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No es que los elementos que menciono en las primeras líneas estén ausentes. Es más, el diseño de producción y el aspecto visual siguen siendo apabullantes (si son apabullantemente hermosos o apabullantemente horteras queda para el gusto de cada cual). Las canciones no son rotundas pero son lindas, se dejan escuchar y están bien cantadas. Pero todo se ve rutinario, repetitivo y previsible, y su intento de hacer encajar esta nueva mitología del País de Oz con la clásica se ve demasiado forzado… hasta el punto de que hay momentos en los que solo nos queda agarrarnos a la magnética presencia y carisma de Cynthia Erivo para encontrar algo de fuerza en el relato.
Tras declararse en rebeldía contra el Mago (Christopher Goldblum), Elphaba (Cynthia Erivo), intenta ayudar a las víctimas de la opresión del régimen de aquel y su lugarteniente Madame Morrible (Michelle Yeoh), al tiempo que trata de explicar a los habitantes de Oz la situación real, pero se encuentra con las dificultades creadas por la propaganda de los gobernantes del País, que le llaman “La Malvada Bruja del Oeste”. Mientras tanto, Glinda (Ariana Grande), rebautizada como “La Buena”, se debate entre su fidelidad al Mago y Morrible y su amistad con Elphaba, mientras que esta duda entre seguir con su lucha, llegar a un acuerdo o convertirse en la representación del Mal que dicen que es… hasta que llegue el enfrentamiento final, en el que no faltarán viejos amigos y colegas y algún que otro “invitado” sorpresa…
Todo ocurre muy rápido en esta segunda parte. Demasiado. Hay prisa por cerrar la historia. Más que nunca, las canciones, por bien interpretadas que estén, caen en el tópico del “estorbo” que ven en ellas quienes no son fans del género musical. El ritmo es tan acelerado que ese tono oscuro que podría hacer especial a esta peli apenas es explorado. Hay mucho aspaviento, sí, mucho ay-qué-miedo, pero es mas ornamento que otra cosa.
La alegoría sobre nuestro mundo planteada, la de gobiernos benévolos que resultan autoritarios usando el engaño para mantenerse en el poder, cuyo descubrimiento en la primera parte suponía un edificante cambio de eje, es aquí casi tratada de soslayo. Hay referencias al uso de los bulos, sí, y el sarcástico Mago de un divertido Goldblum menciona cómo la gente depende tanto de sus líderes que nunca se creerán los defectos o maldades que les cuenten sobre ellos… pero el conflicto no va por ahí. Leo por ahí que el musical teatral y, sobre todo, la novela base, son mucho más críticos y profundos al respecto. Amén a eso.
Pero la cuestión es que el
director M. Chu y sus guionistas prefieren centrarse en el conflicto interno de los personajes. Y el problema es que no siempre aciertan en el desarrollo del
mismo. Me gusta, por ejemplo, el tratamiento de dicho conflicto en algunos
personajes secundarios, como el de Nessa (Marissa Bode), la hermana de Elphaba,
o Boq el munchkin (Ethan Slater), aunque vea, como ya he dicho, muy forzado su
encaje en la mitología clásica de Oz. Sin embargo, en el caso de las
protagonistas, se les presenta siempre en duda sobre la eficiencia o utilidad
de sus acciones o lealtades.
Y en principio, no debería ser malo, pero el
tratamiento de tal conflicto es tan rutinario y predecible que, a pesar del
ritmo vivo de la película, hay momentos en que me aburro. Me aburro porque no
me dicen
nada nuevo y ya sé como va a terminar. Esta predictibilidad resta
efecto a la resolución de la historia, que se supone debería ser un culmen
emocional y sorprendente… y para nada lo es, por mucha lágrima,
efecto flou y
puestas de sol que nos ofrezcan.
Una pena, porque salvo estos
momentos de aburrimiento, el film es en general entretenido. Más pena aún
porque viene uno de una primera parte que aún considero uno de los mejores
musicales de este siglo XXI. Pena y re-pena aún porque se desperdicia un diseño
de producción espectacular y una dirección artística que camina sobre el filo
de la navaja entre lo bonito y lo ñoño y, para mí, sobrevive al empeño.
Recontrapena porque necesitamos más que nunca alegorías políticas como las que
plantea la historia y sin embargo, son dejadas de lado. Y pena amarga, amarguísima,
de que una Cynthia Erivo que sigue estando brillante no tenga en este caso una
narración a la altura de su trabajo. Del resto del reparto principal, aprecio
el trabajo de Bode y Slater que menciono arriba, me cansa Jonathan Bailey como
interés romántico, no puedo con la sobreactuación de Michelle Yeoh, mucho menos
sutil que en la entrega anterior, y encuentro simpático al Mago interpretado
por Goldblum… aunque me pregunto si es porque es difícil que este actor caiga
mal. En cuanto a Ariana Grande, no es que sea mediocre, que no lo es, pero me
temo que su personaje dio de sí todo lo que tenía que dar en “Wicked”.
Para disfrutar más, eso esperaba y creía, del visionado de “Wicked: Parte II” volví a ver la primera parte. Y al final ocurrió lo contrario. La comparación entre ambas partes resulta decepcionante. Para colmo, están tan internamente relacionadas que es difícil desligarlas para ser más racional en el análisis. Intentando, con todo, resumir dicho análisis, diré que no es una mala película, que su visionado resulta fluido, que tiene hermosas imágenes, que una alegoría útil sigue siendo útil aunque sea de soslayo, que las canciones son bonitas… pero que todo se queda a medio camino de baldosas amarillas. 6/10.
(Mi análisis de “Wicked” puede leerse aquí).






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