"Punto para Vox ... . Soltaron lo del burka y la izquierda hierve de principios y moralidad superior. Los principios son trastos grandes del conocimiento y, cuando se miden las discusiones ordinarias con ellos, chocan, no caben todos a la vez. La izquierda es facilona para la provocación. Dices burka y llegan los principios en tropel: libertad religiosa, luego no hay que prohibirlo; igualdad y dignidad, luego hay que prohibirlo; lo dice la ultraderecha, luego no hay que prohibirlo; los ultras quieran dar lecciones de igualdad, luego hay que prohibirlo y de paso también los hábitos de las monjas, sobre todo los velos y las cogullas. Y así empiezan en redes sociales y púlpitos a bullir las izquierdas con lo de votar a favor o en contra."
"Pues claro que el burka es intolerable. Decíamos que no se puede razonar todo con principios, es decir, con grandes convicciones muy generales. Pero tampoco conviene estrechar los razonamientos tanto que perdamos la perspectiva. Si el culto de una religión incluye el sacrificio ritual de hervir a niños en agua, no debe haber una ley específica que prohíba ese ritual. Ya está prohibido el asesinato, agresión y tortura, simplemente se aplica la norma al caso del ritual. (...) Ya hay leyes suficientes para considerar un delito obligar a seres humanos, por su sexo, a sepultar su individualidad con indumentaria tan ominosa. La libertad religiosa no está por encima de las leyes que prohíben hervir a niños o pudrir en vida a las mujeres."
"Una ley que prohíba el burka es innecesaria por dos razones: porque las leyes civilizadas de países civilizados ya reprimen un atropello como ese. (...) La segunda razón es que es espurio prohibir lo que es manifiesto que no va a suceder. Sería necia una ley que prohibiera castrar a niños para recuperar para la ópera a los castrati. Ni se andan castrando niños, ni hay burkas. Hacer prohibiciones preventivas de aberraciones que no suceden, para las que además ya hay leyes aplicables, parece una necedad."
"Vox quiere una prohibición expresa del burka para señalar al islam y, por asociación, a la inmigración magrebí. El islam no lleva al burka, como el catolicismo no lleva a la quema de herejes en hogueras. Es un episodio más de racismo y xenofobia ultra. La ultraderecha quiere una sociedad totalitaria y sin derechos, a la que se llegue con el apoyo de la población. La propaganda necesaria para eso necesita siempre a minorías estigmatizadas ... "
El cine negro, ese noir bautizado por la crítica francesa,
que posiblemente entendió mejor y amó más el género que los propios
estadounidenses, está lleno de películas desoladoras, pesimistas, con
personajes abocados a un destino funesto, da igual que por sus propios deméritos o que por la mala fortuna. Pues bien, pocas hay que respondan tan profundamente a
estas características como “Noche en la ciudad” (Night and the City,
Jules Dassin, 1950).
Ambientada en la misma postguerra europea plena de
incertidumbres y miedo acerca del futuro que “El tercer hombre”, mostrando los
mismos entresijos y rincones ocultos de la ciudad aún en reconstrucción, la película
de Dassin no deja títere con cabeza en cuanto a mostrar personajes
traicioneros, codiciosos y crueles encerrados en un ambiente urbano hostil que
les ahoga y les priva de esperanza. Y todo ello en la noche londinense, retratada
con una belleza difícil de superar.
Algo a lo que no es ajeno el propio cineasta, ya que es fácil
ver en ese buscavidas que interpreta Richard Widmark, con ansia de prosperar y
triunfar pero siempre a la carrera, siempre huyendo y finalmente acorralado, un
trasunto suyo, obligado a rodar esta película norteamericana en el Reino Unido
para no ser convocado por el Comité de Actividades Antiestadounidenses por su
pasado comunista, con el peligro de acabar en la lista negra… algo que a la postre
fue inevitable, lo cual le impidió, a su vuelta, el participar en el montaje final
del film, no pudiendo volver a trabajar en el cine en su propio país y acabando
por ir al exilio a Francia, donde, no sin dificultades, pudo volver a retomar
su carrera. Con “Rififí”, nada más y nada menos. Pero tuvieron que pasar cinco
años desde el estreno de la peli que me ocupa hoy.
Harry Fabian (Richard Widmark) es un timador norteamericano
de poca monta en Londres, viviendo a salto de mata entre negocios que nunca le
salen bien, su relación en crisis con su pareja, Mary (Gene Tierney), dependiendo
de los pequeños trabajos que le pueda dar el dueño de un club nocturno Phil
Nosseross (Francis L. Sullivan) y tratando de alejarse de los manejos de la
esposa de este, Helen (Googie Withers). Pero un día parece que la suerte de
Harry cambia y que sus sueños de llegar a ser alguien pueden cumplirse, cuando ve
la oportunidad de convertirse en un promotor de peleas de lucha grecorromana. Sin
embargo, necesita dinero para contratar a los luchadores más prestigiosos y establecerse,
y solo lo conseguirá de los poco fiables Nosseross y en unas condiciones muy
particulares. Para complicar las cosas, se encontrará con la oposición de otro
promotor de peleas, Kristo (Herbert Lom), que aparte de la rivalidad en el
negocio, tiene otros motivos para enfrentarse a Harry. Poco a poco la situación
se irá enrevesando…
Como he dicho al principio, es difícil ver otra película
donde una ciudad luzca tan hermosa, y a la vez tan amenazadora, como luce
Londres en este film. Dassin mueve su cámara por las calles, edificios
abandonados, fábricas, clubs nocturnos, en largos travellings que evocan el
cine documental y el neorrealismo italiano. El personaje interpretado por
Widmark se mueve nervioso, casi siempre corriendo (de hecho así empieza la peli
y así la termina), en un entorno urbano en un acentuado claroscuro
perfectamente retratado por el director de fotografía Max Greene. Por su parte,
el director alterna los planos largos descriptivos con los planos cortos que
muestran la angustia de los personajes, empleando complejas angulaciones y
buscando con frecuencia el encuadre de las figuras en ventanas, arcos, puertas…
cualquier elemento arquitectónico que pueda incidir en la idea de unos personas
aprisionadas en la ciudad.
No hay apenas espacio para la luz diurna, salvo en el desenlace,
y aún así cuando dicha luz llega no es precisamente como efecto liberador de la
opresión de la casi hora y media anterior de metraje.Todo ello para destacar la
vida de unos personajes en su mayor parte (la excepción sería Mary y el vecino
de esta interpretado por Hugh Marlowe) ruines y taimados, atrapados por su
propia codicia y que cuando en algún momento de breve humanidad intenten
escapar a ella les será harto difícil, por no decir imposible. No se aprecia
redención posible para ellos, y de hecho a alguno no parece preocuparle lo más
mínimo.
Y tenemos a Harry como protagonista absoluto, y por ello el
ancla emocional al que como espectadores podemos, incluso debemos, agarrarnos.
Pero es ciertamente difícil. Aunque podamos sentir cierta simpatía por este
perdedor al que todo le sale mal y en algún momento podamos llegar a desear que
el destino le dé un respiro, lo cierto es que es una persona falta de escrúpulos,
capaz de la mayor villanía incluso con quienes le quieren y tremendamente engreído.
Widmark borda su interpretación de este perdedor que parece merecer su condición
de tal, y que sin embargo no entiende por qué todo se vuelve contra él. Quizá
esté en esta falta de comprensión la única razón para que sintamos cierta empatía
por él.
Widmark domina tanto la pantalla que el resto del reparto
queda a años luz de él, y no porque hagan un mal trabajo, sino porque acaban
pasando bastante desapercibidos. Sin embargo, no se debe dejar de hacer
justicia a Googie Withers en su papel de esposa que no se para en barras a la
hora de independizarse de su marido, o a Herbert Lom como taimado promotor de
peleas. Gene Tierney como sufrida novia de Harry cumple bien, pero es una pena
que su personaje no esté más desarrollado, algo que se puede decir también del
de Hugh Marlowe.
“Noche en la ciudad” es una extraordinaria película, uno de
los mejores momentos del cine negro, con Richard Widmark y la ciudad de Londres
como auténticas estrellas del film, un relato de perdedores sin esperanza
encerrados en una noche tan eterna como la oscuridad de sus destinos. Será todo
lo desoladora que sea, y al final de su visionado nos quedaremos con el alma
inquieta, pero… qué diablos, es una peli que hay que ver. 9/10.
En 1984 el guitarrista de jazz Pat Metheny estaba componiendo la banda sonora de la película de espías durante la guerra fría "El juego del halcón" (The Falcon and the Snowman, 1985), y no sabía quién podría cantar la canción de la misma, que pretendía basar en el instrumental "Chris", tema de uno de los protagonistas de la peli. El director John Schlesinger le sugirió David Bowie, cuya obra Metheny solo conocía superficialmente. Tras escuchar algunos discos del cantante, el guitarrista decidió que Bowie era la persona perfecta para la canción.
Desde comienzos de su carrera, Bowie había mostrado su interés por el cine, y es conocido que la canción que le lanzó a la fama, "Space Oddity" vino de su fascinación por la kubrickiana "2001". Tras papeles cortos o de figurante en algún corto o películas de poca incidencia, ese interés fructificó en 1976 con su papel protagonista en "El hombre que cayó a la Tierra", de Nicholas Roeg, a la que en 1979 siguió "Gigolo", de David Hemmings, que fue además la primera peli con una canción suya, "Revolutionary Song", aunque él no la cantó. Otra película importante con su participación como protagonista, pero sin música suya, sería en 1983 "Feliz Navidad, Mr. Lawrence", de Nagisha Oshima. Un año antes había coescrito con Giorgio Moroder la canción "Putting Out Fire" para la película de Paul Schrader "El beso de la pantera", remake de "La mujer pantera" (1942) de Jacques Tourneur.
Cuando Bowie recibió la oferta de Metheny, estaba muy insatisfecho con su último álbum, "Tonight", y quizás la posibilidad de trabajar en el cine fuese para él una pequeña liberación. De hecho, tardaría tres años en volver a sacar un álbum, y en ese período, tras su colaboración en "El juego del halcón", escribiría el tema para el film "Cuando el viento sopla", de Jimmy T. Murakami, y también escribiría canciones, además de participar como actor, para "Dentro del laberinto", de Jim Henson, y "Principiantes", de Julien Temple (para la que compuso la espléndida "Absolute Beginners"), todas ellas estrenadas en 1986.
La canción que me ocupa hoy, "This is not America", a pesar de ser coescrita por músicos de jazz (Metheny y el miembro de su grupo Lyle Mays) no tiene prácticamente nada de jazz, curiosamente. No deja de ser una progresión repetitiva de la misma secuencia de acordes apoyada en la guitarra rítmica de Metheny, los sintetizadores de este y su compañero Mays, y la sección rítmica de Steve Rodby al bajo y Paul Wertico a la batería.
Lo que eleva la canción es la aportación de Bowie, sin duda. Para empezar, él fue quien propuso el título de la canción, una frase mencionada dentro de la película. Y luego está la letra, que a pesar de algún momento forzado, por la obligación de mencionar el título del film en ella, muestra perfectamente la melancolía que acompaña al film, y tiene momentos poéticamente brillantes como el juego aliterativo entre las palabras "America" y "miracle". Pero sobre todo está la voz de Bowie, soberbia, modulada perfectamente entre tonos altos y bajos, entre casi susurros y gritos, entre tristeza y desesperación. El cantante propuso que los miembros del Pat Metheny Group hicieran los coros, pero estos rechazaron la sugerencia alegando que no sabían cantar, y fue el propio Bowie el que los acabó haciendo, duplicando y hasta triplicando su voz, y aportando ese aparentemente insignificante "sha-la-la-la-la" que acaba siendo impecable leit-motif de la canción.
Aporto clip de la canción ilustrando escenas de la película, luego el instrumental que le dio origen, una versión del Pat Metheny Group y otra de Bowie en directo. El tema se lo merece.
Fuente de los datos: Clerc, Benoît, David Bowie, All The Songs: The Story Behind Every Track, Black Dog & Levental Publishers, New York 2021 (Edición original en francés David Bowie: la totale publicada por Editions Chêne/E/P/A el mismo año); O'Leary, Chris, Ashes to Ashes: The Songs of David Bowie, 1976-2016, Repeater Books, 2019; página web The Bowie Bible; Wikipedia
Lo mejor de “La cena” (Manuel Gómez Pereira, 2025),
es que supone la vuelta a las pantallas de un tipo de cine demasiado olvidado
en la producción española durante los últimos años: la comedia coral de enredo.
Y lo hace de la mano de un cineasta que llevaba demasiado tiempo también de
capa caída, tras una etapa estelar en los años noventa en la que ofreció alguna
de las mejores comedias de esa década.
Dicho esto, no es una película completamente satisfactoria.
No es que no solo no se acerque a los referentes que se le mencionan, desde el
inevitable Berlanga hasta maestros de la comedia italiana como Mario Monicelli
o Dino Risi… es que ni siquiera es tan divertida como otras comedias de Gómez
Pereira como “El amor perjudica seriamente la salud” o “Boca a boca”, aunque
puede que cinematográficamente hablando si puede que se les acerque. El mayor
problema que le veo es que el efecto cómico no es todo lo vitriólico que podría
y debería ser, y para colmo se va diluyendo a medida que avanza la película
hasta quedar en muy poco, y que resulta que lo mejor funciona es el elemento
dramático presente en el trasfondo de la trama.
Recién terminada la Guerra Civil, el teniente del ejército
franquista Santiago Medina (Mario Casas) llega al hotel Palace de Madrid, que
está siendo utilizado como hospital, para informar al gerente Genaro Palazón
(Alberto San Juan) de que Franco quiere celebrar esa misma noche en el hotel una
cena con sus generales y esposas para celebrar la victoria. Genaro y Medina,
con la ayuda del oficial de Falange José Luis Alonso (Asier Etxeandia), se
enfrentarán no solo al problema de reconvertir la sala quirófano del hospital
en el comedor original, o la dificultad de conseguir comida en el asolado
Madrid, sino que además, ante la ausencia de personal de cocina, y a sugerencia
de Genaro, tendrán que usar a prisioneros republicanos antiguos cocineros,
entre ellos la chef Juana Sanz (Elvira Minguez) y su hijo Ángel (Oscar
Lasarte), que sin saber de cocina actuaría de sumiller solo para reunirse con
su novia María (Nora Hernández). Mientras avanzan los preparativos de la cena,
los personajes se enfrentarán a sus problemas personales, rivalidades ideológicas
y sus propias intenciones futuras…
Hay los mimbres para una buena mezcla de vodevil y drama con
un desenlace cómicamente apoteósico, pero la cosa se acabará quedando con la
mezcla de una comedia que se va descafeinando conforme progresa el metraje y un
drama que sí que es intensamente desarrollado. No he leído ni visto la obra
teatral original de José Luis Alonso de Santos, así que ignoro cuánto de ella
ha pasado al film, aunque he visto en alguna reseña que es una adaptación muy
libre de la misma.
En favor de Gómez Pereira, hay que decir que como director
ha conseguido superar el estatismo del origen teatral del guion moviendo la cámara
con soltura por las diferentes dependencias del hotel y alrededores, lo cual
hace que la peli tenga un tono muy dinámico y vital que no la hace aburrida ni
mucho menos. Sin embargo, es frustrante que no se aproveche del todo la
comicidad crítica de la situación en el país una vez terminada el conflicto bélico.
Apenas hay gags brillantes, aunque sí hay humor en algunos diálogos, pero no
hay el vitriolo que se podría haber extraído, y, ahora sí que hay que decirlo,
un Berlanga y su guionista Azcona sí que habrían conseguido, como lo hicieron
en la similar temáticamente “La vaquilla”.
Hay un intento de acercamiento entre las “dos Españas” en el
hecho de que los personajes positivos no son solo el grupo de cocineros
republicanos sino también el gerente del hotel, monárquico, y el teniente franquista
que no ha tenido el valor de matar a nadie en toda la guerra, y enfrente hay
villanos pero que muy villanos, el oficial falangista o el plantel de
camareros, todos ellos fascistas alardeando de su victoria y pasándosela por
los morros a los republicanos cocineros… pero apenas hay conflicto humorístico
entre ellos. Y por si fuera poco, la apoteosis final de comicidad que se podría
esperar no llega, en una secuencia final que por ello se hace demasiado larga. En
fin, a pesar de lo enjundioso de la situación, el humor no deja de ser bastante
amable. No empalagoso ni ñoño como el de las comedias familiares que nos
invaden cada verano, pero sí demasiado suave, y para nada la carga de
profundidad que debería haber sido.
Pero como digo, lo que me funciona pero que muy bien es la
parte dramática de la historia. No me refiero solo al trasfondo de una España
de prisiones, de edificios derruidos, de colas para el racionamiento o
pelotones de fusilamiento, que sí que aparecen aunque sea de pasada. No, me
refiero a los conflictos personales de los personajes, con ese teniente que
añora su pasión por la fotografía, o el gerente con un oscuro secreto “que no
tiene sitio en la nueva España”, o la joven cantante de orquesta que usa la
picaresca para poder volver a su novio… los momentos que más y mejor me han
quedado una vez terminada la película son estos… por no hablar de la
estremecedora escena que protagoniza el oficial falangista al comienzo del
film.
Poco malo que decir del reparto. Mario Casas, que me
maravilló el año pasado con su trabajo en “Muy lejos”, esta sencillamente
correcto en lo que se refiere a su vis cómica y mucho mejor cuando aflora el
drama de su situación. Con todo, no hay que negarle buena química con Alberto
San Juan… pero es que sería de pecado mortal no tener buena química con este actor,
cuya actuación está entre lo mejor de la película. Su humor irónico, hasta sarcástico,
típico de personaje que debe aprender a flotar entre dos aguas, y en lado
opuesto el dramatismo que hay en él cuando afronta sus demonios internos, son
matices que San Juan desarrolla a la perfección. Del resto del elenco cabe destacar
a Asier Etxeandia como el oficial falangista Alonso, que cuando debe mostrar la
maldad intrínseca de su personaje lo hace hasta las últimas consecuencias, y
que cuando es un villano de opereta merecedor de burla (algunos de los mejores
momentos cómicos del film le pertenecen), también cumple más que dignamente.
Termino con una mención de la que creo que es debutante Nora Hernández, que da
a su joven personaje una mezcla de pizpireta inocencia y rebeldía muy refrescante.
El problema de “La cena” no es que sea una mala película.
No, no lo es, se deja ver muy bien, o sea que apenas aburre, y tiene los
suficientes elementos positivos para que se la aprecie. No, el problema está en
que es tremendamente frustrante, que en este retorno del cine español a un tipo
de comedia muy nuestro que no se hacía desde hace mucho (lo más parecido que
uno vio en los últimos años fue “Casa en llamas”), no se han aprovechado las oportunidades
que daba la historia para una comicidad más profunda, más provocadora, mas
vitriólica. Vistas las referencias, uno esperaba bastante más. Pero al menos me
ha dado la esperanza de que alguien siga el camino que ha reabierto. Veremos a
ver. 6,5 redondeado a 7/10.
I Only Have Eyes for You es una canción escrita por Harry Warren (música) y Al Dubin (letra) para la película de Ray Enright, con números musicales dirigidos y coreografiados por Busby Berkeley, "Música y mujeres" de 1934. Interpretada en ella por Dick Powell, y luego apareciendo en una maravillosa escena de baile con el sello inconfundible de Berkeley, el mismo año sería versioneada por varios cantantes hoy ya olvidados, aunque hay que destacar que la de Ben Sevin alcanzaría el número dos en las listas.
Tras ser usada en a película "Té para dos" de David Butler, ahí cantada por Gordon Mac Rae, la canción quedó más o menos en el olvido hasta que el grupo pre-soul y doowop The Flamingos decidió rescatarla en 1959. El grupo había empezado su carrera en 1952, y desde entonces solo habían tenido éxito con dos singles de 1956, A Kiss From Your Lips y I'll Be Home. Con I Only Have Eyes for You alcanzarían su mayor momento de gloria, alcanzando casi el top ten en las listas generales de éxitos y el número 3 en las de rhythm and blues. Ello les ha instalado en la historia del rock como uno de los grandes grupos del estilo doowop y la antesala de la música soul de los años sesenta.
Y bien merecido que lo tienen, aunque solo sea por este tema, que, bajo la guía del arreglista Terry Johnson y el productor George Goldner, reconstruyeron de arriba abajo, quitándole lo que le hacía un standard, sin más, y convirtiéndolo en una joya del doowop, con su introducción a guitarra con reverberación, la incisiva voz del cantante Nate Nelson y los "shoo-bop-she-bop" con efecto de eco al fondo. Todo ello da un tono misterioso a la canción, muy de evocación, lo cual le ha llevado a ser usada en películas o series televisivas en momentos que necesitaban dicho tono. Así, el tema ha vuelto a aparecer en películas como "American Graffitti" o "Una historia del Bronx", y en series como "Buffy la cazavampiros", "Los Soprano" o "The Crown".
Tras la versión de The Flamingos llegaron otras, entre ellas una de Frank Sinatra, pero la canción volvió a lugares punteros de las listas de éxitos con la que hizo Art Garfunkel para su álbum Breakaway, de 1975, que triunfó no solo en Estados Unidos sino también en el Reino Unido, donde llegaría al número 1. Como era de esperar, la versión de Garfunkel, aunque coge el inicio que aportaron The Flamingos, se aleja del doowop para adaptarse a las modulaciones de su dulce voz. Para mi no es una mala versión, de hecho es tan agradable de escuchar como todo lo que canta Artie, pero echo de menos en ella el caracter misterioso y evocativo de la versión de aquellos.
Para terminar, dejo aquí las primeras versiones del tema, de la película "Música y mujeres", para apreciar los cambios que hicieron The Flamingos y admirarlos en su justa medida. En primer lugar, un clip con la primera vez que aparece en el film, y en segundo lugar la versión coreografiada por Busby Berkeley, que es una auténtica maravilla visual.
Fuente de los datos: Dave Marsh, The Heart of Rock & Soul, Da Capo Press, New York 1999, Robert Dimery (ed.), 1001 canciones que hay que escuchar antes de morir, Grijalbo, 2011 y Wikipedia
Pues quería uno hacerle homenaje a Robert Duvall, y en
principio me iba a inclinar por volver a ver “Camino al cielo”, ese proyecto
tan personal suyo en el que hace una interpretación memorable, pero como
llevaba tiempo con ganas de revisionar “Network, un mundo implacable” (Network,
Sidney Lumet, 1976) y por ahí anda también el actor imponiendo magisterio, en
uno de esos papeles de reparto que el sabía como nadie hacer imprescindibles,
pues nada, decidí matar dos pájaros de un tiro, lo cual no quita que a no mucho
tardar vuelvaa la otra peli que
menciono…
“Network” es quizás la peli modelo de ataque a las miserias
de la televisión, tuvo un tremendo impacto en el momento de su estreno, ganó
premios de prestigio, entre ellos tres de los premios a la interpretación y
otro al guion en la gala de los Oscar, ha influido poderosamente en luminarias
actuales del mundo del espectáculo como Aaron Sorkin, y, vista hoy, si dejamos
aparte algún aspecto coyuntural que haya quedado demodé, resulta tremendamente
vigente… para mayor gloria de los que en ella intervinieron, pero también para
nuestra vergüenza.
Howard Beale (Peter Finch) es una venida a menos estrella de
los programas informativos de la ficticia cadena televisiva UBS. Un día, el
presidente de la división de noticias de la cadena, y viejo amigo suyo, Max
Schumacher (William Holden) le dice que se va a ver obligado a despedirle en un
par de semanas por la baja audiencia de su programa. Pero la noche siguiente
Beale anuncia su intención de suicidarse en pantalla en la próxima emisión.
Antes de dejar que su amigo sea despedido fulminantemente, Schumacher consique
de los dueños de la cadena que le dejen pedir perdón y despedirse con dignidad.
Pero lo que hace el periodista es soltar una perorata contra la cadena, el
sistema y la forma de vida estadounidense, llena de improperios y lenguaje soez.
Al ver que el nivel de audiencia sube espectacularmente con este estallido de
Beale, la ambiciosa ejecutiva y jefa de programación Diana Christensen (Faye
Dunaway) propone a Schumacher que se le de a Howard su propio programa. Aquel
rechaza la propuesta, pero al mismo tiempo él y Diana se enamoran y empiezan
una relación. Sin embargo, Christensen acaba llevando su idea a su jefe, Frank
Hackett (Robert Duvall). En principio este duda, pero cuando en una de sus últimas
emisiones previstas un enloquecido Beale enfervoriza al público
y los índices
de audiencia vuelven a dispararse, Hackett acaba cediendo y empiezan a emitir “The
Howard Beale Show” con un éxito abrumador en principio, lo cual lleva a
Christensen a sacar adelante otros extravagantes programas sensacionalistas.
Pero la cosa empieza a cambiar cuando las diatribas de Howard comienzan a ir en
contra de los intereses económicos corporativos de la cadena…
La impresión general de los analistas de este film es que es
una película más de guionista que de director. Y en principio, no están equivocados.
La trama es un reflejo de las obsesiones del guionista Paddy Chayefsky sobre la
situación de los Estados Unidos a mediados de los años setenta, en medio de una
recesión y del escepticismo y la crisis de valores derivados de la derrota en Vietnam
y el escándalo Watergate, así como de su muy negativa opinión de un medio
televisivo más preocupado de audiencias y beneficios económicos que de la
calidad de sus programas. Chayefsky ofrece un guion perfectamente estructurado
y con una progresión muy meditada, al tiempo que lo llena de potentes diálogos
vibrantes y acerados y muchas peroratas llenas de crítica política y social.
Pero también es cierto que Sidney Lumet sabe dar muy buena
forma cinematográfica a este complejo guion, manejando bien una narración a por
lo menos tres niveles (una historia con Beale, otra con Diane y Max, y otra con
los manejos televisivos), destacando aquí el trabajo del montador Alan Heim,
que alterna los tres niveles con precisión. Luego, con la contribución del
director de fotografía Owen Roizman, hace que visualmente la película tenga la
misma tonalidad casi granulada de una emisión televisiva. Y finalmente Lumet
consigue aportar vitalidad a un relato que podría haber quedado demasiado teatral
por culpa de la importancia de los diálogos, mediante un uso nervioso de la cámara
en mano moviéndose por los laberintos y entresijos de los estudios y oficinas
de la cadena televisiva (Aaron Sorkin ha declarado su admiración por este film,
y se nota por ejemplo en su “El ala oeste de la Casa Blanca”), así como
mediante su espléndido uso, en ocasiones sorprendente, de encuadres y planos. Por
ejemplo, para la escena en la que se decide el destino del programa de Howard,
que podría haberse resuelto mayormente mediante primeros y medios planos de los
ejecutivos proponiendo y reaccionando a las soluciones, Lumet opta por usar
fundamentalmente planos generales, en un fiel reflejo de la frialdad con la que
se afronta el debate.
Pero por mucho que Lumet aporte su forma y estilo de hacer
cine, no se puede olvidar que en este film está plenamente al servicio de las ideas
del guionista. Chayefsky vierte todo el vitriolo posible sobre la hipocresía
del mundo televisivo, con sus ejecutivos de quita y pon, donde no importa que
se defenestre a unos u que otros fallezcan, siempre habrá quien tome su lugar,
con su explotación de las figuras televisivas a las que tanto alaban cuando
tienen éxito como hunden cuando no, con su manipulación de las audiencias, a
las que ofrecen productos sensacionalistas sin importarles las consecuencias,
con sus dirigentes y propietarios sin escrúpulos, más pendientes del beneficio
económico que de cualquier otra cosa.
Chayefsky no tiene piedad con nadie, y por ello, por mucho
que haya una sátira desaforada que muchas veces nos lleve a una sonrisa amarga,
cuando no a una carcajada, aparentemente suavizando el contenido del film… “Network”
es una película agria, tremendamente pesimista y que nunca invita a reflexiones
animosas. Apenas hay personajes positivos (o por lo menos del todo positivos),
se nos hace difícil empatizar con alguno de ellos, ni siquiera de los que más
lo merecerían. Howard, a pesar de tener la mayoría de los mejores textos del
guion, acaba siendo un bufón lastimero. Y Max, que por su relación de amistad
con Beale, o por su aventura romántica con Diane,
podría haber sido el ancla
emocional de la película, no deja de ser un pelele más de los muchos en ella, y
una persona que acaba cediendo también a un egoísmo no demasiado diferente del
de los personajes más negativos de la trama.
De todo lo dicho se desprende que “Network” es un film de
actores, y a fe que lo es. Holden está espléndido, y si no ganó el Oscar a
mejor actor fue porque se lo arrebató a título póstumo su compañero Peter Finch.
No voy a decir si fue injusto o no, ambos trabajos son espectaculares. El de Holden
es más contenido y el de Finch más desatado, pero es difícil escoger cuál es
mejor. Dunaway hace el papel de su vida, igualmente merecedora del Oscar, con su retrato fascinante a la par que odioso de una ambiciosa ejecutiva televisiva.
Luego habría que destacar dos breves intervenciones que también fueron
merecedoras de premios y nominaciones. Beatrice Straight, como la sufrida esposa
de Max, no tiene mucha presencia en pantalla, pero la escena en la que obliga a
su marido a afrontar las consecuencias de su infidelidad es tan brillante e
intensa que no desmerece el Oscar recibido. Menos suerte tuvo otro nominado de
corta presencia, Ned Beatty como uno de los dueños de la cadena televisiva, que
no ganó el premio (que fue a Jason Robards por “Todos los hombres del
presidente”) pero que abruma en la escena en la que se enfrenta a Howard y hace
para mí el segundo mejor discurso del film, tras el famosísimo “¡Estoy más que
harto y no quiero seguir soportándolo!” (“I’m mad as hell and I’m not gonna take it anymore!”) de Peter Finch.
Luego está Robert Duvall, que a pesar de su lugar destacado en los créditos actorales del film, su presencia en pantalla no es tan
larga como la de Finch, Dunaway o Holden. Y sin embargo, cada una de sus
apariciones es un prodigio de interpretación. Como de costumbre en él, vaya. Usando
esa naturalidad tan propia a su trabajo, su papel como el rudo y falto de ética
ejecutivo Frank Hackett alterna momentos de gran intensidad y furia, pero jamás
llegando, ni de lejos, a la sobareactuación, con otros de estremecedora
frialdad, capaz de tomar las decisiones más terribles sin apenas enarcar una
ceja.
Podría decirse que solo por Duvall merece la pena ver “Network”.
Pero sería injusto, sería quedarse cortos sobre la calidad y valores de un film
extraordinario, con un reparto fuera de serie, una temática apasionante,
preocupante y absolutamente vigente hoy, con un guion casi perfectamente
desarrollado y una dirección que a pesar de estar plenamente al servicio de la
trama no oculta el talento del director al llevarla a cabo. De reprocharle
algo, como dije al principio, algún aspecto muy coyuntural que haya podido
pasar de moda. Pero por lo demás, estamos ante una peli entre lo mejor de los
años setenta, y una obra que merece un visionado tras otro. 9/10
Rodrigo García y Jose María Guzmán trabajaban como músicos de estudio para la disquera Hispavox cuando se conocieron. Congeniaron, y vieron la posibilidad de formar un grupo que combinara las armonías vocales de Crosby, Stills, Nash & Young, las melodías de los Beatles y los textos de Bob Dylan. En principio contactaron con Adolfo Rodríguez y Juan Cánovas para completar la banda, pero sus compromisos con sus respectivos grupos, aquel con Los Íberos y este con Franklin, lo impidieron.
Al final optaron por invitar a los hermanos José y Manuel Martín, que ya habían publicado algunos álbumes como "José y Manuel". Estos aceptaron, y a sugerencia de Rodrigo dieron al grupo el nombre de Solera. Siendo todos ellos hábiles cantantes, compositores y multi-instrumentistas, contribuyeron todos a un repertorio de canciones que, con la participación de bateristas de estudio, daría pie a un álbum con el nombre del grupo y publicado en 1973, aunque el peso mayor lo llevaron Rodrigo y Guzmán. Las canciones recogen las influencias de los artistas mencionados en el párrafo anterior, pero también hay aportes de otros estilos como la música latina o aires medievales. Las letras de Rodrigo eran las más "dylanianas" y sarcásticas, mientras que las de Guzmán tendían a ser más líricas.
El álbum, producido por un Rafael Trabucchelli que imprimió su estilo pero que dio plena libertad a los músicos, más allá de sugerir arreglos de cuerda en algunos temas, no tuvo excesivo éxito. No llegaron a actuar en directo, y el videoclip que incluyo en este envío, una actuación en playback para el programa televisivo "Estudio Abierto" es de las pocas imágenes que han quedado del grupo (hay también una especie de videoclip con "Linda Prima" para otro programa que desconozco, aunque podría ser "Escala en Hi-Fi"). Para colmo, las relaciones entre Rodrigo y Guzmán con los hermanos Martín acabaron empeorando por sus diferencias a la hora de abordar el trabajo, más metódicos aquellos y más abiertos a la improvisación estos, y el grupo acabó disolviéndose.
Con todo, el paso del tiempo ha hecho justicia al disco, considerado hoy uno de los claves en la historia del pop-rock español, por ser capaz de recoger las influencias del rock anglosajón pero adaptándolas a la idiosincrasia española, por adelantarse a su tiempo en introducir según qué temas, y por contener una serie de canciones de tal calidad que ninguna es de relleno. Las tres incluidas en el clip son posiblemente las más conocidas, pero hay otras como "Noche tras noche", "Juan" o "Volverás" que son parte esencial de su legado.
Tras la disolución del grupo, los hermanos Martín se incorporaron al grupo Nuevos Horizontes, donde seguirían mostrando su talento, mientras que Rodrigo y Guzmán, tras plantearse continuar como dúo, acabarían consiguiendo que se les unieran Juan Cánovas y Adolfo Rodríguez, ya libres de sus compromisos con sus grupos. El nuevo grupo no podía mantener el nombre de Solera por cosa de los derechos de propiedad del mismo, así que, en la onda de sus admirados Crosby, Stills, Nash & Young, optaron por Cánovas, Rodrigo, Adolfo y Guzmán. CRAG para los amigos y fans. Pero esto es otra historia. Y qué historia.
,Fuente de los datos: Artículo de Juan Puchades en César Campoy y Juan Puchades, Los 100 mejores discos del rock español de los años 60 y 70, Grupo Midons 2000, Valencia 2023, y página web www.lafonoteca.net