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| Images in the post © Warner Bros., MGM and Cinerama, Inc. |
Caso en cuestión: “El maravilloso mundo de los Hermanos Grimm” (The Wonderful World of the Brothers Grimm, George Pal y Henry Levin, 1962) es una de las películas de mi infancia de las que mejor recuerdo tenía, siendo además clave no solo en el desarrollo de mi pasión por el cine sino también en mi afición al género fantástico en cualquiera de sus manifestaciones, una impronta acentuada por la adaptación del film, combinando los formatos de novela e historieta, publicada por Bruguera en 1967 (reedición de una anterior) en la colección Historias Selección. De ahí que al volver a verla hace unos días, muchas años después de repetidos visionados y lecturas infantiles, tenía mis miedos a encontrarme con algo solo justificado por el poder de una agradecida nostalgia…
Y para mí sorpresa, no ha sido así. El impacto no ha sido el mismo, no podría serlo dado que ya no somos quienes fuimos de niños, pero me he encontrado con una película que, dentro de sus bastantes irregularidades y defectos, se me sostiene aún hoy, y que mantiene la fascinación que en su momento ejerció.
A comienzos del siglo XIX, ajenos al ambiente de guerra que les rodea, los hermanos Grimm, Wilhelm (Laurence Harvey) y Jacob (Karl Boehm) tienen que trabajar en un relato de la historia de la familia de un aristócrata local al que solo se refieren como el Duque (Oskar Homolka). Este trabajo está muy lejos de sus intereses reales, las lenguas en el caso de Jacob y los cuentos de hadas en el de Wilhelm. Sin embargo, mientras que aquel se dedica por entero al encargo, consciente de que les hace mucha falta el dinero, este se distrae continuamente, no solo escribiendo dichos cuentos sino también acudiendo a cualquier lugar donde sean narrados para transcribirlos y que no se queden solo en la tradición oral. Esta actitud de Wilhelm le llevará a enfrentamientos con su hermano y con el Duque y a empeorar la situación económica de su familia, llegando incluso a poner en peligro su vida…
George Pal pretendía hacer una película sobre los Grimm desde el momento que dejó la Paramount para formar su propia compañía, Galaxy Pictures. De hecho, su primera película como productor independiente (y la primera como director) fue una adaptación de 1958 del Pulgarcito de los dos hermanos, que en España se estrenó como “El pequeño gigante”. Tras ella, se puso manos a la obra con su idea original, pero otros proyectos acabaron pasando por delante, en concreto la adaptación de La máquina del tiempo estrenada aquí como “El tiempo en sus manos” y su versión del mito de la Atlántida en “El continente perdido”. Solo tras esta, pero cediendo la producción a la Metro-Goldwyn Mayer, pudo llevar a cabo su película sobre los Grimm.
Y también pudo acometer la empresa gracias a la intervención de la productora Cinerama, siendo “El maravilloso…” la primera de las dos únicas películas de ficción rodadas en en ese sistema panorámico en tres cámaras; la otra sería “La conquista del Oeste” — habría otros filmes que se estrenarían en salas de Cinerama, entre ellas “El mundo está loco, loco, loco” de Stanley Kramer, “Kartum” de Basil Dearden, “La más grande historia jamás contada” de George Stevens, “Grand Prix” de John Frankenheimer, o “2001” de Kubrick, pero no habían sido rodadas en ese sistema sino en otros formatos panorámicos de una sola cámara, como Super Panavision o Super Technirama.
El guion tiene un punto de partida interesante. Para empezar esta la contraposición del mundo real de los dos hermanos, con su aburrido trabajo y su difícil vida con sus problemas económicos y sentimentales, y el mundo fantástico de los tres cuentos de hadas que se narran. Pero es que hay además otro conflicto muy atractivo, este solo dentro del mundo real: el enfrentamiento entre el deber o responsabilidad y los sueños o ansias personales. Por desgracia, ese mundo real es descrito de forma aburrida y rutinaria, sin profundizar en el conflicto sobre el cumplimiento del deber y la actitud opuesta de los dos hermanos, que sí se plantea pero se resuelve de manera caprichosa y poco lógica, con lo que el enfrentamiento con el mundo fantástico se queda en nada, dando la impresión de que las dos ramas de la trama van cada una por su lado, sin tener nada que ver entre ellas.
No es ajena a esta impresión el anodino desarrollo de los personajes de la trama real, la dirigida por Henry Levin, en especial el de un insípido Jacob, por el que su intérprete Karl Boehm poco puede, o sabe, hacer. Un poco más de sustancia tiene el personaje de Wilhelm, con el que al menos Laurence Harvey, que también interpreta al zapatero del segundo cuento, tiene algo más que hacer, alternando preocupación con ilusión y ternura, destacando las escenas en las que cuenta un cuento o escucha como es contado, aunque es demasiado arquetípico. Con alguna salvedad, la trama centrada en los hermanos es bastante parsimoniosa, pues.
Por otro lado, sin ser tampoco perfecta, la trama de fantasía, la dirigida por George Pal, que incluiría los tres cuentos narrados y la secuencia de la aparición de los personajes de Grimm en el mundo real, mantiene todo su encanto. El diseño de producción se luce en el tono de ensoñación y maravilla y las historias son lo suficientemente dinámicas para no caer en el aburrimiento. Tiene escenas tan bonitas como el baile de la princesa (Yvette Mimieux) y su pretendiente (Russ Tamblyn) en el primer cuento, La princesa bailadora, o la secuencia musical de los duendes en stop-motion en el segundo, El zapatero y los duendecillos, o tan divertidas como la pelea con el dragón en el tercero, El hueso cantarín, en la que además los deliberadamente toscos efectos especiales contribuye a dar un agradecido tono humorístico.
En el debe, se podría reprochar, por un lado, que se atenúen, cuando no se alteran por completo, los elementos tristes y macabros de los cuentos originales, aunque teniendo en cuenta que estamos ante un film para todos los públicos. se podría entender. Lo que sí que resulta cargante es cierto matiz exageradamente cómico, que llega a alcanzar la bufonada, en el primer y el tercer cuento, con los actores Jim Backus, Terry-Thomas y Buddy Hackett cayendo en la sobreactuación.
Otro problema vendría de la sumisión del argumento al formato de Cinerama. No cabe duda que en las pantallas gigantes de las salas de proyección la apariencia era sin duda espectacular, e incluso aún hoy el formato panorámico permite advertir en detalle un diseño de producción esplendoroso, con un colorido exultante que ha rescatado la versión restaurada de hace unos pocos años. Sin embargo, también muestra escenas y lo que uno encuentra un abuso de composiciones de plano simétricas que no solo no aportan mucho sino que ralentizan el ritmo.
De todos modos, puedo decir que a pesar de sus muchos defectos, he vuelto a disfrutar de este paseo por “El maravilloso mundo de los Hermanos Grimm”. Sigue manteniendo un sentido de la magia y la maravilla muy edificante y su espectacular diseño de producción remite con nostalgia a un tipo de cine de otra época, elementos positivos que compensan el tono extravagante de algunos personajes y la parsimonia de la historia de los hermanos. Con cierta prevención, aún estamos para que nos sigan contando estos cuentos… 6/10











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