Farmacia de Alonso Luengo, en León. Foto de Jordi Asturies.

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martes, 10 de marzo de 2026

Una peli al día (2026-03-09): SI PUDIERA, TE DARÍA UNA PATADA (Mary Bronstein, 2025) 9/10

Si pudiera, te daría una patada” (If I Had Legs I’d Kick You, Mary Bronstein, 2025) es una película en la que es difícil entrar. Es estresante, es dramática hasta lo grotesco, es a ratos incomprensiblemente cómica, es mayormente pesimista y negativa, es psicológicamente desoladora. Durante su visionado tuve la tentación de abandonarla más de una vez por toda la tensión y agobio que me estaba provocando. Y sin embargo, seguí hasta el final porque es a la vez magnética, intrigante, manipuladora como solo el mejor cine sabe manipular. Su directora pretende arrastrarnos al extremo para intentar comprender a su protagonista llevada hasta el límite… y lo consigue. Al final, la peli es uno de los mejores momentos del pasado año cinematográfico, y si logramos mantenernos en él, habrá merecido la pena.

 

No es, desde luego, original en su punto de partida temático. Muchas películas han expuesto la maternidad como un elemento que crea angustia, dudas existenciales y exceso de responsabilidad. En mi caso concreto, aprecié mucho la incursión en el tema de Mar Coll con su film “Salve María” de 2024. Sin embargo, lo que hace Mary Bronstein es dar al asunto un tono de turbulenta alucinación, de matrioska que encierra una adversidad tras otra hasta conformar una realidad agobiante más digna de una pesadilla. Pero no, no es una pesadilla. Es real, demasiado real.

 Linda (Rose Byrne) es una psicoterapeuta de mediana edad que está criando a su hija casi en solitario (su marido es un capitán de barco con largas ausencias del hogar). La niña tiene una extraña enfermedad de la que en principio se dan pocos datos, pero tiene que ver con un trastorno alimenticio que le hace depender de un tubo conectado a su ombligo para nutrirse, y obliga a la madre a acudir a visitas periódicas al hospital que incluyen controles sobre la evolución de la paciente y la validez del tratamiento, y un programa de ayuda psiquiátrica. Una noche, de vuelta del hospital con la niña, se encuentra su apartamento inundado como consecuencia de una fuga de agua en el piso superior. El techo de su dormitorio se acaba desplomando, dejando un agujero a la vista. A la espera de que se repare la casa, madre e hija se ven obligadas a ir a vivir en un motel, y a partir de ahí es cuando la vida de Linda se complica definitivamente cuando se empiezan a suceder las contrariedades personales y laborales…

 Con un desarrollo convencional y rutinario, esta trama podría haber dado algo similar a un melodrama televisivo de los “de mucho llorar”. Pero la guionista y directora Mary Bronstein no pretende contar una historia de desgracias, sin más. Su intención es poner el foco exclusivamente en la protagonista y hacer que los espectadores tomemos su punto de vista. No, más aún que eso. Quiere que nos sumerjamos en su mente, que vivamos su pesadilla. Y a fe que lo logra. 


 La película está rodada básicamente en agobiantes planos cortos de los personajes: medios, primeros, y primerísimos, planos del rostro y otras partes del cuerpo. Cuando la cámara nos permite ver algo del fondo, gracias al buen uso de la profundidad de campo lo advertimos con relativa claridad, pero nunca tenemos una imagen total; siempre veremos retazos de los personajes, retazos de los objetos, retazos del entrono. La idea es dar un tono constreñido y claustrofóbico a la historia mediante una visión incompleta de la realidad. De hecho, personajes tan claves como la hija y el marido nos son apenas mostrados. De aquella, tenemos imágenes parciales y su voz afablemente infantil. De aquel, solo una voz fría y confundida tras el teléfono. En una película como esta, con tan pocos datos visuales, el sonido se hace esencial. El agobio viene también dado por el ritmo que imprime al relato el movimiento de cámara. Esta sigue nerviosa a los personajes, en especial a Linda, obligándonos a adoptar su punto de vista, como si ella fuera el único ser humano sobre el planeta.

 El uso de la alegoría es también importante. Cuando se produce el agujero en el techo, la cámara se moverá varias veces a lo largo del film en su dirección, metiéndose en el como si de una puerta al infierno se tratara. Infierno de Dante o laberinto kafkiano, quédense con la referencia que prefieran. Habrá imágenes alucinatorias u oníricas en torno a este elemento. No es casual que las desgracias de Linda empiecen con ese agujero.

 


El resto de personajes son en su mayor parte piedras en el camino de Linda, obstáculos a superar, parte de ese infierno o laberinto. Su paciente, el casero, la dependienta de la tienda del motel, la doctora que supervisa el tratamiento de la niña, el vecino de habitación, el psiquiatra… una escena tras otra vemos cómo todo lo que podía ir mal, va peor, y la protagonista se va hundiendo paulatinamente en un remolino que la engulle. Y nosotros los espectadores vamos con ella, igual de angustiados, igual de agobiados, igual de perdidos.

 

El reparto coral funciona a la perfección, destacando un Conan O’Brien como el psiquiatra que sorprende en un papel serio… o casi, porque es plenamente partícipe del humor lacónico que impregna en ocasiones la trama. Pero la película no funcionaría sin Rose Byrne. Me quedo corto. La película es Rose Byrne. No solo es la protagonista de la trama, es que visualmente domina el film de principio a fin a base de esos planos cortos que nos muestran su progresión de persona en control hasta su descenso a los infiernos. Psicológica y físicamente, su interpretación es soberbia, moderada en los momentos de calma, desmesurada cuando la situación lo exige. Un recital absoluto.

 

“Si pudiera, te daría una patada” es una de esas pelis que por su calidad es injusto que tenga poco público, y dudo que los premios recibidos influyan demasiado en su recepción. Sin embargo, sin apoyarlo sí que entiendo que así pase, porque… a ver quién tiene estómago para subirse a esta montaña rusa emocional con lentas subidas y vertiginosas caídas, vueltas y revueltas. Al revés que con otras pelis que me han gustado, que en un plazo relativamente breve acabo revisando, esta no es una que entre en mis planes volver a ver. No porque no me haya gustado, que creo que ha quedado claro que más bien es todo lo contrario, sino porque me ha dejado exhausto, atrapado en su torbellino. Se me ha quedado grabada en la cabeza y difícilmente se va a ir de ahí, dejándome incapaz de escapar de la trampa de una de las películas más magníficamente absorbentes a mi pesar que he visto en mucho tiempo. ¿La recomendaría? En principio, parece evidente que sí, pero con el cartel ese de “Enter at your own risk”. Entren bajo su responsabilidad. Y ya me contarán. 9/10

 


 

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