Y por esta idea de muerte y resurrección del western quería enfocar mi comentario de hoy, porque un análisis estrictamente cinéfago no haría más que repetir los lugares comunes. No insistiré mucho, pues, en el concepto del film como un estudio sobre la tensión narrativa, sobre cómo, para mantener esa tensión, Leone hace uso extensivo del plano corto, cortísimo incluso, alargado en el tiempo, lo que le da ese emblemático ritmo lento con el que nos impregnamos de ambientes y personajes... pero sin renunciar al plano largo que ubica la acción en un lugar y momento concreto. Tampoco insistiré en la frecuente composición geométrica de ese plano, buscando un equilibrio visual en agudo contraste con el desequilibrio emocional de los personajes... no hablaré demasiado de una cámara que tanto descansa como se mueve con fluidez... de la maravillosamente descriptiva banda sonora de Morricone... ni siquiera hablaré de ese final que se dilata tan hermosa como irritantemente... no, se ha hablado tanto de estas cosas...
Prefiero centrarme en algo que he leído demasiadas veces, en una supuesta adscripción del film al spaghetti western al que Leone había dado carta de naturaleza definitiva con la precedente trilogía del dólar y que abrió el camino a una miríada de películas en su inmensa mayor parte... digamos que flojas y seremos generosos.
Porque para mí, y no soy el único, "Hasta..." no es un spaghetti western. Es cierto que Leone y sus epígonos atenuaron la agonía del género simplificándo y universalizando sus esencias y exagerando sus rasgos más individualistas y violentos... una exageración que rozó peligrosamente la parodia pero supo esquivarla mediante la mitificación (en sus mejores momentos, claro... ya sabemos a qué extremos "trinitarios" y similares llegaría el género en los años setenta).
Pero cuando el director italiano consideró que ya había dicho todo lo que tenía que decir sobre el western tras su famosa trilogía y pretendió entrar en la industria norteamericana con su sueño de hacer una historia familiar urbana de ese país en el siglo XX, lo que acabaría siendo "Érase una vez en América", se encontró con que los estudios hollywoodienses no lo veían mal ... a condición de que antes hiciera un western más, para el que además estaban dispuestos a ofrecerle un reparto de estrellas.
Y Leone lo aceptó... pero lo haría en sus propios términos. Porque si los estudios esperaban un nuevo "spaghetti" con el que hacer caja, lo que el director terminó haciendo fue un western de temática clásica a más no poder. Con su estilo propio, sin duda, y referencias al tipo de héroe de sus películas anteriores, también... pero sin simplificación argumental ni tentaciones mitificadoras o paródicas.
Porque lo que es en realidad "Érase una vez en el Oeste" (y a partir de ahora uso su título real, mucho más poético, y adecuado, que el mediocre título que se le dio aquí) es una fabulación sobre el fin de un tiempo. La película es un homenaje en forma de elegía a un género que llevaba muriéndose desde que John Ford le dio carpetazo en "El hombre que mató a Liberty Valance".
El film es mucho más complejo que cualquier spaghetti western. Sí, tiene un héroe solitario, Armónica (Charles Bronson), que remite al hombre sin nombre del "Dólar", que también tendrá su ambiguo compinche, Cheyenne (Jason Robards), y un villano cruel y sin piedad, Frank, (Henry Fonda), y tendremos la misma violencia de disparos y puñetazos con sordo eco típica del "spaghetti". Pero aquí no hay mitificación alguna, porque se deja muy claro que este tipo de héroes y villanos ya no tienen lugar en una época a la que le toca el relevo mediante la llegada del ferrocarril, y donde el nuevo "héroe" va a ser la gente que levante ese futuro, gente como Jill (Claudia Cardinale), la ex-prostituta devenida empresaria que encajará mucho mejor en los nuevos tiempos.
Por los entresijos de toda la violencia y tensión por la que transita "Érase..." se mueve un tono melancólico y amargo. Armónica, Cheyenne y Frank son conscientes de que su tiempo ha pasado, y su destino está indeleblemente ligado al fin de esa era. El héroe, o villano, solitario no puede encajar en la sociedad urbana que poco a poco irá ocupando el Oeste. Se nos narra, como queda muy claro desde su título original, que se debería haber mantenido en castellano, un cuento crepuscular con los tonos cálidos que asociamos a este tipo de historias.
Y para dejar bien claro que estamos ante un western elegíaco, más o menos clásico, las referencias y tributos a otros momentos memorables del género se suceden. No es solo que el legado de "El hombre que mató a Liberty Valance" esté muy presente, sino que cosas como la presencia obsesiva de relojes remite a "Solo ante el peligro", el hecho de que el héroe deba renunciar al mundo que ha contribuido a crear nos recuerda a "Centauros del desierto" (al igual que la secuencia inicial con la masacre de la familia McBain recuerda la de la familia Edwards en este), el personaje de Jill, mujer resolutiva de oscuro pasado, nos trae a la cabeza la Vienna de "Johnny Guitar"...
Si este film hubiera sido un "spaghetti" sin más, repitiendo rutinariamente los esquemas del subgénero, habría quedado desprovisto del aura de transcendencia que ha logrado mantener durante seis décadas. Y, a pesar de que tuvo un éxito solo relativo (de hecho, fue un fracaso en Norteamérica solo paliado por la mejor aceptación en Europa), Leone debió quedar satisfecho con él y volvió a hacer un western tardío en "Ágachate, maldito", conformando estas dos pelis una nueva trilogía, esta sobre la historia de los Estados Unidos, junto a "Ërase una vez en América".
"Érase una vez en el Oeste" sigue siendo una película mayúscula. 9/10











No hay comentarios:
Publicar un comentario