Farmacia de Alonso Luengo, en León. Foto de Jordi Asturies.

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viernes, 10 de abril de 2026

Una peli al día (2026-04-09): TODOS LOS HOMBRES DEL PRESIDENTE (Alan J. Pakula, 1976) 9/10

All the images in the post © Warner Bros. Entertainment

Esta semana se han cumplido cincuenta años del estreno de “Todos los hombres del presidente” (All the President’s Men, Alan J. Pakula, 1976), y me ha parecido una buena excusa para hacer mi enésimo visionado de una película que desde la primera vez que la vi me fascinó y maravilló… y que a día de hoy puedo confirmar que no ha perdido un ápice de la fuerza y frescura que tenía hace cinco décadas. El film de Pakula y Redford sigue siendo un monumento del cine, una de las mejores películas sobre periodismo, si no la mejor.


Mientras la veía ayer no podía dejar de admirarme de la brutal sencillez narrativa de la película, de cómo se usaban todos los mecanismos del arte cinematográfico como la maquinaria de un reloj para conseguir que una historia que acaba siendo tremendamente densa y compleja por la acumulación de datos y personas implicadas en el caso Watergate sin embargo sea accesible y llevadera. Ojo, que no he dicho que sea fácil de seguir; a partir de la mitad del metraje, se nos exige como espectadores que no dejemos de prestar atención, que no parpadeemos siquiera o acabaremos perdiéndonos en un maremágnum de información… y aún así, si nos perdiéramos, la peli sigue manteniendo su poder de fascinación por mor del manejo de una tensión con mucho mérito, teniendo en cuenta que ya sabemos cómo va a terminar todo… 

El film, basándose en la primera parte del libro de igual título escrito por los periodistas Carl Bernstein y Bob Woodward sobre su investigación del caso Watergate para el periódico Washington Post, se centra en los primeros siete meses de dicha investigación, desde que el 17 de junio de 1972 cinco supuestos ladrones son detenidos en la sede del Partido Demócrata, en el edificio Watergate, hasta el 20 de enero de 1973, con la toma de posesión de Richard Nixon, tras haber sido reelegido presidente en las elecciones del noviembre anterior. Los directivos del periódico consideran el supuesto robo un asunto menor y asignan el seguimiento del caso al joven Woodward (Robert Redford), casi un novato en la redacción. Sin embargo, ya en el juicio este descubre que los “ladrones” llevaban equipos de escucha, y uno de ellos declara haber trabajado con anterioridad para la CIA. Woodward empieza a tirar del hilo y nombres importantes de la Casa Blanca empiezan a ser relacionados con el hecho. Ante esto, y ante el progresivo muro de silencio con el que se encuentra el reportero, los directivos del Post advierten ya la importancia del caso, y encargan a otro periodista también joven pero con algo más de experiencia, Carl Bernstein (Dustin Hoffman) que ayude a Woodward en la investigación. Este tiene un contacto anónimo en el gobierno al que suele acudir en busca de información, bajo el código “Garganta Profunda” (Hal Holbrook), pero en este caso todo lo que hace en principio es darle algún consejo sobre donde investigar e indicarle si va en el buen camino. A medida que avanzan en su trabajo, los dos periodistas se van encontrando con testigos reacios a declarar, informaciones falsas que les llevan a trampas, y advierten que están siendo espiados y que sus vidas corren peligro. El apoyo del director editorial Ben Bradlee (Jason Robards) será fundamental para que sigan adelante… 


Robert Redford ya se mostró interesado en hacer una película sobre el Watergate a lo largo de 1972, a medida que iban apareciendo los artículos de Woodward y Bernstein en el Washington Post. El actor acababa de estrenar, curiosamente, la película de Michael Ritchie “El candidato”, donde interpretaba a un joven idealista que se presenta a las elecciones al senado y debe luchar contra la suciedad de la política… En 1974 Redford compró los derechos del recién publicado libro de los periodistas del Post sobre su investigación, encargándosele el guion a William Goldman. Dicho guion pasaría por muchas reescrituras con aportaciones de Woodward, Bernstein, Nora Ephron y Bradlee. Como director se escogió a Alan J. Palkula, un especialista en el thriller político que de hecho con esta película completaría lo que se llama su “trilogía de la paranoia”, junto a “Klute” (1971) y “El último testigo” (1974). Pakula, en compañía del propio Redford, darían los últimos toques al guion, incidiendo en los elementos que aportaban más tensión y angustia: las llamadas telefónicas, las reuniones clandestinas, los periodistas yendo en soledad de un lugar a otro… 


Y ahí esta la clave de lo que hace a este film mucho más que la mera exposición y denuncia del caso Watergate o el tributo al oficio de periodista. Que no es poco, obviamente. Pero entre Pakula y Redford, luego secundados por el extraordinario elenco con Hoffman y los actores de reparto Robards, Holbrook, Jack Wareen, Martin Balsam, Jane Alexander, Ned Beatty, entre otros, convierten la historia de la elaboración de un reportaje sobre un espionaje gubernamental en un thriller en el que la cámara se mueve nerviosa entre las mesas de una redacción iluminada en una blancura que hasta casi hace daño a los ojos, o que se acerca en primeros y extremos primeros planos a teléfonos, máquinas de escribir y teletipos, o que sigue a los periodistas en su búsqueda de datos a domicilios de testigos poco inclinados a colaborar, a garajes en penumbra con informadores que sugieren más que informan… todo ello en una paranoia in crescendo que culmina con los periodistas siendo espiados y temiendo por sus vidas.


En su reseña, por otro lado excelente, sobre el film, el crítico Roger Ebert dice que un defecto de “Todos los hombres…” es que sacrifica la narrativa a su exaltación del periodismo, que toda la pericia actoral y técnica de los implicados en él está al servicio de mostrar la investigación periodística. No estoy del todo de acuerdo. Es verdad que hay un tributo a la profesión, pero para nada se sacrifica la narrativa. Hay una historia qué contar, y se hace, y se va elaborando paso a paso. Poco a poco van acumulándose datos y nombres, poco a poco el carácter de los protagonistas se va desarrollando y cambiando, hay la tensión de no saber por dónde continuar, por dónde seguir el hilo, hay renuncias y traiciones y riesgos. Si por algo hay que recordar el film no es por ser un frío pero emotivo retrato de la labor del reportero, sino porque ese retrato para nada es frío, hay una pasión que deriva de una historia en progreso. Lo que sí es, sin duda, es un relato denso al que, como ya he dicho, hay que estar muy atento para no perderse en el mar de detalles.

Y sí, hay pericia técnica, pero está plenamente dedicada a contar la historia. Ya he hablado del trabajo directoral de Pakula y de sus hábiles movimientos de cámaras. Pero también hay que hablar del trabajo del montador Robert L. Wolfe y su aportación a ese ritmo pausado pero a la vez quebrado. Y sobre todo, hay que mencionar al director de fotografía Gordon Willis, habitual colaborador de Pakula, que aporta la luminosidad casi virginal de la redacción del Post, los tonos ocres de los domicilios de los reporteros y los testigos, la oscuridad de unos exteriores nocturnos cada vez más amenazantes, la penumbra del garaje que oculta las medias verdades de “Garganta Profunda”, y especialmente un manejo extraordinario de la profundidad de campo, algo esencial en un argumento en el que no cabe perder detalle y todo debe ser expuesto claramente, con imágenes tan impactantes como el travelling cenital en la Biblioteca del Congreso, donde los periodistas enfrentados a la documentación que necesitan acaban siendo observados como algo insignificante, las muchas composiciones de personajes distribuidos en los diferentes planos de la imagen, o la escena final con una televisión en primer plano mostrando a Nixon tomando posesión de su segundo mandato como presidente mientras al fondo los periodistas continúan con su trabajo…


De lo poco que reprocho a la película es que no muestre toda la investigación. Sí, ya sé que es bastante larga ya, y que hablar de toda la investigación la habría hecho demasiado extensa, o que incluso podría haber dado pie a una segunda parte… pero quizá esto sea cosa del entusiasmo que uno tiene por la historia narrada. Y es cierto que la breve pero intensa solución narrativa elegida para mostrar la progresiva caída de los implicados hasta la dimisión de Nixon es bastante satisfactoria.


“Todos los hombres del presidente” sigue siendo una película soberbia, excelentemente guionizada, narrada e interpretada. Merece su alto puesto en la historia del cine por su descripción de un momento clave y gris de la historia de los Estados Unidos y por su homenaje a la profesión periodística, vale… pero también porque es un modelo de narración cinematográfica, un thriller político de muchos quilates sobre la angustia y la paranoia que conlleva informar sobre las prácticas menos edificantes de los gobiernos. Una peli para ver con frecuencia. 9/10


 

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