Pues resulta que un día un director estadounidense nacido en Alemania decidió hacer una película satirizando la invasión nazi de Polonia. Y como quien no quiere la cosa, hizo la comedia perfecta. Y no solo es que tomara los elementos de la comedia y los sublimara, es que revolucionó el género, lo puso patas arriba. Mezcló ideas de otros géneros y la hizo vibrante y fresca. Usó la risa no como elemento escapista, sino como la más dura de las críticas. Tomó una situación dramática, y al satirizarla, fue capaz de hacerla aún más dramática, por mucho que algunos dijeran que la frivolizó; estos últimos no la entendieron, o no la quisieron entender. Todo esto y mucho más se puede decir de una de las películas esenciales en la historia del cine, “Ser o no ser” (To Be or Not to Be, Ernst Lubitsch, 1942).
La clave no solo está en los ingeniosos y descacharrantes diálogos, o en la crítica satírica al nazismo. Lubitsch fue mucho más allá de esto y compuso una macedonia de diferentes elementos, desde el thriller de espionaje hasta el género bélico pasando por el melodrama y lo impregnó todo de comedia, siendo uno de sus muchos méritos evitar la tentación de la parodia. No hay ninguna reconstrucción humorística de los hechos que haga de estos una fantasía: lo narrado es real, terroríficamente real y tratado con absoluta seriedad. No son unos hechos históricos vistos con unas lentes cómicas… la comedia está ya en los propios hechos, porque incluso hasta en la situación más trágica puede haber un elemento que haga reír.
Para que quede clara esta visión, ya vemos que la historia, despojada de la comedia, sería todo un thriller de espionaje: durante los primeros días de la ocupación nazi de Varsovia, una compañía teatral encabezada por el actor Josef Tura (Jack Benny) y su esposa María (Carole Lombard) se ven obligados a ayudar a un aviador, el teniente Sobinski (Robert Stack) en su misión de impedir que un espía nazi, el profesor Siletsky (Stanley Ridges) entregue al comandante de la Gestapo coronel Erhardt (Sig Ruman) una lista de los parientes de exiliados polacos, y miembros de la resistencia. Para ello, Tura y sus actores tendrán que usar todo su talento artístico, al tiempo que aquel además tendrá que luchar contra los celos que siente por la relación de María con Sobinski…
Para la película Lubitsch adaptó, junto al guionista Edwin Justus Meier, una historia del escritor y también guionista Melchior Lengyel, que también escribió la historia de “Ninotchka”. A la hora de acometer la película, el cineasta, como declaró en un artículo 1942 en el New York Times como respuesta a la controversia tras el estreno del film, tuvo claro que quería abandonar el uso clásico en Hollywood de la comedía o el drama como meros contrapuntos o alivio la una del otro y viceversa, y que no le hacía falta mostrar los horrores causados por los nazis para criticarlos. En concreto, afirmaba “No he mostrado cámaras de tortura, ni flagelaciones, ni primeros planos de nazis excitados al usar el látigo o poniendo los ojos en blanco de lujuria. Mis nazis son diferentes; ya han pasado esa etapa. La brutalidad, flagelaciones y torturas se han convertido en su rutina diaria. Hablan de ello con la misma naturalidad con la que un viajante habla de la venta de un bolso.”
He aquí la sutileza del toque Lubitsch, describir lo que no se ve, no aplicada a aventuras sexuales de alcoba tras puertas cerradas (recurso que por cierto sí usará para un grandioso gag sin relación con el sexo) sino a horrores tan inconcebibles que mejor son imaginados vía la comedia que mostrados de manera realista. Cuando, tras ser usado como gag recurrente, se le dice al coronel Erhardt que le apodan “campo de concentración Erhardt” y este comenta que ellos, los nazis, se concentran y que los polacos acampan, Lubitsch no está frivolizando ni haciendo burla de la masacre. Mediante el gag está haciendo la mayor de las críticas al mostrar al asesino haciendo chistes sobre ella.Esta es la esencia del humor a lo largo de la película. Nos vamos a reír con textos que son capaces de extraer el humor que ya está presente en el drama o tragedia. En este sentido, la coletilla o remate de los gags y chistes se convierte en elemento decisivo: al productor de la obra de teatro sobre la Gestapo que está ensayando la compañía de Tura no le convence Bronski (Tom Dugan), el actor que interpreta a Hitler, y dice que para él es solo un “hombrecillo con un bigotito”, a lo que alguien le replica “¡También lo es Hitler!”. Y en este momento es cuando nos reímos, siendo todavía más conscientes de que ese “hombrecillo con bigotito” va a ser el causante de tanto horror.
Las alusiones indirectas al sexo también comparten este humor basado en el horror de la guerra. Maria, que no ve mal ser seducida por Sobinski, casi se rinde a él cuando este dice que puede soltar desde su avión tres toneladas de dinamita en dos minutos… por contra, cuando es Erhardt el que intenta seducirla proponiéndole las ventajas del blietzkrieg o guerra relámpago, ella le rechaza sutilmente diciéndole que prefiere la táctica del asedio lento.
Con este uso de elementos trágicos y horribles para desarrollar el humor, Lubitsch está poco menos que reinventando la comedia negra. No es que sea el primero en tratar temas tan graves en clave de comedia, pero sí es “Ser o no ser” la primera película que lleva este humor oscuro y retorcido al extremo, al mostrarla plenamente integrada en una historia muy seria. Si comparamos esta peli con lo que hizo Chaplin en “El gran dictador”, entenderemos mejor el atrevimiento de Lubitsch. Ambos tuvieron la osadía de satirizar el régimen nazi en el momento álgido del mismo, pero aquel lo hizo vía la exageración, como puede verse en las escenas del discurso de Hynkel, o su baile con el globo del mundo, o la de la conspiración, o la de Hynkel y Napoloni en la barbería… solo en la escena del raid nazi en el ghetto se acercó Chaplin a lo que hizo Lubitsch en su película, resaltar lo cómico que pueda haber en una situación dramática sin exageración alguna. Otra diferencia entre estos dos grandiosos filmes de estos genios estaría en que Chaplin usa más el slapstick, mientras que Lubtisch, sin renunciar al humor visual en alguna ocasión, basa la comicidad en los textos. Momento que ejemplifica este humor negro mezclando gag visual y gag textual sería el de Tura, disfrazado de Siletski, teniendo que defender su falsa identidad ante los oficiales nazis y un cadáver…
Como ya he dicho, este humor tremendamente negro no fue entendido por la mayor parte del público (el film solo obtuvo un éxito moderado) ni por la crítica. Poco favor le hizo, desgraciadamente, la lamentable muerte en accidente aéreo de Carole Lombard pocas semanas antes del estreno, con un público que asistía a las proyecciones casi llorando con cada aparición de la actriz… Puede que quizá tampoco la beneficiase la osadía temática en lo que se refiere a las relaciones sentimentales. Podríamos decir que aún así Lubitsch se la coló al Código Hays, al presentar un adulterio sin presentarlo… nunca queda claro si lo que hay entre Sobinski y María se queda en el flirteo o se consuma, y en todo caso la actriz quedaría redimida por su trabajo en la resistencia… aunque ello también le llevaría al flirteo con Siletski y Earhardt.
Este humor impregnado del contraste entre sentidos reales y sobreentendidos podría dar a pensar que hay en la peli un ritmo tan acelerado como en las comedias de Howard Hawks, y no es así. El ritmo que otorga Lubitsch es pausado, aunque no demasiado… y sin embargo, si comparte con aquel una intensidad que obliga al espectador que preste la máxima atención para no perderse nada. La diferencia es que, en el caso de Hawks tal intensidad viene del ritmo vertiginoso con que se suceden los diálogos, con el reparto casi literalmente escupiendo los textos… mientras que en el caso de “Ser o no ser” la intensidad viene no de la velocidad sino de la concentración que debemos mantener para que no se nos escapen todas las sutilezas e insinuaciones en cada línea de diálogo. Es una de esas pelis que pueden exigir nuevos visionados para apreciar todos los matices del humor.
Pero la profundidad y alcance de la obra maestra de Lubitsch va más allá de su comicidad en tiempos trágicos. “Ser o no ser” es también precisamente lo que su título refleja: una reflexión sobre quienes somos realmente y quienes estamos dispuestos a ser para superar tiempos difíciles. Y la reflexión empieza ya con la extraordinaria escena inicial, una alternancia de planos generales y primeros plano que describen a los habitantes y calles de Varsovia y el estupor de estos cuando descubren que el mismísimo Hitler se está paseando allí, deteniéndose ante un escaparate. Sin solución de continuidad, el narrador nos explica que la razón está en una visita del tirano al cuartel general de la Gestapo, y se pasa a una escena en tal lugar… que se acaba revelando como un escenario donde una compañía de teatro ensaya una obra sobre los nazis.
La película empieza con una mentira, pues. Y a esta le seguirán muchas. Es la mentira de la ficción, en este caso del teatro, al que Lubitsch rinde un gran homenaje. Ante nuestros ojos pasarán algunos personajes que no son lo que parecen, y otros que fingen lo que no son como medio de vida… o deberán fingirlo para salvar sus vidas. Maria y Sobinski fingen para poder verse, aquella fingirá para ocultar su labor para la resistencia, los actores interpretan a oficiales nazi en una obra de teatro y a los personajes de Hamlet, pero luego deberán interpretar a nazis en la vida real para poder sobrevivir. Un engaño sucede a otro engaño tras otro engaño. Todos son diferentes personajes en el transcurso del metraje. Ser o no ser, esa es la cuestión.
Es más, nos encontramos con la contradicción, maravillosa contradicción de que los componentes de la compañía teatral, y en especial Tura, son muy malos actores dados a la sobreactuación (ya saben, la famosa frase de Ehrhardt — que debería estar en toda antología del humor negro cinematográfico — diciendo que Tura y compañía hacían con Shakespeare lo mismo que los nazis con Polonia) … y sin embargo, cuando tienen que buscar la supervivencia hacen el papel de sus vidas en una interpretación fastuosa… Otra ironía maravillosa, y poética, es que uno de esos actores, Greenberg (Felix Bressart), que haciendo un papel incidental en la función de Hamlet sueña con interpretar a Shylock y recitar el famoso monólogo de El mercader de Venecia, tendrá la oportunidad de hacer ese recitado en una circunstancia terroríficamente real…
Lo que resulta definitivamente admirable es que todo este batiburrillo de elementos (comedia de infidelidades, sátira del nazismo, thriller de espionaje, drama y tragedia de la guerra, homenaje al teatro y el poder de la ficción, textos dominados por irónicos sobreentendidos, reflexión sobre el ser…) se sostiene gracias al ritmo que Lubitsch le impone, con una concatenación de escenas muy fluida, y una variedad de planos cortos y medios para que nos concentremos en los actores hablando, pero sin renunciar a planos generales y trávelins en escenas más narrativas, como la inicial, ya mencionada, o la de la persecución de Siletsky por el teatro.
El reparto está sencillamente perfecto. Todos los actores en papeles menores se nos hacen próximos por corta que sea su aparición en pantalla. Pero hay que descubrirse ante el trío protagonista. Carole Lombard está encantadora en su papel de tierna esposa fiel, o no tanto, seductora y manipuladora, pero también sacrificada como miembro de la resistencia. El que dé este recital en su última película no hace más que recordarnos la estrella que nos robó su trágico destino entre el fin del rodaje y el estreno del film. Robert Stack como el inocente que no lo es tanto militar enamorado destaca con una vis cómica impregnada de seriedad que anticipa en varias décadas su participación en “1941” de Spielberg o “Aterriza como puedas” de Zucker, Abrahams y Zucker. Y por encima de todos ellos, Jack Benny, un actor cuya fama venía más de sus programas de radio y cuya carrera cinematográfica estaba marcada, en el mejor de los casos, por tan solo un moderado éxito.. y sin embargo Lubitsch no pensó en nadie mejor que él para interpretar a Josef Tura, y Benny respondió al desafío con brillantez. En un auténtico tour de force, Benny no solo interpreta al actor que con su sobreactuación destroza a Hamlet y al que carcomen los celos por su esposa, sino también al brillante Tura que debe hacerse pasar por un comandante nazi y por el espía que tiene en sus manos el destino de la resistencia. Un cuádruple papel que le otorga un lugar de honor en la historia del cine.
Se podrían llenar páginas y páginas cantando las virtudes de “Ser o no ser”. Y aunque al hacerlo se revisten lugares comunes que todo el mundo conoce, también se podrían descubrir nuevas perspectivas, nuevos matices, nuevas interpretaciones de sus diálogos. Empecé diciendo que esta era la comedia perfecta, y lo es, entre otras cosas por transcender el humor y atreverse a entrar en los terrenos del drama sin rebajar ni un ápice la comicidad. Su condición de sátira del nazismo la hace una película necesaria… pero su complejidad y profundidad temática, la presencia de un reparto en escena de gracia y su esplendor formal la hacen una película eterna. 10/10











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