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| Images in the post © Pentafilm, A.M.A. Film SRL, Mediaset |
“Mediterráneo” (Gabriele Salvatores, 1991) es una de estas. Es una película donde cada detalle está pensado para que sintamos calidez al verla, para que amemos a sus personajes, su concepto de la vida, el escenario en el que transcurre la historia… Es más, es un film pensado para ganar premios, para que su galardón no cree controversias; esto explicaría que ganara el Oscar a la Mejor Película Extranjera el año en el que entre las nominadas estaba “La linterna roja”, una peli a años luz en lo temático, técnico y artístico, una obra maestra que tuvo en su contra para nada era complaciente, que planteaba una historia triste que invitaba a una reflexión sobre problemas no solo pasados sino contemporáneos. ¿Todo el mundo contento? No. Porque algunos, a pesar de verla con el mínimo agrado que se nos exige, no acabamos de apreciarla del todo.En plena Segunda Guerra Mundial, en 1941, un comando de soldados italianos es enviado a una pequeña isla griega en una misión no de combate sino de control y observación. Al desembarcar, se encuentran con que aparentemente está abandonada. Piensan que no hay gran cosa que hacer y que les irán a buscar pronto, cuando ven cómo a lo lejos en el mar hay una batalla y se destruye el barco que debía recogerles, con lo que quedan aislados en un pueblo lleno de casas vacías. Entonces reaparecen los habitantes de la isla, mayoritariamente ancianos, mujeres y niños, que se habían ocultado por temor a la vuelta de los soldados nazis que se habían llevado a los hombres más jóvenes… Poco a poco los soldados italianos se irán incorporando a la tranquila vida de esta isla idílica perdida en el Mar Egeo, aislada del mundo pero también de la guerra, e irán descubriendo talentos y pensamientos que ignoraban tener, sin preocuparse por que pueda llegar el momento en el que tengan que retornar a su vida anterior…
Con este argumento, ya se ve claramente que “Mediterráneo” está pensada para complacer. La belleza de los paisajes de la isla, el tipismo estereotipado del pueblo, la gentileza de sus gentes, y los problemas del mundo real, ni más ni menos que la guerra más cruel de la historia, sin que estén ni se les espere. El escenario del film es una inmensa burbuja hermética, un compartimento estanco ajeno a lo que pasa fuera.
Si le sumamos unos personajes protagonistas entrañables que caen bien desde el primer minuto, tenemos ya la receta completa. Están los líderes del grupo, el refunfuñón pero simpático sargento Lo Russo (Diego Abatantuono), empeñado en mantener una ya no necesaria disciplina militar en el grupo, y el teniente Montini (Claudio Bigagli), un pacifista maestro de lenguas clásicas en la vida civil y pintor aficionado. Luego estarían los soldados a su cargo, el tímido, enamoradizo y romántico Farina (Giuseppe Cederna), Corrado (Claudio Bisio), un desertor reincidente que solo piensa en la próxima huida, Eliseo (Luigi Alberti), el arriero del comando, declarado amante de los animales, los hermanos Libero y Felice (Memo Dini y Vasco Mirándola), inseparables amantes de la buena vida… Y entre los locales destacan solo aquellos que incidirán en el proceso de redescubrimiento personal por el que pasan los soldados: una joven pastora sin nombre (Irene Grazioli) libre y sin ataduras, un mercader turco (Alessandro Vivarelli) que les iniciará en el consumo de hachís, y, sobre todo y ante todo, los dos que más les enseñarán sobre su nueva vida y sus posibilidades, el socarrón cura ortodoxo del pueblo (Luigi Montini), y la prostituta del pueblo, Vasilissa (Vana Barba), práctica y muy adaptable a las circunstancias, pero también con su sueño de abrir algún día un restaurante…
Con este escenario digno de la más pastoril Arcadia y estos personajes tan entrañables, simpáticos y cercanos, difícil es no caer en la trampa. Y caemos, vaya que sí. Asistimos con gusto a sus reflexiones esperanzadas sobre la vida, nos reímos con sus chistes, sus bromas, su ingenio y su lenguaje procaz, compartimos su vida de dolce far niente, con sus nuevos hobbies, como la pintura o el baile, sus fiestas regadas de reconfortante vino griego y hachís, sus partidos de fútbol en la playa, sus amoríos… todo bajo el cálido y reconfortante sol mediterráneo que abraza la isla con dorados amaneceres y atardeceres, y rodeados por un mar de un azul cobalto de una belleza que casi quema la vista…
Y sin embargo… a medida que avanza la película, advertimos que… no avanza, vaya. No hay conflicto, no hay dialéctica, no hay nada que ponga en cuestión ese edén. Sí, está el trasfondo lejano, muy lejano, de la guerra, y hay algún momento en que se les recuerda que alguna vez tendrán que afrontar la vuelta al mundo real y tomar decisiones… pero esto solo ocurre en el poco más de último cuarto de hora de película. Pero hasta entonces todo es plácidez y felicidad.
Ante esto, cada espectador reaccionará de forma diferente. Habrá quienes estén tan contentos como los soldados italianos y prefieran las cosas así, sin problemas. Nada que reprochar. Cada cuál quiere su feelgood film como lo quiere. Por mi parte, en cambio, uno también quiere, cuando ve una peli de este tipo, acabar con la sonrisa de oreja a oreja, pero me gusta el conflicto. Me gusta que esa felicidad tenga que ganármela a lo largo del visionado, que haya variedad, que los personajes peleen por llegar a ese final feliz que, como todo hijo de vecino, espero.
En “Mediterráneo” no hay esa pelea, y eso hace que sea un película uniforme y de una sola cara. Para mí el guion podría, mas bien debería, haber planteado más problemas a esa Arcadia idealizada. Se podría haber hecho la amenaza de la guerra más latente. O se podría haber planteado más interacción entre los soldados y los nativos de la isla, que no dejaban de ser víctimas de una ocupación militar y que además habían sufrido la deportación de la población masculina causada por los aliados de esos italianos tan simpáticos. Pero no. Todo es miel sobre hojuelas y al final la película se me hace cansina y repetitiva. No exactamente aburrida, porque es tan dulce y empalagosa que no puedo escapar de la placidez, pero no despierta en mí ningún sentimiento activo y quedo anestesiado.
Ahí está el problema de la peli, que además, como si no quisiera molestar pero nada, nada, no toma ningún riesgo narrativo más allá del empleo de unas elipsis que permitan cubrir el período de tiempo narrado, unos cuatro años. La fotografía es hermosa sí, pero no es creativa y se limita a sacar partido de la luz mediterránea. Hay alguna escena que sí muestra pericia, como la llegada de la avioneta mientras juegan al fútbol, pero mayoritariamente el filme discurre en una secuencia de planos rutinarios. Las interpretaciones son buenas, pero tampoco brillantes dada la poca profundidad de lo estereotipado de los personajes.
“Mediterráneo”, insisto, es un producto pensado para complacer a públicos y jurados de premios a los que no les guste el riesgo. Y en ese sentido, triunfa, consigue sus objetivos. Está correctamente filmado y lo vemos complacidos pero casi anestesiados por tanta felicidad en ella. Pero cuando termina, y nos ha saciado, no deja apenas ningún poso, y está tristemente condenada al olvido. Es una peli interesante y bien hecha pero del tipo de las que se llevan los premios y el aprecio coyuntural del público… mientras que son otras las que pasan a la historia. Por lo demás, si necesitan una dosis de felicidad y son golosos, o llambiones como decimos en Asturies, disfrutarán de ella. En el otro lado, los que quieran cierta variedad, intensidad y conflicto incluso en sus pelis de confort, mejor ven otra cosa. 5,5 redondeado a 6/10











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