Farmacia de Alonso Luengo, en León. Foto de Jordi Asturies.

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jueves, 16 de abril de 2026

Una peli al día (2026-04-15): TARAS BULBA (J. Lee Thompson, 1962) 6/10

All images in the post © Amazon MGM Studios
La primera mitad de los años sesenta fue muy pródiga en películas épicas que mezclaban la aventura, la historia, el género bélico, y en algunos casos también el romance… un tipo de films que poco a poco caía ya en su decadencia y que aún así ofreció una obra maestra indiscutible  como “Lawrence de Arabia”, otras excelentes como “Doctor Zhivago”, “55 días en Pekín”, “Cleopatra” o “El Cid” y  otras estimables como “La caída del Imperio Romano”, “Zulú” o “Khartum”… y alguna más que sin duda se me escapa.

Hubo por supuesto también películas en este estilo a las que solo la nostalgia, como mucho, redime, y alguna obra interesante pero fallida. A este grupo pertenece “Taras Bulba” (J. Lee Thompson, 1962), adaptación de la excelente novela corta del escritor ruso Nikolai Gogol. No es ni mucho menos la primera traslación al cine del relato, pero sí la primera dentro del canon hollywoodiense del cine de gran espectáculo. Y la verdad es que hay que decir que como adaptación se queda corta, y como espectáculo, a pesar de todas las buenas intenciones puestas en ella, funciona solo a ratos.
En el siglo XVII, gran parte de la Europa del Este está ocupada por el Imperio Otomano, incluida Ucrania, terreno que se disputan con Polonia. En una batalla contra los turcos, los polacos ganan con la ayuda de hordas cosacas ucranianas. Sin embargo, tras la victoria estas son traicionadas y Polonia se hace con Ucrania. Uno de los líderes cosacos, Taras Bulba (Yul Brynner), no lo acepta y jura venganza, abandonando sus casas en la estepa y escondiéndose en las montañas. 20 años después, Taras tiene dos hijos, Andrey (Tony Curtis) y Ostap (Perry López), a quienes envía a la ocupada Kiev para que adquieran una educación que luego pueda servirles en su lucha contra los polacos. Allí sufren el desprecio de estos, lo cual no evita que Andrey se enamore de Natalia (Christine Kaufmann), una joven princesa polaca. Esto provoca un incidente con sus compañeros de estudios que les obliga a huir de vuelta a su hogar. Poco después, cuando Polonia pretende que los cosacos les vuelvan a ayudar en otra guerra, Taras y los suyos aparentan aceptar pero en realidad pretenden rebelarse contra los polacos e independizarse. Los hijos de Taras se unen de buena gana a la rebelión, pero tarde o temprano llegará el momento en el que Andrey tenga que decidir entre la lealtad a su gente y su amor por la joven…


Había en la historia de Gogol buen material para una película que combinara épica, drama y romance… y lamentablemente, solo en el primero de estos elementos se acercó a hacerlo con mediano acierto. En la parte dramática la adaptación suavizó demasiado la novela y se perdieron elementos importantísimos que habrían dado más profundidad, y la parte de romance es absolutamente inane y sin sustancia. 

En principio el film era un proyecto muy querido por Robert Aldrich, que tuvo que dejarlo por no encontrar la financiación que estimaba necesaria, con lo cual vendió sus derechos sobre la novela a Harold Hetch, que acababa de terminar su fructífera colaboración con Burt Lancaster. Hetch aportó, por conocerlo bien, al prestigioso guionista Waldo Salt, con el que había trabajado en “El halcón y la flecha” (y en un primer boceto de “El temible burlón). Salt, un perseguido por la caza de brujas, había participado sin acreditar en el guion de “Historias de Filadelfia” y luego destacaría por su trabajo en los guiones de “Cowboy de Medianoche”, “Serpico” y “El regreso”. Aunque no dudo que Salt intentó reflejar el conflicto dramático presente en el texto de Gogol, la verdad es que el resultado es más bien pobre, en gran parte por la rutinaria dirección de J. Lee Thompson…y eso nos lleva a soñar con qué habría hecho Aldrich con este material… 

Thompson había empezado su carrera en el Reino Unido en los años cincuenta, con un tipo de cine de realismo social cercano al Free Cinema. Sin embargo, al final de la década dirigió con gran talento la película épica de aventuras “La India en llamas”, lo cual llamó la atención de la industria estadounidense, en concreto Columbia Pictures, que le eligió para sustituir a Alexander Mackendrick en “Los cañones de Navarone”. El éxito y buena aceptación crítica de esta y su posterior “El cabo del terror” le instalaron definitivamente en el cine de género más comercial, moviéndose durante el resto de su carrera, casi tres décadas hasta el final de los ochenta por el cine de aventuras, el western, la ciencia ficción, esporádicas comedias y sobre todo el thriller. 


Un Thompson convertido a la causa del cine más comercial llegaría a declarar que estaba “en la industria primordialmente para entretener”, y que, aunque no descartaba volver a hacer películas “artísticas”, estas no tenían “lugar en el circuito de las grandes películas”, sino más bien “en los cines de arte y ensayo”. Nada malo en ello si hubiera seguido haciendo filmes comerciales de calidad, pero la pena es que tras aquellas dos excelentes películas de su debut en la industria estadounidense, se iría asentando en un una complacencia y rutina que, salvo alguna muy contada excepción daría una trayectoria, siendo generosos, errática y mediocre, terminando casi exclusivamente dedicado a los vehículos cinematográficos de Charles Bronson como el justiciero más reaccionario. 


Aún así, cuando Thompson acometió “Taras Bulba”, aún tenía el talento suficiente, o las ganas, de hacer algo mínimamente interesante… y más o menos lo consiguió… en parte. Por una parte por culpa de su complacencia, y por otra de un guion poco afortunado que no recogía los elementos más dramáticos de la historia escrita por Gogol, no atinó en dar ritmo y profundidad a los momentos más pausados y los de caracterización, como pudieran ser la etapa de formación de los hermanos Bulba en Kiev, y sobre todo, en el desarrollo del romance entre el joven cosaco y la princesa polaca, que, siendo el desencadenante del conflicto dramático, es sin embargo narrado sin espíritu alguno, y Tony Curtis y la jovencísima Christine Kaufmann no muestran química alguna… algo curioso si tenemos en cuenta el romance real entre los actores tras el rodaje.


Para colmo, el hecho de que Curtis fuera el coproductor, y el narcisismo del actor, hicieron que su personaje tuviera tanta importancia como el de Taras, y esto provocó una presencia exagerada e innecesaria del mismo. No es que haga un mal papel (aunque tampoco es especialmente brillante), pero sí que la película pierde vitalidad cuando se traslada del vivaz y dicharachero jefe cosaco al más circunspecto y excesivamente meditabundo Andrey… 

Dicho esto, la película gana mucho cuando se centra en el personaje que le da título, con un Yul Brynner al que no le hace falta una gran interpretación para mostrarse carismático, locuaz y expansivo, con un magnetismo indudable. Las escenas que comparte con sus hijos, o con sus compañeros cosacos, a pesar del tópico que carga a estas últimas, aportan al film un aliento y dinamismo que ciertamente necesitaba. Y luego están las escenas de batallas, lo mejor de la peli. Aunque a veces abuse del efecto de acelerar la imagen para supuestamente darles más ritmo, lo cierto es que están muy bien coreografiadas, y los movimientos de los ejércitos (enmarcados en una naturaleza hermosamente fotografiada y la justamente ponderada música de Frank Waxman) consiguen un efecto estético que alcanza la épica que la película precisaba. Es aquí donde Thompson muestra el talento que realmente atesoraba y que posteriormente iría sembrando a cuentagotas… 



En breve, una película razonablemente entretenida, vibrante en los momentos de acción, fallida en los de caracterización y romance, y decepcionante al desperdiciar parte importante del conflicto dramático presente en la novela original. De esos films que si se ven no se pierde demasiado el tiempo, pero que tampoco pasa nada si se ignoran. 5’5 redondeado a 6/10.


 

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