Vamos hoy con una curiosidad del cine más clásico, un film que despierta tanto interés como desprecio y que, como ocurre muy a menudo, ni es tan brillante como algunos defienden ni tan mediocre como otros argumentan… Lo que sí es “La torre de Londres” (Tower of London, Rowland V. Lee, 1939), es una extraña mezcla de dos estilos de cine: por un lado, está la intención original de su director, y su hermano guionista Robert N. Lee, de hacer un drama histórico al estilo de “María Estuardo” o “La vida privada de Elizabeth y Essex”, y por otro lado la intención de la productora Universal de encajar la película en el estilo de las películas de terror que la habían hecho famosa, una de las cuales, “La sombra de Frankenstein”, había sido el previo film de Lee.
Y viendo el argumento, podríamos tener la tentación de añadir una tercera influencia, la de Shakespeare, nada más y nada menos, aunque, como veremos, no hay tal cosa. Ricardo, Duque de Gloucester (Basil Rathbone), intenta proteger su linaje, los Plantagenet, y el reinado de su hermano, Eduardo IV (Ian Hunter) mediante intrigas cortesanas y la sucesiva eliminación de enemigos políticos y rivales al trono, algo en lo que le ayuda su secuaz el torturador y verdugo Mord (Boris Karloff). Sin embargo, poco a poco su ambición le domina y aspira a acabar siendo él mismo rey…
En principio, la peli cuenta la misma historia que las shakespearianas Enrique VI Parte 3 y Ricardo III, pero la presentación de los personajes y desarrollo de la trama son bien distintas, siendo la razón principal que los hermanos Lee, director y guionista, no se basaron en las obras del bardo, sino en diferentes crónicas históricas; en contraposición, la versión de esta historia que hizo Roger Corman con el mismo título en 1962, aún sin adaptar directamente la obra shakespeariana, sí que se acerca más a ella en espíritu, cogiendo no solo elementos de Ricardo III (Gloucester es mucho más malvado y cruel) sino también de Macbeth (la esposa de Gloucester influye poderosamente en sus decisiones).
Volviendo a la película de Lee, un artículo de 1939 en Time afirmaba que los dos hermanos alardeaban de “haberse tragado 350 volúmenes de historia británica” para escribir el guion. Sea cierta o no la aseveración, la primera consecuencia es que el Ricardo de esta película es un personaje algo más complejo que el psicópata de una sola cara descrito por Shakespeare, quizá más cercano al personaje real: el duque de Gloucester y futuro rey es una persona con claras ambiciones políticas pero que cree que hace todo por el bien de su familia y por ende el bien del reino… lo cual no quita que no se detenga ante nada para conseguir sus fines y que al final sea víctima de su propia codicia.
Es un personaje más maquiavélico que sociópata, lo cual le convierte en un villano de rasgos matizados. Hay incluso cierto atisbo de provocar empatía con él cuando le vemos mostrar cariño por su hermano el rey e incluso compartir chanzas y juegos… Por ello, a falta de un villano que inspire terror y odio en el público, el guion introduce el personaje de Mord, y ahí es donde entra la cercanía de esta peli con los filmes de monstruos producidos por la Universal. En una Torre de Londres tétrica y retratada a base de claroscuros, y una sala de torturas epítome de la crueldad y la depravación, el personaje interpretado por Boris Karloff encarna la maldad pura sin concesiones y sin necesidad de motivaciones, fiel ejecutor de lo que su amo Gloucester muchas veces no ordenará, sino que se limitará a sugerir o insinuar.
Es justamente esta parte, la que emparenta a la peli con los clásicos de terror de la Universal, la que menos me interesa. Aunque bien filmada, no deja de ser para mí una ristra de tópicos cara a la galería. Mucho más interesante encuentro la parte de conspiraciones, intrigas palaciegas, personajes que no son tan planos como el “monstruo” Mord, y cuyas relaciones enriquecen bastante la trama. Ya he mencionado, por ejemplo, que Gloucester/Ricardo III es un personaje más insidioso que puramente malvado, más preocupado por su familia que por sí mismo aunque acabe cayendo en una abyecta mezquindad, y Basil Rathbone lo encarna a la perfección, tanto en los diálogos como en los silencios. Las escenas en las que va retirando de un teatrillo las figuras que representan a sus rivales dan un buen ritmo a la narración y son muy descriptivas de su carácter. Incluso aquellos crímenes en los que tiene más implicación son hábilmente narrados o fuera de cámara u ocultando lo más escabroso… sin que por ello dejen de perder impacto.
A las dos tramas mencionadas, las de la conspiración de Gloucester y las crueldades de Mord, cabría añadir una tercera que funciona aún peor: la historia de amor entre el caballero John Wyatt (basado en el personaje histórico Sir Henry Wyatt, uno de los opositores a Gloucester) y su prometida Lady Alice. Es más que posible que hubiera mucho de imposición de la productora en este caso, al advertir que, por un lado, en principio no había un héroe propiamente dicho, un personaje claramente positivo con el que los espectadores pudieran identificarse, y tampoco había un interés romántico para el mismo. Por ello, el guionista introdujo ambos elementos… pero no encuentro ni su desarrollo ni resolución satisfactorias, por ser demasiado tópicas y ñoñas, notándose quizás demasiado su carácter de mero añadido al relato principal.
Visualmente hablando, la puesta en escena es lujosa, se nota un alto presupuesto para el film, con una excelente reconstrucción de interiores y una brillante recreación de las batallas que enmarcan los hechos contados, la de Tewkesbury y la de Bosworth Field, en unas secuencias magníficamente rodadas según las convenciones del gran espectáculo… su calidad y vigencia pueden advertirse en el hecho de que Roger Corman casi indisimuladamente usara escenas de las mismas en su versión de dos décadas después. Lee y su director de fotografía George Robinson hacen buen uso de los tonos de grises en esas escenas exteriores de batalla, así como de los claroscuros en los interiores de la Torre de Londres, en los que además el director apenas mueve la cámara para dejar espacio a sus actores y para resaltar el ambiente opresor y constreñido dentro del edificio. Sí que hace algún efectivo trávelin en las batallas, pero en general esta cámara casi inmóvil es una de las marcas de este film.
En cuanto al reparto, ya he mencionado a un excelente Basil Rathbone, al que cabría añadir un muy acertado Ian Hunter como Eduardo IV, a medio camino entre alivio cómico y elemento dramático, una correcta Barbara O’Neil como la sufrida pero resoluta reina… y, por supuesto, un casi debutante (en su tercera película y segundo año de carrera cinematográfica) Vincent Price, perfecto como el cruel pero inocente a la larga Duque de Clarence (curiosamente, siendo ya un actor consagrado y encasillado en papeles de villano, sería veintitrés años después el malvado Ricardo de la versión de Roger Corman…). Me gustaría decir cosas positivas de Karloff, pero se limita a poco más que repetir los estereotipos de los monstruos por los que se hizo famoso. En un papel más incidental aparece el que acabaría siendo uno de los grandes actores de reparto del Hollywood clásico, Leo G. Carroll.
“La torre de Londres” es una obra demasiado irregular para ser considerada una buena película, pero es una muestra del saber hacer de Rowland V. Lee en el cine de género, que demostraría además en “El conde de Montecristo” y “El capitán Kidd”, y los elementos que funcionan bien la hacen lo suficientemente interesante para que merezca al menos un visionado. 6/10








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