Se podría considerar a “El amo del mundo” (Master of the World, William Witney, 1961) como la pariente pobre de otras adaptaciones de Jules Verne como “20.000 leguas de viaje submarino”, “Viaje al centro de la Tierra” o “La vuelta al mundo en 80 días”. Pobre por su bajo presupuesto, que ineludiblemente influye en su diseño de producción y sus efectos especiales, en un reparto no tan cargado de estrellas… pero también pobre en otros aspectos en los que la falta de dinero podría haber sido no tan influyente, como un torpe trabajo directorial, un guion que cae en ciertos tópicos, un trabajo interpretativo mayormente discreto.
Normalmente, cuando hablo de este tipo de pelis desde mi perspectiva actual menciono el poder de la nostalgia, el agradecimiento a pesar de todo por los buenos momentos pasados, lo mal que han envejecido y blah blah blah. En este caso resumo, y me limito a decir que todo eso sigue siendo válido.
Y resumo porque sí que hay algo que en mi revisión de ayer de esta peli me la hace ver todavía con ojos algo favorables: la fascinación que sobre mí aún ejerce Verne, para empezar; para continuar, la presencia de Vincent Price, que siempre agradezco, más allá de la calidad del film en que participe; pero, sobre todo, el guion de Richard Matheson. Que sí, que vale, que no está ni mucho menos entre lo mejor que ha escrito, tanto para el cine como para la literatura, pero que mantiene unas constantes que lo hacen plenamente suyo… y, haciendo mi paráfrasis habitual, un poco de Matheson ya es mucho.
La trama es adaptación de dos novelas, “Robur el conquistador” y su secuela “El amo del mundo”. En ella, tras unas primeras escenas en las que los habitantes de un pueblo en Pennsylvania son aterrorizados por una serie de ruidos procedentes de un volcán cercano, el fabricante de armas y presidente de una sociedad aerostática Mr. Prudent (Henry Hull) viaja en globo a estudiar el fenómeno acompañado por su hija Dorothy (Mary Webster), el novio de esta, Philip (David Frankham), y un enviado del gobierno, John Strock (Charles Bronson). Una vez cerca del volcán, serán atacados y secuestrados por el misterioso Robur (Vincent Price), capitán de una aeronave que ha inventado, y con la que pretende viajar por el mundo obligando a los gobiernos de las diferentes potencias a prescindir de sus ejércitos y emprender una política de paz… eso sí, bajo la amenaza de destruir su potencial militar. Los cuatro secuestrados tienen opiniones encontradas al respecto, y estas determinarán su actitud hacia los planes de Robur…
Se reprocha a la peli repetir el esquema argumental de “Veinte mil leguas…”, pero la cosa es que esto ya ocurría en la primera de las novelas adaptadas. No tanto en la segunda, que tiene un tono más oscuro y pesimista que en el film apenas transluce. Pero sea como sea, es cierto que la idea es la misma. Sí que hay un cambio importante al añadirse una historia romántica que en el original literario no está, y que es un estorbo para la trama principal que otra cosa, además de estar muy mal desarrollado y resuelto. Pero perdonémoselo a Matheson, que probablemente lo incluyó, obligado o motu proprio, eso da igual, en aras de una supuesta mayor comercialidad.
El primer acierto del guionista es juntar el personaje de Prudent, de la primera novela, con el de Strock, de la segunda, cuyas visiones diferentes sobre las intenciones de Robur dan pie a un interesante conflicto. El segundo, y para mí más importante, es acentuar el humanismo pacifista ya presente en el original de Verne, un humanismo que Matheson desarrollaría más, y mejor, a lo largo de su carrera.
El Robur de esta peli es un personaje tan amargado y cruel, cuando cree que las circunstancias lo exigen, como lo es el capitán Nemo, pero igualmente idealista, por mucho que sus métodos no sean los más adecuados precisamente. Su idea de buscar la paz aboliendo los ejércitos es, por supuesto, loable… pero su método de erradicar la violencia mediante la coacción y la amenaza de más violencia es, cuanto menos, cuestionable, y cuanto más, de una efectividad dudosa.
Price se encuentra a gusto en este papel de científico loco bienintencionado, y le da una interpretación que, sin tener la profundidad psicológica de la del Nemo de James Mason, sí es muy controlada y produce empatía por el personaje. No le hace falta hacer un gesto de más o una inflexión de voz exagerada ni cuando explica sus motivaciones ni cuando se muestra vengativo ni cuando salva vidas. Hace de su Robur un personaje seguro de sí mismo y, dentro de lo que cabe en una historia de este tipo, lo suficientemente realista.
Por hablar de lo negativo, que es por desgracia abundante, por mucho que yo me incline a soslayarlo en mi visionado del film, tendríamos, como ya he dicho, la torpe trama romántica, una interpretación un poco sobreactuada por parte de Henry Hull y, en el extremo opuesto, demasiado acartonada en el caso de Bronson, que, en su primer papel importante como héroe, no es demasiado convincente al intentar transmitir el escepticismo de su personaje. También habría que reprochar a William Witney una dirección bastante confusa, cuando no directamente torpe. No es solo que el guion incluya una grotesca subtrama cómica con el personaje del cocinero de la aeronave (Vito Scotti), sino que el director hace que interrumpa momentos supuestamente dramáticos. Witney fue un especialista en ficciones de género, tanto para el cine como para la televisión, y se le estima por alguna peli interesante como “Un extraño a mi puerta”, pero el talento que pudiera tener no sale demasiado a relucir en el film que me ocupa hoy…
Con todo, otro reproche que se suele hacer a “El amo del mundo”, el uso, para ahorrar, de imágenes de archivo provenientes de otras pelis (por ejemplo, la escena de la batalla africana está tomada directamente de “Las cuatro plumas”), pero, por un lado, esto era práctica habitual en el cine de bajo presupuesto, y debo reconocer que al menos están bien engarzadas y que si no se conoce el origen dan el pego… y si se conoce, podemos jugar a encontrar anacronismos que hacen hasta gracia.
Los efectos especiales, en especial los del volcán inicial o las explosiones que son palmeras de fuegos artificiales, dejan mucho que desear, aunque una vez más podríamos achacarlos al bajo presupuesto. Algo mejor es el diseño de la otra gran protagonista de la película, la aeronave Albatross, sobre todo en su aspecto exterior, en un estilo steampunk bastante antes de que se inventase tal término… En interiores no es tan espectacular, de hecho es bastante pobretón posiblemente por la razón de siempre, no se esperen un Nautilus… pero por lo menos sí es efectivo y no molesta a la narración.
En resumen, “El amo del mundo” es una peli que a día de hoy me sigue funcionando por ese humanismo pacifista en conflicto con unos métodos cuestionables para llevarlo a cabo, por un Vincent Price que compone un personaje atormentado ma non troppo, y por ese Albatross que de nano me habría gustado tener en maqueta… y, que diablos, todavía me gustaría tener. Como todavía le encuentro encanto a esta peli a pesar de sus muchos defectos. 5,5 redondeado a 6/10.
(No he mencionado hasta ahora para nada el estúpido minidocumental que han puesto como prólogo a la peli, que se supone un homenaje a los pioneros del viaje aéreo y al final es algo más bien en plan "Aquellos chalados con sus locos cacharros". Cuanto menos se hable de él, mejor.)






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