Bueno, pues estas son mis preferencias y apuestas "quinielísticas" para los Premios Goya que se entregan hoy. En general, no creo que me den en el gusto, de hecho la inexplicable ausencia de la para mí maravillosa "Una quinta portuguesa" en las principales categorías ya me deja un poco fuera de juego. Pero en compensación, siempre queda disfrutar, como en toda gala de este tipo, del glamour cinéfago, poner a caldo los números de canto, baile y humor, quejarse de lo largos que son los discursos de agradecimiento, aplaudir los momentos reivindicativos... y hacer la quiniela a ver cuanto acertamos. Que esto también es disfrutar del cine, recarambas.
Sé que aquí voy a ir
contracorriente al hablar de la supuesta película española del año, pero estoy
casi completamente seguro de que si “Los domingos” (Alauda Ruíz de Azúa,
2025) no tuviera la temática que tiene sería considerada una película no necesariamente
mala, pero sí del montón. Digna, y en general bien interpretada, pero con una
dirección rutinaria sin ningún riesgo, que se limita a hacer lo mínimo para que
la historia fluya y sea accesible, lo cual no es criticable, faltaría más, pero
tampoco merecedor de elogios a la creatividad precisamente, y, lo peor, con un guion muy manipulador y
lleno de trampas.
En principio, no se le puede
negar atrevimiento por plantear el tema de la vocación religiosa en una
adolescente en los tiempos descreídos que corren, y cómo impacta en su familia,
y en ese punto de partida está una de las virtudes del film. El problema
es que alardea de mantener una equidistancia que permita al espectador tomar
sus propias decisiones… y salvo en momentos muy concretos que mencionaré por ahí
abajo, no lo consigue. Es más, me temo que no pretende conseguirlo.
"Por opacidad, por indiscreción, por falta de consecuencias, por
algoritmos codiciosos, la verdad, es decir, la realidad, tiene tan poco
peso que llegamos a no reconocerla. La mentira se acepta a pesar de
saberse que es mentira mientras confirme un estado emocional negativo,
justifique una conducta que nos conviene o dé sentido a las cosas."
Noche de Premios Goya hoy, así que vamos a mezclar música y cine. "Un, dos, tres... al escondite inglés", de 1970, fue el primero de los dos únicos largometrajes dirigidos por Iván Zulueta (el otro siendo el magnético y maravilloso "Arrebato"), una auténtica locura improvisada entre amiguetes del mundo del cine, la televisión y la música que imitando en lo posible el estilo de Richard Lester en sus películas con The Beatles, se pretendía, y conseguía ser, parodia de festivales a lo Eurovisión, contando con la participación de un buen número de grupos pop y rock de los años sesenta, entre ellos Vainica Doble, Los Íberos, Formula V, Los Buenos...
Destaco hoy a los grandes, grandísimos Pop-Tops con su versión para la peli de "That Woman", maravilloso tema soul que habían publicado como single en 1968
Fuente de los datos: Páginas web La fonoteca y Wikipedia
Se puede, y se debe, decir cosas buenas de “La cruz de
hierro” (Cross of Iron, Sam Peckinpah, 1977). Se puede mencionar su
retrato de la absoluta deshumanización y crueldad de la guerra, retrato aún más
profundo desde el momento en que se nos ofrece desde el punto de vista de los
tradicionales villanos del género, el ejército nazi. Se puede mencionar el
cinismo típicamente peckinpahiano y la ridiculización del concepto de honor simbolizado
por la condecoración que da título al film. Se puede hablar del menosprecio a
la violencia destructiva y asesina mediante el uso del efecto contrario, la
muestra de la misma en toda su gloria y gore. Y se puede hablar de gran
parte de sus personajes, involucrados en el conflicto a su pesar, o, tras el
entusiasmo inicial, absolutamente decepcionados y horrorizados.
Pero también, me temo, se debe hablar de la confusa
narrativa derivada de su naturaleza episódica y de sus escenas de batallas caóticamente
expuestas y buscando más un efecto cara a la galería que aportar algo al relato.
Se debe decir que, si se pretende que sintamos empatía por estos soldados
abandonados y sin futuro, no se desarrolla lo suficiente su carácter como para
que nos preocupemos por ellos. Y finalmente, que no solo Peckinpah había puesto
ya sobre el tapiz esas ideas contra la violencia en otras películas, y mucho más
eficientemente, sino que, lo peor de todo, este film ya ha dicho todo lo que
tenía que decir a mitad de metraje, con lo que en su segunda parte se hace
largo y repetitivo, a ratos rozando lo insoportable.
Rolf Steiner (James Coburn) es un
veterano y desengañado cabo, luego sargento, del ejército nazi luchando en el
frente de Rusia entre el Cáucaso y Crimea, cuando reciben la orden de retirada.
Al llegar junto a su escuadrón al bunker que les sirve de cuartel general, el
coronel Brandt (James Mason), otro desengañado militar y escéptico sobre el
concepto de honor por méritos de guerra, le informa que van a quedar bajo las órdenes
del capitán Stransky (Maximilian Schell), aristócrata de origen prusiano cuyo único
objetivo es conseguir a toda costa la Cruz de Hierro al valor en combate. Empieza
entonces una huida ante la ofensiva rusa, en la que Steiner y sus hombres estarán
tan ocupados en intentar sobrevivir como en enfrentarse a las maquinaciones de
Stransky…
Peckinpah juega con las ideas de
pacifismo y crítica al concepto de honor en la guerra, al mismo tiempo que
ofrece los rasgos típicos del género bélico, el heroísmo en la batalla o el
compañerismo entre los soldados, y no estoy seguro de que el juego de manos le
salga bien del todo. Como he dicho, la estructura episódica del film es
confusa, al cambiar de un evento a otro a veces demasiado rápido. Las escenas de
batallas se olvidan de describir con mínimo realismo el combate, y se centran más
en reflejar lo cruento del mismo, con el uso de la cámara lenta o la congelación
de imagen, marcas de la casa en su director, pero que aquí se me antojan más
adorno que útiles.
Y sí, a mitad de película llega un
intervalo en un hospital que rompe la poca fluidez que le quedaba al film y que
encima aporta un absolutamente innecesario apunte romántico, para con
posterioridad retomar el hilo central… y volver a contarnos básicamente lo
mismo que había contado en la primera parte de la trama. Debo admitir que en
esta segunda mitad llegué a aburrirme bastante, salvo en el episodio con las mujeres
soldado soviéticas, que a pesar de seguir incidiendo en el manido tema de la
brutalidad en la guerra, está excelentemente expuesto y aporta un punto de
vista diferente dentro de la peli.
Recogiendo más buenos momentos de
los que hay muy dispersos por la película, tendríamos la historia del niño
soldado, que no por estereotípica deja de ser emotiva. También estaría el
ambiente claustrofóbico que Peckinpah consigue imprimir en las escenas, haciendo
a sus personajes aún más prisioneros de su destino, y no solo en el obvio escenario
del bunker, sino también en espacios abiertos, en contraposición a la narración
caótica de las batallas. En este sentido, el trabajo del director de fotografía
John Coquillon con una paleta de colores amarronados es ciertamente brillante.
De todos los personajes, el único
que está suficientemente desarrollado es el protagonista sargento Steiner
interpretado por James Coburn, y por ello es el ancla al que nos asimos. Y aunque
no deje de ser
otro estereotipo, el actor cumple sobradamente con su papel.
Ojalá pudiera decir lo mismo de los demás… Los miembros del escuadron de
Steiner son solo retratados a pinceladas, y salvo en la excelente escena del
combate final, ni me dicen nada ni siento nada en particular por ellos. Más
grave, casi rozando lo indignante, me parece el caricaturesco capitán Stransky
de Maximilian Schell, supuestamente el villano más villano del film y que en
realidad cae en lo bufo, en una visión cómica que no sé si es un fallo o es
deliberada… y en realidad no me importa, porque sea como sea no me gusta. En
cuanto a los personajes de James Mason y su lugarteniente David Warner (sí, sale
David Warner), aunque su presencia siempre es bienvenida y agradecida, tengo la
impresión de que solo están para apuntalar el mensaje del film con uno de sus más
famosos diálogos “¿Qué haremos cuando
perdamos esta guerra?” “Prepararnos
para la siguiente”.
Como digo en el párrafo anterior,
la película se pone al nivel de lo que yo esperaría de un film de Peckinpah en
el combate final, donde sí que están todos los elementos en su sitio, sí que
hay una mínima caracterización y sí que deja un buen sabor de boca, incluso por
encima de su incomprensible epílogo… En suma, es “La cruz de hierro” una película
que reúne pocos, pero los suficientes, elementos para que merezca un visionado.
Pero sintiéndolo mucho, no me parece un gran film. Y me habría gustado mucho
que lo fuera. 5,5 redondeado a 6/10.
Petula Clark fue una de las cantantes inglesas de los años sesenta que tuvo un éxito considerable en Francia ya fuera haciendo versiones en francés de sus temas publicados en el Reino Unido, o con canciones específicamente compuestas para ella. Se calcula que los EPs publicados en Francia a lo largo de la década vendieron por término medio en torno al medio millón de copias.
Uno de los temas en francés, que fue un hit en 1966 fue "La gadoue" ("El barro"), compuesto por Serge Gainsbourg, en el que con un estilo muy acorde a los orígenes de Petula en el music-hall, la narradora de la canción se queja de que el verano parisino es siempre muy lluvioso, y que por mucho que uses paraguas o impermeable, eso no te protege del barro.
Dejo aquí lo que podría ser un videoclip oficial de la canción.
En 1996, Jane Birkin, en compañía del grupo de fusión étnica Les Négresses Vertes, repitieron en parte el éxito del tema con esta interesante versión.
Fuente de los datos: Deluxe, Jean-Emmanuel, Yé-Yé Girls of '60s French Pop, Feral House, Port Townsend, Washington, EE.UU. 2013 y Wikipedia.
Había dilatado durante casi un
año el ver “Sorda” (Eva Libertad, 2025) porque, a pesar de las buenas
referencias que iba recibiendo de ella, me temía que me iba a encontrar con un
film ñoño sobre personas con discapacidad auditiva enfrentadas a un mundo para
el que no están preparadas y mostrando como su valor, simpatía y buen rollo eran
más que suficientes para superar las dificultades e integrarse sin mayor
problema en dicho mundo. Temía, en resumen, el efecto CODA, la bienintencionada
pero en exceso moralista, manipuladora y torpemente realizada peli de hace
cuatro años que se acabó llevando premios a tutiplén, incluido el Oscar a Mejor
Película (?) el año en que estaban nominadas “Belfast”, “Licorice Pizza”, “El
poder del perro” y, sobre todo, la maravilla spielbergiana “West Side Story”.
Pero no divaguemos…
Decía que tenía mis prejuicios
montados sobre “Sorda”, y tras verla debo decir que me ha sorprendido muy favorablemente,
porque evita brillantemente la tentación de mitificar a las personas sordas y
nos las muestra con sus virtudes pero también con sus imperfecciones, y porque,
aunque hay su buena dosis de denuncia, no es para nada moralizante y por ello
no solo no manipula al espectador, sino que le da absoluta libertad para que se
haga su composición de lugar. O sea que tranquilidad, que no estamos ante el
efecto CODA de comedieta de buen rollo, aquí estamos ante un drama con todas
las de la ley, donde nadie es perfecto, donde hay conflicto real, una historia
irreprochablemente contada, pausada pero con un ritmo sin descanso… pero también
con sus problemas, surgidos justamente de su deseo de escapar a los tópicos y
de su exceso de ambición temática.
Ángela (Miriam Garlo) es una
mujer sorda de mediana edad que vive felizmente en una zona rural en compañía
de su pareja oyente Héctor (Álvaro Fernández), trabajando como alfarera. Su
condición no impide que tenga una fluida relación con sus relaciones oyentes,
como sus padres, sus compañeros de trabajo o con Héctor, así como un grupo de
amistades también sordas. La situación se complica cuando queda embarazada y
tiene una hija, viéndose entonces obligada a afrontar un mundo que no está
preparado para ella… o viceversa.
Así, la historia presenta un
conflicto, lo cual ya la pone por encima de otras películas sobre personas con
discapacidades. El ambiente pastoral e idílico de la primera parte de la película
se viene abajo tras el embarazo y el parto. Los personajes cambian al cambiar
la situación; Ángela porque se da cuenta de las dificultades reales que tiene
que superar para adaptarse, y ello conlleva que su en principio afable y dulce carácter
se agrie y se vuelva egoísta, y los otros, los “oyentes”, igualmente egoístas, que
no tienen problema en encajar en un mundo que no les plantea esos problemas, y
por ello ni pueden, ni está claro que quieran, entender el cambio operado en la
protagonista. Como ya he dicho, otro mérito del film está en que los personajes
distan de ser perfectos.
El desarrollo de este conflicto
me parece excelente, y está narrado de una manera plenamente convincente,
mediante pequeños episodios sutilmente ensamblados, donde las elipsis no son
para nada traumáticas argumentalmente hablando, en un período de tiempo de unos
dos años más o menos, con una cámara que se mueve firme entre los personajes y
nos empapa de sus personalidades. “Sorda” tiene dos partes (o tres si
consideramos que la segunda tiene una evidente subdivisión), separadas con la
secuencia más potente del film, la del parto, que, además de destacar por su
crudeza psicológica, muestra abiertamente la clave sobre la que gira la trama.
La película no pretende
moralizar, aunque obviamente sí transmite ese mensaje de lo fácil que es la
integración de las personas con discapacidades siempre que no se aventuran en
ciertas complicaciones, como el tener hijos, que son de lo más normal para las
personas sin tales discapacidades. Hay una escena clave de Héctor y Ángela con
los padres de esta donde se deja apabullante y tristemente clara tal idea. Otra
escena clave sería la escena en la farmacia donde queda manifiesta otro
concepto: por su incapacidad para ayudar, es el mundo “oyente” el que no está
preparado para convivir con el mundo “sordo”. No al revés.
El problema que yo veo en este
por otro lado más que estimable film es que su amplitud temática no se
corresponde del todo con lo que es narrado. La película toma siempre el punto
de vista de Ángela, la cámara casi siempre está centrada en ella, cuando no
detrás de ella, y sin embargo durante dos tercios del metraje no experimentamos
lo que ella experimenta. La vemos relacionarse con los oyentes, y viceversa,
vemos el cariño mutuo, vemos los intentos de comunicación mediante el lenguaje
de signos o la lectura de labios… Es como si la peli fuera sobre la chica
sorda, sí, pero no en su mundo sino en el mundo oyente, con los sonidos de
conversaciones, risas, la naturaleza... Quiero pensar que es un efecto buscado,
pero aún así me mantuvo perdido durante cierto tiempo del visionado.
Hasta que avanzada la segunda
parte de la peli, una vez nacida la pequeña Ona y con el conflicto manifiestamente
en proceso, todos los sonidos desaparecen y por fin se nos pone en el lugar de Ángela.
Por fin empezamos a entender su desamparo y soledad. Son las escenas más tristemente
hermosas y clarificadoras de toda la película, y las que le dan el sentido
definitivo… aunque uno no puede evitar pensar que si este cambio se hubiera
producido antes, por ejemplo durante la escena del parto, el efecto dramático
habría sido más poderoso y, al menos para mí, el mensaje habría sido menos
confuso.
Por lo demás, repito que es un muy digno film, de fácil y satisfactorio
visionado, y con una pareja protagonista, Garlo (hermana sorda de la directora
Eva Libertad) y Cervantes, que bordan absolutamente sus papeles y se hacen
nuestros, tal es la empatía que provocan. Gracias al mensaje que intenta
transmitir, y a pesar de alguna dificultad en dejarlo claro, apuntémoslo a esa
categoría de películas “necesarias” que deberían ser vistas por cuanta más
gente, mejor. Y como cinematográficamente es más que correcto, tenemos un
motivo más. 7,5 redondeado a 8/10.