Farmacia de Alonso Luengo, en León. Foto de Jordi Asturies.

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jueves, 19 de febrero de 2026

Una peli al día (2026-02-17): NETWORK, UN MUNDO IMPLACABLE (Sidney Lumet, 1976)

Network © Amazon MGM Studios. 
Pues quería uno hacerle homenaje a Robert Duvall, y en principio me iba a inclinar por volver a ver “Camino al cielo”, ese proyecto tan personal suyo en el que hace una interpretación memorable, pero como llevaba tiempo con ganas de revisionar “Network, un mundo implacable” (Network, Sidney Lumet, 1976) y por ahí anda también el actor imponiendo magisterio, en uno de esos papeles de reparto que el sabía como nadie hacer imprescindibles, pues nada, decidí matar dos pájaros de un tiro, lo cual no quita que a no mucho tardar vuelva  a la otra peli que menciono…

 

“Network” es quizás la peli modelo de ataque a las miserias de la televisión, tuvo un tremendo impacto en el momento de su estreno, ganó premios de prestigio, entre ellos tres de los premios a la interpretación y otro al guion en la gala de los Oscar, ha influido poderosamente en luminarias actuales del mundo del espectáculo como Aaron Sorkin, y, vista hoy, si dejamos aparte algún aspecto coyuntural que haya quedado demodé, resulta tremendamente vigente… para mayor gloria de los que en ella intervinieron, pero también para nuestra vergüenza.

 

Howard Beale (Peter Finch) es una venida a menos estrella de los programas informativos de la ficticia cadena televisiva UBS. Un día, el presidente de la división de noticias de la cadena, y viejo amigo suyo, Max Schumacher (William Holden) le dice que se va a ver obligado a despedirle en un par de semanas por la baja audiencia de su programa. Pero la noche siguiente Beale anuncia su intención de suicidarse en pantalla en la próxima emisión. Antes de dejar que su amigo sea despedido fulminantemente, Schumacher consique de los dueños de la cadena que le dejen pedir perdón y despedirse con dignidad. Pero lo que hace el periodista es soltar una perorata contra la cadena, el sistema y la forma de vida estadounidense, llena de improperios y lenguaje soez. Al ver que el nivel de audiencia sube espectacularmente con este estallido de Beale, la ambiciosa ejecutiva y jefa de programación Diana Christensen (Faye Dunaway) propone a Schumacher que se le de a Howard su propio programa. Aquel rechaza la propuesta, pero al mismo tiempo él y Diana se enamoran y empiezan una relación. Sin embargo, Christensen acaba llevando su idea a su jefe, Frank Hackett (Robert Duvall). En principio este duda, pero cuando en una de sus últimas emisiones previstas un enloquecido Beale enfervoriza al público

Network © Amazon MGM Studios. 

y los índices de audiencia vuelven a dispararse, Hackett acaba cediendo y empiezan a emitir “The Howard Beale Show” con un éxito abrumador en principio, lo cual lleva a Christensen a sacar adelante otros extravagantes programas sensacionalistas. Pero la cosa empieza a cambiar cuando las diatribas de Howard comienzan a ir en contra de los intereses económicos corporativos de la cadena… 

La impresión general de los analistas de este film es que es una película más de guionista que de director. Y en principio, no están equivocados. La trama es un reflejo de las obsesiones del guionista Paddy Chayefsky sobre la situación de los Estados Unidos a mediados de los años setenta, en medio de una recesión y del escepticismo y la crisis de valores derivados de la derrota en Vietnam y el escándalo Watergate, así como de su muy negativa opinión de un medio televisivo más preocupado de audiencias y beneficios económicos que de la calidad de sus programas. Chayefsky ofrece un guion perfectamente estructurado y con una progresión muy meditada, al tiempo que lo llena de potentes diálogos vibrantes y acerados y muchas peroratas llenas de crítica política y social.

 

 Pero también es cierto que Sidney Lumet sabe dar muy buena forma cinematográfica a este complejo guion, manejando bien una narración a por lo menos tres niveles (una historia con Beale, otra con Diane y Max, y otra con los manejos televisivos), destacando aquí el trabajo del montador Alan Heim, que alterna los tres niveles con precisión. Luego, con la contribución del director de fotografía Owen Roizman, hace que visualmente la película tenga la misma tonalidad casi granulada de una emisión televisiva. Y finalmente Lumet consigue aportar vitalidad a un relato que podría haber quedado demasiado teatral por culpa de la importancia de los diálogos, mediante un uso nervioso de la cámara en mano moviéndose por los laberintos y entresijos de los estudios y oficinas de la cadena televisiva (Aaron Sorkin ha declarado su admiración por este film, y se nota por ejemplo en su “El ala oeste de la Casa Blanca”), así como mediante su espléndido uso, en ocasiones sorprendente, de encuadres y planos. Por ejemplo, para la escena en la que se decide el destino del programa de Howard, que podría haberse resuelto mayormente mediante primeros y medios planos de los ejecutivos proponiendo y reaccionando a las soluciones, Lumet opta por usar fundamentalmente planos generales, en un fiel reflejo de la frialdad con la que se afronta el debate.

Network © Amazon MGM Studios. 

 

Pero por mucho que Lumet aporte su forma y estilo de hacer cine, no se puede olvidar que en este film está plenamente al servicio de las ideas del guionista. Chayefsky vierte todo el vitriolo posible sobre la hipocresía del mundo televisivo, con sus ejecutivos de quita y pon, donde no importa que se defenestre a unos u que otros fallezcan, siempre habrá quien tome su lugar, con su explotación de las figuras televisivas a las que tanto alaban cuando tienen éxito como hunden cuando no, con su manipulación de las audiencias, a las que ofrecen productos sensacionalistas sin importarles las consecuencias, con sus dirigentes y propietarios sin escrúpulos, más pendientes del beneficio económico que de cualquier otra cosa.

 

 Chayefsky no tiene piedad con nadie, y por ello, por mucho que haya una sátira desaforada que muchas veces nos lleve a una sonrisa amarga, cuando no a una carcajada, aparentemente suavizando el contenido del film… “Network” es una película agria, tremendamente pesimista y que nunca invita a reflexiones animosas. Apenas hay personajes positivos (o por lo menos del todo positivos), se nos hace difícil empatizar con alguno de ellos, ni siquiera de los que más lo merecerían. Howard, a pesar de tener la mayoría de los mejores textos del guion, acaba siendo un bufón lastimero. Y Max, que por su relación de amistad con Beale, o por su aventura romántica con Diane,

Network © Amazon MGM Studios. 

podría haber sido el ancla emocional de la película, no deja de ser un pelele más de los muchos en ella, y una persona que acaba cediendo también a un egoísmo no demasiado diferente del de los personajes más negativos de la trama.

 

De todo lo dicho se desprende que “Network” es un film de actores, y a fe que lo es. Holden está espléndido, y si no ganó el Oscar a mejor actor fue porque se lo arrebató a título póstumo su compañero Peter Finch. No voy a decir si fue injusto o no, ambos trabajos son espectaculares. El de Holden es más contenido y el de Finch más desatado, pero es difícil escoger cuál es mejor. Dunaway hace el papel de su vida, igualmente merecedora del Oscar, con su retrato fascinante a la par que odioso de una ambiciosa ejecutiva televisiva. Luego habría que destacar dos breves intervenciones que también fueron merecedoras de premios y nominaciones. Beatrice Straight, como la sufrida esposa de Max, no tiene mucha presencia en pantalla, pero la escena en la que obliga a su marido a afrontar las consecuencias de su infidelidad es tan brillante e intensa que no desmerece el Oscar recibido. Menos suerte tuvo otro nominado de corta presencia, Ned Beatty como uno de los dueños de la cadena televisiva, que no ganó el premio (que fue a Jason Robards por “Todos los hombres del presidente”) pero que abruma en la escena en la que se enfrenta a Howard y hace para mí el segundo mejor discurso del film, tras el famosísimo “¡Estoy más que harto y no quiero seguir soportándolo!” (“I’m mad as hell and I’m not gonna take it anymore!”) de Peter Finch.

 

Network © Amazon MGM Studios. 
Luego está Robert Duvall, que a pesar de su lugar destacado en los créditos actorales del film, su presencia en pantalla no es tan larga como la de Finch, Dunaway o Holden. Y sin embargo, cada una de sus apariciones es un prodigio de interpretación. Como de costumbre en él, vaya. Usando esa naturalidad tan propia a su trabajo, su papel como el rudo y falto de ética ejecutivo Frank Hackett alterna momentos de gran intensidad y furia, pero jamás llegando, ni de lejos, a la sobareactuación, con otros de estremecedora frialdad, capaz de tomar las decisiones más terribles sin apenas enarcar una ceja.

 

Podría decirse que solo por Duvall merece la pena ver “Network”. Pero sería injusto, sería quedarse cortos sobre la calidad y valores de un film extraordinario, con un reparto fuera de serie, una temática apasionante, preocupante y absolutamente vigente hoy, con un guion casi perfectamente desarrollado y una dirección que a pesar de estar plenamente al servicio de la trama no oculta el talento del director al llevarla a cabo. De reprocharle algo, como dije al principio, algún aspecto muy coyuntural que haya podido pasar de moda. Pero por lo demás, estamos ante una peli entre lo mejor de los años setenta, y una obra que merece un visionado tras otro. 9/10

 


 

Solera: CALLES DEL VIEJO PARÍS / LINDA PRIMA / AGUA DE COCO Y RON

 

Rodrigo García y Jose María Guzmán trabajaban como músicos de estudio para la disquera Hispavox cuando se conocieron. Congeniaron, y vieron la posibilidad de formar un grupo que combinara las armonías vocales de Crosby, Stills, Nash & Young, las melodías de los Beatles y los textos de Bob Dylan. En principio contactaron con Adolfo Rodríguez y Juan Cánovas para completar la banda, pero sus compromisos con sus respectivos grupos, aquel con Los Íberos y este con Franklin, lo impidieron.

 Al final optaron por invitar a los hermanos José y Manuel Martín, que ya habían publicado algunos álbumes como "José y Manuel". Estos aceptaron, y a sugerencia de Rodrigo dieron al grupo el nombre de Solera. Siendo todos ellos hábiles cantantes, compositores y multi-instrumentistas, contribuyeron todos a un repertorio de canciones que, con la participación de bateristas de estudio, daría pie a un álbum con el nombre del grupo y publicado en 1973, aunque el peso mayor lo llevaron Rodrigo y Guzmán. Las canciones recogen las influencias de los artistas mencionados en el párrafo anterior, pero también hay aportes de otros estilos como la música latina o aires medievales. Las letras de Rodrigo eran las más "dylanianas" y sarcásticas, mientras que las de Guzmán tendían a ser más líricas. 

El álbum, producido por un Rafael Trabucchelli que imprimió su estilo pero que dio plena libertad a los músicos, más allá de sugerir arreglos de cuerda en algunos temas, no tuvo excesivo éxito. No llegaron a actuar en directo, y el videoclip que incluyo en este envío, una actuación en playback para el programa televisivo "Estudio Abierto" es de las pocas imágenes que han quedado del grupo (hay también una especie de videoclip con "Linda Prima" para otro programa que desconozco, aunque podría ser "Escala en Hi-Fi"). Para colmo, las relaciones entre Rodrigo y Guzmán con los hermanos Martín acabaron empeorando por sus diferencias a la hora de abordar el trabajo, más metódicos aquellos y más abiertos a la improvisación estos, y el grupo acabó disolviéndose.

Con todo, el paso del tiempo ha hecho justicia al disco, considerado hoy uno de los claves en la historia del pop-rock español, por ser capaz de recoger las influencias del rock anglosajón pero adaptándolas a la idiosincrasia española, por adelantarse a su tiempo en introducir según qué temas, y por contener una serie de canciones de tal calidad que ninguna es de relleno. Las tres incluidas en el clip son posiblemente las más conocidas, pero hay otras como "Noche tras noche", "Juan" o "Volverás" que son parte esencial de su legado.

Tras la disolución del grupo, los hermanos Martín se incorporaron al grupo Nuevos Horizontes, donde seguirían mostrando su talento, mientras que Rodrigo y Guzmán, tras plantearse continuar como dúo, acabarían consiguiendo que se les unieran Juan Cánovas y Adolfo Rodríguez, ya libres de sus compromisos con sus grupos. El nuevo grupo no podía mantener el nombre de Solera por cosa de los derechos de propiedad del mismo, así que, en la onda de sus admirados Crosby, Stills, Nash & Young, optaron por Cánovas, Rodrigo, Adolfo y Guzmán. CRAG para los amigos y fans. Pero esto es otra historia. Y qué historia.

  

,Fuente de los datos: Artículo de Juan Puchades en César Campoy y Juan Puchades,  Los 100 mejores discos del rock español de los años 60 y 70, Grupo Midons 2000, Valencia 2023, y página web www.lafonoteca.net

miércoles, 18 de febrero de 2026

Una peli al día (2026-02-14): EL CAPITÁN KIDD (Rowland V. Lee, 1945)

 

Con “El capitán Kidd” (Captain Kidd, Rowland V. Lee, 1945) puso punto final su director a su carrera cinematográfica, tras una larga y si no brillante, al menos sólida, trayectoria salpicada de alguna que otra película más que digna. Entre estas se encontraría este film, considerado generalmente uno de sus mejores momentos, a la par con sus adaptaciones de Dumas o la a veces infravalorada “La torre de Londres”.

 

Lee, considerado uno de esos mal llamados “artesanos” de la industria, nos ofrece una peculiar película de aventuras piratas. Peculiar, porque aunque tiene todos los ingredientes espectaculares habituales del género (tesoros, duelos a espada, traiciones, secretos, combates navales, romance), no son estos los que más destacan en su metraje, sino su fuerte contenido dialogado, dando pie al lucimiento de su reparto, sobre el que reina un mayestático, controladamente sobreactuado Charles Laughton. Peculiar también por su ambiente tétrico, con una fotografía en blanco y negro inopinadamente oscura, en parte fruto de las necesidades de la producción, pero así mismo del tono que el cineasta quería dar a su obra. Y finalmente peculiar también por su pesimismo sobre la condición humana, casi sin personajes positivos, y los pocos que hay de estos, sin apenas fuerza o carisma para oponerse a la oscuridad latente en la peli.

 

William Kidd (Charles Laughton) es un bucanero que, tras destruir un galeón británico cerca de la costa de Madagascar, entierra en una cueva de una isla el tesoro que transportaba el barco hundido, en compañía de sus lugartenientes, entre los que destacan Orange Povey (John Carradine) y José Lorenzo (Gilbert Roland). Cuando llega de vuelta a Inglaterra, Kidd pone en marcha su plan de hacerse pasar por un caballero – contratando a un servidor de la nobleza, Shadwell (Reginald Owen) para que le instruya en modales – y presentarse ante el rey Guillermo III (Henry Daniell) como un honrado marino mercante que le pide la patente de corso. El rey le encarga que escolte a otro barco desde la India a Inglaterra, a lo que Kidd en principio accede, y para ello recluta una nueva tripulación que incluye al misterioso Adam Mercy (Randolph Scott), pero el hecho de que tal barco transporte otro rico tesoro, además de al embajador del Rey en la zona y la hija de aquel, Lady Anne (Barbara Britton), hace que el pirata tenga sus propios planes al respecto…

 

Basada en el personaje real de William Kidd, pero sin ninguna intención historicista al respecto, el guion escrito por el hermano del director, Robert N. Lee, no nos muestra al típico héroe con nobles motivaciones al que la circunstancias han hecho pirata a su pesar, como en las pelis protagonizadas por Errol Flynn o Tyrone Power. Tampoco es el pirata que tras su actividad criminal esconde una personalidad con sentido del honor. No, nada de tan positivas actitudes hay en Kidd, un personaje cruel, zafio, desconfiado, traidor y malvado hasta las últimas consecuencias. La interpretación que le da Laughton es tan potente, bordeando la sobreactuación pero contenida hasta cuando parece que va a traspasar el límite, que el principal personaje positivo, Adam Mercy, no está ni de lejos a su altura, y otros más secundarios parecen más útiles como alivio cómico (Shadwell) o romántico (Lady Ann).

 

La historia es una sucesión de tenebrosos secretos, traiciones de los malvados a los héroes y viceversa, o traiciones entre los propios villanos, plasmada en unos diálogos arteros llenos de inuendos, y en la oscura fotografía que mencionaba antes. Apenas hay escenas a plena luz en espacios abiertos, que cuando son usados es mayormente en horas nocturnas, y abundan las que transcurren en locales cerrados como los camarotes del barco, o la cuevas del tesoro. Las malas lenguas dicen que con esto se ocultaban los problemas derivados del bajo presupuesto de la película (que usaba decorados procedentes de filmes anteriores)… pero sea esto cierto o no, también lo es que Lee consigue hacer de la necesidad virtud, logrando que la oscuridad exterior encaje perfectamente con la interior de los personajes y la trama.

 

Y como dije, entre tanta escena dialogada queda tiempo para elementos habituales del género. Por supuesto que vamos a ver combates navales, pero casi de pasada, ya sea como mera introducción a la historia, como el ataque al galeón al comienzo, o como intervalo de un momento a otro de la trama, como el abordaje al segundo barco a mitad de metraje. Y también habrá un duelo a espadas, pero para colmo no será entre el héroe y el villano eje del film, sino entre aquel y uno de los lugartenientes de Kidd, transcurriendo además entre las sombras de los camarotes del barco…

 

… porque lo realmente importante, donde Lee echa el resto, es en las escenas dialogadas entre Kidd y el resto de personajes. Las conversaciones del capitán con sus lugartenientes, por ejemplo, son una delicia de intercambios ladinos y traicioneros llenos de dobles sentidos e intenciones ocultas y aviesas… Laughton hace un extraordinario papel en el que se nota que se encuentra muy a gusto, y que está además muy por encima de la calidad de la película, que sin él sería un producto bastante normalito. Carradine y Roland sí que se acercan algo a Laughton en su taimada villanía, mientras que el supuesto héroe interpretado por Scott no acaba de dar la talla… en su favor, habría que decir que estar a la altura de Laughton en esta peli era muy difícil.

 

Es “El Capitán Kidd” una película digna de verse, aunque solo sea por el memorable recital de maldad que dibuja Laughton en su actuación. El resto oscila entre lo correcto, como algunas escenas de acción o el buen empleo de la tenebrosa fotografía, lo inane, como los personajes supuestamente positivos, o lo cutre, como algún detalle de la ambientación que canta mucho, como la presencia del Puente de la Torre de Londres unos dos siglos antes de ser construido. Pero al final nos queda un film meritorio que nos hace pasar un buen rato. Como tantas veces decimos, eso es lo principal. 7/10


 

El pájaro de Sam Balluga

Imagen © Mariel Soria y Andreu Martín, Grafitti Ediciones, 1981.

 No es extraño que algún historietista se deje llevar por sus mitos e incluya en su obra algún homenaje, disimulado o no, a las influencias que han hecho de él el artista que es. Esto es todavía más frecuente en obras paródicas, donde el mayor o menor respeto al original hace que esos homenajes sean más frecuentes o no.

A comienzos de los años ochenta, la entonces pareja creativa Mariel y Andreu Martín crean el personaje de historieta Sam Balluga, una parodia absolutamente surrealista y tremendamente divertida del género negro. La obra está llena de juegos de palabras, rupturas de la cuarta pared, brechas narrativas y giros argumentales inconexos, todo ello en búsqueda de la sonrisa, cuando no la carcajada, pero todo ello también dentro del máximo respeto a la base original: se nota el cariño que tienen sus autores por el género que es objeto de su burla.

Esta burla incluye homenajes al cine cómico mudo, al de gangsters y, cómo no, al cine negro, un homenaje que culmina en la viñeta que presentamos, reproducción adaptada a la historia narrada en el tebeo de posiblemente la más famosa escena de la película El halcón maltés

https://www.eskimo.com/%7Enoir/ftitles/maltese/maltese06.jpg

The Maltese Falcon, 1941 © Warner Bros. 

El humor se acrecienta si comparamos la trama de película y tebeo, donde el paralelismo entre los mcguffins que desatan el argumento de ambos es cuanto menos grotesco. En la película, tenemos la búsqueda de la estatuilla del ave homónima, y en la historieta se busca una pajarita de papel egipcia. Por lo demás, si comparan la escena original con la viñeta, verán que el único cambio estriba en la mirada de los personajes, dirigida hacía el personaje que habla.

En fin, estamos ante una viñeta que presentamos como ejemplo de un homenaje bien planteado, y como reivindicación de una obra que merecería una reedición decente para disfrute de las nuevas generaciones.

 Entrada originalmente publicada en el blog Una habitación con viñetas el 4-4-2007

 

Bob Dylan: LICENSE TO KILL

 Man thinks ’cause he rules the earth he can do with it as he please
And if things don’t change soon, he will
Oh, man has invented his doom

(...) 

Now, he’s hell-bent for destruction, he’s afraid and confused
And his brain has been mismanaged with great skill

 License to Kill es uno de los temas de Infidels (1983), el álbum con el que Dylan, tras su "trilogía cristiana", vuelve a temas seculares, incluyendo algunas de sus obsesiones líricas, como las relaciones sentimentales, e incluso volviendo a una canción más o menos comprometida. No quiere esto decir que volviera el cantautor protesta del comienzo de su carrera, que aquel, como bien claro había dejado en My Back Pages, había quedado atrás, pero sí que afronta los problemas de aquellos conflictivos ochenta mezclando denuncia y decepción. 

  Es un álbum brillante, con temas del calado de la excepcional Jokerman y el que hoy me ocupa, para el que acudió a Mark Knopfler, con quien ya había colaborado en su primer álbum cristiano, Slow Train Coming, para que en este caso, además de aportar su sonido guitarrero, coprodujera el disco. Para conseguir el sonido que estaban buscando, Dylan y Knopfler conformaron una banda de apoyo de campanillas, con el teclista de Dire Straits Alan Clark, la quizás mejor sección rítmica del reggae, el bajista Robbie Shakespeare y el baterista Sly Dunbar, y la guitarra del ex-Stone Mick Taylor.

 En License to Kill Dylan, coincidiendo con el desarrollo del plan de defensa "la guerra de las galaxias" por parte del presidente Reagan, Dylan denuncia amargamente como el mal uso de los avances tecnológicos puede derivar en la destrucción de la humanidad. Y lo hace con una canción lenta, donde se esfuerza por entonar la melodía a ritmo de recitado, casi como si de un rezo se tratara, con una instrumentación sin alardes, siempre por detrás de la voz, pero con un sonido bastante limpio, pudiéndose, por ejemplo, apreciar la guitarra rítmica de Knopfler en el canal izquierdo del estéreo, y los habitualmente delicados y gráciles punteos de Taylor en el canal derecho.

  Una canción que no está entre las legendarias de Dylan, pero que es ciertamente buena. 

 

 Fuente de los datos: Guesdon, Jean-Michel y Margotin, Philippe, Bob Dylan: Todas sus canciones, Blume, Barcelona 2015 (Edición original en francés Bob Dylan: la totale, publicada por Editions Chêne/E/P/A el mismo año)

martes, 17 de febrero de 2026

Robert Duvall, el actor invisiblemente imprescindible

 Nos ha dejado Robert Duvall, pero, como dice el tópico, por siempre seguirán con nosotros el héroe incomprendido 'Boo' Radley, el estirado pasto de bromas Mayor Frank Burns, el fiel consigliere Tom Hagen, el implacable ejecutivo televisivo Frank Hackett, el Coronel Bill Kilgore tratando la guerra a ritmo de surf, el decepcionado cantante Mac Sledge, el veterano y endurecido oficial de policía Bob Hodges, o el predicador en busca de redención Euliss F. Dewey. Por decir unos cuantos. Podría añadir otros tantos más, de películas con mensaje, películas de éxito, fracasos, blockbusters... pero todas ellas con su sello indeleble.

 Como bien nos explica el videoclip que adjunto, Duvall hizo de la naturalidad la marca esencial de su estilo interpretativo. Sus personajes nos llegan no a través de grandes gestos o frases recitadas con solemnidad para que se nos queden grabadas... Su actuación nunca nos abruma, pero nos impregna, lo cual es aún más efectivo. En las películas que tuvo un papel de reparto, nunca es su nombre el primero que nos viene a la cabeza... pero tenemos que añadirlo o el film queda irremisiblemente cojo. En Apocalypse Now salen Martin Sheen, Brando... y Robert Duvall. En los Padrinos salen Brando, Pacino, Keaton, De Niro, Caan... y Robert Duvall. En Network salen Finch, Dunaway... y Robert Duvall. Incluso en productos menos apreciados como el blockbuster de catástrofes Deep Impact recordamos a otros (Tea Leoni, Vanessa Redgrave, Maximilian Schell, Morgan Freeman) antes que a él... pero si no le mencionamos, perdemos lo mejor del film.

 

 Y cuando fue protagonista absoluto de la peli, Duvall no abusó de tal lugar. En Gracias y favores, el film que le dio un Oscar que ya había merecido antes y volvería a merecer después, o en Camino al cielo, ese proyecto personal que tardó más de diez años en sacar adelante y el que se involucró además como director, guionista y productor, el actor va construyendo su papel poco a poco, no cala en nosotros desde el principio sino que nos va llegando de forma paulatina hasta que al final nos ha empapado. 

Robert Duvall no fue una estrella de cine. Fue un actor. Cuando nos pregunten por nuestros favoritos, seguro que su nombre no va a estar entre los primeros que mencionemos. Otros con más prestigio, con papeles de más enjundia, con más carisma quizá, nos vendrán antes a la cabeza. Pero si dejamos filias y fobias, si no nos comportamos como cinéfagos fans, a poco que pensemos racionalmente, su nombre saldrá a flote. Porque una lista de grandes actores en la que no esté Robert Duvall es incompleta, como lo serían las películas en las que participó sin su presencia.

Estuvo al pie del cañón hasta hace bien poco, datando sus últimas película de 2022, a los noventa años de edad. Y con ochenta y cuatro años, en 2015, recibió su última nominación al Oscar, ostentando el record de actor más anciano en recibirla hasta que tres años después Christopher Plummer, con ochenta ocho, se lo arrebatara. Aún a la espera de saber más detalles sobre su fallecimiento, si en los últimos años estuvo enfermo, no consta que hiciera pública su retirada, aunque es posible que su avanzada edad acabara dictando sentencia. Pero, repito, hace cuatro años, a los noventa, aún trabajó en dos películas. Eso hace más dolorosa aún su marcha, porque, quién sabe, quizás aún nos podría haber ofrecido más de su talento.  

Hasta siempre Robert Duvall. Que la tierra te sea leve, con nuestro agradecimiento. 

 

The Crickets / The Bobby Fuller Four / The Clash: I FOUGHT THE LAW

I needed money 'cause I had none
I fought the law and the law won
I fought the law and the law won

 I fought the law es más recordada hoy en día por la enérgica versión que hicieron The Clash en 1979, pero no está de más, por aquello de al Cesar lo que es del Cesar, recordar los origenes de la canción.

 El tema fue compuesto por Sonny Curtis, guitarrista que sustituyó en The Crickets a Buddy Holly tras su muerte, y fue incluido en el primer álbum sin el cantante, In Style With the Crickets, de 1959. A pesar de la pegadiza melodía, su letra sobre un perdedor que siempre que rompe la ley es atrapado (en la primera estrofa ya está picando piedra en un penal) y ese aliterativo estribillo I fought the law and the law won, la canción nunca fue considerada para ser single, y como mucho salió como cara B con el último sencillo extraído del LP, A Sweet Love, en 1961. 

Sin embargo, la canción conoció su primer momento de gloria cuando un rockero de Texas que llevaba tiempo publicando discos de relativo éxito local, formo un grupo, The Bobby Fuller Four, e hicieron su versión de la canción de Curtis, que se convirtió en uno de los temas más populares de sus conciertos, hasta que decidieron grabarla en 1965 en su álbum de igual título y también como single, con la que llegaron al top ten en Estados Unidos. Su versión, hay que admitir, tiene más fuerza que la de The Crickets.


Durante los años setenta la canción conoció versiones de gente como Roy Orbison, Tom Petty & The Heartbreakers, Kris Kristofferson con Rita Coolidge o Bruce Springsteen, que la incluyó en sus conciertos durante la gira de Darkness on the Edge of Town, en 1978, y que desde entonces ha vuelto ocasionalmente a ella varias veces.

Pero en el verano de 1978 Joe Strummer y Mick Jones, de The Clash, estaban en San Francisco haciendo remezclas de su álbum Give 'Em Enough Rope, y para pasar el rato entre sesión y sesión, escuchaban música en el jukebox del estudio, donde encontraron la versión de Bobby Fuller y les gustó tanto que la escuchaban repetidamente. Tanto les impactó el tema que de vuelta al Reino Unido decidieron hacer con el grupo su propia versión, para su EP The Cost of Living. Su acercamiento punk al tema, lleno de potencia y dinamismo lo fijaron definitivamente en la historia del rock, ayudado sin duda por las vibrantes interpretaciones del mismo en directo y, creo yo, más que posiblemente por el videoclip que alterna imágenes del grupo con otras de violencia televisiva o de disturbios callejeros con enfrentamientos con la policia, muy en la onda del contenido ideológico que Strummer y Jones querían para su música.



Y el resto, como se dice, es historia.

 

(Addenda: con posterioridad a la de The Clash, ha seguido habiendo versiones del tema, por ejemplo de Green Day, The Pogues y Bryan Adams, y una particularmente famosa/infame de Dead Kennedys de 1987, a la que le cambiaron la letra para que hiciera referencia al asesinato en 1978 de Harvey Milk y el alcalde de San Francisco George Moscone. Pero no me parece que lleguen ni de lejos a las tres versiones que les propongo en este texto, en especial la de Clash.)

 

 Fuente de los datos: artículo sobre la canción I Fought the Law por Paul Sexton, en David Cheal and Jan Dalley (ed), The Life of a Song, Chambers Publishing Limited 2022, completados con datos de Wikipedia.