Farmacia de Alonso Luengo, en León. Foto de Jordi Asturies.

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domingo, 15 de enero de 2017

Una peli al día (2017-15-01): LA CIUDAD DE LAS ESTRELLAS (LA LA LAND) (Damien Chazelle, 2016) 7/10

En lo que respecta al mundo de la cultura, la del entretenimiento o la más teóricamente refinada, más vale la mayoría de las veces encerrarse en una burbuja hermética para que ninguna noticia sobre las novedades llegue al espectador-lector-oyente. No me refiero solo a intentar evitar todo contacto con datos que puedan interferir con el pleno disfrute del producto (entre ellos los temidos y odiados spoilers o "destripes"), sino también a que la expectación, las previsiones, lo que ahora está de moda llamar hype, haga que la obra te decepcione de una forma que de otro modo no lo habría hecho.

Caso en cuestión. La-La-Land, o La ciudad de las estrellas, es un buen musical, que tiene todas las papeletas para convertirse en la película del año, por lo menos hasta que los visitantes de la galaxia muy, muy lejana allá en diciembre reivindiquen tal título. Es puro espectáculo en sus mejores, arrebatadores, números de canto y baile, tiene un reparto que cumple con sus responsabilidades en los mismos, y una resolución formal impactante en general, que oscila entre el musical de cámara en la calle (en este caso, también en la carretera) con escenas típicas de la rama más fantasiosa del género.


Sin embargo, no es la obra maestra que nos han intentado vender. Detrás del oropel de la correcta y pizpireta banda sonora y algunos números musicales que enamoran, se esconde una historia demasiado sencilla y plana, unos personajes acartonadamente tópicos, con los que los protagonistas Emma Stone y Ryan Gosling hacen lo que buenamente pueden, y unos diálogos rutinariamente repetitivos y escuchados ya demasiadas veces.

Ahí radica mi decepción, que quizá no es culpa de la película, que probablemente no aspire a ser más de lo que es, un tópico musical remedando la era dorada del género, à la Fred y Ginger, por ejemplo. Lo cual no tiene por qué ser malo, faltaría más. Sin embargo, la expectación que me creó, el maldito hype, me hizo pensar que iba a estar ante una obra que transcendía su género, una película a la altura de títulos como Cantando bajo la lluvia, West Side Story, Un día en Nueva York o tantos nombres señeros del musical que son piedras miliares de la historia del cine...

Y no, La-La-Land no lo está. Tiene, hay que reconocerlo, un espectacular inicio, que te agarra y te deja sin aliento, enganchado a las imágenes y música que van desfilando ante tus ojos: un falso plano secuencia que es una delicia de montaje y que, mediante una fotografía con un paleta de colores vibrantes (presentes en todo el film), bordeando lo chillón pero evitándolo, osados trávelins, ilustra una canción pegadiza y optimista con una coreografía natural alejada de toda sofisticación. La pena es que el director Chazelle irá paulatinamente desnudando la peli de este rutilante traje y dejándola en una historia vulgar y que va perdiendo ritmo poco a poco... En mi caso, tras el maravilloso momento en el que Seb le explica a Mia por qué le gusta el jazz (para mí el único diálogo de toda la película que emociona y tiene sustancia), fui desconectando y cayendo incluso en el aburrimiento. Sin los atrayentes números musicales con las canciones cortesía del compositor habitual de Chazelle, Justin Hurwitz, y el dúo Pasek and Paul, aquí solo como letristas (su trabajo como autores completos puede verse en "El gran showman", por ejemplo), la película perdería todo el fuelle. Incluso la hermosa canción de Mia en la última audición se diluye en rutinarios primeros y medios planos al estilo de la fallida adaptación fílmica de Les Miserables.

Al final nos quedamos con un bocadillo donde el pan está mucho mejor que el relleno. Porque tras bastante metraje en el que la trama va a la deriva sin brillo, en su último cuarto de hora retoma el esplendor inicial, con un desenlace que no es el típico en el género, adornado con un número musical que vuelve a maravillar y enganchar al espectador en el asiento, redimiendo esta historia de dos perdedores que juntos intentan llevar a cabo sus sueños y que descubren que la forma de hacerlo no tiene por qué ser la que todo el mundo espera.

Como conclusión, olvidémonos del hype de las narices. Si a ustedes les gusta el musical, vayan a ver esta película. Puede que incluso no sean tan tiquismiquis como servidor con esa parte central que me ha dejado tan frío... No vayan con la expectativa de ver una obra maestra, pero sí con la de ver un trabajo que a ratos, sobre todo en su comienzo y final, apunta al sentido de maravilla que hay en el musical clásico. Y eso no está mal, claro, pero, dadas las expectativas creadas, me sabe a poco. Podría, debería, haber sido más. 7/10



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