Farmacia de Alonso Luengo, en León. Foto de Jordi Asturies.

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lunes, 2 de marzo de 2026

Una peli al día (2026-03-01): EL MUNDO PERDIDO (Irwin Allen, 1960) 5/10

All photos in this post © 20th Century Studios

Otro nuevo ejercicio de nostalgia, con el revisionado de “El mundo perdido” (The Lost World, Irwin Allen, 1960), para confirmar esa idea que tantas veces repito de que hay recuerdos de la infancia que mejor quedaban en su cápsula del tiempo. Aunque hay que reconocerle que el esqueleto de la aventura, aunque sea tópico y en absoluto original, mantiene su primitivo encanto, con su encanto épico y mítico, con su sinfonía de trampas y escapadas por las que pasan sus personajes… es obligatorio decir que la peli es mala, muy mala.

 

 Segunda película de Irwin Allen, que siempre se caracterizó por un buen ojo para proponer tramas en las que los personajes se enfrentan a situaciones desesperadas y apocalípticas, pero que raramente supo llevar a buen término tales propósitos. De hecho, sus proyectos funcionaron mucho mejor cuando se limitó a darles origen e impulsarlos, dejando que otros los realizaran, como demuestra un vistazo a su carrera como director o solo productor, que incluye cine de aventura y/o fantasía a comienzos de los sesenta (esta peli, o “Viaje al fondo del mar”, “Cinco semanas en globo”), un exitoso trayecto televisivo en la segunda mitad de esa década con series también de índole fantástica  (“Viaje al fondo del mar”, “Perdidos en el espacio”, “El túnel del tiempo”), o como factótum del cine de catástrofes de los años setenta (“La aventura del Poseidón”, “El coloso en llamas”). 


Sin embargo, en esta adaptación de la famosa novela de Sir Arthur Conan Doyle, a pesar de las buenas intenciones, el bajo presupuesto y un talento que no está a la altura de la epopeya mítica que pretende contar hacen que el resultado final, por mucha tierna nostalgia que nos impregne y nos lo haga fácil de tragar, sea patéticamente torpe y deslavazado, y que no solo nos motive para leer la novela original (aquí lo de “está mejor el libro”, normalmente una boutade sin sentido, sí que podría estar justificado), sino para ir a la versión muda de 1925, que le da mil vueltas, no solo en lo que se refiere a la trama y personajes, sino también en los aspectos técnicos… 

 

El profesor Challenger (Claude Rains) vuelve a Londres tras una expedición al Amazonas con intención de informar sobre su asombroso descubrimiento de una meseta cerca del nacimiento del río, en la que ha encontrado indicios de la existencia de criaturas antediluvianas, en especial de dinosaurios. Cuando intenta convencer a una sociedad científica para montar una nueva expedición, se encuentra con el desprecio de la misma, en especial de su rival el profesor Summerlee (Richard Haydn). Challenger le desafía a ir en el viaje, a lo que su antagonista accede si encuentran fondos, algo que ocurre cuando un magnate periodístico financia al viaje a cambio de la exclusiva informativa, imponiendo la presencia de su reportero Ed Malone (David Hedison). Lord John Roxton (Michael Rennie), un aristócrata cazador, también se une. Cuando el grupo llega al Amazonas, dos nuevos miembros se incorporan, Gómez (Fernando Lamas), el piloto del helicóptero que les llevará a su destino, y su ayudante Costa (Jay Novello). Para enfado de Challenger, se encuentran con Jennifer Holmes (Jill St. John) y su hermano David (Ray Stricklyn), hijos del patrocinador de la expedición empeñados en participar en ella. El grupo llega a la base de la meseta, y ahí empieza la más insólita de las aventuras… 

 

Las intenciones de Allen eran las de hacer una superproducción de campanillas, en Cinemascope y el formato De Luxe Color, que por su espectacularidad estaba desplazando al Technicolor. En cuanto al reparto, se barajaron nombres como Trevor Howard, Peter Ustinov, Victor Mature o Robert Mitchum, mientras que para los fundamentales efectos especiales de las criaturas esperaba contar nada menos que con Willis O’Brien, pionero de la animación fotograma a fotograma o stop-motion, que ya había trabajado en la versión muda de la obra de Conan Doyle o en “King Kong”. 

 

Pero al final el presupuesto no fue el esperado, y aunque se mantuvieron los formatos de color y pantalla, hubo que bajar las pretensiones para el reparto, consiguiendo aún así una ecléctica mezcla de actores de prestigo como Claude Rains y Michael Rennie, actores de reparto prestigiosos como Richard Haydn, galanes como Fernando Lamas o jóvenes actores en alza como David Hedison o Jill St. John (Hedison había sido el infortunado científico de “La mosca” dos años antes, y tras la peli de hoy Allen le daría la capitanía del Seaview en la serie “Viaje al fondo del mar”, además de terminar siendo el posiblemente mejor de todos los Felix Leiter de la serie Bond, en “Vive y deja morir” y “Licencia para matar”; Jill St. John tendría también su momento de gloria bondiana como Tiffany Case en “Diamantes para la eternidad”). 

 

Con todo, lo peor iba a estar en el departamento de efectos especiales, para el que, sí, Allen había conseguido al talentoso O’Brien, pero los exiguos fondos impidieron que se usara la técnica del stop-motion, con lo cual el técnico se vio limitado a aportar los bocetos y dibujos con el diseño de criaturas. Estas fueron resueltas a base de “disfrazar” a varanos, iguanas y crías de cocodrilo para que parecieran los dinosaurios buscados… y, salvo en las escenas donde solo se insinúa su presencia, el efecto no es todo lo convincente que se desearía, cuando no resulta lamentablemente grotesco. 

 

Y aún así, este no es el problema mayor de la película. Hay muchos filmes donde el que el aspecto técnico no sea brillante, o haya envejecido mal, no es obstáculo para que hayan superado el paso del tiempo y mantengan casi todo su valor. No, el problema es que sus personajes, aparte del estereotipo habitual en el género de aventuras de serie B, apenas mantienen interés a lo largo del metraje… y algunos ni siquiera resultan interesantes desde un principio. 

 

Rains interpreta a un Challenger gruñón pero simpático, casi un trasunto del tópico científico loco, y dado su talento no lo hace mal, pero a medida que avanza la peli pasa de ser la fuerza que pone en marcha y mueve la expedición a un mero alivio cómico, al igual que su colega Richard Haydn. Michael Rennie hace poco más que aportar un personaje circunspecto y con gravitas británica. David Hedison, que debería ser el héroe con el que se identificara el público más joven, tras un comienzo prometedor como reportero creído y escéptico va perdiendo fuelle. Fernando Lamas es el latin lover que además toca la guitarra o hace que la toca y además canta, y aporta un halo misterioso que al final se resuelve como no ser para tanto. Está el otro latino, Novello, ruin y ambicioso a la par que alivio cómico también… y con el destino final más claro desde su primera escena. Y en cuanto a la presencia femenina, la de St. John… pues eso, que es la presencia femenina más tópica del cine de aventuras. En principio promete por presentarse como joven autosuficiente y rebelde, pero acaba siendo chica caprichosa, casadera, gritona en cada peligro y portadora de ceñidas camisa y pantalones. 

 

Hay que tener muchos ojos infantiles para seguir apreciando este film. Si lo conseguimos, podemos recordar como nos fascinó el misterio que se plantea y como la presencia de las criaturas, auténticas estrellas de la peli, va siendo insinuada, entre sombras y follaje, con buen tiento. También podemos seguir apreciando su concepto de aventura como una serie de pruebas que hay que ir superando, al estilo de otros clásicos similares como “Viaje al centro de la tierra” o “Indiana Jones y el templo maldito”. También como niños podemos disfrutar de los diferentes decorados por los que pasan superando pruebas, la mayoría en un cartón piedra evidente pero que miramos con cariño porque da más o menos el pego. 

 

Solo si aceptamos esta película como un juego infantil le daremos un pase. Ahí esta el aprobadillo raspado que desde mi provecta edad cinéfaga le acabo dando. Porque sin este concepto de juego, nos queda un film sin vigencia alguna, con personajes de pacotilla, no solo avejentado sino con olor a naftalina de lo más casposo, y torpemente realizado, a veces a su pesar por mor de su bajo presupuesto, pero otras veces por mera falta de talento. A Irwin Allen le agradeceremos siempre la puesta en marcha de buenas series televisivas fantacientíficas que forjaron nuestra infancia y el estar detrás del espectacular cine de catástrofes que marcó nuestra adolescencia. Pero esta peli solo la agradeceremos si conseguimos verla con los juguetones ojos del niño que fuimos. 4,5 redondeado a 5/10.

 


 

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