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| © Herman Huppen / Planeta Cómic |
La
fuerza de una viñeta puede verse fácilmente si se descontextualiza.
Para que una viñeta mantenga su vigor aislada de sus referentes, sin
embargo, hace falta un excelente dibujante, alguien que sea capaz de
reflejar en un rostro o en un ambiente todo el contenido del recuadro,
además de poder, si es necesario para la narración, usar otro elementos
consustanciales a la historieta.
Veamos esta viñeta de Hermann, del álbum Un cobaya para la eternidad, de la serie Jeremiah.
Tanto si conocen la obra como si no, es difícil sustraerse a la fuerza
de su expresión, y casi imposible no deducir los sentimientos del
personaje.
Obviamente, el principal garante del contenido es el
dibujo del rostro. A pesar del detalle del dibujo realista del autor
belga, es de una simplicidad latente. Ojos cerrados, labios con mohín,
el rostro ligeramente entornado. Así de sencillo. Hay tristeza en el
personaje. Podemos elucubrar: si no fuera por los ojos cerrados,
probablemente veríamos las lágrimas; es posible que cerrar los ojos
implique también que no quiere ver algo o a alguien.
Decíamos que
no basta con ser un buen dibujante, con todo; hay otros elementos del
lenguaje del cómic que el autor debe saber dominar. Evidentemente, un
primer plano es el mejor medio para mostrar el sentimiento del
personaje, pero aquí ese primer plano es convenientemente manipulado por
el artista. El rostro esta cortado a la altura de la coronilla, por
arriba, y de la barbilla, por abajo. El efecto es que si dividiéramos la
viñeta horizontalmente en tres partes más o menos iguales, veríamos que
la prímera línea que corta estaría aproximadamente a la altura de los
ojos; la segunda, a la altura de los labios. Los dos elementos que
definen la expresión de Jeremiah. Según una regla de la fotografía, esas
líneas imaginarias que dividen en tres una imágen definen los puntos de
más interés.
Veamos ahora el encuadre: estamos ante una viñeta
horizontal. Un encuadre vertical habría constreñido la imágen, dando la
impresión de un ambiente cerrado y redundando probablemente en la
interioridad de los sentimientos del personaje. Pero el autor decide
introducir una línea de diálogo, con lo cual entra en escena un
personaje que no aparece en la viñeta. Es un diálogo corto y, además,
en un rotulado muy pequeño. El encuadre horizontal que nos ofrece
Hermann parece exagerado para algo tan exiguo. ¿O no?
Al estar el
personaje situado a la derecha, se respeta el sentido de lectura desde
la izquierda, así que leemos primero sus líneas y luego vemos su rostro.
La última impresión es la demoledora tristeza que transmite. Para
cuando vemos el dibujo, ya sabemos la causa de su tristeza: decepción.
El rotulado pequeño transmite un sonido bajo, casi un susurro. Los
puntos suspensivos que le rodean, la idea de una frase inacabada, quiza
enmarcada en un suspiro. El bocadillo no engloba las palabras, y queda
deliberadamente abierto: las palabras de Jeremiah son lanzadas al aire,
más que dirigidas a su invisible interlocutor, y en su pequeñez dentro
de la viñeta, dentro de ese desequilibrio con respecto a la ocupación de
las dos mitades de la misma, transmiten absoluta indefensión.
Sí,
una viñeta descontextualizada puede mantener su fuerza. Eso nos da una
idea de su función dentro del relato. Sólo hace falta un autor que sepa
bien lo que hace.
Entrada originalmente publicada en el blog Una habitación con viñetas el 15-1-2007

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