Farmacia de Alonso Luengo, en León. Foto de Jordi Asturies.

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lunes, 10 de agosto de 2026

Una peli al día (2026-08-08): TIBURÓN (Steven Spielberg, 1975) 9,5/10

El año pasado "Tiburón" (Jaws, Steven Spielberg, 1975) cumplió cincuenta años, y le di una bien merecida revisión. Ayer, no sé exactamente por qué, me apeteció volver a verla. Como esperaba, todas la buenas impresiones de aquel visionado de aniversario siguen ahí: la peli se mantiene fresca, vital, firme, lozana... conservando casi todas las virtudes de la juventud y casi ningún defecto de la edad adulta. Cuando fue estrenada, estábamos ante un film que reconstruía, y deconstruía, el cine de acción, espectáculo y suspense con una mirada muy setentera y por ello próxima a la nuestra entonces. Hoy mantiene su fuerza y vigencia. Poco importa que el haberla visto ya elimine el componente de sorpresa, porque... el manejo de los recursos cinematográficos por parte de Spielberg es tan excelente que aún transmite temor y tensión... no porque no sepamos qué va a ocurrir sino porque justamente ya lo sabemos.


Argumentalmente sigue siendo perfecta. Para empezar, el guion (de Carl Gottlieb con aportaciones significativas, por ejemplo la escena del Indianápolis, de Howard Sackler, John Milius y Robert Shaw) plantea una división en dos partes o actos bien diferenciados que le da una estructura vibrante: por un lado, los ataques del escualo a los bañistas y las repercusiones sociológicas y psicológicas de los mismos; por otro, la caza del tiburón por tres supuestos héroes o anithéroes, combinando épica y cotidianeidad. Luego hay que sumar la construcción in crescendo de situaciones y personajes, que podrían ser considerados tópicos,  pero que son perfectamente definidos en sus diálogos, no en su mera condición de arquetipo mítico: nuestra empatía hacia ellos deriva de lo que dicen y son, no de lo que representan. 


Otro de los atractivos de la historia y los personajes es su perfecta combinación de un cine plenamente contemporáneo con el respeto y homenaje al clasicismo hollywoodiense. No solo por la obvia influencia de "Moby Dick" y otras aventuras marinas en la segunda parte, que nos hace pensar en una historia de perdedores enfrentados a una quimera... es que la influencia de clásicos como John Huston, John Ford o Howard Hawks transpira en cada centímetro de celuloide... ese uso de planos amplios del entorno natural para situar la acción y al mismo tiempo buscar un descanso de la misma... o las fascinantes escenas de compadreo y compañerismo entre los tres protagonistas (soberbios Roy Scheider, Robert Shaw y Richard Dreyfuss) sobre el barco, profundas y plenas de humor, que llegan a su culmen con la extraordinaria escena de la narración de lo sucedido al crucero Indianápolis... una relación entre personajes que me hace pensar en el talento del director de “Rio Bravo”.


En el aspecto técnico, Spielberg usa magistralmente los recursos de narración cinematográfica, no de forma gratuita para epatar sin más, sino para reforzar el relato... ese famoso uso del travelling con zoom en dirección opuesta que toma de Hitchcock (travelling compensado o dolly zoom) para mostrar el horror del sheriff ante el segundo ataque del tiburón... o el manejo del suspense en dicha escena, donde juega con otra máxima hitchcockiana, la de plantear algo que los personajes ignoran pero el público conoce (la cercanía del escualo)... la habilidad del joven director en la composición de la escena, sabiendo colocar a cada personaje y el elemento en su lugar preciso. 

 

Ahí están, por ejemplo, el brillante travelling que nos presenta al cazador de tiburones, en el que la cámara se mueve entre los asistentes a la reunión de los notables del pueblo proponiendo soluciones hasta centrarse en Quint, o el que acaba en un plano de la ventana de la casa de este tras el esqueleto de una mandíbula de tiburón enmarcando ominosamente la partida del barco Orca, pura maestría cinematográfica.


La técnica del joven director le lleva a mostrar lo justo y ocultar lo obvio, aunque ello nazca en buena parte de tener que hacer de la necesidad virtud por los continuos fallos del tiburón animatrónico, que le llevó a ocultarlo durante más de dos tercios del film, usando por un lado una cámara subjetiva como "ojos" del animal, u otros artificios y trucos cuando la mirada es la de otros personajes o el público (por ejemplo, los barriles arrastrados por el escualo en su lucha con el barco). El trabajo de la montadora Verna Fields en este aspecto, y también en el ritmo de alternancia de momentos de tensión, dramáticos o trágicos con otros más ligeros o incluso humorísticos, es ciertamente modélico.

Está tambien el uso de la cámara a nivel del agua para reforzar la inmersión, nunca mejor dicho, del público en el relato... el desenlace, incluido el último ataque del tiburón al barco, rodado cámara en mano, haciendo la narración más vertiginosa aún... la sensación de aislamiento de los personajes durante la cacería, varios días seguidos en alta mar (en la novela volvían cada noche al pueblo) con  Spielberg reforzando esa angustiosa soledad al ocultar la línea de costa en todo momento... la formidable música del maestro John Williams, y no solo por las celebérrimas dos notas que identifican al tiburón, en torno a las cuales se construye la melodía; la suite que compone para la cacería en el mar es sencillamente maravillosa, remitiendo a las bandas sonoras del cine más clásico de aventuras.

Como algo malo hay que decir, ya que no le pongo el diez a la peli (aunque bien podría hacerlo si no fuera uno tan tiquismiquis), estaría algún problemilla de guion... y aquí vienen spoilers, advierto.



La supervivencia del personaje de Richard Dreyfuss, aunque confortable para el espectador, es forzada... y casual e improvisada si hacemos caso al rumor que dice que aunque se despojó al personaje de todo lo desagradable que tenía en la novela (en la que tiene una aventura con la esposa de Brody que acaba llevando a enfrentamientos en el barco), se decidió mantener la idea de su muerte para epatar al espectador con el destino trágico de uno de los héroes... pero que las escenas del ataque a la caja submarina, hechas por documentalistas expertos en tiburones, fracasaron en intentar mostrar con realismo la muerte del personaje, y que eso hizo que Spielberg, otra vez haciendo de la necesidad virtud, le "perdonara la vida”.

Y tenemos la espectacular muerte del tiburón, a la que bien se le puede dar el tópico adjetivo de "peliculera" (en la novela el animal muere lentamente a causa de las heridas recibidas durante la cacería). Claro que también podríamos justificarla como la justificó Spielberg, que la planteó como la necesidad de purificación y estallido de alivio que necesitaba el público tras tanta tensión acumulada.


Fuera de lo estrictamente cinéfago, habría que reprochar, tanto a la novela como a la película, el falsear la verdad sobre los tiburones, que, aunque peligrosos, según ocenaógrafos y biólogos en realidad no son ni tan malvados ni tan asesinos, y que no solo llevó al famoso "miedo al mar" que hubo tras el estreno, sino también a un injustificado odio a los animales... Tanto el novelista, Benchley, como Spielberg han declarado su arrepentimiento al respecto y han dicho que no volverían a escribir o dirigir algo así...


... aunque mirando al tendido, quizás haya que decir que esa imagen exagerada del escualo nos ha dado una de las mejores películas de la historia del Cine, tratando de la lucha, el heroismo y el drama implícitos cuando hay que enfrentarse a algo que representa el mal absoluto, frío e irracional, en un prodigio de saber hacer cinematográfico que, como he dicho al principio, cincuenta años después sigue dando forma a una puñetera obra (casi) maestra. Quizá los tripulantes del Orca necesitaban un barco más grande, pero pocas películas en su década hay más grandes. 9,5/10


 

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