Farmacia de Alonso Luengo, en León. Foto de Jordi Asturies.

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domingo, 17 de mayo de 2026

Una peli al día (2026-05-16): UNA INVENCIÓN DIABÓLICA (Karel Zeman, 1958) 8/10


Ver “Una invención diabólica” (Vynález zkázy, Karel Zeman, 1958) pasado el primer cuarto de este descreído y escéptico siglo XXI supone un retorno al sentido de la maravilla que alumbró el cine desde sus orígenes y recuperar nuestra capacidad de asombro por la magia de contar historias en imágenes. Es un film que conmueve y llega al alma, más que por su trama, por sensaciones que derivan de la contemplación de sus imágenes, del detallismo en su ambientación, de la admiración de su pericia técnica, que aún hoy sigue sorprendiendo.

Podría discutirse si es o no la mejor adaptación de una novela de Jules Verne al cine… parece claro que, como estricta adaptación de una historia, desde luego no lo es, pero sí que es la película que mejor refleja el mundo de Verne en sus tres vertientes: el contemporáneo al autor, el descrito en sus relatos y el futuro que anticipa. “Una invención diabólica” es la más “verniana” de todas las adaptaciones del escritor francés en el sentido de que ver la película nos pone en el alma de ese siglo XIX que tenía esperanza en el futuro, y se admiraba ante los prodigios de la ciencia al tiempo que los temía.


Zeman y sus guionistas recogieron elementos de varias obras de Verne, destacando Veinte mil leguas de viaje submarino y su secuela La isla misteriosa, y Robur el conquistador, pero el esqueleto de la trama, con algunos cambios con respecto al original, está en la novela Ante la bandera: Simon Hart (Lubor Tokoš) es un joven ingeniero viajando por Europa y admirándose del progreso de la ciencia que observa, antes de reunirse con su jefe, el Profesor Roch (Arnošt Navrátil), un científico que ha descubierto una poderosa fuente de energía. Roch y Hart son secuestrados y llevados a un submarino por unos piratas a sueldo del Conde de Artigas (Miloslav Holub),
un magnate que pretende dominar el mundo. Artigas lleva a su base en un remoto islote a los dos científicos, más Jana (Jana Zatloukalová), una joven náufraga superviviente del ataque del submarino a un barco, con la intención de convencer a Roch de que desarrolle su investigación hasta el final. El Profesor accede creyendo que su descubrimiento servirá de ayuda a la humanidad, mientras que las intenciones de Artigas son muy diferentes… 


La trama, una tópica historia de malvado magnate que quiere usar la ciencia para dominar el mundo, no es, en principio, lo especialmente fascinante de esta película. Lo que atrae y subyuga de ella es cómo la presenta Zeman, mezclando la imagen real de los actores con fondos que imitan el estilo de las ilustraciones provenientes de grabados en madera que adornaban las novelas de Verne en el siglo XIX, animaciones de las fantacientíficas maquinarias y el movimiento de los objetos, una cámara fija que deja que sean dichas animaciones las que reproduzcan trávelins, zooms y demás elementos del lenguaje cinematográfico.

Cada escena y cada plano de la película es un hallazgo, un nuevo desafío a nuestro sentido de la maravilla, y supera con creces lo rutinario de su historia. No podemos apartar nuestros ojos de la pantalla pensando en qué sorpresa nos va a deparar. Los personajes reales se mueven con prestancia por los decorados dibujados, el ambiente steampunk nos subyuga irremediablemente… observamos  imposibles máquinas con la versión decimonónica del futuro: submarinos cuyo poder destructor está en su armazón, imposibles ingenios aerostáticos… Hay una fascinante variedad de entornos, desde ambientes urbanos y zonas rurales hasta costas embravecidas, fondos marinos plenos de tesoros y hostil fauna, islotes perdidos que esconden innombrables secretos… 


Los efectos especiales rinden homenaje a los orígenes del cine, y en concreto a Georges Mélies, con quien muy justamente se compara a Zeman. Pero también está la influencia de otros pioneros, incluyendo a Segundo de Chomón. Contribuyen al sabor añejo de la peli efectos como las rayas paralelas que imitan los grabados, el uso de cristales pintados o la animación en stop-motion… Y curiosamente, el empleo de estas técnicas supuestamente arcaicas dan al film una pátina de novedad que la hace eterna. Al final, todo está al servicio de la sublimación de la aventura, pero no de una aventura contemporánea, sino de la que leímos y soñamos de niños, expuesta tal como nos la pudimos imaginar.


Se esquiva deliberadamente el realismo, la historia pasa a un segundo plano (aunque incluya algún momento de humor, también muy decimonónico, que la hace interesante)  y todo el metraje exuda un tono de ensoñación, un aire onírico que conecta con nuestra fascinación por lo imposible. Cuando termina el film, casi no nos importa la resolución de la historia y lo que nos queda es una sensación de plena satisfacción infantil por habernos paseado por el mundo imaginario que contribuyó a nuestra formación. 

Es “Una invención diabólica” una película para disfrutar con calma, para fijarnos en los detalles de sus imágenes, para desarrollar nuestro sentido del asombro. No tiene una trama profunda, ni unos personajes con carisma, pero tiene el poder de hacernos vivir lo que una vez fue solo parte de nuestros sueños literarios de infancia y adolescencia. Y ahí radica la importancia de este film esencial, sin contar la influencia evidente que el trabajo de Karel Zeman ha tenido en gente como Terry Gilliam o Tim Burton. 8/10


 


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