Con “𝗟𝗮 𝗴𝗿𝗮𝘇𝗶𝗮” (Paolo Sorrentino, 2025), el cineasta italiano, tras el brindis al sol que fue “Parthenope”, vuelve a conseguir el equilibrio entre el desarrollo de una trama intimista de fuerte contenido psicológico y social con las esencias de su llamativo y hermoso despliegue visual, que sigue siendo deslumbrante pero no interfiere en la historia que pretende contar.
Marino De Santis (Toni Servillo), presidente de Italia al que le quedan seis meses en el cargo, se ve en la tesitura de tener que tomar resoluciones importantes que entran en conflicto con su posición como representante elegido por el pueblo y su posición de ferviente católico y brillante jurista: por un lado, debe decidir si aprueba una ley permitiendo la eutanasia, y por otro resolver si decreta un indulto a dos personas encarceladas por asesinato. Mientras piensa cómo resolver sus dudas, navega por una situación personal complicada por una difícil relación con sus hijos y una añoranza por su fallecida esposa enturbiada por los celos que le dominan al saber que aquella tuvo una aventura extramatrimonial con alguien del entorno del presidente…
Sorrentino nos plantea, pues, una trama desdoblada en la vertiente profesional y personal del protagonista. En aquella se nos presenta el mundo de la política no como es sino como debería ser. Más allá de sus defectos y de que sus decisiones sean acertadas o no, De Santis es un político honrado y cabal, ajeno a confabulaciones palaciegas o corrupciones, que valora en su justa medida las decisiones que debe tomar e intenta que sus circunstancias personales no determinen su labor como presidente. En lo personal el protagonista también es presentado bajo una luz favorable, como una persona equilibrada, afable y sencilla, pero cuya bonhomía no deja de estar enfrentada a sus imperfecciones y demonios internos: sus irracionales celos por la breve aventura de su mujer, o una cierta vanidad y orgullo.
Como digo, el director italiano ha conseguido equilibrar una trama ciertamente interesante con su habitualmente vistosa estética cinematográfica. Siguen presentes sus esencias visuales, como puede verse en el detalle con el que presenta la elegante arquitectura de palacios y calles o la quietud de entornos naturales, su uso de una paleta de colores saturados, o el empleo de una cámara en continuo movimiento… pero todo está más controlado, moderado, pausado incluso, sin ejercer un protagonismo que nos distraiga de la emotiva historia que se nos cuenta.
Como también controla su habitual exuberancia temática… No hay exageraciones rimbombantes ni pretensiones de un “mensaje” solemne: sencillamente el relato de una persona con responsabilidades importantes y con una vida personal compleja pero no diferente de la vida de muchos. No hay sermones moralizantes, y eso que el tema podría haber dado pie a ellos. No se hace una defensa de la eutanasia o de los indultos para crímenes con circunstancias atenuantes. Sencillamente se no presentan estos temas como decisiones normales a tomar en un Estado de derecho, y De Santis sabe que según la resolución que tome, habrá gente que le tildará de torturador o de asesino, de ser frío e insensible o de ser blando.
Sí que hay los momentos perturbadores de la trama tan típicos en Sorrentino, que introducen elementos surrealistas o cómicos; pero, de acuerdo con el tono general del film, tampoco son tan rupturistas como para entorpecer el relato. Ahí tenemos el videoclip sobre moda que ve el presidente con sus allegados, o la presencia de un perro robótico, o la obsesión de De Santis por un cantante de rap, o la hermosa escena en la que observa a un astronauta en situación de ingravidez, la patética recepción al presidente de Portugal, el hermosísimo flash-back en el que recuerda cómo conoció a su mujer, enmarcada en la lejanía tras un bosque de paralelamente dispuestos árboles secos por el invierno… Por no hablar de la comicidad que surge de su pelea con la dieta que le pretende imponer su hija Dorotea (Anna Ferzetti) o sus interacciones con su vieja amiga Coco (Milvia Marigliano), que en su ateísmo y sencilla actitud ante la vida es casi la némesis del presidente.
La película se apoya firmemente en el espléndido papel que hace el protagonista Toni Servillo, contenido, entrañable en los momentos íntimos, consecuente en los momentos derivados de su cargo. Le secunda bien el resto del reparto, en especial Ferzetti y Marigliano.
No sé si cuando se estrene oficialmente la película en España el año próximo se mantendrá el título italiano o se traducirá al castellano como “gracia”, manteniendo la ambigüedad de si se refiere a “elegancia”, “merced” o “misericordia”. Sea como sea, el film se mueve temáticamente por las tres acepciones del término, y en todas ellas consigue con creces su objetivo de presentar una historia entretenida, reflexiva y fascinante. Una de las pelis de esta año, sin duda. 8/10

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