Se dice que “El cielo y tú” (All This, and Heaven Too, Anatole Litvak, 1940) pretendía ser la respuesta de Jack L. Warner y su Warner Bros. a “Lo que el viento se llevó” de Selznick y MGM. Y desde luego, tenía los mimbres para ello: una historia basada en un escándalo real con romance y asesinato que contribuyó a derribar un régimen político en la Francia del siglo XIX, un diseño de producción fastuoso, digno de una rutilante película de época, con profusión de lujosos decorados y vestuario, una pareja protagonista con dos de las estrellas del momento… y sin embargo, a pesar de un relativo éxito de crítica y público, no cumplió con las expectativas creadas.
Más allá de echar la culpa a defectos intrínsecos de la peli, que haberlos haylos, echémosle la culpa al ominoso Código Hays, que impidió un desarrollo completo de las tres jugosas tramas en ella, la romántica, la criminal y la histórica. Litvak y Casey Robinson, adaptador de la novela original de Rachel Field, por elección propia o por imposición echaron el resto en que toda la pasión a punto de desbordarse se quedara justo ahí, que apenas se encendiera el conflicto y saltaran las chispas como sí ocurrió en su competencia…
A una escuela femenina en Estados Unidos llega una nueva profesora de francés, Henriette Deluzy-Desportes (Bette Davis). Durante su primera clase sufre la animadversión de sus alumnas, que conocen detalles de su escandaloso pasado. Planteándose renunciar, antes de ello Henriette decide contarles su historia, cómo durante su trabajo como institutriz de los hijos de los Duques de Praslin, en Francia, se ganó el cariño de aquellos, pero también del interés romántico del Duque (Charles Boyer), par del reino y partidario del rey Luis Felipe, y el odio de la Duquesa (Barbara O’Neil), que le acusa de seducir a su marido y robarle el cariño de sus hijos. La tensión irá escalando ominosamente…
Hablo de tensión en la sinopsis, porque eso lo hay y en abundancia. Lo que no hay es la pasión desatada normal en un melodrama épico, que es lo que pretende ser la película. El hecho de su lujoso diseño de producción y su dúo de estrellas protagonistas para luego quedarse en la orilla del drama es como si te vistes de gala para ir a una fiesta y te quedas sentado todo el rato sin hablar con nadie. Observamos, pero no somos partícipes de lo que ocurre tras lo que estamos viendo. El adulterio no entraba como elemento argumental en los planes del Código Hays, y mucho menos un adulterio sin castigo claro… Así que Litvak mueve su cámara con cautela y hace que sus intérpretes principales actúen de forma comedida, casi timorata, insinuando más que mostrando en una sucesión de planos cortos. Eso no quita que lo hagan muy bien, pero no deja de ser un obstáculo para el desarrollo pleno del melodrama.
Cómo la pasión no aparece en toda su plenitud en los protagonistas, el guion la deriva al personaje de la duquesa, cuyas apariciones son la única muestra de conflicto en toda la película. Esa pasión sí está bien vista por el Código, por estar dirigida al marido, y el que deriven en los obsesivos celos y odio hacia la institutriz no supone un mayor problema a los censores.
La pasión soterrada no solo incide en el uso de planos, sino también en los diálogos, que se hacen demasiado literarios y en ocasiones farragosos, también llenos de insinuaciones, metáforas, recursos expresivos que alargan el metraje. Porque ahí está otro problema: el film se hace demasiado largo. Como supuesto drama épico, parece que la regla no escrita es que tenía que serlo. De hecho, tuvo una primera versión de tres horas que se redujo a las algo más de dos horas y cuarto del montaje final, una duración algo más accesible… pero que aún así se nos acaba extendiendo demasiado. También cabría culpar del excesivo alargue de la historia a que esté contada como flashback, con un prólogo y epílogo en la escuela femenina absolutamente innecesarios… excepto en que dan una resolución con tono moralista muy a gusto del Código…
A pesar de todo, seguimos dentro de la película porque la historia interesa. Se echa de menos una garra que la habría elevado a cimas mayores, pero tenemos curiosidad por cómo se van a desarrollar los hechos. Litvak consigue sacar un relato fluido incluso de los momentos más pesados, la fotografía del prestigioso Ernest Haller juega bien con los claroscuros y los elementos de decorado y arquitectónicos (puertas, ventanas, objetos de cristal, espejos), y las imágenes alegóricas (el fuego de la chimenea como metáfora del fuego interno de los frustrados amantes, la esfera de cristal con nieve como reflejo de la calma que sienten juntos pero también de la opresión por no poder expresar su amor abiertamente) o las protestas callejeras contra los encausados en el crimen como presagio de la próxima revolución que traerá la Segunda República y el gobierno de Luis Napoleón. Es a estos pequeños detalles a los que nos agarramos para extraer el melodrama y el conflicto que no se nos muestran abiertamente.
Como ya he apuntado, la película sí que es visualmente épica y espectacular. Se contabilizan no menos de 67 decorados diferentes (palacios reales y de la nobleza, casas de campo, cárcel…) y un vestuario que incluye 37 cambios de vestido de Bette Davis, por ejemplo. En este sentido sí que podemos hablar de un melodrama de época modélico. Añadámosle la majestuosa música de todo un Max Steiner y ya tenemos el puzzle completo.
El trío protagonista también cumple sobradamente, aunque sea O’Neil con su papel de esposa celosa la que tenga el papel más jugoso melodramáticamente hablando, que le dio una justa nominación al Oscar además. Davis y Boyer, por su parte, están brillantes en sus papeles de personajes obligados a enterrar una pasión que, nunca mejor dicho, llevan solo a flor de piel. Este contiene su habitualmente envarada forma de actuar y aquella luce en un rol dramático alejado de los que cimentaron su fama en los años treinta y cuarenta, de personaje avieso y manipulador. Aquí Davis da vida a un personaje inocente que intenta luchar contra las pasiones y dudas que la envuelven y contra un destino implacable, y lo hace de manera espléndida, aunque no sea su tipo de papel favorito (de hecho, se dice que dejó claro que habría preferido interpretar a la esposa).
“El cielo y tú”, a pesar de no explotar del todo el conflicto que había en su trama, no deja de ser un buen ejemplo del melodrama clásico hollywoodiense, suntuoso en su producción, mínimamente interesante en su historia, muy atractivo por su reparto. Por ellos le puede perdonar en parte su frustrante guion, o los innecesarios prólogo y epílogo, los ocasionales farragosos diálogos y esa impresión de una pasión soterrada que tendría que haber estallado. Para cinéfagos amantes de la edad de oro de Hollywood. 6,5 redondeado a 7/10.






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