Con “El capitán Kidd” (Captain Kidd, Rowland V. Lee, 1945) puso punto final su director a su carrera cinematográfica, tras una larga y si no brillante, al menos sólida, trayectoria salpicada de alguna que otra película más que digna. Entre estas se encontraría este film, considerado generalmente uno de sus mejores momentos, a la par con sus adaptaciones de Dumas o la a veces infravalorada “La torre de Londres”.
Lee, considerado uno de esos mal llamados “artesanos” de la industria, nos ofrece una peculiar película de aventuras piratas. Peculiar, porque aunque tiene todos los ingredientes espectaculares habituales del género (tesoros, duelos a espada, traiciones, secretos, combates navales, romance), no son estos los que más destacan en su metraje, sino su fuerte contenido dialogado, dando pie al lucimiento de su reparto, sobre el que reina un mayestático, controladamente sobreactuado Charles Laughton. Peculiar también por su ambiente tétrico, con una fotografía en blanco y negro inopinadamente oscura, en parte fruto de las necesidades de la producción, pero así mismo del tono que el cineasta quería dar a su obra. Y finalmente peculiar también por su pesimismo sobre la condición humana, casi sin personajes positivos, y los pocos que hay de estos, sin apenas fuerza o carisma para oponerse a la oscuridad latente en la peli.
William Kidd (Charles Laughton) es un bucanero que, tras destruir un galeón británico cerca de la costa de Madagascar, entierra en una cueva de una isla el tesoro que transportaba el barco hundido, en compañía de sus lugartenientes, entre los que destacan Orange Povey (John Carradine) y José Lorenzo (Gilbert Roland). Cuando llega de vuelta a Inglaterra, Kidd pone en marcha su plan de hacerse pasar por un caballero – contratando a un servidor de la nobleza, Shadwell (Reginald Owen) para que le instruya en modales – y presentarse ante el rey Guillermo III (Henry Daniell) como un honrado marino mercante que le pide la patente de corso. El rey le encarga que escolte a otro barco desde la India a Inglaterra, a lo que Kidd en principio accede, y para ello recluta una nueva tripulación que incluye al misterioso Adam Mercy (Randolph Scott), pero el hecho de que tal barco transporte otro rico tesoro, además de al embajador del Rey en la zona y la hija de aquel, Lady Anne (Barbara Britton), hace que el pirata tenga sus propios planes al respecto…
Basada en el personaje real de William Kidd, pero sin ninguna intención historicista al respecto, el guion escrito por el hermano del director, Robert N. Lee, no nos muestra al típico héroe con nobles motivaciones al que la circunstancias han hecho pirata a su pesar, como en las pelis protagonizadas por Errol Flynn o Tyrone Power. Tampoco es el pirata que tras su actividad criminal esconde una personalidad con sentido del honor. No, nada de tan positivas actitudes hay en Kidd, un personaje cruel, zafio, desconfiado, traidor y malvado hasta las últimas consecuencias. La interpretación que le da Laughton es tan potente, bordeando la sobreactuación pero contenida hasta cuando parece que va a traspasar el límite, que el principal personaje positivo, Adam Mercy, no está ni de lejos a su altura, y otros más secundarios parecen más útiles como alivio cómico (Shadwell) o romántico (Lady Ann).
La historia es una sucesión de tenebrosos secretos, traiciones de los malvados a los héroes y viceversa, o traiciones entre los propios villanos, plasmada en unos diálogos arteros llenos de inuendos, y en la oscura fotografía que mencionaba antes. Apenas hay escenas a plena luz en espacios abiertos, que cuando son usados es mayormente en horas nocturnas, y abundan las que transcurren en locales cerrados como los camarotes del barco, o la cuevas del tesoro. Las malas lenguas dicen que con esto se ocultaban los problemas derivados del bajo presupuesto de la película (que usaba decorados procedentes de filmes anteriores)… pero sea esto cierto o no, también lo es que Lee consigue hacer de la necesidad virtud, logrando que la oscuridad exterior encaje perfectamente con la interior de los personajes y la trama.
Y como dije, entre tanta escena dialogada queda tiempo para elementos habituales del género. Por supuesto que vamos a ver combates navales, pero casi de pasada, ya sea como mera introducción a la historia, como el ataque al galeón al comienzo, o como intervalo de un momento a otro de la trama, como el abordaje al segundo barco a mitad de metraje. Y también habrá un duelo a espadas, pero para colmo no será entre el héroe y el villano eje del film, sino entre aquel y uno de los lugartenientes de Kidd, transcurriendo además entre las sombras de los camarotes del barco…
… porque lo realmente importante, donde Lee echa el resto, es en las escenas dialogadas entre Kidd y el resto de personajes. Las conversaciones del capitán con sus lugartenientes, por ejemplo, son una delicia de intercambios ladinos y traicioneros llenos de dobles sentidos e intenciones ocultas y aviesas… Laughton hace un extraordinario papel en el que se nota que se encuentra muy a gusto, y que está además muy por encima de la calidad de la película, que sin él sería un producto bastante normalito. Carradine y Roland sí que se acercan algo a Laughton en su taimada villanía, mientras que el supuesto héroe interpretado por Scott no acaba de dar la talla… en su favor, habría que decir que estar a la altura de Laughton en esta peli era muy difícil.
Es “El Capitán Kidd” una película digna de verse, aunque solo sea por el memorable recital de maldad que dibuja Laughton en su actuación. El resto oscila entre lo correcto, como algunas escenas de acción o el buen empleo de la tenebrosa fotografía, lo inane, como los personajes supuestamente positivos, o lo cutre, como algún detalle de la ambientación que canta mucho, como la presencia del Puente de la Torre de Londres unos dos siglos antes de ser construido. Pero al final nos queda un film meritorio que nos hace pasar un buen rato. Como tantas veces decimos, eso es lo principal. 7/10



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