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Se podría hablar de dos tipos de
musicales. Por un lado, aquellos que ponen la historia narrada a la misma
altura que los números de canto y baile, teniendo que estar estos perfectamente
integrados en aquella. En este grupo tendríamos aquellas pelis en las que
estamos pensando, que son memoria viva del cine y que incluyen unas cuantas
obras maestras. Por otro, estarían los que no se preocupan mucho por la trama,
que siempre va a ser mero trasfondo de números musicales a cual más
espectacular, los que son tan buenos como lo son sus escenas de canto y baile.
Estos no han dejado tanta impronta como los otros, aunque recordamos escenas
concretas como momentos memorables, eternos, de la historia del cine.
Pues bien, si nos ciñéramos
estrictamente a sus escenas de baile, “La nueva melodía de Broadway” (Broadway
Melody of 1940, Norman Taurog, 1940) sería una puñetera obra maestra. El
problema es que la Metro, consciente del potencial de enfrentar en escena los
estilos de danza de con casi toda seguridad los dos mejores bailarines del
momento, Powell y Astaire, decidió echar el resto en los números musicales en
los que participan, la mayoría con música de Cole Porter nada menos, y en
decorados imposiblemente fastuosos a cargo de Cedric Gibbons, ahí queda eso. El
resultado fue que el guion se reduce a una anécdota tópica y predecible, aunque
un poquito mejor de lo habitual, haciendo que el film se quede en el segundo
grupo mencionado ahí arriba, el de los musicales más recordados por momentos
concretos en ellos más que por la fuerza de su historia.