Farmacia de Alonso Luengo, en León. Foto de Jordi Asturies.

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miércoles, 1 de abril de 2026

Una peli al día (2026-03-31): EL HOMBRE DE MIMBRE (Robin Hardy, 1973) 7/10

All images in this post © StudioCanal

 Pocas películas se han hecho tan acreedoras al calificativo de “película de culto” como “El hombre de mimbre” (The Wicker Man, Robin Hardy, 1973). Su mezcla de sátira y denuncia, su carácter de puntal casi fundacional del subgénero folk horror, su mezcla de géneros, su ambientación, su tratamiento de la angustia ante lo desconocido, su enfrentamiento de dos formas de concebir el sentido religioso y, sobre todo, su sorprendente desenlace… son elementos positivos que hacen que se puedan olvidar, o por lo menos ignorar, sus evidentes deficiencias derivadas de una ambientación camp claramente coyuntural y hoy en día ridícula, del empleo de un erotismo light que solo busca epatar y de una trama argumental muy torpemente llevada.

Es esta peli una suma de escenas y momentos de gran talento cinematográfico que individualmente nos ponen a prueba, pero que sin embargo en conjunto ofrecen un todo irregular y en ocasiones aburrido. Es una película de extremos, que oscila entre nuestra fascinación por el horror oculto que va poco a poco saliendo a flote entre los poros de su historia y nuestro rechazo a un tono deliberadamente pasado de moda ya desde su misma concepción y que roza demasiadas veces el ridículo. 

A Summerisle, una ficticia remota isla en las Hébridas escocesas, llega el sargento Neil Howie (Edward Woodward), con la intención de investigar la desaparición de Rowan, una niña del lugar, que le ha sido denunciada mediante una carta anónima. Howie se irá encontrando con la hostilidad de los habitantes, que llegan incluso a negar la existencia de la joven. Para colmo, el policía, un fanático devoto cristiano, observará escandalizado cómo los isleños han abandonado el cristianismo en favor de la adoración a antiguos dioses celtas a los que atribuyen la prosperidad de la isla y a quienes homenajean en festividades paganas durante el mes de mayo, tal como le explica el cacique local, Lord Summerisle (Christopher Lee). A medida que avanza su investigación, Howie irá sabiendo más sobre la desaparición de Rowan y al terrible secreto que oculta la isla… 

El mayor mérito de la película está en el ambiente angustioso que se respira ya desde su mismo comienzo, con la llegada del sargento en hidroavión. El sentimiento de aislamiento y soledad, la idea de que se ha transpuesto la frontera de un lugar hostil en el que los forasteros no son bien acogidos es ciertamente opresivo, y todo ello a pesar de la luminosidad primaveral que inunda los exteriores, o los bien iluminados interiores, o las aparentemente inocentes canciones y bailes folk que van jalonando el relato, o la proclamación de un amor libre claramente sexualizado que escapa a las constricciones del mundo “normal”…


Se van desplegando ante nuestros ojos escenas visualmente impactantes, como la del cementerio, o la de la rana, o las procesiones con la gente portando máscaras de animales… Es una película de terror que no busca el susto abrupto, sino más bien el impacto de unas costumbres que nos son ajenas y que no entendemos. Se plantea el conflicto de dos mundos, el cristiano occidental y el pagano, con la tremenda habilidad de que las fronteras se difuminen y que no quede del todo claro cuál de los dos es preferible… Tendemos a identificarnos con el detective porque él representa nuestro mundo y además la historia se nos cuenta a través de sus ojos, pero los roles de héroes y villanos no terminan de estar claros, y tanto el fanatismo de los isleños paganos como el del policía cristiano terminan por resultarnos incómodos.

Cuando el director Robin Hardy, junto al guionista Anthony Shaffer, juegan con esta perturbadora ambigüedad la película funciona a las mil maravillas y nos sentimos fascinados a la vez que intranquilos. El uso de planos cortos y la cámara en mano en los momentos más inquietantes contribuye al ambiente sofocante que se busca. 


La pena, como ya he dicho, es que se abusa del tono camp hasta hacernos desconectar de la angustia, con la descripción del mundo pagano con sus canciones pastoriles y sus planos largos de rituales eróticos, algún que otro diálogo errabundo o las torpes escenas de seducción que vistas hoy resultan ridículas… y me da por pensar que ya en su momento lo eran. Este desequilibrio es lo que me impide apreciar la película como quizá se habría merecido de haber incidido más en el conflicto y el ambiente de angustia. 

Con todo, la impresión positiva que deja el film se haya en su tramo final, brillante, con un ritmo in crescendo perfectamente medido, llevando la historia a un aparente callejón sin salida… y sin embargo la tiene, vaya si la tiene, con una de esas resoluciones míticas de la historia del cine, un desenlace que de repente da un nuevo sentido a todo lo que hemos visto hasta entonces y que lo emparentan con las coetáneas “Rosemary’s Baby” (omito aquí el título castellano por razones obvias) o “El planeta de los simios”, y anticipan el cine de gente como M. Night Shyamalan o películas recientes de prestigio como "Midsommar"...


Del reparto cabe destacar a los dos antagonistas, Edward Woodward como el detective y Christopher Lee como el aristócrata cacique de la isla. Ambos actores componen unos personajes que sostienen lo mejor de la trama, aquel con una interpretación contenida que sin embargo no oculta los excesos de su personaje, y este con un perfecto trabajo que aparenta sobreactuación en ocasiones, y que sin embargo subyuga por su encantadora manipulación…

Es “El hombre de mimbre”, en breve, una película irregular, capaz de alternar instantes ridículos con momentos de cine de muy alta escuela, tanto visualmente como en su tratamiento del conflicto entre dos mundos opuestos y su presentación de un ambiente gradualmente opresivo y angustioso, siendo estos elementos los que la convierten en un film muy digno de verse. 7/10

 


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