Farmacia de Alonso Luengo, en León. Foto de Jordi Asturies.

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lunes, 23 de febrero de 2026

Una peli al día (2026-02-22): LA ISLA DEL FIN DEL MUNDO (Robert Stevenson, 1974)

 

© The Walt Disney Company

Nostalgia, nostalgia y más nostalgia. De eso me tomé ayer un buen montón de dosis al revisionar “La isla del fin del mundo” (The Island at the Top of the World, Robert Stevenson, 1974), película de aventuras en imagen real de la Disney que no veía desde nano, cuando fue proyectada en el teatro de la (Universidad) Laboral durante lo que entonces era el Festival de Cine para la Infancia y la Juventud de Gijón.

 

Y como viaje nostálgico, no ha estado mal. He recordado (que no revivido, lo que es imposible no puede ser, ya se sabe) la ilusión con la que la fui a ver y lo bien que me lo pasé con ella. Otra cosa son los ojos ya sesentones con la que la he vuelto a ver, encontrándome con un producto familiar con el que la productora de tito Walt intentaba reverdecer laureles de pelis similares, como “20.000 leguas de viaje submarino”, pero que aspirando a ser un film espectacular de campanillas se queda en casi una serie B con momentos entretenidos y dignos y otros aburridos y hasta irrisorios de lo torpemente realizados que están.

 

En1907 el industrial millonario Sir Anthony Ross (Donald Sinden) contrata los servicios del arqueólogo y profesor universitario experto en civilizaciones nórdicas John Ivarsson (David Hartman) para intentar encontrar a su hijo Donald (David Gwillim), desaparecido durante una expedición que pretendía encontrar un mítico cementerio de ballenas en aguas árticas. Para ello monta otra expedición en la que viajarán más allá de Groenlandia en un dirigible construido y pilotado por el francés Capitán Brieux (Jacques Marin). Por el camino se encontrarán con la ayuda del esquimal Oomiak (Mako) y de la joven Freyja (Agneta Eckemyr), habitante de una arcaica civilización residente en la misteriosa isla de Astragard…

 

El film está basado en una novela del escritor Donald Gordon Payne bajo el seudónimo Ian Cameron. Al adaptarlo, se adelantó la acción de la trama a comienzos de siglo XX y se añadieron los elementos a lo Jules Verne, en especial el dirigible Hyperion, que supuestamente es la estrella de la película. La intención, como he dicho ya, era hacer una producción espectacular que superara los éxitos entre lo moderado y lo aceptable con los que entró en los años setenta, como “Los aristogatos”, “Robin Hood” o “La bruja novata” o “Herbie, un volante loco”.

 

© The Walt Disney Company

De hecho, la película empezó a prepararse en 1968, y el departamento de diseño de producción echó el resto, con unas pinturas mate espectaculares para los fondos y, por supuesto, el dirigible que pretendía emular al Nautilus… En cuanto al reparto, como protagonista principal pretendían a alguien que repitiera la gravedad serena y misteriosa de James Mason, para lo cual contactaron primero con Sean
Connery y más tarde con Peter Ustinov. Lamentablemente, las pretensiones económicas de estos eran demasiado grandes, y acabaron acudiendo a Donald Sinden, actor ingles shakesperiano de prestigio, aunque su personaje tuviera un tono más cómico que el del Capitán Nemo…

 

© The Walt Disney Company
Y ahí se acaban los aciertos del reparto. Porque para el resto de personajes se contrató a un plantel de actores que oscilaron entre la sobreactuación y la profunda sosería. Esto es especialmente grave en el personaje coprotagonista, el sabio supuestamente fascinado por las civilizaciones nórdicas, interpretado por David Hartman, que ofrece una actuación acartonada y sin ningún atisbo de esa fascinación. Hartman, un antiguo jugador de béisbol que luego derivó a la publicidad televisiva, tuvo una carrera como actor relativamente corta, apenas una década, siendo uno de sus papeles más destacados el protagonista en la serie Lucas Tanner, donde interpretaba a un enrrollado e innovador profe de instituto, siendo esta serie y la peli que me ocupa sus últimos trabajos como actor antes de convertirse en un exitoso presentador de noticiarios.

 

Pero no son estos los únicos problemas con la película. A pesar del excelente diseño de producción, los efectos especiales son en general muy pedestres, y la dirección de Stevenson (currante-para-todo de la casa Disney, tan capaz de cumplir con mucha dignidad como de ofrecer productos de lo más rutinario) es muy monótona, convirtiendo las escenas de más acción, de huidas y escapadas en secuencias rutinarias que se acaban haciendo excesivamente largas.

 

© The Walt Disney Company

Curiosamente, la película funciona mejor antes de que los héroes lleguen a su destino. El viaje en el dirigible sí que consigue un aura de auténtica aventura, consiguiendo una más que acertada mezcla del tono a lo Julio Verne y el ambiente victoriano. Esa primera mitad del film aguanta muy bien todavía hoy y justifica una revisión cariñosa de la peli. Además, cuenta con una banda sonora del clásico Maurice Jarre que, sin estar a la altura de sus grandes obras, sí que evoca un tono épico y aventurero que el guion, lamentablemente, no ofrece en el momento supuestamente estelar de la aventura…

 

Si conseguimos ver esta película con los ojos de un niño, le perdonaremos sus muchos pecados, y la veremos con la nostalgia de la inocencia con la que vimos tantos filmes que, más allá de su calidad, en su momento nos marcaron y nos contagiaron de la magia del cine. Vista con los ojos adultos, no es que estemos ante una peli horrible, pero sí bastante mediocre a la que salvan algunos momentos concretos. Como prefiero ser caritativo y rendirme a la nostalgia, le daré un 5,5 redondeado a 6/10.

 


 

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