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© Jafar Panahi, Les Films Pelléas, Bidibul Productions, Pio & Co |
Jafar Paahani es un cineasta que desde siempre ha denunciado la dictadura que sufre su país, y ha pagado por ello, tanto a nivel personal como profesional. Ha conocido la cárcel, la censura, la prohibición, ha rodado gran parte de su filmografía sin permisos y clandestinamente… En esta película, en concreto, usa a actores profesionales y amateurs por ello, y desafía al régimen iraní presentando a las actrices sin el preceptivo hijab. Pudo sacara adelante el film al hacerlo en coproducción con Francia, donde tuvo que hacer el montaje final para evitar injerencias de su país… Y profesionalmente hablando le mereció la pena, al ganar la Palma de Oro en Cannes el año pasado, y convertirse en uno de los cuatro directores que han logrado a lo largo de su carrera el máximo galardón en los tres grandes festivales europeos, Berlín, Cannes y Venecia. Dicen las crónicas que lo ha hecho con una de las películas más accesibles de su carrera, algo que hay quien lo pone como positivo, y otros, como negativo. Al ser esta la primera peli suya que veo, no puedo opinar, pero sí que puedo decir que la mezclar denuncia con elementos de una serie de géneros típicamente cinematográficos consigue un film de fácil visionado y al mismo tiempo de calidad sobresaliente…
Durante un viaje nocturno por carretera, un padre de familia (Ebrahim Azizi), junto a su esposa embarazada y su hija, atropellan inadvertidamente a un perro que se les cruza en la vía. Este “simple accidente” causa una avería en el coche, por lo que lo llevan a un garaje. Allí, el mecánico Vahid (Vahid Mobasseri), que pasó una temporada en prisión por unas protestas salariales, queda horrorizado al creer reconocer en el conductor a Eghbal el “pata palo” (por la prótesis que lleva en lugar de una pierna), su antiguo carcelero y torturador. En busca de venganza, le secuestra con intención de ejecutarlo, pero las protestas y súplicas de aquel, negando ser esa persona, hacen dudar a Vahid. Para resolver las dudas, decide consultar a relaciones suyas que también han sido víctimas del torturador: Shiva (Mariam Afshari), una fotógrafa, la antigua pareja de esta, Hamid (Mohamad Ali Elyasmehr) y Goli (Hadis Pakbaten), una joven novia de quien Shiva está haciendo el reportaje de su boda. Mientras van de un lado a otro en una furgoneta con el secuestrado metido en una caja, y discuten sobre si realmente es quien ellos creen, otras cosas pasarán que les harán dudar más sobre su propósito de venganza…
Con esta síntesis ya advertimos la diversidad de géneros que afronta el film: está la denuncia del régimen islámico, el cuento moral sobre el sentido de la venganza, el thriller con el secuestro, el whodunnit sobre la identidad del secuestrado, la comedia presente en lo ridículo que resulta llevarle de un lado a otro, el drama de quienes sufrieron la prisión… y el tremendo mérito de Pahani está en la brillantez con la que combina todos estos elementos, que se alternan de forma natural y conforman un todo armónico que realza la película.
De todos estos aspectos, hay dos que han producido sentimientos encontrados en la crítica. Por un lado, se elogia que poco a poco el hecho de la identidad real del secuestrado, o sea, el elemento whodunnit, acabe siendo el macguffin que mueve la historia. Estoy de acuerdo: al final lo que realmente importa más son las reflexiones sobre la moralidad de la venganza. Por contra, hay quien ha dicho que el elemento cómico es demasiado disruptor del poderoso drama narrado, comparando el trasiego del viaje con el secuestrado metido en una caja de un lado a otro con comedias bufas del tipo “Este muerto está muy vivo”. Aquí estoy en desacuerdo, y me alineo más con quien compara este elemento con la hitchcockiana “Pero… ¿quién mató a Harry?” donde el trasiego con un cadáver que es llevado de un lado a otro, más allá de la comicidad inherente a la situación, es en realidad una excusa para hacer un análisis del carácter de los personajes.
Así que más allá de controversias sobre macguffins o elementos cómicos mal entendidos, hay que quedarse con el acierto y naturalidad con el que Panahi va introduciendo el tema fundamental de la trama: la moralidad del deseo de venganza incluso ante una situación tan aterradora como la tortura. Porque no es justicia lo que buscan las víctimas del carcelero, por algo tan sencillo como que saben que bajo la dictadura islámica que sufren no van a encontrar esa justicia. No, es la venganza su única alternativa. Y sin embargo, antes de llevarla a cabo, el compás moral que rige la vida del protagonista, Vahid, hace necesario estar seguros de la identidad del secuestrado.
Todos los personajes recordarán lo sufrido por causa de su torturador, y todos darán sus opiniones sobre si creen que este es la persona que llevan en la furgoneta. Y otro mérito del director es no moralizar al respecto: las pruebas y evidencias son las que son, y a nosotros como espectadores nos corresponde tomar partido. Pero no se nos va poner fácil, y los eventos que ocurren paralelamente al secuestro nos van a dar también mucho qué pensar… Es significativo además que la identificación del personaje acusado no venga básicamente por pruebas visuales sino por otros sentidos como el sonido o el olor, que pueden ser igualmente concluyentes… o no. El sonido, de hecho, será tremendamente importante en la excelente última escena, en la que Panahi vuelve a jugar con su personaje protagonista, pero también con nosotros los espectadores, aportando además un elemento nuevo, casi de cine de terror, mostrando la espalda de Vahid con un inquietante sonido de fondo, dejándonos con un final deliciosamente ambiguo que nos lleva, de nuevo, a que saquemos nuestras propias conclusiones.
Y ya que hablamos del aspecto visual del film, hay que decir que es tan brillante como su temática y caracterización. Panahi plantea una trama muy dialogada, girando en torno a tres planos secuencia esenciales. El inicial, con el accidente y la llegada del coche al garaje; otro a mitad de metraje, en el desierto con el exaltado Hamid en el centro de la imagen defendiendo su teoría e interpelando a sus compañeros de viaje, que están en los extremos de la imagen y durante gran parte de la secuencia, fuera de cámara; y otro nocturno, estremecedor por su contenido dramático, previo al desenlace, en el que salta por los aires toda la contención desarrollada con anterioridad y donde se demuestra que todos los demás elementos, el cómico, el whodunnit, el thriller iban a llevar a un auténtico exorcismo de emociones final…
Es “Un simple accidente” otra de las películas grandiosas de 2025, y desde luego una de mis favoritas. No solo tiene valor por su denuncia, por sus reflexiones morales o por su desarrollo de personajes o por el dramatismo de la situación… es que además es tremendamente entretenida, de un visionado fácil que para nada rebaja la complejidad de su temática y estructura. Simplemente, un film espléndido. 9/10





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