978, que, no siendo tan buenos como su esplendoroso disco de debut, mostraban el talento, y también el ambiente, de un grupo en descomposición... 

 Escojo de su primer álbum esta preciosa balada, "Thirteen", buena muestra de lo que el grupo ofrecía.

 


 

Fuente de los datos: Pérez de Ciriza, Carlos, 3 minutos de magia: Una historia del power pop y la new wave, Midons, Valencia 2018 

martes, 24 de febrero de 2026

Una peli al día (2026-02-23): UN SIMPLE ACCIDENTE (Jafar Panahi, 2025)

 

© Jafar Panahi, Les Films Pelléas, Bidibul Productions, Pio & Co

De momentos simples pueden derivar situaciones complicadas. Esto es lo primero que queda claro ya desde el comienzo de “Un simple accidente” (Yek tasādof-e sāde / Un simple accident, Jafar Panahi, 2025). Pero esto es solo el principio: esta película franco-iraní es mucho más que una descripción de las complicaciones derivadas de lo sencillo; es mucho más que la historia de una venganza; es mucho más que un thriller, un whodunnit o una comedia; es mucho más que una denuncia de la dictadura islámica que oprime a los iraníes. Es todo eso, y puede que aún más.

 

Jafar Paahani es un cineasta que desde siempre ha denunciado la dictadura que sufre su país, y ha pagado por ello, tanto a nivel personal como profesional. Ha conocido la cárcel, la censura, la prohibición, ha rodado gran parte de su filmografía sin permisos y clandestinamente… En esta película, en concreto, usa a actores profesionales y amateurs por ello, y desafía al régimen iraní presentando a las actrices sin el preceptivo hijab. Pudo sacara adelante el film al hacerlo en coproducción con Francia, donde tuvo que hacer el montaje final para evitar injerencias de su país… Y profesionalmente hablando le mereció la pena, al ganar la Palma de Oro en Cannes el año pasado, y convertirse en uno de los cuatro directores que han logrado a lo largo de su carrera el máximo galardón en los tres grandes festivales europeos, Berlín, Cannes y Venecia. Dicen las crónicas que lo ha hecho con una de las películas más accesibles de su carrera, algo que hay quien lo pone como positivo, y otros, como negativo. Al ser esta la primera peli suya que veo, no puedo opinar, pero sí que puedo decir que la mezclar denuncia con elementos de una serie de géneros típicamente cinematográficos consigue un film de fácil visionado y al mismo tiempo de calidad sobresaliente…

 

Durante un viaje nocturno por carretera, un padre de familia (Ebrahim Azizi), junto a su esposa embarazada y su hija, atropellan inadvertidamente a un perro que se les cruza en la vía. Este “simple accidente” causa una avería en el coche, por lo que lo llevan a un garaje. Allí, el mecánico Vahid (Vahid Mobasseri), que pasó una temporada en prisión por unas protestas salariales, queda horrorizado al creer reconocer en el conductor a Eghbal el “pata palo” (por la prótesis que lleva en lugar de una pierna), su antiguo carcelero y torturador. En busca de venganza, le secuestra con intención de ejecutarlo, pero las protestas y súplicas de aquel, negando ser esa persona, hacen dudar a Vahid. Para resolver las dudas, decide consultar a relaciones suyas que también han sido víctimas del torturador: Shiva (Mariam Afshari), una fotógrafa, la antigua pareja de esta, Hamid (Mohamad Ali Elyasmehr) y Goli (Hadis Pakbaten), una joven novia de quien Shiva está haciendo el reportaje de su boda. Mientras van de un lado a otro en una furgoneta con el secuestrado metido en una caja, y discuten sobre si realmente es quien ellos creen, otras cosas pasarán que les harán dudar más sobre su propósito de venganza…

 

Con esta síntesis ya advertimos la diversidad de géneros que afronta el film: está la denuncia del régimen islámico, el cuento moral sobre el sentido de la venganza, el thriller con el secuestro, el whodunnit sobre la identidad del secuestrado, la comedia presente en lo ridículo que resulta llevarle de un lado a otro, el drama de quienes sufrieron la prisión… y el tremendo mérito de Pahani está en la brillantez con la que combina todos estos elementos, que se alternan de forma natural y conforman un todo armónico que realza la película.

 

 De todos estos aspectos, hay dos que han producido sentimientos encontrados en la crítica. Por un lado, se elogia que poco a poco el hecho de la identidad real del secuestrado, o sea, el elemento whodunnit, acabe siendo el macguffin que mueve la historia. Estoy de acuerdo: al final lo que realmente importa más son las reflexiones sobre la moralidad de la venganza. Por contra, hay quien ha dicho que el elemento cómico es demasiado disruptor del poderoso drama narrado, comparando el trasiego del viaje con el secuestrado metido en una caja de un lado a otro con comedias bufas del tipo “Este muerto está muy vivo”. Aquí estoy en desacuerdo, y me alineo más con quien compara este elemento con la hitchcockiana “Pero… ¿quién mató a Harry?” donde el trasiego con un cadáver que es llevado de un lado a otro, más allá de la comicidad inherente a la situación, es en realidad una excusa para hacer un análisis del carácter de los personajes.

 

Así que más allá de controversias sobre macguffins o elementos cómicos mal entendidos, hay que quedarse con el acierto y naturalidad con el que Panahi va introduciendo el tema fundamental de la trama: la moralidad del deseo de venganza incluso ante una situación tan aterradora como la tortura. Porque no es justicia lo que buscan las víctimas del carcelero, por algo tan sencillo como que saben que bajo la dictadura islámica que sufren no van a encontrar esa justicia. No, es la venganza su única alternativa. Y sin embargo, antes de llevarla a cabo, el compás moral que rige la vida del protagonista, Vahid, hace necesario estar seguros de la identidad del secuestrado.

 

Todos los personajes recordarán lo sufrido por causa de su torturador, y todos darán sus opiniones sobre si creen que este es la persona que llevan en la furgoneta. Y otro mérito del director es no moralizar al respecto: las pruebas y evidencias son las que son, y a nosotros como espectadores nos corresponde tomar partido. Pero no se nos va poner fácil, y los eventos que ocurren paralelamente al secuestro nos van a dar también mucho qué pensar… Es significativo además que la identificación del personaje acusado no venga básicamente por pruebas visuales sino por otros sentidos como el sonido o el olor, que pueden ser igualmente concluyentes… o no. El sonido, de hecho, será tremendamente importante en la excelente última escena, en la que Panahi vuelve a jugar con su personaje protagonista, pero también con nosotros los espectadores, aportando además un elemento nuevo, casi de cine de terror, mostrando la espalda de Vahid con un inquietante sonido de fondo, dejándonos con un final deliciosamente ambiguo que nos lleva, de nuevo, a que saquemos nuestras propias conclusiones.

 


Y ya que hablamos del aspecto visual del film, hay que decir que es tan brillante como su temática y caracterización. Panahi plantea una trama muy dialogada, girando en torno a tres planos secuencia esenciales. El inicial, con el accidente y la llegada del coche al garaje; otro a mitad de metraje, en el desierto con el exaltado Hamid en el centro de la imagen defendiendo su teoría e interpelando a sus compañeros de viaje, que están en los extremos de la imagen y durante gran parte de la secuencia, fuera de cámara; y otro nocturno, estremecedor por su contenido dramático, previo al desenlace, en el que salta por los aires toda la contención desarrollada con anterioridad y donde se demuestra que todos los demás elementos, el cómico, el whodunnit, el thriller iban a llevar a un auténtico exorcismo de emociones final…

 

Es “Un simple accidente” otra de las películas grandiosas de 2025, y desde luego una de mis favoritas. No solo tiene valor por su denuncia, por sus reflexiones morales o por su desarrollo de personajes o por el dramatismo de la situación… es que además es tremendamente entretenida, de un visionado fácil que para nada rebaja la complejidad de su temática y estructura. Simplemente, un film espléndido. 9/10

 


 

La canción de la espada

© King Features Syndicate, Manuel Caldas editor

 Todos recordamos una canción concreta de un disco, e incluso algún verso de la misma. Todos somos capaces de recordar, y hasta recitar, escenas completas de alguna película, y usamos sus frases como ilustraciones de la vida misma. Pero en el tebeo, ¿podemos recordar con claridad una viñeta, una frase dicha por un personaje, una escena que nos haya marcado profundamente, cuya fuerza vaya más allá de lo en ella narrado o dicho?

La viñeta que nos ocupa hoy debería ser recordada, citada, llevada al extremo mitómano por todo amante de la historieta que se precie. Pocas veces habremos visto al héroe en circunstancias tan adversas y, sin embargo, pocas veces habremos estado tan seguros de que tarde o temprano triunfaría.

Todo en la escena es perfecto: los ojos que se nos van alternativamente de la interminable fila de vikingos al solitario joven que les hace frente, en una linea horizontal cuajada de detalle, donde cada personaje es claramente definido y caracterizado. En contraste, vemos una linea vertical, la que siguen los enemigos que caen al enfervorecido torrente que se les lleva.

Viendo esta viñeta, todos queremos ser Valiente, a todos nos gustaría ser el héroe enfrentado a la hazaña imposible, blandiendo la Espada Cantarina, sí, esa que da fuerza a su poseedor cuando es enarbolada en una causa justa. Y ¿qué puede haber más justo que luchar por la persona amada, liberarla de sus captores para caer luego rendidos a sus pies?

Viñetas como esta son historia viva del tebeo, la razón por la que muchos caimos una vez subyugados ante este medio de expresión y todavía hoy seguimos maravillados por sus infinitas posibilidades.

 

  Entrada originalmente publicada en el blog Una habitación con viñetas el 25-1-2007

Bruce Springsteen & The E Street Band: SOMETHING IN THE NIGHT

Nada tienes cuando naces,y mejor será que te quedes así.Tan pronto como tienes algo,envían a alguien para quitártelo. (...)

Cuando encontramos lo que amábamos,estaba destrozado y moribundo entre el barro.Intentamos recoger los pedazosy escapar indemnes,pero nos atraparon en la frontera del estado,quemaron nuestros coches en una última peleay nos dejaron huyendo, abrasados y ciegos,persiguiendo algo en la noche.


 "Something in the Night" es una de mis baladas sprinsteenianas favoritas, por no decir la que más me llega. Me atrapó desde un principio por el desgarro con el que Bruce la canta, introducida y despedida por unos melódicos y desesperados alaridos, y una E Street Band soberbia, donde las guitarras toman un discreto segundo plano como fondo, aportando meros matices a una demoledora sección rítmica donde destaca Max Weinberg golpeando los tambores como si le fuera en ello la vida, y con el contrapunto de los dulces acordes en arpegio de Roy Bittan al piano con el trasfondo de los teclados de Danny Federici, terminando con la última estrofa seca, desnuda, interpretada solo por la voz de Springsteen arropada por la batería... todo ello ilustrando una historia de perdedores sin esperanza ni pasado ni futuro, muy en consonancia con la temática pesimista del maravilloso "Darkness on the Edge of Town" en el que está incluída, viendo algunos, como reflejan Philippe Margotin y Jean-Michel Guesdon en su libro sobre las canciones de Springsteen, la posibilidad de una metáfora sobre las relaciones entre Bruce y su anterior manager y productor Mike Appel, y con la industria discográfica en general, durante el hiato de tres años dominado por trámites judiciales para romper contrato con aquel, lo cual impidió que pudiera publicar nuevo material.

La canción fue tomando forma a lo largo de 1976, estrenándose una primera versión en agosto durante un concierto en Red Bank, New Jersey. 


 A medida que avanzaba el año, Bruce fue refinando el tema, afinando la letra y los arreglos, llegando a proponerse una introducción al saxo o trompeta, como puede verse en esta versión en directo en noviembre en Nueva York...

... hasta la versión definitiva en álbum, que Springsteen introdujo en la gira de presentación de "Darkness...", tal como puede escucharse en esta actuación a finales de mayo de 1978 en Boston, pocos días antes de que el álbum saliera a la venta.


El tema ha seguido siendo tocado en directo a lo largo de cinco décadas, y en 2009, como complemento de la edición de "The Promise", fue lógica parte de la interpretación del "Darkness..." completo en el vacio Paramount Theatre de Asbury Park, New Jersey.


Termino este repaso de una de mis canciones fetiche del Jefe con un toque personal. Fue una tremenda sorpresa, bendita sorpresa, para mí que a las nueve de la noche del 14 de junio de 2024, en el estadio Metropolitano de Madrid, la última ocasión en la que le he visto en directo, Bruce empezara el concierto justamente con "Something in the Night", algo de lo que doy fe con este breve clip con el inicio de la canción. Podría haber habido otras canciones con las que empezarlo, pero pocas habrían resultado tan emotivas para mí como esta.



lunes, 23 de febrero de 2026

Una peli al día (2026-02-22): LA ISLA DEL FIN DEL MUNDO (Robert Stevenson, 1974)

 

© The Walt Disney Company

Nostalgia, nostalgia y más nostalgia. De eso me tomé ayer un buen montón de dosis al revisionar “La isla del fin del mundo” (The Island at the Top of the World, Robert Stevenson, 1974), película de aventuras en imagen real de la Disney que no veía desde nano, cuando fue proyectada en el teatro de la (Universidad) Laboral durante lo que entonces era el Festival de Cine para la Infancia y la Juventud de Gijón.

 

Y como viaje nostálgico, no ha estado mal. He recordado (que no revivido, lo que es imposible no puede ser, ya se sabe) la ilusión con la que la fui a ver y lo bien que me lo pasé con ella. Otra cosa son los ojos ya sesentones con la que la he vuelto a ver, encontrándome con un producto familiar con el que la productora de tito Walt intentaba reverdecer laureles de pelis similares, como “20.000 leguas de viaje submarino”, pero que aspirando a ser un film espectacular de campanillas se queda en casi una serie B con momentos entretenidos y dignos y otros aburridos y hasta irrisorios de lo torpemente realizados que están.

 

En 1907 el industrial millonario Sir Anthony Ross (Donald Sinden) contrata los servicios del arqueólogo y profesor universitario experto en civilizaciones nórdicas John Ivarsson (David Hartman) para intentar hallar a su hijo Donald (David Gwillim), desaparecido durante una expedición que pretendía encontrar un mítico cementerio de ballenas en aguas árticas. Para ello monta otra expedición en la que viajarán más allá de Groenlandia en un dirigible construido y pilotado por el francés Capitán Brieux (Jacques Marin). Por el camino se encontrarán con la ayuda del esquimal Oomiak (Mako) y de la joven Freyja (Agneta Eckemyr), habitante de una arcaica civilización residente en la misteriosa isla de Astragard…

 

El film está basado en una novela del escritor Donald Gordon Payne bajo el seudónimo Ian Cameron. Al adaptarlo, se adelantó la acción de la trama a comienzos de siglo XX y se añadieron los elementos a lo Jules Verne, en especial el dirigible Hyperion, que supuestamente es la estrella de la película. La intención, como he dicho ya, era hacer una producción espectacular que superara los éxitos entre lo moderado y lo aceptable con los que entró en los años setenta, como “Los aristogatos”, “Robin Hood” o “La bruja novata” o “Herbie, un volante loco”.

 

© The Walt Disney Company

De hecho, la película empezó a prepararse en 1968, y el departamento de diseño de producción echó el resto, con unas pinturas mate espectaculares para los fondos y, por supuesto, el dirigible que pretendía emular al Nautilus… En cuanto al reparto, como protagonista principal pretendían a alguien que repitiera la gravedad serena y misteriosa de James Mason, para lo cual contactaron primero con Sean
Connery y más tarde con Peter Ustinov. Lamentablemente, las pretensiones económicas de estos eran demasiado grandes, y acabaron acudiendo a Donald Sinden, actor ingles shakesperiano de prestigio, aunque su personaje tuviera un tono más cómico que el del Capitán Nemo…

 

© The Walt Disney Company
Y ahí se acaban los aciertos del reparto. Porque para el resto de personajes se contrató a un plantel de actores que oscilaron entre la sobreactuación y la profunda sosería. Esto es especialmente grave en el personaje coprotagonista, el sabio supuestamente fascinado por las civilizaciones nórdicas, interpretado por David Hartman, que ofrece una actuación acartonada y sin ningún atisbo de esa fascinación. Hartman, un antiguo jugador de béisbol que luego derivó a la publicidad televisiva, tuvo una carrera como actor relativamente corta, apenas una década, siendo uno de sus papeles más destacados el protagonista en la serie Lucas Tanner, donde interpretaba a un enrrollado e innovador profe de instituto, siendo esta serie y la peli que me ocupa sus últimos trabajos como actor antes de convertirse en un exitoso presentador de noticiarios.

 

Pero no son estos los únicos problemas con la película. A pesar del excelente diseño de producción, los efectos especiales son en general muy pedestres, y la dirección de Stevenson (currante-para-todo de la casa Disney, tan capaz de cumplir con mucha dignidad como de ofrecer productos de lo más ordinario) es muy monótona, convirtiendo las escenas de más acción, de huidas y escapadas en secuencias rutinarias que se acaban haciendo excesivamente largas.

 

© The Walt Disney Company

Curiosamente, la película funciona mejor antes de que los héroes lleguen a su destino. El viaje en el dirigible sí que alcanza un aura de auténtica aventura, consiguiendo una más que acertada mezcla del tono a lo Julio Verne y el ambiente victoriano. Esa primera mitad del film aguanta muy bien todavía hoy y justifica una revisión cariñosa de la peli. Además, cuenta con una banda sonora del clásico Maurice Jarre que, sin estar a la altura de sus grandes obras, sí que evoca un tono épico y aventurero que el guion, lamentablemente, no ofrece en el momento supuestamente estelar de la aventura…

 

Si conseguimos ver esta película con los ojos de un niño, le perdonaremos sus muchos pecados, y la veremos con la nostalgia de la inocencia con la que vimos tantos filmes que, más allá de su calidad, en su momento nos marcaron y nos contagiaron de la magia del cine. Vista con los ojos adultos, no es que estemos ante una peli horrible, pero sí bastante mediocre a la que salvan algunos momentos concretos. Como prefiero ser caritativo y rendirme a la nostalgia, le daré un 5,5 redondeado a 6/10.

 


 

Camilo Sesto: MELINA

 Vale, lo confieso. En mi época preadolescente, mis gustos musicales eran un batiburrillo en el que convivían Beatles, Simon & Garfunkel, Serrat... y Camilo Sesto. Me encantaba Camilo Sesto. Me aprendía sus canciones de memoria, las cantaba a voz en grito en los viajes en coche con mis padres, para su horror acústico... La cosa llegó a su apogeo con su versión de "Jesucristo Superstar", que en formato cassette ponía una y otra vez, alternándola con la versión de la peli de Norman Jewison.

Y luego estaba esta canción, una de mis favoritas, con ese ritmillo saltarín tan agradable y esas cosas tan bonitas que decía sobre esa mujer de evocador nombre, Melina... cuando pocos años me enteré de quién era esa Melina, estaba uno ya despertando ideológicamente, y no pude menos que admirar a la actriz y política griega por su valor y lucha antifascista... y admirar aún más a Camilo por dedicarle esta canción en las postrimerías del franquismo. 

 Pues vale, por los buenos viejos tiempos, por Melina Mercouri y por Camilo, aquí la dejo.