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| © Amazon MGM Studios. |
Venga, película de maestro del cine que no está entre las más apreciadas de su carrera. Lees sobre ella por ahí, y el sambenito de “obra menor” está a la orden del día. Tonterías. En lo que respecta a “Misión de audaces” (The Horse Soldiers, John Ford, 1959), me quedo con lo que dice Oti Rodríguez Marchante sobre ella en su artículo en el libro sobre la filmografía de Ford publicado por Notorious. Es una obra maldita. Así es, no menor, con lo que ello implica de peyorativo. Maldita.
Maldita porque Ford trabajó con un guion que no le acababa de convencer, porque no soportaba a Martin Rackin, coguionista y productor no acreditado, porque por motivos de salud no pudo probar ni una gota de alcohol mientras que sus protagonistas Wayne y Holden se lo pasaban de miedo con él, porque Holden se pasó parte del rodaje aquejado de gripe, porque Ford desafió las leyes segregacionistas de Louisiana al hacer que los extras negros cobraran igual que los blancos, pero no pudo conseguir que Althea Jones, que interpretaba a la esclava Lukey, pudiera alojarse donde el resto del equipo, con lo que para ahorrarle la humillación rodó sus escenas en Hollywood, y, sobre todo porque al final de la producción falleció el especialista y viejo amigo de Ford Fred Kennedy tras una escena en la que debía caer de un caballo, con lo cual el director, tremendamente afectado, aceleró el final del rodaje privando de un final glorioso a la peli… aunque dejando un final bellamente melancólico. Y a pesar de todas estas vicisitudes, nos dejó un film que, vale, no está entre sus obras maestras, pero que es ciertamente espléndida. “Obra menor”… sí, claro.
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Durante la Guerra de Secesión, el coronel de caballería John Marlowe (John Wayne) recibe la misión de infiltrarse en territorio controlado por los sudistas para destruir un almacén de suministros y la vía férrea por la que son transportados al ejército confederado. Deberá aceptar la presencia del Mayor Henry Kendall (William Holden), con el que tendrá constantes enfrentamientos y desacuerdos sobre el concepto del deber y la asistencia humanitaria a las víctimas de la guerra. En el transcurso de la incursión, hacen noche en una plantación donde la dueña, Hannah Hunter (Constance Towers) les hace de anfitriona. Hannah y su criada y esclava Lukey (Althea Gibson) espían una reunión del mando miliar del grupo y se enteran de lo planes de su misión, lo que hace que Marlowe les obligue a acompañarles para asegurarse de su silencio. A lo largo del viaje se sucederán los enfrentamientos entre el trío protagonista, y para cuando lleguen a la ciudad donde deben acometer la destructora misión y enfrentarse a las fuerza sudistas, no serán exactamente los mismos…
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Porque para empezar, “Misión de audaces” es una peli pacifista. Así, como suena. Aún aceptando la importancia del conflicto bélico descrito, resulta que no hay épica alguna en las secuencias de combates, Marlowe es un antiguo constructor de vías férreas en la vida civil que ahora se ve en la paradójica situación de tener que destruir una, se acaba arrepintiendo de todas y cada una de las muertes, las propias y las enemigas (de hecho, solo se le ve empuñar un arma y disparar al final), y su conflictiva relación con el médico Kendall acaba erosionando su actitud más de lo que el pensaba.
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En este sentido, como bien destaca Quim Casas en su libro sobre Ford, el título español del film es tremendamente engañoso. Lo de “audaces” da pie a pensar en la épica, la heroica, la aventura bélica con buenos y malos, el honor y la gloria… y poco hay de todo eso. El título en inglés de la peli, y de la novela original, ya nos da pistas de por donde van, o no van, a ir los tiros (perdón por la metáfora fácil). “The Horse Soldiers”, los soldados a caballo, es un título que habla de profesionalidad y no de acciones heroicas. Los militares de esta película no buscan la gloria, sencillamente van a cumplir un trabajo. Sin más. En una ironía muy fordiana, la única gloria que se menciona claramente es política, la que busca el coronel Secord (Willis Bouchey), que ansía llegar a senador, o incluso gobernador, una vez terminada la contienda.
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Las escenas de combates están excelentemente filmadas, como no podía ser menos, pero muestran la guerra en su aspecto más ridículo. La carga suicida de un grupo de sudistas desarrapados y mal equipados, narrada en un brillante travelling, es afrontada por el grupo de Marlowe con profesionalidad pero no con heroísmo, dada su superioridad, y el coronel intenta evitar la masacre a toda costa, y tras ella busca consuelo en la bebida. Otra patética carga, la del ejército de niños y adolescentes dirigidos por un anciano cura, también formidablemente contada, empieza como una aparente muestra de inútil heroísmo para, al no responder al desafío los nordistas, a una escena dolorosamente cómica… Y en contraste con estas desmitificadoras escenas de combates están las que transcurren en los hospitales de campaña, en las que no se dosifica el sufrimiento y la sangre.
Al final, al no haber esa glorificación de la aventura bélica, lo que realmente destaca de esta supuesta misión de audaces es el itinerario exterior e interior de los tres personajes protagonistas, Marlowe, Kendall y Miss Hunter, cómo con el paso de los días su relación va cambiando sus personalidades, como unos van influyendo en los otros. En este sentido es particularmente hermosa la escena en la que una Hannah absolutamente cansada y horrorizada por la guerra se mira en los restos de un espejo roto y comprueba cómo ha cambiado físicamente… y también interiormente. Y para que quede clara la importancia de la descripción psicológica, el enfrentamiento dialéctico entre el coronel y el médico, que parecía abocado a un enfrentamiento físico… pues bien, pelear, pues sí, lo van a hacer… pero no esperen algo como lo de Gregory Peck y Charlton Heston en “Horizontes de grandeza”. Ni mucho menos. Y la relación entre Marlowe y Hunter, que podía llevar al inevitable romance… pues por haberlo, pues también. Pero no esperen que sea convencional, aunque aquí quizás tenga mucho que ver el abrupto final que Ford, apenado por la muerte de su amigo y especialista en sus filmes, acabó imponiendo… Aunque, como ya he dicho, le da un desenlace ciertamente melancólico, en consonancia con el tono general de la peli.![]() |
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Por lo demás, es una peli de John Ford, y su maestría narrativa, el uso de travellings, el buen manejo de planos y encuadres, siguen siendo marca de la casa. Hay que destacar además la hermosa fotografía de William H. Clothier, que daría su particular sentido de la luz a numerosos westerns de los sesenta y los setenta, repitiendo además con Ford en más films, incluido “… Liberty Valance”. En cuanto al reparto, nada malo que decir sobre los protagonistas. Wayne resuelve bien su papel de militar escéptico y decepcionado, y Holden hace lo mismo con el del médico que antepone su deber sanador al militar. Un poco por encima de ellos está Constance Towers, cuyo personaje es el que más cambia a lo largo del metraje, y lo refleja con acierto.
“Misión de audaces”, esa obra maldita de John Ford, acaba siendo, pues una buena película. No tiene el alcance ya sea mítico o desmitificador de las cumbres de su filmografía, pero no tiene nada de “obra menor”. Es un film más que digno que además encaja perfectamente en las constantes temáticas y artísticas del cineasta. 7,5 redondeado a 8/10.


















