Farmacia de Alonso Luengo, en León. Foto de Jordi Asturies.

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domingo, 22 de febrero de 2026

Una peli al día (2026-02-21): SUEÑOS DE TRENES (Clint Bentley, 2025)

© Netflix
Sueños de trenes” (Train Dreams, Clint Bentley, 2025) me ha supuesta una gran, gratificante sorpresa. No esperaba mucho de ella, viendo cómo se la relacionaba con Terrence Malick (lagarto, lagarto), y algunas referencias que la definían como un “western sin disparos” me dejaban muy confuso. Pero visto el tráiler, no pude evitar fijarme en lo bonita que lucía y terminé por darle una oportunidad. Qué bien hice.

 

Estamos ante una película pausada, pero eso no quiere decir que relajada o relajante. Una película que invita a la reflexión y a regodearse en la inmensa belleza de sus imágenes, pero eso no quiere decir que sea de esas en las que “no pasa nada”. No señor, en ella pasa todo una vida, nada más y nada menos. Una vida con sus alegrías, sus dramas y sus tragedias. Pero no es la vida de un héroe o de una figura transcendental… es la vida de una persona ordinaria enfrentándose a lo que cualquiera de nosotros podría enfrentarse y de hecho se enfrenta a lo largo de la existencia. Lo cual le convierte en alguien extraordinario.

 

El film cuenta la vida del leñador y trabajador en la construcción de vías férreas Robert Grainier (Joel Edgerton) desde que en la última década del siglo XIX llega como un niño huérfano a Idaho, cerca de la frontera con Canadá, en el noroeste de los Estados Unidos, hasta que es un anciano en la ochentena. En una existencia tan larga, es testigo presencial de cómo el entorno natural va cediendo ante la llegada del progreso, al tiempo que vive su vida en compañía de su esposa Gladys (Felicity Jones) y su hija, compañeros de trabajo como el experto en explosivos Arn (William H. Macy), o su amiga vigilante forestal Claire (Kerry Condon), con quienes comparte alegrías y sinsabores.

 

© Netflix

Así de sencillo, la vida normal de una persona normal. Taciturna, reflexiva, cariñosa con los suyos, cuyo mayor defecto sería el que se deje llevar ante las situaciones que no comprende, una de las cuales le marcará para siempre. Asistimos a lo largo del metraje a cómo va construyendo esa vida en un entorno natural impresionante, entre bosques, ríos y montañas, al tiempo que contribuye a la degradación de ese entorno derribando los árboles que son necesarios para la construcción de la via férrea.

 

Pensándolo bien, sí que hay algo de Malick en la forma en la que Bentley filma esa naturaleza, con planos largos casi a ras de suelo que hacen que luzca espectacular, al tiempo que la fotografía de Adolpho Veloso le otorga un tono entre ensoñador y místico. Pero a diferencia del Malick de sus últimas películas, Bentley quiere, si no anteponer la historia a las imágenes, al menos ponerlas a la misma altura. Con toda la majestuosidad de la naturaleza retratada, ni una sola escena está puesta ahí para epatar por epatar. Si lo hacen, es porque están plenamente integradas en la peripecia existencial del protagonista, siendo tanto un reflejo como una prolongación del mismo.

 

© Netflix
El director, junto a su coguionista Greg Kwedar (que ya trabajaron juntos en el guion de la excelente “Las vidas de Sing Sing”, dirigida por este último) hacen una adaptación de la novela original de Denis Johnson en la que, con la colaboración del montador Parker Laramie, van alternando escenas reales con sueños, visiones y ensoñaciones, premonitorias o evocadoras, en un montaje dinámico… pero para nada frenético. Recordemos que estamos ante una película muy pausada, pero con este montaje adquiere un ritmo que la aleja de lo parsimonioso. Y más que la influencia de Malick, veo yo aquí algo muy truffautiano, en cómo disponen los guionistas los hechos de la vida de este pequeño gran personaje, tratándolos como si fuera lo más importante del mundo.

 

© Netflix

Todo ello para hablar del paso de Robert, esa persona que de ordinaria que es, es ciertamente extraordinaria, por un mundo condenado a desaparecer. Es aquí donde quizá pueda estar justificada la mención de “western” aplicada a este film, porque se nos describe la hermosura, pureza y libertad de esa última frontera a la que llega el huérfano protagonista a fines del siglo XIX, para mostrarnos como ha acabado siendo engullida setenta años después por la modernidad y el progreso. Los ferrocarriles se han modernizado y ya no discurren por las vías de antaño, y se ven obsoletos ante el tráfico aéreo y la era espacial. Lo único que no cambia es Robert, que tras todo lo vivido y sufrido, sigue afrontando la existencia con la misma tranquilidad y sensación de maravilla que siempre ha tenido. Los golpes de la vida le han hecho fuerte y resistente.

 

© Netflix
Todo el reparto esta a una gran altura (y personalmente no puedo menos que agradecer, aunque sea breve, la presencia de mi admirada Kerry Condon), pero está claro que quien domina la escena, y de qué manera, es Joel Edgerton, en un trabajo contenido y mesurado que no es obstáculo para que muestre todos los matices de alegría y de tristeza que requiere la evolución de su personaje sin ceder en ningún momento a la tentación de la sobreactuación. Una de las interpretaciones del año, que bien merecería haber sido más reconocida a la hora de los premios.

 Como también merece mayor reconocimiento la para mí sorprendente película, que no dudo en instalar en mi top 5 del pasado año, bajándole solo un poquitillo la nota por el uso de la voz en off, que, por mucho que tenga la sonoridad y carácter que le aporta el actor Will Patton, hay veces que la encuentro innecesaria y que afecta al ritmo del film. Pero salvo esta pequeñez, yo les recomendaría mucho esta “Sueños de trenes”. 8,5, redondeado a 9/10.


 

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