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| All images in the post © Walt Disney Studios |
Así que ayer, poco más de treinta años después, e influenciado por mi revisión de “Todos los hombres del presidente” el día antes, me animo a volver a ver el film de Stone… y me quedo de piedra, porque me encuentro con otra película, no la que recordaba haber visto. Me encuentro con una película que toma el personaje histórico pero no hace un biopic al uso. Lo que veo ayer es un portentoso drama de tintes shakespearianos sobre un Nixon al que retrata como un remedo del ciudadano Charles Foster Kane que, al revés de este referente, sí llega a la presidencia de los Estados Unidos, pero que creyendo que es él quien manejaba los hilos del teatro de marionetas de la política acaba, por culpa de su ambición desmedida y su falta de escrúpulos, siendo una marioneta más devorada por el sistema al que pretendió subyugar a su ego y codicia. Hace treinta años fui muy injusto con esta película, que hoy creo que, eso sí, sin llegar a la excelencia de “Platoon” o, sobre todo, “JFK”, es un film magnífico.
La película navega a base de saltos en el tiempo por la trayectoria de este “Nixon” (Anthony Hopkins) desde su infancia y juventud en los años veinte y treinta en una familia de cuáqueros del sur de California, cuando está bajo la influencia de una madre (Mary Steenburgen) muy creyente y dominadora, un padre que no digiere sus sucesivos fracasos en los negocios, y unos hermanos enfermos de tuberculosis a quienes ama, cómo conoció a la que sería su esposa, Pat (Joan Allen), su progresiva incorporación al mundo de la política, con su primer éxito al ser vicepresidente durante los dos mandatos de Eisenhower, luego sus derrotas, primero en la carrera presidencial ante Kennedy y luego en las elecciones a gobernador de California; por fin, llegaría a la Casa Blanca con las elecciones de 1968, siendo reelegido en 1972; se nos muestran las polémicas de su presidencia, con la guerra de Vietnam, las revueltas estudiantiles, la guerra sucia contra Cuba y los gobiernos latinoamericanos de izquierda, y sus supuestos éxitos a nivel internacional con la distensión con la Unión Soviética de Breznev y su acercamiento a la China de Mao. Obviamente, habrá un énfasis en el espionaje al Partido Demócrata, con el trabajo de los “fontaneros” que llevó al caso Watergate y que, a medida que avanzaba la investigación sobre el mismo, extremaría una paranoia reflejada en la grabación de sus reuniones en la Casa Blanca, y provocando al final su dimisión en el verano de 1974.
Podríamos decir que el personaje que magistralmente crea (más que interpreta) Anthony Hopkins esta basado en Nixon y comparte su nombre. Es un ser falible, patético, con un complejo de inferioridad aplastante, primero ante sus hermanos, que eran preferidos por su dominante madre, y luego ante el Kennedy que le derrotó y gozaba del cariño de la ciudadanía. Como bien advierte Stone al comienzo de la peli, muchas de las escenas no van a estar basadas en la realidad, sino que son elucubraciones sobre lo que pudo haberse dicho, sobre lo que pudo haber pasado. Stone y los guionistas Christopeher Wilkinson y Stephen J. Rivele, junto a Hopkins, construyen un personaje basado en el Richard Nixon real, sí, pero que es un Nixon de ficción cinematográfica. Como he leído en una reseña, si Nixon no hubiera existido, el film de Stone seguiría siendo muy bueno. Igual que el hecho de si la teoría de la conspiración sobre el asesinato de Kennedy es falsa o verdadera no afecta, o no debería afectar, a la tremenda calidad de “JFK”. Ahí está uno de los grandes méritos de este Oliver Stone cronista, o algo que se parece a un cronista, de los años sesenta de su país.
En cuanto a si la película es realmente un blanqueo de la figura de Nixon… a no ser que alguien acabe sintiendo piedad de este patético personaje que llegó a lo más alto para perderlo todo y que no entiende la magnitud de sus errores… ayer no vi ese blanqueo. Sí, se nos muestra a este personaje falible, débil tras su máscara de fortaleza, que acaba perdiendo, o abandonando, a sus amigos y a su familia… pero nunca se nos oculta que fue un miserable trepa que no dudó en patrocinar desde su puesto público el espionaje de sus rivales políticos, que alentó golpes de estado para derribar gobiernos o que llegó al poder prometiendo el fin de la guerra de Vietnam y no solo no la terminó sino que la acabó extendiendo a Camboya y prolongándola durante todo su mandato presidencial, llegando a plantearse lanzar una bomba atómica sobre la capital vietnamita. Y por supuesto, está su papel en el caso Watergate, que nunca se oculta. Incluso hay una escena en la que se vincula con el asesinato de Kennedy, algo que está en conformidad con las teorías de Stone sobre el mismo pero que no está lo suficientemente demostrado…
Así que no, no hay blanqueo en el sentido estricto del término, los hechos históricos están ahí y Stone no los oculta. Y si alguien siente compasión por el personaje cinematográfico al final de la película, será cosa suya. El director y los guionistas dejan bien claro que ese personaje paga al final por sus errores derivados de su ambición y su crueldad.
Pero lo que se escapó a muchos detractores del film en su momento, lo que al menos a mí se me escapó, es que Stone quería ir más lejos con esta película. Muchos creímos que esta blanqueando al Nixon histórico… porque en realidad el film no va solo sobre él. La película es una crítica al sistema político norteamericano, lo que en palabras del propio protagonista es referido como “la bestia”, un sistema tan fuertemente desarrollado que apenas deja margen de actuación a los políticos… incluso aunque sean los supuestamente más poderosos del mundo. Hay en este sentido tres escenas claves en el film: la reunión nocturna con los estudiantes manifestantes en el monumento a Lincoln, en el que es una joven la que, tras escuchar a Nixon, advierte que el presidente tiene las manos atadas en lo que se refiere a Vietnam; luego estaría una escena añadida en el montaje del director, una reunión con el director de la CIA Richard Helms (Sam Waterston), en la que este le describe el poder de la organización y le amenaza con revelar secretos, y finalmente la escena previa al final, tras firmar el documento de dimisión, en la que Nixon habla con Kissinger (Paul Sorvino) y el General Haig (Powers Boothe) y se refiere claramente a “la bestia” como la causante de su fracaso.
Ahora bien, aunque hay constancia histórica de la reunión con los estudiantes, no la hay de que ahí se hablara de “la bestia”, como tampoco hay constancia de la reunión con Helms o de las palabras de Nixon a Haig y Kissinger sobre la misma tras la dimisión. O sea, que estamos, siendo generosos, hablando de una elucubración, cuando no una invención, de Stone de acuerdo con sus propias creencias al respecto de la política estadounidense. Porque esto es lo que critica el cineasta en “Nixon”. No tanto la figura del presidente, que sería un mensaje obvio y demasiado fácil, sino algo que puede haber tras él.
Y aquí es donde entra el lenguaje fílmico de Oliver Stone, otra de esas características que hacen tan apreciables sus películas. La reunión con los estudiantes empieza desde el punto de vista de la estatua de Lincoln para terminar en planos cortos de Nixon y los jóvenes hablando. Sin embargo, la reunión con el director de la CIA empieza con un plano cenital del presidente empequeñecido, pasando por encima del logotipo de la organización, mientras que la escena de la conversación final con Haig y Kissinger termina con otro plano cenital de los tres, igualmente empequeñecidos, caminando por la Casa Blanca. El mensaje no puede estar más claro.
Y ya puestos hablar del estilo directorial de Stone, en “Nixon” volvemos a ver un montaje variado, fascinante y fluido, con saltos en el tiempo, alternando el color para las escenas contemporáneas y el blanco y negro para las del pasado, pero no tan quebrado y frenético en ritmo como el de “JFK”. Es como si en esta, al darnos todos los datos que le interesan, el director no quisiera darnos tiempo a pensar, mientras que en la película que nos ocupa ahora, sí que quiere que reflexionemos. No sobre Nixon el presidente, sino sobre esa supuesta “bestia”. Fiel a su estilo, por lo demás, Stone mueve la cámara mayormente al estilo de un documental, sin renunciar a la inserción de imágenes de archivo, y varía el plano según la circunstancia de los personajes, como por ejemplo planos largos en los momentos de triunfo del protagonista, o planos cortos cuando se narra su derrota y fracaso.
El reparto es sencillamente perfecto. Uno de los reproches que en su momento se hicieron a la película es que Hopkins no se parece a Nixon… y sin embargo yo lo veo como otra prueba de que lo que busca Stone es usar la historia de un personaje fuertemente basado en él. Por lo demás, Hopkins está soberbio, imitando los manierismos gestuales del político y creando un personaje que repele y fascina a la vez. Las dos mujeres de la vida del presidente, la madre y la esposa, aparecen en un trabajo espléndido de Steenburgen, y sobre todo de Joan Allen, que está sublime como la mujer dispuesta a apoyar a su ambicioso marido, pero no a cualquier precio. James Woods como el Jefe de Gabinete de la Casa Blanca y Paul Sorvino como Kissinger son otros miembros del reparto dignos de mención… pero en realidad todo él brilla a grandísima altura.
Es “Nixon”, pues, más una reflexión sobre el poder y la ambición políticas que un biopic sobre el presidente. Básicamente respeta la verosimilitud histórica de los hechos principales de la vida del supuestamente biografiado, pero usándola, a base de escenas ficticias o derivadas de elucubraciones sobre los datos disponibles, para desarrollar una teoría sobre lo que para Oliver Stone hay detrás del cargo político más importante del mundo occidental. Ni blanquea ni perdona a Nixon más que nada porque no es lo que le interesa, más allá de lo que sobre él piense. Y lo realmente importante es que, dejando aparte que quizás se le pueda reprochar excesivo metraje (¡son casi tres horas y cuarto!), es una película que entretiene y fascina a partes iguales. No es “JFK” pero se le acerca. 8/10.












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