Farmacia de Alonso Luengo, en León. Foto de Jordi Asturies.

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domingo, 1 de marzo de 2026

Una peli al día (2026-02-28): LA ÚLTIMA CARGA (Tony Richardson, 1968) 7/10

Todas las fotos © MGM

Antes de hablar de “La última carga” (The Charge of the Light Brigade, Tony Richardson, 1968), cabe advertir a quien la desconozca o no lo haya visto, que, a pesar de coincidir en el título original, tiene poco que ver con la peli de Michael Curtiz con Errol Flynn y Olivia de Havilland, de 1936. Coinciden en la temática, la legendaria, famosa, e infame, carga de caballería del ejército británico contra las tropas rusas en la Guerra de Crimea, durante la Batalla de Balaclava en 1854. Pero a partir de esta base se desarrollan dos películas muy diferentes.

 

El film de Curtiz es una película de aventuras, heroica y romántica, dentro de los cánones del género, con una idealizada reconstrucción de la acción bélica y un trasfondo completamente inventado. Por contra, el de Richardson es una descripción del evento más cercana a los hechos reales, desprovista de toda épica y heroísmo y cargada de escepticismo y amargura, a la que añade una carga satírica demoledoramente desmitificadora.

 

El capitán Louis Nolan (David Hemmings), un militar
que ha participado en las guerras en la India, capaz pero altivo, vuelve a Inglaterra para incorporarse al regimiento de la Brigada Ligera dirigido por el encorsetado Lord Cardigan (Trevor Horward), al tiempo que reaviva su amistad con el capitán Morris (Mark Burns) y la esposa de este Clarissa (Vanessa Redgrave). Dentro del regimiento, se enfrentar a la rígida disciplina establecida por Cardigan, y a la mayoría de sus compañeros, que han conseguido prosperar en el ejército mediante pagos de favores, mientras que él lo ha conseguido por hechos de guerra. Cuando Rusia invade posesiones del Imperio Turco en Europa, este último le declara la guerra, y una Gran Bretaña preocupada por el aumento del poder ruso en esa zona del continente acude, junto a Francia, en su apoyo, desarrollándose la mayor parte del conflicto en la península de Crimea. Las fuerzas británicas están bajo el mando del incompetente Lord Raglan (John Gielgud), que tiene como lugartenientes a otro grupo de incompetentes, entre ellos el jefe de la División de Caballería Lord Lucan (Harry Andrews), a cuyas órdenes debe ponerse la Brigada Ligera de Raglan. Cuando Nolan observa que la Caballería británica permanece sin intervenir mientras los rusos se apoderan de fortificaciones, y cañones, intenta convencer a Raglan de que envíe la caballería a protegerlos. Raglan acaba emitiendo la orden, pero una serie de equívocos, mala estrategia y malas interpretaciones determinarán el destino de la carga de la Brigada Ligera…

 


Como el de Curtiz, el film de Richardson está estructurado en dos partes, siendo la segunda la que se desarrolla en Crimea. Pero mientras que el film clásico se pasa la primera parte estableciendo un motivo de odio y venganza para justificar la carga, el más moderno se limita a describir el ambiente militar de la Brigada mientras está estacionada en el Reino Unido. Ahí se empieza a notar el tono amargo que va a dar al hecho histórico el cineasta inglés, que no puede, ni quiere, ocultar que viene de aquel Free Cinema que desde finales de los cincuenta se propuso cuestionar los valores más típicamente

británicos… Cae de cajón, pues, que “La última carga” no tiene el ritmo vivaz de su pariente norteamericana. No lo busca, de hecho. Richardson se va a centrar en que el supuestamente heroico hecho bélico fue en realidad una suma de errores en la cadena de mando y de tipo estratégico producto del envaramiento y sentimiento de superioridad tan afínes a la época victoriana, que son mostrados en una escena patética hasta el paroxismo en el desenlace de la peli.

 

Así, en su primera parte, este film describe con profundidad dicho envaramiento, además de las rivalidades y la corrupción presentes en los estamentos del ejército, anticipando además la incompetencia de los altos mandos. Son escenas muy dialogadas, pero también muy descriptivas, que alternan la descripción de una clase alta más ocupada de fiestas y las apariencias, en grandes, y hermosamente fotografiados, y llenos de luz espacios abiertos, con el ambiente cuartelero más cerrado y opresivo, también bellamente mostrado en una fotografía más basada en el claroscuro. Aquí ya se ve que no hay héroes, sino seres muy imperfectos y muy falibles, que curiosamente tienen en sus manos el destino de un país…

 


En la segunda parte, ya en Crimea, todo vuelve a ocurrir a plena luz, pero lo que ocurre no es precisamente luminoso… Volvemos a asistir a discusiones entre los altos mandos, a ver soldados como Nolan que no entienden qué está pasando, y cuando por fin llegan las batallas, no hay gloria ni épica ni heroísmo. Apenas hay primeros o medios planos de los combates, que se resuelven mayormente en planos generales que muestran a los ejércitos moviéndose o usando la artillería sin que se advierta un sentido concreto a tales acciones. Y cuando llega la famosa-infame carga, todo ocurre a toda velocidad, no hay ralentización de la acción, no hay bellos fotogramas que ensalcen a los guerreros.

 


Al final, tenemos una de las películas más abiertamente pacifistas de los años sesenta, en un momento en el que la guerra de Vietnam está en su punto culminante… Sin embargo, este pacifismo no se basa en plantear el horror y la muerte, sino la pura y dura ridiculez del conflicto bélico. Hay una sátira salvaje en el desarrollo de los personajes, que son patéticos hasta llegar a la caricatura, hay un realismo tal en las escenas de batallas que pasan con una rapidez que impide detenerse en los detalles.

 

Y ya que hablo de caricaturas, uno de los puntos más originales de la peli están en las dibujos de Richard Williams, animador que años más tarde ganaría un Oscar por un cortometraje sobre el “Cuento de Navidad” de Dickens y dos más por su trabajo en “¿Quién engaño a Roger Rabbit”?, además de hacer animaciones para los créditos de “Golfus de Roma”, “Casino Royale”, “¿Qué tal, Pussycat?” o las dos últimas de la Pantera Rosa con Peter Sellers.

 


Williams diseñó para los títulos de crédito de “La última carga” y para un par de interludios de la misma unas secuencias animadas absolutamente hilarantes, imitando el estilo de las ilustraciones cómicas de la prensa victoriana, en las que se critica con saña el imperialismo británico y su supuesto liderazgo mundial en esa era (Rule Britannia y todo eso, ya saben), que además suplen momentos de la trama, como el trayecto de las tropas del Reino Unido a Crimea. Solo por estas deliciosas secuencias merecería la pena ver esta peli…

 

… que por otro lado, y a pesar de todo lo bueno que estoy diciendo de ella, es una película bastante irregular. En su momento fue un absoluto fracaso de público que ni de lejos cubrió el altísimo presupuesto, y uno piensa que, por un lado, la visión de la guerra que ofrecía Richardson obviamente no convencía a los nostálgicos de la gloria victoriana, pero que, en su mezcla de sátira y realismo, posiblemente resultó en una crítica demasiado blanda para los espectadores más revolucionarios. Y vista hoy, sin los condicionantes de los cambiantes años sesenta, se hace más disfrutable, pero no pueden dejar de advertirse unos momentos mejor resueltos que otros. En concreto, para el que esto suscribe, hay una doble trama amorosa, una en la primera parte del film, de índole claramente romántica, y otra en la segunda, bufa hasta la zafiedad, que no me encajan para nada en el desarrollo de la historia y que, sobre todo la primera, ralentizan demasiado el relato.

 


 Eso sí, para los fans del cine británico de siempre, es un auténtico festín de luminarias de la interpretación, desde actores del nuevo cine como Hemmings y Redgrave hasta clásicos indudables como Howard, Gielgud o Andrews, y todos ellos cumpliendo con todo su talento al servicio de sus papeles.

 

Irregular por sus vaivenes entre el realismo y la sátira, pues, con secuencias de amor que no aportan gran cosa, pero al mismo tiempo bastante entretenida, portentosa en las secuencias animadas, divertida a ratos, y necesariamente antibélica como solo lo pueden ser las buenas pelis de guerra (esta frase no es mía, que conste, pero me parece tan brillante que no puedo evitar tomarla prestada). Una curiosidad cuyo fracaso en su momento bien merece una redención a nuestros ojos actuales. 7/10

 


 

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