Farmacia de Alonso Luengo, en León. Foto de Jordi Asturies.

¿QUÉ PUEDES ENCONTRAR EN LA BOTICA?

domingo, 26 de octubre de 2025

Una peli al día (2025-10-25): HABÍA UN PADRE (Yasujirō Ozu, 1942) 8/10

 Es difícil conseguir transmitir la emoción a través de la expresión de la cotidianeidad y la repetición de los hábitos que conforman nuestra vida diaria. Normalmente asociamos en cine la emotividad a escenas de gran contenido emocional, conmovedoramente potentes. Sin embargo, en la vida real lo que más acabamos echando de menos de nuestros seres queridos no son, por mucho que su fuerza los apuntale en nuestra memoria, esos momentos vibrantes, sino sobre todo la regularidad de su compañía, de su constante presencia... y también el desasosiego y dolor que causan sus ausencias. Pues esto es lo que vemos en "𝗛𝗮𝗯𝗶́𝗮 𝘂𝗻 𝗽𝗮𝗱𝗿𝗲" (𝘊𝘩𝘪𝘤𝘩𝘪 𝘢𝘳𝘪𝘬𝘪, Yasujirō Ozu, 1942).



La peli cuenta la historia de la relación entre un padre, Shuhei Horikawa (Chishū Ryū) y su hijo, Ryohei (Haruhiko Tsuda de niño y Shūji Sano de adulto) desde que aquel, profesor de matemáticas en un instituto, decide abandonar su trabajo, desolado ante la muerte de un alumno durante una excursión. En principio Shuhei intenta rehacer su vida con Ryohei en su pequeña ciudad natal, pero la necesidad de un trabajo lo suficientemente remunerado para poder mantener al hijo le obliga a emigrar a Tokyo, dejando al pequeño en un internado.



Es una historia sobre la importancia de la presencia del padre en la vida del hijo, pero también sobre la tristeza de la ausencia. Muy pocos de los hechos importantes que marcan una relación paternofilial son mostrados, prefiriendo Ozu que aquellos ocurran fuera de pantalla para centrarse en mostrar el impacto que tienen en los personajes.



Así, no vemos el accidente del alumno que pone en marcha el relato, pero sí vemos la triste reacción de Shuhei. No vemos lo que sería el impactante momento de la despedida de padre e hijo, pero sí vemos a aquel anunciando al niño su intención de marchar y la conmovedora respuesta de Ryohei. No vemos a este terminar sus estudios y empezar su vida profesional como profesor, siguiendo los pasos del padre, algo muy significativo para la temática de la peli, pero sí vemos a este hablar de ello con orgullo.



Durante la mayor parte del metraje no vamos a ver lo que pasa o cómo pasa, pero veremos las consecuencias. Esto afecta incluso al supuesto carácter propagandista que se suponía habían impuesto las autoridades al director. Rodada en plena Segunda Guerra Mundial, cuando Japón aún no estaba siendo bombardeado, y entre los dos períodos en los que Ozu no hizo cine por estar movilizado (de hecho al poco de terminarla, fue movilizado de nuevo y no volvió a hacer cine hasta cinco años después), en la peli el conflicto aparece como mero transfondo, y solo es mencionado claramente cuando el ya adulto Ryohei anuncia su intención de incorporarse al ejército. 



Hecho este que es recibido con orgullo por Shuhei, y ahí está el único tono propagandístico que Ozu presenta en el film. Hay una exaltación del sentido del honor y el deber como valor tradicional japonés que debe ser mantenido, manifestada en la obligación de defender a la patria, pero también en la de ser fiel al destino, como puede verse en la admonición del padre al hijo cuando este manifiesta que se plantea dejar de ser profesor para poder vivir juntos.



Pero considerando que cumple con las órdenes recibidas al exaltar este tan tradicionalmente japonés sentido del honor, Ozu se concentra en lo que realmente le importa, la relación paterno-filial. Y como ya hemos dicho, lo hace centrándose en cómo marcan las vicisitudes más que en describirlas. Por un lado la peli transcurre con el típico ritmo lento de su director, con largas secuencias descriptivas, pero las elipsis tras la que se ocultan los hechos importantes hacen que la narración fluya más rápido de lo que parece.



Como también hemos dicho, Ozu prefiere contar momentos de la cotidianeidad que son los que más se echan de menos en los seres queridos, y así, vemos cómo comparten excursiones en las que contemplan el paisaje en silencio, o expediciones de pesca, con escenas tan bellas como la del movimiento que se diría coreografiado de las cañas moviéndose al unísono, o las reuniones de Shuhei y su amigo y antiguo compañero Hirata (Takeshi Sakamoto) con antiguos alumnos... lo cual me hace pensar que es esta peli no solo un canto al amor paterno-filial, sino también a la amistad, reflejada en las escenas que comparten los dos viejos colegas.



Estamos ante una peli más descriptiva que narrativa, y Ozu se toma su tiempo en la composición de las imágenes colocando a cada personaje en el lugar más adecuado, y sacando provecho del entorno, ya sea natural o residencial que les enmarca, dotando a las secuencias de una elegancia casi embriagadora. Dicho entorno, más exactamente objetos en él presentes, son usados como insertos que puntúan las elipsis, las transiciones de un momento del relato a otro. Donde otros usarían fundidos, cortinillas u otros recursos típicos del medio, Ozu emplea instantes congelados en el tiempo, imágenes del entorno que dan a entender que mientras la vida pasa, este se mantiene casi inalterable... un análisis más profundo que este daría para analizar por qué el director usa elementos concretos, como por ejemplo las pilas de piedras usadas como homenaje funerario... 



Película entrañable, pues, muy emotiva en su uso de la cotidianeidad para llegar al espectador, confortante en su aparente lentitud, un canto a la sencillez de las relaciones de amor paterno-filial y amistad. Quizá no tenga la ambición temática de otras películas y eso impida una valoración más alta y entusiasta... pero por otro lado, no era ese el objetivo de su director... y maldita falta que le hacía, añado yo. Es un film que llega al alma sin necesidad de alardes emocionales, y eso le hace digno de verse. 8/10.


 

No hay comentarios: