Farmacia de Alonso Luengo, en León. Foto de Jordi Asturies.

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sábado, 31 de octubre de 2026

Joaquín Sabina / Fito & Fitipaldis y Coque Malla: RUIDO

“El día en que la escuché quedé abatido. (...) cuando un compositor de canciones, como somos los cantautores, escuchamos la obra de un colega, nos armamos de lápiz y papel imaginarios, y de una bomba de mano, todavía más ficticia. Con esas armas escuchamos: prevenidos para saltar al menor hallazgo. Si la composición de nuestro colega es acertada, nos corroe una envidia insana que nos lleva a decir de inmediato, «¡Joder, claro! ¿Cómo no se me ha ocurrido a mí?» Cuando escuché Ruido dije exactamente eso. Es tan buena la idea de la canción, con esa letanía de ruidos al final, que te abruma la desolación por no ser capaz de elaborar un texto semejante. Si Joaquín Sabina sólo hubiese compuesto Ruido en su vida, su nombre brillaría con neón en el frontispicio de la música española…”


Estas palabras son de Joaquín Carbonell, cantautor, novelista y periodista aragonés, además de colega de Sabina. Pero, aunque una opinión de alguien tan acreditado como él sea siempre bien recibida como argumento de autoridad, lo cierto es que para el amante de la música, tanto si también lo es de la de Joaquín Sabina como si no, tampoco debería hacer falta. Ruido es, sin duda, un pedazo de canción. Por su música, por su letra que parte de algo cotidiano para hacerse universal, que en ese estilo tan sabiniano baila con lo más poético y lo más pie a tierra… 


En principio fue una letra que escribió Pedro Guerra sobre la ruptura de una relación y que llevó a Madrid antes de que se hiciera famoso con sus primeras actuaciones y su primer disco. Se la ofreció a Pancho Varona, que le dio una música country-rock. Un día Sabina escuchó esa versión primigenia y quedó encantado con la letra, por lo que le dijo a Pancho que se quedaba con ella. Pero Joaquín alteró esa letra, dándole un tono más oscuro, y decidió que, mejor que el country, el tipo de música que le iba bien era la rumba… pero no la rumba optimista y bailable, sino una rumba más oscura… 


De ese estilo mantuvo el ritmo cuatro por cuatro, las palmas y los coros gitanos, pero lo despojó del famoso ventilador guitarrero que da aires optimistas al género y basó la melodía en la melancolía y tristeza que aportan los acordes menores. Como estrambote a la canción, extendió la letanía final, que ya estaba presente en el original, a un listado casi interminable de tipos de ruidos, acabando de darle el toque sabiniano (es bien conocido que Joaquín sabe caracterizar personas y temas a base de breves definiciones desplegadas en listados, como puede verse en temas como Inventario, La del pirata cojo, El blues de lo que pasa en mi escalera y alguno más).


El resultado es, pues, una rumba triste y agorera, a un tiempo claustrofóbica y agorafóbica, con matices del inevitable J.J. Cale, tocada con guitarras acústicas (Varona, Sabina, Antonio García de Diego) y española (Gerardo Núñez), percusión flamenca (Tino di Geraldo) y la cada vez más susurrante voz de Joaquín arropada por Javier Ruibal, Olga Román y los coros agitanados de Las Negris… una “rumba con esmoquin”, como bien la definió el propio Sabina, que se eleva de la descripción de una ruptura sentimental a un tapiz más amplio, un relato de adónde nos lleva la falta de comunicación ahogada en ruidos innecesarios que la impiden. Un tema profundo que a la vez llega sin dificultad al gran público. La canción fue publicada en el álbum Esta boca es mía (1994), uno de los mejores de su carrera, y la dedicó al padre de su pareja de entonces, Cristina Zubillaga, por considerar que el divorcio de aquel estaba reflejado en parte de la letra, y como homenaje, tras fallecer en extrañas circunstancias en una playa (Hubo un accidente, / se perdieron las postales. / Quiso carnavales / y encontró fatalidad / porque todos los finales / son el mismo repetido, / y con tanto ruido / no se oyó el ruido del mar.).


La canción ha sido casi indispensable en el repertorio de Sabina, y durante los treinta años que siguieron hasta la que ha parecido su definitiva retirada este año, parte esencial de sus conciertos. En 2000 hizo una excelente versión durante Nos sobran los motivos, la gira de 19 días y 500 noches, y la canción quedó definitivamente fijada en 2007 como parte del medley rumbero junto a Aquellas pequeñas cosas y El muerto vivo durante la gira con Serrat Dos pájaros de un tiro. 


Aunque la versión que me ha llevado a escribir estas líneas, en estos días en que hay demasiado ruido que nos impide ya no solo comunicarnos, sino sencillamente pensar con tranquilidad, es esta extraordinaria versión de Fito & Fitipaldis con Coque Malla, que suavizan el tono rumbero de la canción y la acercan a lo que quizá fue en su encarnación original, un medio tiempo country rock a lo J.J. Cale. Esta versión, incluída en el álbum homenaje a Sabina Ni tan joven ni tan viejo (2019), no roba ni un ápice de fuerza y melancolía a la original a pesar de este ritmo más acelerado.


Ruido de frenazos

Ruido sin sentido

Ruido de arañazos

Ruido, ruido, ruido



Fuentes de los datos: 

  • Carbonell, Joaquín: Pongamos que hablo de Joaquín, una mirada personal sobre Joaquín Sabina, Ediciones B, Barcelona, 2011;

  • Menéndez Flores, Javier: Joaquín Sabina: Perdonen la tristeza, Plaza & Janés Editores, Barcelona, 2000;

  • Puchades, Juan, y Valdeón, Julio: Joaquín Sabina: Inventario 75, Grupo Midons 2000, Valencia, 2024;

  • Sabina, Joaquín y Menéndez Flores, Javier: Yo también sé jugarme la boca: Sabina en carne viva, Ediciones B, Barcelona, 2006;

  • Valdeón, Julio: Sabina: Sol y sombra, Grupo Midons 2000, Valencia, 2017;

  • Efe Eme, 

  • eldiario.es, 

  • La Fonoteca, 

  • Blog personal de Pancho Varona, 

  • Tras las huellas de Sabina, 

  • y las entradas correspondientes a los artistas y canciones mencionadas en Discogs y Wikipedia

 

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