"Kathy, estoy perdido”, dije, aunque sabía que ella dormía.
“Estoy vacío y dolido y no sé por qué,
contando los coches en la autopista de New Jersey.
Están todos buscando a América.”
Dos veces, al menos, ha cantado Paul Simon a unos Estados Unidos perdidos, sin alma y sin dirección, ambos en momentos claves y negativos de su historia. Una fue con la canción “American Tune”, de 1973, de “There Goes Rhymin’ Simon”, su segundo álbum tras la separación de su dúo con Garfunkel, en un país deprimido, sumergido en el marasmo del escándalo Watergate. En ella hablaba de unos ciudadanos abandonados en las horas más inciertas, con una música basada en (¿tomada de?) una coral de Bach.
Cinco años antes había publicado en el álbum “Bookends”, junto a su viejo ¿amigo? y compañero, “America”, donde dos personas, el propio Paul y su pareja en aquellos momentos, la inglesa Kathy Chitty (que había aparecido en la portada de su primer disco en solitario, “The Paul Simon Songbook”, y a quien había dedicado el tema “Kathy’s Song”), celebraban su relación con un viaje muy a lo Jack Kerouac, o sea, a la buena de Dios y buscando la realidad del país.
Pero su inicial esperanza se tornaría amargura: lo que se iban a encontrar era un país desazonador, triste, vacío y sin perspectivas claras de futuro. Estaban en 1968, cuando, a pesar del optimismo del verano del amor, las revueltas estudiantiles dispuestas a cambiar el mundo y todo eso, se toparon con era el mundo el que les estaba cambiando a ellos, y que eventos como la Guerra del Vietnam eran más que síntomas de la podredumbre que estaban viviendo. La canción describía momentos del día a día del American Way of Life como algo rutinario y hueco, terminando con una imagen desoladora, distópica, de una autopista llena de coches atrapados en el mismo desesperado viaje…
La parte más optimista o esperanzada del tema empieza en torno a la guitarra folk de Simon, que canta con una voz cercana al susurro y casi áspera, matizada por las armonías vocales típicas de Garfunkel. Se irán sumando al fondo unos teclados, especialmente órgano, que van dando un tono eclesial al tema, más una batería jazzística que parece ir a contrapié. El apocalipsis distópico llega con los dos cantantes casi gritando a modo de plegaria el solitario verso que sirve de estribillo, con unos arreglos orquestales que nada tienen de triunfalistas, como habría sido lo normal.
Dejo aquí la versión original, y en este enlace una versión en directo en París de 1970, solo voces y guitarra, haciendo aún más hincapié en la amargura de la canción.
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