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| All the images in the post © ITV Studios Global Entertainment |
Uno de los grandes méritos de Powell y Pressburger es tomar una historia que en otras manos o con otro estilo habría resultado muy sencilla y convencional, una trama de amor, deseo, celos y ambición a tres bandas, y, mediante una forma de narrar estilísticamente apabullante, hacerla transcender a algo más universal y lleno de fuerza. Los espectadores empezamos dejándonos llevar por esa historia supuestamente típica y estereotipada hasta que de repente quedamos atrapados por su artística exuberancia y una temática que se descubre más profunda y compleja de lo que parecía ser, obligándonos a reevaluar lo que hemos estado viendo.
Victoria, o Vicky, Page (Moira Shearer), una joven bailarina que aspira a triunfar, conoce al prestigioso director de ballet Boris Lermontov (Anton Walbrook), que, tras la insistencia de aquella, la acaba contratando. Muy pronto la chica muestra su talento, y Walbrook la convierte en primera bailarina de la compañía. Decide hacer un ballet específico para ella, y encarga al compositor y director de orquesta de la compañía Julian Craster

(Marius Goring) que componga una pieza basada en el cuento de Hans Christian Andersen “Las zapatillas rojas”, la historia de una bailarina que es poseída por sus zapatillas de ballet y no puede dejar de bailar. Todo parece ir bien, pero las cosas empiezan a complicarse cuando Vicky y Julian se enamoran, despertando unos extraños celos en Anton…
Como ya ha quedado dicho, en principio la trama es muy sencilla, una historia de amor, o algo parecido, a tres bandas enmarcada en el mundo del ballet. Pero poco a poco los Arqueros van a ir explotando la interacción entre tres niveles: la historia de los tres personajes principales, la de la pieza de ballet y el cuento de hadas que esta cuenta. Dicho de otro modo, un mundo real, un mundo ficticio realista y un mundo fantástico. Los elementos de los tres van a ser similares: en todos ellos va a haber va a haber un deseo de construir algo, una pasión por conseguirlo y un miedo a perderlo. Y, por supuesto, en todos ellos habrá consecuencias.
Todo gira en torno a la secuencia del ballet del cuento de Andersen, que ocupa más de un cuarto de hora de la película. Hasta ese momento, todo parecía discurrir convencionalmente por las dos tramas iniciales, la relación entre los tres personajes protagonistas y los entresijos del mundo del ballet con la preparación de la obra. Pero tras esa larga escena, todo cambia; no es solo que la pieza influya claramente en el metraje posterior, sino que lo que hemos visto antes adquiere un nuevo significado, bastante más profundo que el que parecía tener.Sin ser, o al menos sin serlo exactamente, un musical, “Las zapatillas rojas” cambia los esquemas de este género a partir de ahora. Hasta este momento, mayoritariamente los números de baile (y también las canciones) estaban en un nivel externo a la historia contada. Pero Powell y Pressburger presentan un número de baile que acaba intrínsecamente relacionado con ella y, aún más, la determina. Difícil es concebir el número de la “Melodía de Broadway” en “Cantando bajo la lluvia” o el ballet sobre el poema sinfónico de George Gershwin que da título a “Un americano en París” sin esta proeza de los Arqueros…
Tanto antes de esa secuencia como después de ella los dos cineastas usan el talento narrativo habitual de sus películas, pero en este caso el uso de ese lenguaje también remite al giro radical que traería la secuencia del ballet. Cuando Vicky y Lermontov se conocen, hablan de lo que significa el ballet para ellos y lo hacen tan importante como la vida, la escena se resuelve en un rápido juego de plano-contraplano en el que ambos se enfrentan de igual a igual, un juego que se repetirá más tarde en la escena del ballet. Los planos generales que describen los teatros, las habitaciones, las mansiones de lujo, los ensayos y preparativos para la obra o los ambientes más festivos tienen ese ambiente de realismo fantástico (aquí reforzada por el uso del technicolor de tres tiras y su saturación del color) tan típico de la obra de los Arqueros. La cámara se mueve nerviosa por esos ambientes en nerviosos travellings que nos introducen en ellos, igual que los travellings en el ballet nos acabarán introduciendo en el mundo
Esa secuencia de “El ballet de las zapatillas rojas” es un despliegue inacabable de alardes técnicos y artísticos al servicio de transcender el tema del film y convertirlo en una mezcla de versión del mito de Pigmalión y de Fausto. El zapatero que crea las zapatillas es un trasunto mefistofélico del Lermontov que quiere moldear el futuro de su estrella, el compañero de baile puede ser tanto un anticipo del futuro novio de Vicky como una sublimación el éxito y fama que quiere la joven… y la bailarina es tanto esa escultura a la que su Pigmalión quiere dar forma humana como el Fausto que vende su alma y su vida para conseguir su sueño, cediendo a la tentación de ponerse las zapatillas rojas que la llevarán a la perdición…
La cámara de Powell empieza en un plano general del escenario y nos permite empezar a ver el ballet como meros espectadores para poco a poco introducirse en aquel y seguir los movimientos de los bailarines. Y más poco a poco aún, sin casi darnos cuenta, el escenario desaparece como tal y nos convierte en visitantes de un mundo onírico y fantástico, ya no el de los protagonistas o el de ensayos, tramoyas y candilejas, sino el del cuento de hadas de Andersen, con la condenada danzarina bailando
interminablemente en ambientes que pasan del sueño a la pesadilla, con amplios salones con dorados cortinajes cayendo del techo que ceden su puesto a llanuras desoladas, o a pequeños pueblos en sombra, en un ambiente que a uno le recuerda mucho al del segmento “Una noche en el Monte Pelado” de la disneyana “Fantasía”, pero que se me antoja aún más cruel y despiadado. El director de fotografía Jack
Cardiff aprovecha al máximo ese Technicolor en tres tiras del que hablé más arriba para desplegar una gama de colores casi infinita pero a la que da un tono ocre digno del ensoñamiento que inunda la historia. Y técnicamente, vemos un uso modélico de imágenes especulares, transparencias, pinturas mate, aprovechamiento del contraste de luz y sombra para crear imágenes terroríficas (sí, se puede decirque el musical no fue el único género en el que influyó este film) como la de la silueta del zapatero en sombra que se convierte sucesivamente en la imagen de los dos hombres en la vida de Vicky, Julian y Lermontov (otro momento de anticipación de la historia que se contará luego) silueta que la joven atravesará horrorizada intentando huir…
Al final, lo que empezó como una convencional historia de amor, celos y pasión por el arte, se convierte en mucho más: un cuento, real y fantástico, sobre adónde puede llevar la excesiva dedicación a ese arte, una historia sobre el destino y el ansia de poder, sobre el amor opuesto al deseo de realizarse, y todo ello contado de manera artísticamente deslumbrante y narrativamente perfecta. Obviamente, no puede obviarse el poder de la música compuesta por Brian Easdale, que ya había trabajado con los Arqueros en “Narciso negro” y haría más películas con ellos, ganando un merecidísimo Oscar por su labor en este film.
Y luego está Anton Walbrook como Lermontov, el que en principio maneja los hilos de todos los personajes, extraordinario en su mezcla de Pigmalión y Mefistófeles, modelando a los otros dos protagonistas y al mismo tiempo haciéndoles caer en su red de tentaciones y codicia… una codicia sobre todo artística, claro está, la aspiración de ser el mejor en lo que hace, y cuyos celos acaban desencadenando el drama. Unos celos, por otro lado, que tanto el actor como el guion presentan con deliciosa ambigüedad, porque no termina de quedar claro que sean sentimentales, de amor por Vicky, o profesionales, el miedo de perder a su estrella, o las dos cosas… y hay quien añade un sustrato homosexual latente, y que los sentimientos fueran por Julian…
He aquí, en definitiva, otra película de la que se podrían decir muchas más cosas… Siempre la había tenido entre una de mis favoritas, considerándola un film sobresaliente… pero en este contexto de mi repaso a la filmografía de los Arqueros, y en un momento que mi cultura cinéfaga va enriqueciéndose, con este más reciente visionado tengo que elevarla a la categoría de obra maestra. Y lo hago con muchísimo gusto, con toda el fervor que me inspira. Se la recomiendo como pocas películas puedo recomendar. Y si no me hacen caso a mí, haganle caso a Martin Scorsese, que la tiene en un altar y hasta fue el patrocinador de su restauración. ¿Van a osar llevarle la contraria al bueno de Marty? 10/10


















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