Farmacia de Alonso Luengo, en León. Foto de Jordi Asturies.

¿QUÉ PUEDES ENCONTRAR EN LA BOTICA?

martes, 2 de junio de 2026

Una peli al día (2026-06-01): EL MILAGRO DE MORGAN CREEK (Preston Sturges, 1944) 9/10

Images © Paramount Pictures

Con “El milagro de Morgan Creek” (The Miracle of Morgan’s Creek, Preston Sturges, 1944), el emblemático director de comedias inaugura el año que cierra ese increíble, maravilloso lustro inverosímil que había empezado en 1940 y en el que ofreció ni más ni menos que siete momentos esenciales del género, todas ellas dignas de ser incluidas en, por lo menos, un top 100, y por lo menos un par de ellas (“Las tres noches de Eva” y “Los viajes de Sullivan”) indiscutibles obras maestras.

Es este film, además, el más enloquecido, el de ritmo más enfebrecido, el más exagerado y esperpéntico en concepto, realización e interpretaciones, pero a la vez el de temática más seria y el más atrevido a este respecto, en el que demostró tanto su habilidad para extraer comicidad de unos sucesos graves como su destreza en esquivar las injerencias del Código Hays aparentando plegarse a ellas. También supuso el mayor éxito comercial de su carrera.



Trudy Kockenlocker (Betty Hutton) es una vivaracha adolescente en la provinciana población Morgan’s Creek, hija mayor del jefe de policía local (William Demarest), y de la que está perdidamente enamorado desde hace años el joven Norval Jones (Eddie Bracken), un empleado de banca que por motivos de salud no puede alistarse en el ejército para incorporarse a la guerra. Trudy decide acudir a una fiesta de despedida de los jóvenes alistados del pueblo, a pesar de la prohibición de su padre, a quien engaña diciendo que va a ir al cine con Norval. Durante la fiesta, Trudy recibe un golpe accidental en la cabeza que hace que olvide qué hizo esa noche… y al día siguiente se encuentra con que está casada y, pasados unos días descubre que está embarazada. Ocultando a su padre la situación, con la ayuda de su hermana Emmy (Diana Lynn) y Norval intentará reconstruir qué pasó esa noche y cómo arreglar el desaguisado… 


Como vemos, el Preston Sturges que cuando hizo “Los viajes de Sullivan” afirmaba que solo pretendía dirigir comedias escapistas nos plantea una situación en la que por un lado una menor de edad practica sexo con un soldado y se casa con él sin permiso paternal. Por otro lado, se nos presenta una sociedad provinciana de moral falsa, plena de hipocresía, que hace que la joven intente solucionar la situación usando a un personaje inocente como Norval (algo que el enamoradísimo joven acepta hacer). 

Parece increíble que en pleno auge del Código Hays Sturges sacara adelante este guion. Pero lo hizo de una forma ciertamente inteligente. Como he dicho por ahí arriba, el cineasta aparentemente se plegó a las órdenes de la Oficina Breen del Código, pero lo hizo de una forma más cosmética que temática. Como declaró en 2005 la viuda del director, Sandy, lo que Sturges intentó fue “cumplir con la letra de la ley pero ignorar por completo el espíritu de la ley.” Yendo más lejos, en su artículo “The Miracle of Morgan’s Creek: Perspectives on Preston Sturges and the Production Code”, John Gibbs, Kathrina Glitre y Douglas Pye dicen que “de hecho, Sturges hizo del propio Código, con sus prohibiciones y requerimientos, la auténtica razón de ser de esta extraordinaria comedia.” Y no puedo menos que estar de acuerdo con esta afirmación.

El tenaz Sturges empleó todo tipo de recursos en el guion (indirectas, elipsis, inuendos, dobles sentidos) para eludir, y, en un juego de birlibirloque, seguir las indicaciones del Código. Por ejemplo, eliminó toda referencia directa al embarazo: la palabra “embarazada” no es mencionada nunca y la situación de Trudy llega al espectador mediante inuendos y dobles sentidos. El supuesto carácter libertino de la protagonista es matizado con su desbordante simpatía y su inocente afirmación de que todo lo que quiere con acudir a la fiesta es despedir a los soldados locales que van a arriesgar sus vidas en la guerra; este componente patriótico perfectamente mostrado con la inocencia desplegada por Hutton en su interpretación complació a los responsables del Código. 

Finalmente estaría el intento de explicar la situación en la que queda Trudy; no podía justificarse mediante una borrachera, por la prohibición del Código de mostrar menores de edad ebrios o bebiendo alcohol, así que Sturges recurre al deus ex machina de enseñar a la joven bebiendo limonada y luego sufriendo un golpe accidental en la cabeza durante el baile que justificaría, cara a los censores, que al final de la noche condujera de forma errática el coche de Norval… y, sobre todo, el que no pudiera recordar nada de lo ocurrido posteriormente al golpe… aunque esto no justificaría la escena en la que Trudy y los soldados van en un coche cantando alegremente. Tampoco hay una referencia explícita al sexo, aunque obviamente se nos muestran sus consecuencias en el embarazo de Trudy. Y sin embargo, la acción frenética en las secuencias del baile con fondo de una música enfebrecida bien podían tomarse como una alegoría del sexo…

La manipulación del Código por parte de Sturges llega a su paroxismo en el hecho de que su insistencia en que una joven embarazada por un desconocido tenía que acabar casándose, y su aceptación de que el marido elegido fuera un inocente y bonachón enamorado de la chica, todo ello con el añadido de que la historia culmina en la Nochebuena, provocan que la película se convierta en una gigantesca alegoría de la Natividad, algo a lo que en principio la Oficina Breen se habría negado dadas las características de la historia y el comportamiento de sus personajes. Y sin embargo, Sturges le vuelve a ganar la batalla al Código haciéndole caer en la trampa y pagar su hipocresía de estar más pendiente de las apariencias que del contenido real de la película… 

Con todo, el juego de Sturges no se circunscribió a su habilidad como guionista. Como brillante cineasta, era consciente de que ese guion debía tener un armazón cinematográfico lo suficientemente potente para hacer avanzar la historia que el quería contar y al mismo tiempo esquivar a los censores. Para empezar, acelera su habitual ya rápido ritmo en la narración, consiguiendo que este sea su film más enloquecido. Planteado como un flashback que empieza con un misterio (al principio, varios interlocutores nerviosos hasta la histeria comentan el “milagro” que ha tenido lugar en Morgan’s Creek y uno de ellos cuenta lo sucedido), la cadencia del film apenas decae en todo el metraje (quizá solo en el intervalo previo al desenlace puede decirse que las aguas remansan algo), y obligan al espectador a prestar toda su atención para no perderse ningún detalle.

Sturges hace además un extraordinario uso de los planos secuencia, ya sea para introducir la historia (la escena inicial previa al flash-back, primero dialogada y luego bajo los títulos de crédito), para describir (las escenas de la fiesta, por ejemplo) o para acompañar los diálogos que hacen avanzar la historia (las tomas de Trudy y Norval paseando por el pueblo. En este espléndido vídeo, John Gibbs explica el empleo de de estas escenas, incidiendo en la idea de que de los noventa y ocho minutos de metraje, más de una hora es ocupada por planos secuencia.

Y finalmente, pero para nada menos importante, está el humor, por supuesto. Sturges no solo esquiva la censura mediante el uso de comedia, sino que además este supuesto suavizado de un tema tan grave la hace más atractiva para el público. El director-guionista ofrece una panoplia de gags visuales y verbales, alternando elementos de comedia de costumbres y screwball, solapamiento de diálogos a ritmo frenético en el mejor estilo hawksiano y slapstick a base de portazos, gestualidad y caídas. 

En este aspecto humorístico hay que incluir la interpretación de la pareja protagonista, Hutton y Bracken, y los principales actores de reparto, William Demarest y Diana Lynn. Hutton está soberbia en su personaje de Trudy, mostrando una sobresaliente vis cómica y frescura inocente que para nada oculta su preocupación por la grave situación en la que ha caído; por su parte, Bracken está perfecto en su papel de inocente abrumado por las circunstancias, pero buenazo que intenta solucionar la situación aunque ello implique sacrificio por su parte. El gag recurrente de que cada vez que Trudy va a darle malas noticias repita la frase “¿no querrás decir… ?” y su defecto visual se agudice no solo aporta comicidad bien recibida por el público, sino que además contribuye al juego de Sturges con los censores.

Demarest, uno de los actores fetiche de Sturges, está ciertamente espléndido, primero como padre ultraconservador que no entiende a esas hijas sobre las que ejerce su férrea autoridad, y luego derivando a un hombre con las ideas pie a tierra que intentan ayudarlas. Él lleva la mayor carga del slapstick en el film, a base de gestualidad, patadas al aire que acaban en caídas, portazos… y si bien puede llegar a ser exagerado en algún momento, hay que reconocer que también funciona no solo como elemento cómico sino como elemento distractor de los censores. Lynn, por su parte, como Emmy, la hermana menor de Trudy, es brillante en su personaje irónico y sarcástico, con un humor seco (deadpan en inglés) que contrasta con el más expresivo de sus compañeros de reparto. El hecho de que una chica de catorce años muestre más conocimiento y sentido común ante la grave situación descrita debió hacer enarcar la ceja más de una vez a los censores, pero el hecho de que el diálogo insistiera en que ese conocimiento era estrictamente teórico y que la adolescente se comportaba en realidad como se esperaba de ella hizo que Sturges ganara también esa batalla.


Por esa cosa de los destripes no insistiré mucho en el sorprendente desenlace de la película, el “milagro” al que se refiere el título, que lleva al cierre del hilo argumental, y las consecuencias del mismo para los protagonistas, el pueblo… y el mundo entero. Solo diré que es la guinda del pastel de esta comedia enloquecida, en la que Sturges corrió el riesgo de tratar un tema muy comprometido del que, mediante su ingenioso guion pleno de escondites, trampas e insinuaciones, la comicidad y las brillantes interpretaciones del reparto, salió definitivamente airoso. No tiene este “Milagro” la sutileza de sus otras obras maestras, y en muy contados momentos la exageración puede ser un poquito cargante, pero está muy cerca del nivel de aquellas y con cada visionado no podemos dejar de admirarnos ante la osadía e inteligencia de un director irrepetible, que utilizó las armas del “enemigo” Código para vencerle. Sencillamente extraordinario. 9/10



No hay comentarios: