El problema está en que la realidad la ha superado. Aquello de lo que se nos advertía que podía pasar en el entorno de la política, y por ende en los Estados Unidos y luego en el resto del mundo, ha acabado pasando. No hicimos caso a la advertencia, quizás porque nos fijamos más en su parte satírica para echarnos unas necesarias risas a costa del personaje protagonista y no nos dimos cuenta de la manipulación política que estaba denunciando… y si nos dimos cuenta, o no le dimos importancia o la ignoramos porque nos parecía imposible que pudiera ocurrir.
La peli sigue la filmación de un documental sobre Bob Roberts (Tim Robbins), un millonario y político del ala más conservadora del Partido Republicano que también ejerce de músico country/folk y cuyas canciones e ideología son el reverso retrógrado de la canción protesta y logros en derechos civiles de los años sesenta. Roberts se presenta a las elecciones al senado por Pensilvania teniendo como rival al senador titular, del Partido Demócrata, en una agresiva campaña electoral en la que explota su carisma y su supuesta rebeldía contra el sistema, recorriendo escuelas y hospitales y participando en eventos sociales y programas televisivos, y recurriendo a cualquier método para convencer al electorado y desacreditar a su oponente. Mientras tanto, tiene lugar una investigación por parte de un periodista independiente sobre el origen dudoso de su fortuna…
En principio, ni el personaje principal ni la temática eran extrañas al cine norteamericano. Se podrían mencionar un buen número de films anteriores a este sobre la corrupción política y la inmoralidad, cuando no ilegalidad, de las artimañas electorales, algunos de ellos tan interesantes como la extraordinaria “Caballero sin espada” (Frank Capra, 1939), o “El político” (Robert Rossen, 1948) “El último hurra” (John Ford, 1958), o “El candidato” (Michael Ritchie, 1972). Pero más allá de la calidad de estas y otras similares, ninguna de ellas tiene la urgencia, la necesidad perentoria de denuncia que tiene la peli de Tim Robbins.
Para empezar, el film se instala en una época no meramente contemporánea, sino de la inmediata actualidad del momento en el que fue rodado. Luego, el formato de falso documental, en la estela de “This is Spinal Tap”, que Robbins admiraba mucho, plantea una sucesión de escenas rodadas mayoritariamente con una cámara en mano de movimientos nerviosos, casi fuera de sí, en un montaje entrecortado que da a la película un ritmo frenético sin apenas pausa. Los diálogos son declamados a velocidad de vértigo, los datos se van acumulando sin que apenas dé tiempo a que los procesemos y asimilemos.
Temáticamente, la peli se mueve por tres vías: la presentación del personaje, en clara clave satírica y humorística con su vuelta de tuerca a la imagen icónica del cantante protesta de los sesenta convirtiéndole de progresista en reaccionario, usando como plantilla la primera etapa de la carrera de Bob Dylan, de quien se parodian sus canciones, los títulos de sus álbumes y sus apariciones en documentales; la parodia del “vídeo” de “Subterranean Homesick Blues” (convertida en “Wall Street Rap”) que hizo D.A. Pennebaker para el documental “Don’t Look Back” es uno de los momentos más hilarantes del film.
Pero tras este crítico, pero más o menos ligero, comienzo la trama se oscurece con la descripción de los turbulentos manejos del equipo electoral de Roberts (brillantes Ray Wise y, cómo no, Alan Rickman), presionando a los medios, ejerciendo lo que ya entonces se empezó a llamar “populismo”, y usando bulos para desacreditar al rival, llegando al más extremo e inmoral de este tipo de artimañas… Y finalmente la historia se volverá aún más sombría con la investigación del periodista Bugs Raplin (Giancarlo Esposito) sobre el turbio origen de la fortuna de Roberts y las anteriores actividades políticas del personaje interpretado por Rickman; en este momento la historia se vuelve algo confusa por la profusión de datos que se nos suministran. Con este hilo temático se pondrá fin al relato, y no del modo que habríamos deseado precisamente…
Así pues, es curioso que con estos dos tercios de metraje de denuncia desesperada, y casi desesperanzada, de la inmoralidad de las campañas electorales y de ciertas personas implicadas en ellas, lo que mas impactó fue su componente satírico y humorístico, que en realidad no ocupa tanto espacio en la película. De ahí que diga al comienzo de este texto que la advertencia que nos estaba haciendo Tim Robbins nos llegaba diluida por nuestra apreciación del humor tras el estrafalario protagonista…
En mi revisión de ayer, también me dio por pensar que en el film no hay un conflicto real. Aunque Roberts tiene dos claros oponentes, Raplin y Brickley Paiste (Gore Vidal), su rival electoral, aquel es presentado como un friqui desastrado al que es difícil hacer caso, y este se nos muestra débil e incapaz de dirigirse a los problemas reales de la gente, como hace Roberts. De nada sirve que Raplin sea un buen periodista de investigación o que Paiste sea un honrado político de ideas loables y que sí que se preocupa por la gente. No dudo de que Robbins lo quiso así por extender su crítica al progresismo incapaz de conectar con su base social, pero pienso que la película, y su mensaje, tendría más fuerza si los rivales del protagonista tuvieran más empaque.
Robbins está brillante en su interpretación del grotesco político, al que dota de un carisma y simpatía demasiado tentadoras, pero sin renunciar a mostrar aspectos más inquietantes… Ya he glosado las virtudes de Wise y Rickman, y lo mismo se puede decir de Esposito y Vidal. El resto de los personajes tienen papeles más cortos, y un buen número de ellos son meros cameos de familia y amigos de Robbins, que acudieron en su ayuda para que pudiera sacarla adelante; un entretenido juego en una revisión es identificarlos, y encontraríamos a James Spader, Fred Ward, Susan Sarandon, Peter Gallagher, David Strathairn, Helen Hunt, Bob Balaban, John Cusack y hasta a un debutante Jack Black, entre otros.
He disfutado con esta revisión de “Ciudadano Bob Roberts”, apreciando su buena factura técnica y formal, y su temática de denuncia. Pero si ya en su primer visionado terminé con cierto sabor amargo por su desesperanzado final, en este la amargura se me ha hecho mayor, porque no hicimos caso a las advertencias que se nos hicieron en ella y en otros lugares… de que no hemos luchado para evitar la situación fílmica que al final se ha hecho real. El film sigue siendo digno de verse, pero, por mucho que algunos digan, ya no tiene la vigencia del aviso ante un peligro ideológico que se nos aproxima. No, su vigencia estriba en que ese peligro ha llegado ya. La realidad ha pasado por encima de la película. 7,5 redondeado a 8/10.

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