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Con “Historia de un vecindario” (Nagaya shinshiroku, Yasujirō Ozu, 1947) continúo mi fascinante viaje de descubrimiento de este extraordinario cineasta japonés que desconocía… y cada nueva película que veo es, por ahora, un nuevo reconocimiento admirado de su tremendo talento narrativo y descriptivo, de su capacidad de contar historias que llaman a la empatía sin caer en los defectos de lo exageradamente sentimental, y de encajar a sus personajes en un escenario que a la larga tiene tanta importancia como la historia narrada.
En la peli que me ocupa hoy, los riesgos de caer en la sensiblería eran aún mayores. Ozu retoma la temática de su previo film dirigido cinco años antes, “Había un padre”, la difícil relación entre padres e hijos, aunque aquí cambia los dos personajes protagonistas a una desabrida y amargada viuda que se ve obligada a hacer de madre adoptiva de un niño. El director, junto a su guionista Tadao Ikeda, comprimen la evolución de la relación a algo más de una semana y a poco más de una hora de metraje, y eluden la trampa del exacerbado sentimentalismo mediante una comicidad que poco tiene de sátira y mucho de naturalidad y, sobre todo, una descripción del Tokyo de las clases bajas recién terminada la Segunda Guerra Mundial.
Tashiro (Chishu Ryu), un antiguo cantante que ahora vive como adivinador en las calles, vuelve al piso que comparte con su amigo Tamekichi (Reikichi Kawamura), un actor sin trabajo que ahora repara utensilios de cocina, en un edificio en un barrio de Tokyo que aún no se ha recuperado de los bombardeos del final de la guerra. Trae con él a Kohei (Hohi Aoki), un niño de apenas siete años que ha encontrado solo en la calle, aparentemente abandonado por su padre. Ninguno de ellos quiere hacerse cargo del niño, y deciden endosárselo a su vecina O-tané (Choko Iida), una endurecida viuda de guerra. Esta es reacia a hacerse cargo de Kohei, y a su vez intenta deshacerse de él intentando encontrar al padre, o pasándoselo a una acomodada familia del barrio, o sencillamente abandonándole. Poco a poco su antipatía por el niño deriva a un inesperado afecto…
La trama principal es, como puede verse, muy sencilla y no exenta de caer en la sensiblería. Pero no es el objetivo de Ozu e Ikeda el provocar en los espectadores una reacción exageradamente afectiva. Evidentemente, sentimos simpatía por los personajes, pero al mismo tiempo, se establece una distancia emocional al mostrarse el caso con absoluta naturalidad, como algo que era normal que ocurriese en un país devastado por una guerra. Este distanciamiento se confirma con el uso de una comicidad igualmente natural, presente en la aparente frialdad del niño, la amargura que convierte a la viuda en una vieja cascarrabias o sus intentos, a veces dignos de la comedia más clásica slapstick (la escena en la playa, por ejemplo) por deshacerse de la carga que le ha caído encima…
Un acierto del guion está en que el progresivo afecto que va adquiriendo O-tane por Kohei viene determinado por la ausencia de este más que por la presencia. Mientras tiene al niño, mostrará su clara antipatía por él y le cargará de reproches por cada error que cometa, pero cuando este desaparece, se dará cuenta del vacío que ha dejado. La idea de que solo advertimos lo que realmente significan nuestros seres cercanos cuando están ausentes ya había sido igualmente tratada por Ozu en “Había un padre”, pero aquí, al hacerse de manera más condensada, se muestra con más crudeza.
Pero Ozu no se conforma con contar la historia de una viuda endurecida y amargada a la que sus cuidados por un niño redimen. Paralelamente, va desarrollando otra historia, la de los otros habitantes del edificio, luego del barrio y por extensión de los gentes más afectadas por la guerra. Son personas de baja extracción con mayor o menor suerte, viviendo a salto de mata e intentando salir adelante como buenamente pueden. No son gentes perfectas, ni mucho menos. Hay en ellas tanto egoísmo como entrega, tanta animadversión como empatía. Las hay que no dudan en usar niños para comprar lotería porque creen que dan suerte, por ejemplo, pero también las hay que intentan ayudar y comprender, como la geisha amiga de O-tane. Hay amistades que implícitamente apuntan a algo más, como la de Tashiro y Tamekichi, o relaciones conflictivas como la que tienen este y su hija. Dependen para su subsistencia de oficios de baja consideración y remuneración, trapicheos y el mercado negro, pero también de la solidaridad entre ellas.
Para mostrar este mosaico de personajes, Ozu emplea todos los recursos cinematográficos a su alcance en ese reducido metraje de poco más de una hora. Refuerza la intimidad del relato mediante encadenados de primeros planos en las conversaciones. Como es habitual en el cine japonés, saca gran provecho de la arquitectura de casas y edificios, muchas veces retratada a baja altura, casi a ras de suelo, para enlazar y escenas y describir ambientes. Sus planos generales exteriores, tanto urbanos como de la naturaleza (el barrio, la playa) muestran su talento en el arte de la composición de imagen.
Y por supuesto, está otra de las marcas de la casa en Ozu, esos insertos de planos de objetos de la vida diaria, tanto en interiores como en exteriores, lo que se ha dado en llamar “pillow shots”, normalmente tras escenas de gran intensidad emocional y aparentemente sin relación con ellas, con la función de darnos tiempo a reflexionar sobre lo que acabamos de ver. En esta peli hay alguno de estos planos, además, que sí tienen algún contenido más allá de su función cinematográfica. Por ejemplo, los de las colchas tendidas al sol tras una de las riñas de O-tane a Kohei remiten al motivo fundamental de esas riñas… y hay quien ve en el diseño de uno de las colchas, aún con mancha visible, un parecido a la bandera de los Estados Unidos que escondería una crítica a la ocupación norteamericana tras el fin de la guerra…
Capítulo aparte merece el sorprendente epílogo a la historia. No voy a destripar detalles del desenlace, pero no puedo reflejar aquí mi sorpresa y fascinación sobre esa escena de niños reunidos en un parque en torno a la estatua de un samurái considerado por los japoneses como protector y héroe nacional. Una escena que en su brevedad, como la del resto del film, dice mucho más de lo que parece, a modo de un largo “pillow shot” que nos permite reflexionar y calibrar el emocional final de la fascinante “Historia de un vecindario” que Ozu nos ha estado contando… 8/10







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