Farmacia de Alonso Luengo, en León. Foto de Jordi Asturies.

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viernes, 13 de marzo de 2026

Una peli al día (2026-03-12): TOPSY-TURVY (Mike Leigh, 1999) 9/10

All images © Thin Man Film, British Film Institute, The Criterion Collection.

Contra lo que se pueda pensar al leer información previa sobre la peli, “Topsy-Turvy” (Mike Leigh, 1999) no es un biopic sobre la mítica pareja de compositores de operetas Gilbert y Sullivan. Y si admitimos pulpo como animal de compañía y cedemos, admitiendo que sí que lo es, lo que está claro es que no es un biopic al uso. Por otro lado, si los admiradores de la obra de Mike Leigh están dispuestos a echar pestes al verle en un trabajo supuestamente alejado de sus coordenadas, una película de época sobre el mundo del teatro… pues que se calmen, porque la peli es todavía un reflejo de los intereses y una apabullante muestra del estilo cinematográfico de su director.

 

“Topsy-Turvy” es muchas cosas: es un relato de un momento de la vida de Gilbert y Sullivan sí, pero el elemento biográfico no deja de ser un macguffin de libro. Leigh aprovecha ese momento, los meses que llevaron al estreno de la exitosa opereta “El Mikado” en 1885 para hacer un sensible, maravillado tributo al mundo del teatro y una reflexión sobre el proceso creativo. En el camino de esta reflexión, el director y guionista se centra en el mundo burgués de los dos creadores, pero también en las clases bajas representadas por actores y demás participantes en el desarrollo de la obra. Finalmente, como trasfondo de estas temáticas queda una para nada sutil crítica de la Inglaterra victoriana. Muchas capas para una espléndida película que navega entre el cine de época, el musical, el drama y la comedia sin mayor problema, mostrándose así mucho más compleja que lo que da a entender su premisa inicial.

 


A comienzos de 1884, la célebre pareja de compositores W.S. Gilbert (letrista y libretista) y Arthur Sullivan (músico), estrenan su más reciente opereta, “Princess Ida” con un éxito mucho menor del que estaban acostumbrados. Esto, sumado a sus problemas personales, da pie a una crisis en su colaboración, llegando a plantearse la ruptura del dúo. Gilbert (Jim Broadbent), tradicionalista y cascarrabias, está pasando por un mal momento en su relación afectiva con su esposa y padre. Sullivan (Allan Corduner), extrovertido y libertino, sufre una grave enfermedad renal de la que necesita recuperarse mediante un descanso. Cuando a la vuelta al trabajo se ven incapaces de llevar adelante un nuevo proyecto, su productor Richard D’Oyli (Ron Cook) les recuerda que están aún bajo contrato y les emplaza a componer una nueva obra, entreteniendo la espera con el reestreno de una opereta anterior, “The Sorcerer”. En principio, y siguiendo la estela de esta, Gilbert propone una historia con elementos mágicos y sobrenaturales. Sullivan, que no quiere repetirse y además aspira a independizarse para hacer algo más serio y original, la rechaza. El dramaturgo se considera derrotado y sin inspiración, hasta que su esposa le lleva a ver una exposición sobre arte japonés que está teniendo un gran éxito en Londres. Gilbert compra una katana que cuelga de una pared en su casa, y un día en el que la espada se cae estruendosamente al suelo, tiene una idea…

 


 Como ya ha quedado dicho, el punto de partida es simple: aparentemente, una crónica del más o menos año y medio que Gilbert y Sullivan emplearon para superar una crisis personal, profesional y creativa y componer y estrenar una de sus más emblemáticas obras, la opereta “El Mikado”. Pero enseguida nos damos cuenta de que “Topsy-Turvy” va a llegar mucho más allá. 

 

La estructura del film es claramente episódica, en un vivo montaje que va alternando momentos de la vida personal de los protagonistas, de los musicales sobre el escenario y fuera de él, ensayos, pruebas de vestuario… pero casi subrepticiamente se van colando instantes de la vida de los actores y algunos otros participantes en las obras, con lo que la trama empieza a alejarse de un relato sobre la clase alta británica para ir conformando un fresco que incluye a otros estratos sociales. Los personajes siempre van a estar en un conflicto no solo profesional o personal, sino también social, algo que va a acercar temáticamente este film a la trayectoria fílmica de Leigh. Temas que son moneda común en nuestros tiempos pero que también lo eran ya en la era victoriana van a ir sucediéndose: la maternidad, el aborto, el alcoholismo, el machismo, los problemas laborales, la drogadicción…

 

Ningún personaje va a ser perfecto, ni mucho menos, pero todos nos van a resultar cercanos. Ya he mencionado a los dos compositores protagonistas, pero también tenemos a Lucy (Lesley Manville), la esposa de Sullivan, que se siente abandonada por su marido, a pesar del amor mutuo que se profesan, y pretende buscar consuelo en la maternidad… Fanny (Eleanor David), la amante de Sullivan, que de ningún modo quiere quedar embarazada… D’Oily, el ambicioso productor teatral que se resiste a perder a sus compositores estrella y la competente socia de aquel Helen Lenoire (Wendy Nottingham). Y entre el elenco que pone en pie las operetas, tenemos a Richard Temple (Timothy Spall), el actor cuyas inseguridades ponen en peligro su empleo, en oposición a su compañero demasiado pagado de sí mismo y narcisista Durward Lely, (Kevin McKidd); está George Grossmith (Martin Savage), que combate su miedo escénico con la drogadicción; Leonora Braham (Shirley Henderson), la actriz que sufre de alcoholismo y tiene que acometer el papel principal de “El Mikado”… John D’Auban (Andy Serkis), el petulante coreógrafo que no admite consejos de nadie… Y como digo, a pesar de sus defectos acabarán siendo dignos de nuestra empatía, en especial cuando muestren una solidaridad corporativa que les enfrentará a sus patronos…

 


Lo que en principio parecía una película para dos personajes se convierte en un relato coral que, con ese realismo extremo tan caro a Mike Leigh, encaja perfectamente en su trayectoria fílmica, y el drama personal y social que transpira no está tan lejos de películas suyas tan admiradas como “Secretos y mentiras”, por ejemplo. Pero no nos olvidemos de los otros niveles de lectura de esta compleja película.

 

Está la sátira de la era victoriana, que ocupa el trasfondo pero se hace notar con claridad. Escenas como la visita a la exposición de arte japonés, o la tremendamente satírica con la reacción de algunos personajes a la supuestamente traumática muerte del General Gordon en Khartoum, o la reacción de otros a las mujeres japonesas que van al ensayo para ayudar en el pretendido realismo de los bailes muestran un retrato nada halagador de la sociedad británica de fin de siglo.

 


Y por supuesto, está ese homenaje al teatro y a la creatividad. El proceso de composición y creación de “El Mikado”, que ocupa algo más del tercio final de la película, es un retrato entrañable de los entresijos del teatro. Y en su presentación de un modo de trabajo en el que los creadores aceptan las improvisaciones y sugerencias de actores y equipo técnico mientras duran los ensayos previos, pero nunca cuando ya están fijados argumento y escenas y se procede al ensayo final, se dice que hay un reflejo de la forma en la que trabaja Mike Leigh, siempre abierto a contribuciones de su equipo durante la preparación de sus películas, pero meticulosamente rígido una vez comenzado el rodaje. Este sería otro motivo que justifica el rechazo a considerar esta película como una rareza en su filmografía. Más bien es todo lo contrario.

 


Esta descripción del proceso creativo teatral afecta bastante a la forma de dirigir la película. Leigh propone un contraste entre el mundo fantasioso y feliz de la opereta, cuyos números musicales son mostrados mayormente a base de planos largos (generales y medios básicamente) que dan buena cuenta de la suntuosidad y colorido de decorados y vestuario, y el mundo más real de las relaciones personales y la preparación de la obra, cuya dureza y dificultades se advierten en los planos cortos de los personajes mostrando su sufrimiento.

 


El elemento fantasioso del teatro, junto a la realista reconstrucción de época, dan fe de un espléndido diseño de producción (fue nominada al Oscar a la Dirección Artística – además de al de Guión Adaptado – y ganó los de Maquillaje y Diseño de Vestuario), algo aún más meritorio si se tiene en cuenta que tuvo un presupuesto exiguo para lo habitual en este tipo de películas, diez millones de libras. El reparto está sencillamente perfecto, todo él, destacando un Jim Broadbent que hace un retrato excelso de ese Gilbert refunfuñón, perfeccionista y eternamente insatisfecho con su trabajo y al mismo tiempo melancólico y en conflicto eterno consigo mismo y los demás.

 

Todo junto conforma una película espléndida a la que quizá le haga algo de daño su extenso metraje, sobre todo a los detractores del género musical, a quienes les sobrará algún número. Pero su visionado merece mucho la pena si conseguimos sumergirnos en todas sus capas de historia, drama, comedia, musical, crítica social y reflexión sobre el teatro y la creatividad. Ahí queda eso para este supuesto biopic de artistas míticos que al final de biopic tiene más bien poco. Y por si esto último no había quedado claro, la peli se despide no con la reacción final de público y crítica a “El Mikado”, sino con un maravilloso epílogo a tres bandas protagonizado por los tres personajes femeninos que destaqué antes: la esposa abandonada, la amante rebelde y la actriz con problemas de alcoholismo, todas ellas con la fuerza necesaria para enfrentarse a sus destinos. “Topsy-Turvy”, que había empezado con una obertura, termina con una hermosísima balada. Como debe ser. 8,5 redondeado a 9/10.

 

 


 

 

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