![]() |
| Images © Shochiku Co., Ltd and BFI |
Sin embargo, me sorprende leer en análisis variados que esta es una película en el mejor de los casos ignorada y en el peor claramente despreciada por espectadores y crítica afines al director tokiota, que la ven como una rareza en su filmografía. Y aunque incluso el propio Ozu habló de ella con poco aprecio, y sí que estoy dispuesto a conceder que tiene algunos elementos ausentes en sus films anteriores que he visto, no puedo evitar mantener mi sorpresa ante las reacciones negativas porque es un trabajo excelente y, en la esencia de su historia y la realización visual, típico de su autor…
Para empezar, la trama no deja de ser muy sencilla, como lo era en sus filmes anteriores. En un suburbio obrero de Tokio recién terminada la Segunda Guerra Mundial, Tokiko (Kinuyo Tanaka), una joven costurera, vive en una habitación alquilada con su hijo pequeño Hiroshi, intentando salir adelante a base de pequeños encargos mientras espera la vuelta de su marido Shuichi (Shūji Sano) del frente. Un día el niño enferma gravemente y Tokiko debe llevarle al hospital; Hiroshi se recupera, pero la madre no puede afrontar los gastos médicos, y, desesperada, decide prostituirse por una noche para conseguir el dinero necesario. Esto le enfrentará a su amiga Akiko, que no acaba de comprenderla, y más tarde, a su esposo…
Como he dicho, hay en esta historia elementos que Ozu ya había tocado con anterioridad. Por ejemplo, está la desintegración del Japón más tradicional descrita en “Hermanos y hermanas de la familia Toda”. También tenemos los sacrificios y decisiones difíciles a los que lleva el cuidado de los hijos, como en “Había un padre”, o la descripción de la vida en un edificio de una barriada degradada, como en “Historia de un vecindario”.
Pero aquí Ozu va algo más lejos, y puede que ahí esté la razón del rechazo que recibe esta película. Si en las anteriores el cineasta bordeaba con acierto el melodrama desaforado sin caer en esa fácil trampa, en “Una gallina…” no elude dicha trampa. Es este film el más dramático de esta etapa de su carrera, el más oscuro. No plantea ni debate ni esperanza ante la elección de Tokiko, solo hay una decisión posible y lo que se presenta son las consecuencias. Y el director no escatima medios visuales para ello, excepto en loa actos de violencia sexual, tanto psíquica como física; en estos casos, aparta la cámara y hace unas delicadas elipsis… pero no nos priva de que sepamos detalles sobre ellas o sus consecuencias, que incluyen un suceso digno de un folletín previo al desenlace. Todo esto, y la devoción casi insana de Tokiko hacia su marido hacen que sea una peli incómoda de ver. De ahí que diga que Ozu ha cargado las tintas en lo melodramático, haciendo un film con gran influencia del cine anglosajón y coincidiendo con el nacimiento del neorrealismo italiano, lo cual justificaría el rechazo de algunos y su propio posterior desagrado.
Así pues, hay poca sutileza y, por mucha empatía que tengamos con Tokiko, poca ternura, algo que en las películas precedentes había a espuertas… y esta es otra de las posibles razones para el rechazo que inspira el film. Y sin embargo, creo que esta en principio aparente “traición” a su temática queda contrarrestada por un planteamiento argumental excelente, un estilo visual subyugante y unas interpretaciones extraordinarias.
En cuanto a la estructura, la historia tiene claramente dos partes, una protagonizada por Tokiko y la segunda con Shuichi en el eje del relato. Son dos mundos enfrentados, el de la mujer que ha tenido que ir sacando adelante la familia mediante todo tipo de sacrificios mientras el marido estaba en la guerra… y luego el retorno de éste, que se encuentra con una realidad muy diferente a la que dejó y que es incapaz de comprender y mucho menos asumir. Y a pesar, de esta fuerte contraposición, hay una estructura paralela que ayuda a la mejor vertebración de la trama: en ambas partes de la película hay dos personas que sirven de confidentes y ayuda a los dos cónyuges, Akiko (Chieko Murata), la mejor amiga de Tokiko, y Satake (Chishū Ryū), compañero de trabajo de Shuichi. Hay, además, en cada una de las partes, dos comidas al aire libre o picnics en las que los dos protagonistas exorcizan sus demonios particulares. En la primera, entre Tokiko y Akiko, las dos mujeres recuerdan sus ilusiones del pasado con nostalgia y ello les permite ver el futuro con algo de optimismo; en la segunda, entre Shuichi y la prostituta Fusako (Chiyoko Fumiya), aquel empieza a entender la situación de la mujer en el Japón de esa época.
No puedo resistirme a mencionar la función de los vecinos de Tokiko, que cumplen con el rol de representar la sociedad japonesa que sobrevive a la guerra y tiene que vivir una difícil postguerra. No estamos ante un retrato tan detallado de “Historia de un vecindario”, adoleciendo además de la visión positiva de esta película. En “Una gallina…” los vecinos tienen una influencia mucho menos decisiva en la trama, aunque en cierto modo muestran el camino, siendo su rol principal ser ese mosaico de una sociedad degradada, y una especie de teatral coro griego que comenta y opina sobre el devenir de la pareja protagonista.
Visualmente, la película es sencillamente soberbia. Ozu hace su habitual, y magistral empleo de sus composiciones de plano que le identificaban, esos planos de transición o pillow shots con objetos o vistas que dan tiempo a nuestra reflexión y los planos a ras de suelo o tatami shots, con los que nos acerca a sus personajes. Pero en esta peli tienen una función más allá de su componente estético; hay una querencia por planos de una curiosa construcción circular, posiblemente el esqueleto metálico de una chimenea de una fábrica o de un depósito de gas, que domina el entorno del barrio de forma ominosa, y que no queda claro, o al menos a mí no me queda claro, si son los restos del edificio, con lo cual hablaría del pasado de Japón, o los cimientos del mismo, refiriéndose así al futuro. Esta ambigüedad me parece reflejada en la visión del mundo occidental en general y los Estados Unidos en particular. Cuando Tokiko y Akiko recuerdan su juventud, hablan con cariño de su percepción de Occidente como un envidiable lugar a lo Hollywood, lleno de glamour y ensueño, con las libertades que a ellas les son negadas… mientras que al mismo tiempo, aunque no con tanto vitriolo como en “Historia de un vecindario” hay un temor a que la “occidentalización” de Japón conlleve la perdida de su esencia y personalidad.
En cuanto a los planos a ras de suelo, Ozu no solo los usa para introducirnos en el ambiente de los personajes, sino que aquí hace que contribuyan al tono claustrofóbico, o hace que nos oculten la realidad cuando ello es necesario. El ambiente idílico de los picnics es reforzado bajando el eje de la cámara y poniendo a los personajes por encima de dicho eje… si la cámara en esas escenas estuviera al mismo nivel de los personajes veríamos que el supuesto entorno natural esta dominado por el entorno degradado del barrio.
Otro objeto que es usado con frecuencia, combinando esos dos planos emblemáticos de Ozu, sería la escalera que da acceso a la habitación residencia de Tokiko y Shuichi, siempre filmados en contrapicado, dando un efecto claramente claustrofóbico. La importancia de esta escalera reside en el incidente que llevará a la resolución de la historia, que a su vez es anticipado en otra escena anterior de similar estructura.
No puedo terminar este somero análisis sin elogiar como se merece el trabajo de la pareja protagonista, Kinuyo Tanaka y Shūji Sano, que elaboran muy convicentemente personajes complejos, orgullosos y al mismo tiempo vulnerables, con la crudeza que el oscuro guion exige, en busca de una identidad que les haga superar los malos momentos y afrontar con esperanza el futuro.
En breve, es cierto que se puede reprochar a “Una gallina en el viento” una quizá excesiva tendencia a lo melodramático que no es habitual en Yasujirō Ozu, pero no lo es menos que aún así es una película que no merece la indiferencia, cuando no rechazo, con la que es recibida. Es una historia potente, cruda y agridulce, que nos incomoda por su violencia intrínseca, tanto si es mostrada como no, y que su director filma, por mucho que luego la despreciara, con plena convicción y en pleno dominio de su arte. Si, como concluyen los expertos, tras este film empieza el mejor momento de la cinematografía de Ozu, “Una gallina en el viento” es un muy digno preludio. 8/10










No hay comentarios:
Publicar un comentario